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Ayer

La lectura en la España contemporánea: lectores, discursos y prácticas de lectura

por Jesús A. Martínez Martín

Ayer nº 58, (2) 2005

Resumen: En este artículo se analizan los cambios producidos a largo plazo en la edición y la lectura en la España del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX . Nuevos libros, nuevos lectores y nuevas prácticas de lectura, que se desplegaron en un proceso compartido por una lectura oral y colectiva con nuevas formas de lectura individual y silenciosa cada vez más extendidas desde las elites letradas. Se analizan los discursos que se fueron construyendo sobre la lectura y las transformaciones desde los discursos paternalistas hasta la definición de una lectura popular y una lectura militante.

Palabras clave: libros, lecturas, edición, lectores, prácticas de lectura.

Abstract: This article analyses the changes produced in the long run in publishing market and reading in Spain during 19 th century and the first decades of 20 th century. New books, new readers and new reading practices open a process that shared oral and collective reading with new ways of individual and quiet reading, more and more spread between the reader elites. This work tries to understand the evolution of paternalistic discourses of reading to a popular and militant concept of it.

Key words: books, reading, publishing market, readers, reading practices.

Nuevos libros, nuevos lectores y nuevas prácticas de lectura

El siglo XIX fue una centuria de cambios en el ámbito del libro, la edición y la lectura en España que lentamente fueron configurando y definiendo nuevos libros, nuevos lectores y también nuevos discursos, usos y prácticas sociales de la lectura. Y el proceso estuvo alimentado por varias dimensiones técnicas, jurídicas, sociales, económicas y culturales inseparables de la forma en la que se construyeron el Estado y la sociedad liberales. Esas transformaciones lentas, que recogieron pautas de un mundo letrado anterior, se proyectaron y consolidaron en el siglo XX hasta quedar tejidas todas las categorías que en el ámbito de la edición y de la lectura se asociaron desde entonces a la lectura contemporánea.

La definición de nuevos libros y objetos impresos, como la prensa, estuvo ligada a las transformaciones de la edición, que adquirió el pleno sentido del término al calor de la economía de mercado, de las transformaciones técnicas y de las dimensiones políticas y jurídicas del Estado liberal, para colmar una demanda de lectores en reconversión.

Una historia de la edición que caminó en el siglo XIX y primer cuarto del siglo XX desde la edición artesanal hasta la edición moderna y multiplicada que industrializó las técnicas y modernizó la economía del sector. Un atraso relativo y una modestia tecnológica que evolucionó, en un contexto de modernización económica de mayor alcance a principios del siglo XX , hacia una producción multiplicada aumentando las tiradas con la revolución de las técnicas (máquinas, composición, ilustración) lideradas por la prensa. Todo ello a través de un largo proceso de transición entre un antiguo régimen tipográfico, protegido y encorsetado en arcaicos sistemas de producción, hacia fórmulas empresariales y comerciales modernas características del mundo industrial en el primer tercio del siglo XX .

Este proceso fue lento y sujeto a las tensiones del mundo preindustrial, que se resistió a desaparecer. Durante este periodo fueron los principales núcleos urbanos del país los protagonistas de los cambios, y Madrid y Barcelona consolidaron una importante industria tipográfica, convirtiéndose en uno de los puntos nodales y emblemáticos de sus procesos de industrialización. Las pautas jurídicas y económicas de mercado transformaron al impresor-librero en editor para configurar sus señas de identidad como elemento vertebrador entre autores, impresores, distribuidores y lectores, primero de forma individual, después bajo formas societarias.

Hasta finales del siglo XIX se fue despejando y diferenciando de impresores y libreros la figura del editor individual como pieza central del proceso de producción, que enlazó con los lectores y que reorganizó la nueva economía del libro. Durante el primer tercio del siglo XX las sociedades anónimas y la concentración empresarial reordenaron la economía del libro, aunque fue compatible con la continuidad de un minifundismo de negocios de estructura familiar y con prácticas tradicionales. Por su parte, los autores iniciaron un largo proceso de profesionalización a tenor de las nuevas pautas del mercado y de la propiedad intelectual como reconocimiento individual y único de la creación. Y también la definición de nuevos libros, con morfologías adaptadas a los nuevos tiempos con tipografías, encuadernaciones, tamaños y la incorporación avanzada de ilustraciones dibujando el diálogo del texto con la imagen. Se produjeron avances en las técnicas de composición e ilustración, que permitieron una oferta más barata y diversificada, con nuevos formatos, tiradas y libros especializados para todo tipo de lectores. Así, los textos fueron adaptados a través de variadas fórmulas materiales en función de la nueva demanda, extendiéndose las colecciones, desde la novela por entregas hasta el cuento semanal, mientras que la edición se especializó en los diversos públicos (edición escolar, libro religioso, libros infantiles y juveniles, las colecciones literarias...), y se distribuyó en circuitos libreros (de nuevo o de viejo), pero también informales, a partir de puestos ambulantes, matuteros o buhoneros. El proceso se vio acompañado de nuevas formas de comercialización y distribución: las entregas, la publicidad... con la transformación del mundo de la librería y su diversificación. Todo ello cambió el panorama de los libros y de la edición, construida y definida a largo plazo como moderna, con un tejido de operaciones técnicas, económicas e intelectuales cada vez más complejas que transformaron los textos en objetos impresos y los difundieron en la sociedad contemporánea, pulsando las inquietudes de la demanda [ 1 ] .

Estas mutaciones estuvieron ligadas a la construcción y evolución del Estado liberal y los avatares en la legislación de imprenta, a las dificultades de los procesos de alfabetización [ 2 ] y a la proyección del nuevo papel que jugaron los libros en el tejido social, y los discursos que se realizaron sobre la lectura. Desde el lado de la demanda se produjo un aumento cuantitativo del número de lectores y de su diversificación social, con nuevas categorías de lectores y espacios de sociabilidad cultural específicos. Se multiplicaron las bibliotecas privadas, gabinetes de lectura, bibliotecas populares, en una variada heterogeneidad social. La lectura se hizo más visible en los estratos superiores de la pirámide social [ 3 ] . Pero también, y sobre todo desde el último tercio del siglo XIX , para consolidarse en el siglo XX , se produjo una mayor socialización de la lectura entre las clases trabajadoras urbanas, ya fuera la lectura individual ligada a los procesos didácticos, ya fuera la lectura oral (como el repertorio de voceadores que se extendían a lo largo y ancho de las ciudades y localidades, sobre todo los ciegos con los pliegos de cordel), mientras eran impulsadas las bibliotecas populares. La tipología de lectores estuvo vinculada a la configuración de productos específicos para mujeres, público infantil y juvenil, profesionales... A ello se unió una transformación a largo plazo en los hábitos y prácticas de lectura, individuales y en grupo. La propia diversidad de la oferta, con la multiplicación de todo tipo de textos, facilitó un tipo de lectura más rápida e individual.

Los formatos y la tipografía se orientaron también hacia una lectura silenciosa. Se fue consolidando una mutación en la forma de leer que fue desplazando, pero sin sustituir, a la lectura colectiva en voz alta, clásica de una cultura oral, por una lectura individual y silenciosa. En todo este trasunto los libros fueron cambiando en su consideración social como instrumento esencial de comunicación, cultura y educación, y en los discursos que sobre ellos se tenían, en un largo proceso que culminó durante la Segunda República [ 4 ] .

La extensión social de la lectura en el siglo XIX y sobre todo con el siglo XX , con formas orales o con prácticas letradas, fue un proceso revolucionario al orientar la lectura en un sentido socializador, no sólo por el aumento del número de lectores, sino también por el cambio en las relaciones de los individuos con los textos. Esa aventura social, que rompió viejas pautas y construyó nuevos sentidos en las relaciones sociales, no supuso una universalización ni amortiguó distancias sociales, pero sí aumentó el porcentaje de letrados e hizo los libros teóricamente accesibles. Un largo periodo de la historia del acceso al libro que discurrió entre las elites letradas de finales del siglo XVIII y las lecturas populares de los años treinta del siglo XX .

En el Occidente europeo, durante el siglo XVIII se habría producido una revolución de la lectura entendida como una mutación de la forma de relación de los lectores con los textos, cuyas características serían el paso de una lectura pública o compartida a otra individual y solitaria, de una lectura en voz alta a otra silenciosa, de una lectura intensiva—relectura—a otra extensiva y efímera. La cuestión central no está tanto en el desplazamiento, ni aun en la sustitución de formas más antiguas de práctica de lectura, como en su simultaneidad y en su diversidad, y más que en la oposición de diversas prácticas de lectura, en la capacidad de movilizar diferentes formas de leer [ 5 ] .

Desde las últimas décadas del siglo XVIII se fue consolidando en el Occidente europeo, pues, una mutación en las formas de leer que fue desplazando en el siglo XIX , pero sin sustituir, la lectura colectiva y en voz alta por una lectura individual y silenciosa. Un desplazamiento más propio del mundo urbano y entre las elites letradas [ 6 ] .

En la España del siglo XIX se habría producido esta transición entre unas lecturas intensivas: pocos libros, transmitidos generacionalmente, con lecturas compartidas, públicas, basadas en la oralidad, la recitación y la memorización, y con una relación sacra del lector con lo impreso, hacia otras de carácter extensivo: textos diversos, en número y naturaleza, lectura rápida, más superficial, individual y silenciosa, rara vez ejerciendo la relectura, y con una relación distinta con el texto, que tiende a perder su carácter sacro para ser más abierta y capaz de inquietar los espíritus y recrear la imaginación.

La oralidad mixta se desplazaría, sin quedar sustituida, hacia unas prácticas culturales basadas en lecturas silenciosas e íntimas [ 7 ] . Esta revolución de la lectura se produjo a largo plazo y lentamente desde la segunda mitad del siglo XIX , para ir abriéndose paso respecto a una cultura oral dominante, pero a la que no sustituyó, para madurar en los años treinta del siglo XX . Una socialización de la lectura y de la cultura impresa, no en términos de generalización, ni universalización, pero que se fue vinculando al tejido social a través del solapamiento y relación de varias formas de relación con los libros.

Leer escuchando

En el siglo XIX la edad oral, pues, no sólo no se diluyó entre las novedades de la cultura impresa, sino que leer y escribir eran categorías que todavía se podían asociar a la cultura oral. Las sesiones de lectura en voz alta eran todavía características de los usos lectores que hundían sus raíces en la alta Edad Moderna, donde era frecuente la lectura de pasajes de literatura religiosa o evangélicos. La larga tradición de lectura en voz alta era habitual en el medio cortesano, y lo oral era fundamental en la educación cortesana que se forjaba en una lectura que oír [ 8 ] .

Unas prácticas lectoras que se mantuvieron en todos los ámbitos, empezando por el cortesano. En 1841, la condesa de Espoz y Mina, Juana de la Vega y Martínez, y aya de las infantas Isabel y Luisa Fernanda, y camarera mayor de Palacio, narraba cómo en el plan de educación de las infantas figuraba la lectura como una pieza de primer orden, en su doble dimensión auditiva o visual: «Del mismo modo se procura que cobren afición a la lectura, bien sea haciéndolo por sí mismas o escuchando, eligiéndose las obras que el ayo de su majestad indica, procurando fijar su atención, lo que es de esperar se consiga» [ 9 ] . Leer escuchando era, pues, una de los procedimientos contemplados en el aprendizaje. Entre las lecturas orientadas a su educación, y seleccionadas por Quintana, figuraban el libro y la lectura devota, como una práctica fuertemente asentada para el aprendizaje y práctica de la religión y su liturgia, con un carácter sacro y colectivo, que se realizaban durante las jornadas educativas de forma combinada con las lecturas orientadas a la distracción. Y en tal sentido la condesa de Mina «les hacía repasar, además, conmigo todos los domingos la doctrina cristiana» y también «les leía algunos ratos obras útiles y entretenidas» [ 10 ] . Y, en fin, cuando los paseos eran sustituidos a causa del mal tiempo, las ocupaciones de las infantas consistieron en hacer labor, pero, como en los paseos, lo hacían mientras oían leer a la condesa de Mina [ 11 ] . Precisamente leer escuchando durante un paseo por el Buen Retiro provocó un equívoco —con intenciones políticas de fondo—que dio lugar a un interesante episodio de historia cultural. Este episodio sucedió el 26 de enero de 1843, cuando el Eco del Comercio denunciaba la irrespetuosa actitud con que, según la publicación, la condesa de Mina trataba a las princesas al ir leyendo durante los paseos, como fruto de una «educación descuidada», y calificaba el hecho como de extrema gravedad. Suponía una irreverencia de tal magnitud que atentaba contra la dignidad real. Lo que no podía saber el autor de la información es que la condesa de Mina leía en voz alta. Y que, según sus Memorias, lo hacía con el consentimiento y para distracción de las infantas contra el tedio del paseo invernal. En una carta dirigida a un amigo del director del diario la condesa expuso, entre otras cuestiones, que no leía para su instrucción y pasatiempo, sino para instrucción de las infantas con deseo expreso de ellas, «dedicándoles yo, con grandísimo gusto de mi parte y mucho entretenimiento de la suya, la facilidad que tengo para leer en voz alta en cualquier carruaje. Y para que nada faltase añadiría los títulos de las obras que su majestad y alteza han tomado conocimiento por este sencillo método, y, o mucho me equivoco, o habían de merecer su aprobación» [ 12 ] . Al día siguiente, una nota oficial publicada en la Gaceta desmentía los hechos denunciados:

«Estamos debidamente autorizados para desmentir del modo más solemne las imposturas contenidas en un artículo que publicó el Eco de ayer (...). Es falso que esta señora lea por sí y para sí cuando va en el coche con S. M. y A., faltando de este modo a los respetos debidos a tan augustas personas; y si alguna vez se la ha visto leer en semejantes ocasiones, ha sido y es por la voluntad y deseo de S. M. que no pudiendo pasear a pie en los días que el tiempo lo impide, quieren distraerse oyendo alguna lectura amena e instructiva, lectura que hace el aya de S. M. y A. por mandato expreso de las augustas Señoras» [ 13 ] .

El propio texto oficial compartía la consideración de que leer en voz alta delante de las princesas era una actitud reprobable. La respuesta oficial se basaba, pues, en negar que la condesa hubiera tenido esa conducta, pero no que tal conducta fuera irreverente. Leer por sí y para sí era una grave desconsideración, pero no lo era la lectura en voz alta y con consentimiento de las princesas, que tenía, además, la virtud de la distracción. Detrás de este pasaje, utilizado por el diario como coartada política para cuestionar a la condesa, se esconde una realidad social y cultural de mayor alcance sobre la consideración y el contrapunto entre lectura oral y lectura silenciosa [ 14 ] .

En el episodio cultural protagonizado por la condesa de Mina la lectura individual y silenciosa, no compartida, era reprobada como actitud irreverente hacia las princesas, que alejaba a la condesa del papel que debía desempeñar a base de una atención dedicada y que la abstraía en sus propios pensamientos, con una interpretación libre, y ocultaba a las infantas el contenido y las enseñanzas de la lectura. Y ello estaba en contradicción con la lectura en forma colectiva, oral, familiar y muchas veces de contenidos piadosos, como expresión de una práctica cultural de su tiempo. Pero el nudo central de las acusaciones vertidas contra la condesa de Espoz y Mina por el Eco del Comercio no estaba en el contenido del texto, sino en la actitud «irreverente» de leer en solitario.

El incidente provocado por el diario no pasó a mayores y respondía, pues, a un contexto mucho más amplio que el hecho de la lectura durante un paseo, pero había desvelado desde el punto de vista de las prácticas culturales, las interpretaciones contrapuestas acerca de las formas de leer. Un episodio cultural que había demostrado las tensiones resultantes entre una lectura oral y colectiva y una lectura silenciosa e individual, y el alcance social y político de su significación. En último término la lectura era una práctica cultural en la base de la construcción de sentido, y la forma en la que leían los individuos, cómo lo hacían, era expresión simbólica de cómo daban sentido al mundo, a las cosas y a sus relaciones con los demás.

En el ámbito de la burguesía letrada de principios del siglo XIX , entre otros muchos testimonios, Mesonero Romanos recuerda cómo en 1809, casi con seis años de edad, se vio alterada la vida cotidiana de la familia por la invasión napoleónica y con los amigos ya fuera de la ciudad, y cómo sus padres ocupaban la actividad hogareña en lecturas familiares ajenas al conflicto:

«La animación y la alegría huyeron de la casa, y mis excelentes padres, que no podían abandonarla con su dilatada familia de cinco hijos menores, no tuvieron más remedio que agruparlos en su derredor, prodigándoles las muestras de su ternura, y confiando a la divina Providencia el amparo y auxilio en su desgracia, entretenían sus obligados ocios con lecturas piadosas y morales, tales como el Año Cristiano y las Dominicas, del padre Croiset; el Evangelio en triunfo, de Olavide, o las Sociedades (sic) de la vida y desengaños del mundo, del doctor Cristóbal Lozano; alternadas de vez en cuando con alguna historia, como la de Mariana o la de Ortiz, y la Monarquía hebrea, del marqués de San Felices» [ 15 ] .

Son los primeros recuerdos que, en sus Memorias, manifiestan su relación con la lectura. Estos libros que escuchó en su infancia por boca de sus padres establecieron un contexto familiar que invitó a Mesonero a tener una relación muy estrecha, ya para siempre, con los libros. Un bautismo de lectura en forma colectiva, oral, familiar y muchas veces de contenidos piadosos, como expresión de una práctica cultural de su tiempo. No era en modo alguno una situación excepcional, sino habitual y dominante en las formas de lectura de su época, eso sí, alimentada por las consecuencias que en los hogares tuvo la invasión napoleónica. En aquellas fechas su casa familiar era punto de confluencia de patriotas amigos y vecinos que se reunían a conversar, glosar boletines y diarios y a expresar sus emociones.

Las esposas, también reunidas alrededor del brasero a primeras horas de la noche, se ocupaban de los niños y entre las actividades estaba la de la lectura de cuentos. La práctica cultural de la lectura proyectada por sus padres en el ámbito familiar, pues, se sitúa en la base de la inquietud que pronto se despertó en Mesonero por las letras.

En la segunda década del siglo, con diez años cumplidos, Mesonero ya disfrutaba con la lectura y la recitación de versos que aprendía de memoria. Los títulos que describe también formaron parte del repertorio de libros más leídos en el siglo XIX , y, como tales, estaban de manera habitual en las bibliotecas privadas [ 16 ] .

La historia de la lectura no se agota, pues, con la historia de los libros que encierran textos impresos y las relaciones que con ellos establecían lectores individuales y silenciosos, sino a través de la cultura oral, entre letrados e iletrados, las lecturas en grupo en distintos espacios, desde los domésticos hasta los pliegos de cordel de estructura móvil, con sus vendedores ambulantes o voceados por ciegos en los núcleos urbanos. La lectura oral siguió siendo una práctica entre los iletrados, apoyados en los romances de ciego y en las diversas formas que representan la «librería del pueblo» como una nueva cultura del libro en el siglo XIX , sobre todo desde los años cuarenta: almanaques, calendarios, pliegos de cordel, hojitas y folletitos de propaganda, estampas, láminas, pliegos de aleluyas, cromos, postales... [ 17 ] En los núcleos urbanos y rurales la lectura oral y colectiva fue habitual, sobre todo entre los colectivos donde no llegaba, o casi no llegaba, la posesión de libros. A través de estas variadas fórmulas como los pliegos de cordel, con versos en romance difundidos por ciegos, con representaciones, se divulgaron muchos temas y mensajes que contenían libros o entregas. Voceadores en los centros neurálgicos de las ciudades, en ferias, mercados y romerías, reproducían una forma oral de comunicación, y con fácil memorización.

Algunos editores se especializaron en la divulgación de este producto de lectura. Julio Nombela recuerda cómo se decidió a escribir uno de esos textos de la «literatura callejera» con el modelo de «los que alguna vez habían caído en mis manos cuando la criada que fue con mi familia a Almería los compraba y me pedía que se los leyese» [ 18 ] . Así como las lecturas colectivas, compartidas, en público siguieron siendo habituales en la cultura oral de los núcleos urbanos, fueron sobre todo más propias de las comunidades campesinas tradicionales.

En los espacios campesinos el acceso al libro estaba más limitado por razones de práctica cultural, pero también de menor ritmo de alfabetización que impedían el recurso a la lectura individual. Y, como en pequeñas y medianas localidades, la circulación de los libros todavía era lenta y costosa, apenas mitigada con el trasunto del siglo por una mejor articulación del mercado —transportes, correo...— y dependientes casi siempre del buhonero o del notable local. Salvo las lecturas ocasionales, las lecturas en los núcleos rurales estuvieron determinadas por una relación sacra con el libro, la lectura en familia en términos devotos o la liturgia con el papel principal del clérigo como instrumento principal de la difusión de los discursos.

El doctor Federico Rubio al recordar escenas de su infancia, situadas en 1831, describió cómo durante la vendimia la lectura colectiva formaba parte del entretenimiento: «Concluida la faena, los pisadores y estrujadores van a la gañanía, desarrollan su lecho de anea y se acuestan, roncando apenas echados; mientras que los restantes viñadores, sentados sobre un cantero tendido o sobre un taburete de pitaco, cuentan historias, o recitan, o leen un romance a la luz indecisa del humoso candil» [ 19 ] , y, de forma recurrente, sitúa las lecturas orales y colectivas en sus primeras experiencias letradas: «El primer libro que leí, deletreando casi, fue el Bertoldo . Hago omisión del catecismo, del libro de urbanidad y cortesía, de las fábulas de Iriarte y Samaniego: porque, leídos en la escuela y atento a aprenderlos de memoria, la voluntad puesta en esto, no lograba aprenderlos, ni menos entender de ellos una sola palabra (...) A tan poca cosa se reducían mis lecturas a los doce años; como no se agregue algún romance, pues los más los conocía de oídas, ya a los ciegos, ya a la gente del pueblo y más particularmente a los trabajadores del campo en las temporadas de vendimia» [ 20 ] . Cuando desplegó la práctica de la lectura individual y silenciosa, sin relectura, ni memorización, recuerda las ventajas que tenía para comprender los textos, de forma anacrónica al aprendizaje al que había estado sometido: «Como leyera y leyera sin descanso ni levantar mano, a pocos días terminé los tomos (...) Aprecié y distinguí las diferencias de estilo, gusto y carácter de los diversos escritores. Por una simple lectura y de corrido, quedáronse en mi memoria muchas estrofas (...) Debo notar que, con excepción hecha del Quijote, jamás he tenido paciencia para leer un libro más de una vez, ni cuando niño, ni de mozo, ni ya viejo, así trate de literatura, de historia o de ciencia. (...) Atribuyo este capital defecto a la conjugación de mi carácter impaciente con los efectos de la absurda pedagogía a que pretendieron sujetarme. Aprender de memoria sin entender de lo que se trataba, obligarme a repetir una lectura una vez y ciento ymil, produjo en mi espíritu tal indigestión que (...) mi nerviosidad interna se impacienta y sufre leyendo cualquier escrito más de una vez» [ 21 ] .

La lectura en voz alta y compartida era la lógica natural de la relación con lo escrito. Y tenía, sobre todo, un carácter sacro. También de entretenimiento y de distracción. Además, la lectura en voz alta venía acompañada de una proyección didáctica y, de hecho, era la forma de enseñanza de la lectura por definición.

Los misales y los catecismos eran el emblema de la liturgia religiosa, pero también los breviarios, las semanas santas, el Kempis, las vidas de santos o la literatura piadosa eran los libros habituales entre las mujeres de la época. Pero las elites, las mujeres burguesas, la nobleza titulada, las casas distinguidas, accedieron a un tipo de libros de muy diversa procedencia en cuanto a su naturaleza, contenidos e idioma. Ello fue entendido por las autoridades civiles y eclesiásticas como una amenaza con peligro para las conductas tradicionales y morales que al ejercer una libre interpretación con libros leídos en silencio y no compartidos podrían provocar ensoñaciones y sentimientos reprobables e insumisos. Cuando la alfabetización se extendió y los efectos se multiplicaron en el tejido social en el último tercio del siglo y con el comienzo del siglo XX , el fenómeno ya no tenía control posible y ello exigió nuevos discursos y cauces para conducir las lecturas.

La lectura compartida, oral, pública, no fue sólo expresión de dificultades económicas, limitaciones de alfabetización o de tradiciones culturales, ni siquiera en las prácticas protagonizadas por las capas populares. La sociedad liberal y sus espacios alimentaron este tipo de lectura en voz alta como una expresión de recreo colectivo en veladas, reuniones, tertulias, con lecturas en grupo en sociedades, ateneos o círculos recreativos, y muchas veces como proyección didáctica y del discurso político. La forma de lectura aquí no cambió, lo que sí se transformaba es la relación sacra con el libro. Eran las sociedades de hablar de los liberales, como los espacios naturales de la libre asociación y reunión, en contacto con el público, socializando los discursos. Los salones, las tribunas, las tertulias... acogieron recitaciones y discursos como medios de difusión. Era el arte de la lectura, de las exhibiciones declamatorias y del cultivo de la oratoria. Lecturas colectivas en tertulias de café, en las trastiendas de las librerías, y a lo largo del siglo en instituciones, asociaciones y círculos orientados también a las capas populares y las clases trabajadoras. También los gabinetes de lectura, cuya importancia fue limitada hasta los años treinta y cuarenta del siglo XIX , relanzaron la posibilidad del alquiler y el préstamo. Después las bibliotecas populares, desde los años setenta, hicieron lo propio.

Leer a solas, por sí y para sí

La lectura individual, con los ojos, silenciosa e íntima, era a la altura del primer tercio del siglo XIX una práctica del modo de leer dispuesta amultiplicarse entre los nuevos públicos. Se había extendido a lo largo del siglo XVIII entre las elites letradas, pero en modo alguno había sustituido, y ni siquiera superado, a la forma más habitual de lectura y de su aprendizaje, como era la lectura en voz alta y colectiva, formando parte de una cultura oral que seguiría fuertemente asentada durante mucho tiempo. La tipología y cambios de las prácticas lectoras también tendría su apoyatura en el paso de la semialfabetización a la alfabetización, con el paso de un aprendizaje de la lectura con pocos textos y memorizada a otra fluida relacionada con el aprendizaje de la escritura. En segundo lugar desaparecería poco a poco el autodidactismo —lectura enseñada en el ambiente familiar o laboral que pasaba a la escuela, esto es, a la escolarización del aprendizaje— y la transición de una lectura mecánica y expresiva en voz alta, deletreando, a otra comprensiva, comentada y silenciosa.

Para que se extendiera, vinculada a las formas de aprendizaje de la lectura, tuvo que transcurrir casi todo el siglo XIX , y que a finales de éste se incluyera entre las nuevas propuestas de aprendizaje esta forma de lectura silenciosa, visual, que favorecería la comprensión y el estudio. De todas maneras, el aprendizaje en voz alta había sido el método empleado en las escuelas y no quedó desechado, puesto que se continuó practicando [ 22 ] .

Las transformaciones editoriales, al posibilitar la multiplicación de libros, su abaratamiento y su circulación, facilitaron ese tipo de lectura más rápida e individual. También la propia tipografía, tipos de letras, distribución de párrafos, tamaños y los formatos se orientaron a la lectura en silencio y visual, sin necesidad de recitación, estableciéndose una relación directa entre el escritor y el lector sin la figura intermedia, pero básica —tono, declamación, ritmo...— del narrador.

La lectura silenciosa, al comprender una relación íntima con el texto, era una práctica sensible a unas emociones que no quedaban delatadas, y estaba expuesta a múltiples sugerencias y seducciones de los textos que alimentaban la capacidad de imaginar y soñar. Era un tipo de lectura extensiva, rápida, profana y muy atenta a las novedades capaz de alterar los espíritus al ser una fórmula de libre interpretación individual, no guiada, y que generaba distracción. Y ésa fue la gran carga seductora de la novela. Las prohibiciones de las autoridades se perdían entre los espíritus seducidos, y no cuajaban las recomendaciones gubernamentales ni eclesiásticas. Los lectores eran cada vez más, y no sólo elites letradas, sino niños, mujeres, artesanos, doncellas... difícilmente controlados, extendiéndose la máxima de socialización y la percepción de los peligros que esto entrañaba. Por ello, durante el siglo XIX la lectura silenciosa, sobre todo la femenina, era entendida por la Iglesia como un fermento de pasiones y, por tanto, de naturaleza peligrosa . El colectivo de mujeres letradas, como una de las nuevas categorías de lectores, fue el público más proclive a la literatura, sobre todo novelada, que leía en silencio y a solas, en el retiro, que contrastaba con aquel tipo de lectura colectiva de naturaleza sacra vinculada al ejercicio devoto y a la práctica de la liturgia religiosa.

La lectura de novelas siguió siendo considerada en círculos eclesiásticos durante todo el siglo XIX , sobre todo desde la década de los ochenta, como atentatoria de la moral, las costumbres y el espíritu. Eran las lecturas «malas» por naturaleza. Los argumentos de las pastorales, alocuciones desde el púlpito, prensa eclesiástica, confluían en definir la novela, fuera cual fuera, como debilitadora del espíritu, provocadora de una excitación pasajera y del oscurecimiento de la razón, además de languidecer la voluntad. A principios del siglo XX la retórica del sermón intensificó sus valoraciones: «Allí en la lectura de libros y periódicos bebió el pueblo como hidrópico el veneno fatal que cegó las luces de su inteligencia y las energías de su corazón; allí en las malas lecturas perdió la tranquilidad y su paz, sus esperanzas» [ 23 ] .

Pero para la Iglesia habían pasado los tiempos de la censura estructural y «los cordones sanitarios». La liberalización de la imprenta y, sobre todo, la extraordinaria multiplicación de la oferta hacían inútiles las prohibiciones y desde la segunda mitad del siglo se concentraron sus actividades en las recomendaciones y las lecturas guiadas, y en la creación de organizaciones dedicadas a proporcionar «útiles y sanas lecturas» y «moralizar e instruir a los hijos del pueblo».

El auge de la novela en el siglo XIX , las preferencias de los editores por este negocio, con su perfeccionamiento técnico y fórmulas de difusión, y el abaratamiento del producto hizo que la poesía quedara relegada a un segundo plano, sobre todo en el terreno editorial. Una producción multiplicada para mayor número de lectores, con más libros que leer, de más fácil acceso y más baratos, provocó también la posibilidad de leer más novela que poesía. La novela por entregas fue un producto editorial revolucionario, no tanto por los contenidos de los textos, que se podían encontrar en otros formatos, sino por su forma de difusión y haber alcanzado la fidelidad de los lectores, procedentes de muy diversos grupos sociales.

La circulación de la novela popular atravesó todos los rincones de la sociedad del siglo XIX , y sedujo los espíritus, despertó emociones y fue capaz de cautivar a lectores de muy diversa procedencia [ 24 ] . Letrados e iletrados acabaron compartiendo la práctica social de la lectura, aunque con distintas dimensiones y procedimientos culturales. El gesto del mundo letrado, y sobre todo los que apelaban a la pureza de la creación literaria, consideraron este tipo de novelas como de escasa o nula calidad literaria, realizadas a destajo y huérfanas de los cuidados narrativos. Pero se extendieron como un reguero desde los años cuarenta del siglo XIX , bien en el folletín de los diarios, bien en entregas de seducción. Este contraste entre el gesto selecto del intelectual y la seducción de las novelas en folletín quedó muy bien retratado por Julio Nombela al describir la actitud extrema de Antonio Ríos Rosas, para quien había trabajado de secretario:

«Tenía una debilidad que me confesó. Las novelas de Dumas padre y de Eugenio Sué, de Montepin y Gaboriau, éstas con los crímenes difíciles de descubrir que narraban sin perdonar los más espeluznantes detalles y aquéllas con las aventuras extraordinarias que entretenían y fascinaban al lector, le interesaban hasta el punto de no perder un solo folletín de los que publicaba La Correspondencia, cuyo propietario, don Manuel María Santana, gran conocedor del público, sabía elegirlos de maravilla. Por aquel tiempo daba a luz el periódico callejero una novela de Saint Félix, titulada Las primas de Satanás, y antes que las noticias leía Ríos Rosas el folletín, poniéndose de mal humor si visitas intempestivas le privaban de aquel gusto, que él mismo calificaba de malsano y antiliterario. Recuerdo que un día, a mediados de septiembre, llegó Alonso Martínez, que era a la sazón uno de los ministros más importantes, en el momento en que mi jefe comenzaba a leer el folletín de La Correspondencia, que había quedado en el número anterior en una situación de interés. Aunque mayor era el que debía inspirarle la matinal visita del ministro, me encargó que fuese a la sala, donde le había introducido la doméstica, y le rogara que esperase unos instantes, pretextando que había pasado mala noche y no se había levantado. Sobre todo me encareció que le entretuviera del mejor modo posible hasta que él terminase la lectura. Cerca de media hora tardó en presentarse, y no dejé de verme apurado, porque en mi calidad de secretario tenía que guardar cierta circunspección y no hablar de política...» [ 25 ] .

Lecturas controladas, lecturas guiadas, lecturas militantes

La extensión social de la lectura, su multiplicación entre los colectivos sociales, provocó importantes consecuencias en la manera de entender la lectura y los discursos que sobre ella se proyectaron. En el último tercio del siglo XIX , pero sobre todo a comienzos del siglo XX , se habían superado todos los límites previstos para controlar, en el tiempo de las masas, la actividad lectora extendida por el pueblo después de resbalar por la pirámide social. La lectura directa como acto de desciframiento de textos había dejado de ser un patrimonio exclusivo de las elites letradas, cortesanos, nobles y burgueses, que empezaron a compartir una práctica cultural que hasta entonces era una seña de identidad de las sociedades del privilegio.

Las transformaciones editoriales alimentaron la circulación de libros, y con ello la alteración temática de sus contenidos y las prácticas de lectura. Por ello contribuyeron a la consolidación de las reglas del juego de la sociedad liberal y el desmantelamiento lento de los principios del viejo orden. No tanto por los contenidos como por las formas de circulación social del libro y las prácticas de lectura, se fueron transformando las viejas ideas a lo largo del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX . La máxima de libros para todos cambió la relación con los libros, los hizo teóricamente accesibles y con ello provocó una erosión de la autoridad.

A principios del siglo XX , la modernización del sector, el aumento de tiradas, el abaratamiento de los libros, los mercados de ocasión y de viejo, proyectaron una imagen, sobre todo en el ámbito urbano, de que «todo el mundo escribe y todo el mundo lee». El recorrido culminaría durante la Segunda República cuando las misiones pedagógicas, las bibliotecas públicas y las ferias del libro fueron los emblemas de un tiempo de lectura. Desde que el proceso empezó a tejerse en las décadas centrales del siglo XIX , las autoridades del Estado liberal lo intentaron controlar, teniendo en cuenta la peligrosidad de unas lecturas espontáneas, sin guía ni orientación.Más que el ejercicio de la censura se precisaban unas pautas de lectura guiada. Se construyó así un discurso de la escuela pública, paternalista, orientado a la instrucción de las clases populares o «más desfavorecidas de la sociedad» con fines didácticos para aprender «conocimientos útiles» y con dosis de moral. Una lectura explicada, atenta, guiada, que compartía con el discurso eclesiástico la denuncia de los «malos libros» por inmorales o revolucionarios, la escasa calidad literaria y que pretendía seleccionar un corpus de buenas y útiles lecturas para el pueblo. Una lectura de formación, en la escuela y en las bibliotecas, como responsabilidad del Estado, que debía enseñar a leer a todo el mundo. Con la Revolución de 1868 se produjo un importante punto de inflexión al incorporarse en el ideario democrático la educación y su instrumento, la lectura, como un derecho, completando los discursos paternalistas que procedían del espíritu ilustrado.

«No es posible desconocer cuánto ha de contribuir a la cultura general del país, y por consiguiente a su verdadero progreso la propagación de buenos libros, siquiera sean elementales, por cuyo medio no sólo se despierte la afición a la lectura, sino que sirva de estímulo al ciudadano para adquirir conocimientos que le proporcionen la ventaja moral o material de mejorar su naturaleza y ponerle en disposición de conocer y cumplir respectivamente sus derechos y deberes en la sociedad (...) Pero también es innegable dado nuestro actual estado de cultura y el económico del país, la suma dificultad que ofrece la publicación de buenos libros que respondiendo a una clasificación científica, metódica y acertada satisfagan, no sólo a la precisa condición de su baratura, sino lo que es más importante aún, a la de que puedan circular con fruto, siquiera sea lento, pero seguro, entre individuos que como observa el negociado no sepan más que leer y para quienes más particularmente se destinan (...) el principal fin de las bibliotecas populares cual es el de poner al alcance del mayor número la mayor suma de conocimientos útiles y de aplicación» [ 26 ] .

Este discurso liberal reformista, que evolucionó hacia los planteamientos democráticos de la lectura ejercida como un derecho, estaba en competencia con el dinamismo de un discurso eclesiástico muy beligerante con el discurrir de la cultura impresa y sus prácticas lectoras. Y aquel discurso democrático no dejó de verse atenuado por un discurso bibliotecario erudito y un discurso pedagógico normativo y moralizador, que pretendían controlar, guiar y conducir con tonos paternalistas los nuevos tiempos lectores [ 27 ] .

Más lecturas, menos analfabetismo y una producción multiplicada fueron los capítulos que confluyeron, con un engranaje didáctico y una socialización de la lectura, durante las tres primeras décadas del siglo. El dinamismo editorial y de la demanda de lectura también se fueron acoplando a los discursos y prácticas de una «lectura obrera», que recogían elementos didácticos, instructivos y utilitarios anteriores, pero que al mismo tiempo incorporaban una versión militante de la lectura como instrumento de emancipación social. Este proceso simbolizado en el libro revolucionario o en las editoriales de avanzada de la época de la Dictadura culminó en los años treinta.

Durante la República el libro había salido a la calle y se difundió en muy diversos ámbitos. Los lectores habían aumentado, los estímulos para la lectura también, los libros se habían hecho más accesibles con la rebaja de los precios o el desarrollo del mercado de segunda mano, pero sobre todo la socialización que se produjo en la etapa republicana, como las misiones pedagógicas o las ferias del libro, indicaba que la preocupación por los libros y el discurso social de la lectura se había incrustado en el tejido social. Unos como instrumento de aprendizaje y educación, otros como vehículo de progreso, otros como elemento de distracción y otros como símbolo de emancipación social. Todas las categorías sociales se implicaban con el libro, que ya no era una seña de identidad de las elites letradas.

En la República confluyeron, pues, tres referentes en la consideración del libro y la lectura. Por un lado, recogía toda la trayectoria impulsada por los demócratas del siglo XIX que situaban en la educación y la instrucción del pueblo, en su sentido colectivo, un instrumento de progreso social de las clases desfavorecidas, y por otro, toda la veta regeneracionista que adjudicaba a la «escuela y la despensa» las vías para remediar los males del país. Pero la República aplicó a estas reflexiones una dimensión pública de la cultura, entendida como derecho político universal. Además, en el transcurso de estos años se fue alimentando también, más allá de esta idea colectiva, aquella concepción de la cultura y el libro como un instrumento de emancipación social, dotándole por tanto de un sentido revolucionario —no ya paternalista, ni regeneracionista, ni público— y de clase social, que adquirirá fuerza durante la Guerra Civil en el contexto de una cultura militante y de emancipación social [ 28 ] .

NOTAS

  • [ 1 ] M ARTÍNEZ , J. A. (dir.): Historia de la edición en España (1836-1936), Madrid, Marcial, Pons, 2001; B OTREL , J.-F.: Libros, prensa y lectura en la España del siglo XIX , Madrid, Fundación Germán Sánchez Rupérez, 1993. Un estado actual de la historia del libro, de la edición y de la lectura en el ámbito historiográfico internacional está definido en el libro colectivo de M ICHON , J., y M OLLIER , J.-Y. (dirs.): Les mutations du livre et de l'édition dans le monde du XVIII e siècle á l'an 2000, Quebec, Presses de l'Université Laval, y París, L'Harmattan, 2001. De reciente aparición, la síntesis para Francia de P ARINET , É.: Une histoire de l'édition à l'époque contemporaine ( XIX e- Xx e siècle), París, Éditions du Seuil, 2004.
  • [ 2 ] E SCOLANO , A. (dir.): Leer y escribir en España. Doscientos años de alfabetización, Madrid, Fundación Germán Sánchez Rupérez, 1992; V IÑAO , A.: Escuela para todos. Educación y modernidad en la España del siglo XX , Madrid, Marcial Pons, 2004.
  • [ 3 ] Sobre esta perspectiva de historia social de la lectura, además deM ARTÍNEZ , J. A.: Lectura y lectores en el Madrid del siglo XIX , Madrid, CSIC, 1991, véanse B OTARGUES , M.: El consumo cultural en Lleida en el siglo XIX , Lleida, Universidad y Páges, 2000, y M ORENO , P. L.: Alfabetización y cultura impresa en Lorca (1760-1860), Murcia, Universidad, 1989.
  • [ 4 ] M ARTÍNEZ R US , A.: La política del libro durante la Segunda República. Socialización de la lectura, Gijón, Trea, 2003.
  • [ 5 ] C HARTIER , R.: «Revolución de la novela y revolución de la lectura», en Entre poder y placer. Cultura escrita y literatura en la Edad Moderna, Madrid, Cátedra, 2000, pp. 177-198.
  • [ 6 ] Véase M ARTÍNEZ , J. A. (dir.): Historia de la edición en España..., op. cit., y, sobre todo, mi texto «Lectura extensiva y lectura intensiva. Lectura oral y lectura silenciosa. ¿Una revolución de la lectura?», pp. 465-472, y V IÑAO , A.: «Las prácticas escolares de la lectura y su aprendizaje», pp. 417-430. Sobre estas transformaciones, C HARTIER , R.: «Du livre au lire», en Pratiques de la lecture, Marseille, 1985; K AESTLE ,C. F., et al.: Literacy in the United States. Readers and reading since 1800, New Haven, Yale University Press, 1991; V IÑAO , A.: Leer y escribir. Historia de dos prácticas culturales, México, Fundación Educación, Voces y Vuelos, IAP, 1999; C AVALLO , G., y C HARTIER , R. (eds.): Historia de la lectura en el mundo occidental, Madrid, Taurus, 1998.

    7 M ARTÍNEZ , J. A.: «Las transformaciones editoriales y la circulación de libros», en M ARTÍNEZ , J. A. (dir.): Los orígenes culturales de la sociedad liberal. España siglo XIX , Madrid, Biblioteca Nueva, Editorial Complutense y Casa de Velázquez, 2003.
  • [ 8 ] B OUZA , F.: Palabra e imagen en la Corte. Cultura oral y visual de la nobleza en el Siglo de Oro, Madrid, Abada, 2003, pp. 62-63.
  • [ 9 ] El ayo de S. M. era Quintana, y, como tal, encargado de seleccionar los títulos de las obras, en la fecha en la que está escrito el texto, 24 de septiembre de 1841. C ONDESA DE E SPOZ Y M INA : Memorias, Madrid, Tebas, 1977, p. 230.
  • [ 10 ] Ibid., p. 232.
  • [ 11 ] Ibid., p. 237.
  • [ 12 ] Ibid, p. 390.
  • [ 13 ] Gaceta de Madrid, 27 de enero de 1843.
  • [ 14 ] Veáse mi trabajo «La lectura irreverente o la educación descuidada. Un episodio de historia cultural», en Cuadernos de Historia Contemporánea, número extraordinario (2003), pp. 137-144.
  • [ 15 ] M ESONERO R OMANOS , R. de: Memorias de un setentón, Madrid, Tebas, 1975, p. 74.
  • [ 16 ] M ARTÍNEZ , J. A.: Los libros de Mesonero Romanos y las lecturas de su tiempo, Centro Mesonero Romanos, Ayuntamiento de Madrid e Instituto de Estudios Madrileños, núm. 15 (2004), pp. 1-29.
  • [ 17 ] B OTREL , J. F.: «La construcción de una nueva cultura del libro», en M ARTÍNEZ , J. A. (dir.): Los orígenes culturales de la sociedad liberal..., op. cit., pp. 24-25.

    18 N OMBELA , J.: Impresiones y recuerdos, Madrid, Tebas, 1976, p. 550.
  • [ 19 ] R UBIO Y G ALÍ , F.: Mis maestros y mi educación, Madrid, Tebas, 1977, p. 70.
  • [ 20 ] Ibid., p. 193.
  • [ 21 ] Ibid., pp. 205-206.
  • [ 22 ] V IÑAO , A.: «Las prácticas escolares de la lectura y su aprendizaje», en M ARTÍNEZ , J. A. (dir.): Historia de la edición..., op. cit., pp. 425-426.

    23 La voz del púlpito (1907), citado por B OTREL , J.-F.: «Narrativa y lecturas del pueblo en la España del siglo XIX », en Cuadernos Hispanoamericanos, 516 (1993), p. 84.
  • [ 24 ] M ARTÍNEZ , J. A.: «Un público burgués para la literatura popular», en Anales del Instituto de Estudios Madrileños, núm. XLIII (2003), pp. 589-606.
  • [ 25 ] N OMBELA , J.: Memorias..., op. cit., pp. 690-691.
  • [ 26 ] Dirección General de Instrucción Pública, Manuscrito sobre Bibliotecas Populares, 28 de diciembre de 1870, Archivo General de la Administración, Educación, leg. 6622.
  • [ 27 ] V IÑAO , A.: «Los discursos sobre la lectura en la España del siglo XIX y primeros años del siglo XX », en M ARTÍNEZ , J. A. (dir.): Los orígenes culturales de la sociedad liberal..., op. cit., pp. 85-148.
  • [ 28 ] M ARTÍNEZ , J. A.: «Editores, libreros y público durante la Segunda República», en Aula de Cultura, núm. 22 (2002), Ayuntamiento de Madrid e Instituto de Estudios Madrileños del CSIC, y M ARTÍNEZ , J. A.: «Los libros y la lectura durante la guerra civil», en Aula de Cultura, Ayuntamiento de Madrid e Instituto de Estudios Madrileños, 2001.

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