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Exit, Imagen y Cultura

Acerca de mi mismo

por Rosa Olivares

Exit, Imagen y Cultura nº 49, Febrero/Marzo/Abril 2013

Imagen: Anders Petersen. Serie Rome, Julio 2012. Cortesía del artista.

La importancia de nuestras vidas, nuestras historias, nuestros dolores y alegrías, nuestros viajes, nuestra familia, nuestras relaciones sentimentales; la felicidad y el dolor, el amor y el desamor, lo transcendental y lo cotidiano. Todo esto es en esencia el tema de más del 80% de la fotografía que se realiza hoy en día. Si dejamos a un lado la fotografía documental (que viene a ser lo mismo pero de otros en lugar del yo gigantesco del artista), la profesional -publicidad, prensa, y poco más- y esa extraña rama de investigación formal que también existe en la foto actual, todo lo demás se reconduce al entorno del yo del fotógrafo.

Acerca de sí mismo, el fotógrafo nos habla de su familia, de sus hijos, del proceso de crecimiento y maduración de unos niños que acabamos conociendo como si fueran de nuestra familia. Los hemos visto bañándose desnudos, llorando con mocos y lágrimas, jugando, durmiendo; hemos visto sus escarceos de adolescencia y su despertar a una vida plena. Otros nos hablan de sus viajes. Un cuaderno de viaje detallado en el que no solamente aparece lo que el fotógrafo viajero va descubriendo, sino que sobre todo nos habla de él mismo, de cómo va y viene, de lo que mira, de lo que le llama la atención, de lo que le importa. La parte más amplia es la vida amorosa, los amigos, las novias, el amor y, sobre todo el desamor, el volver a empezar. Y de fondo de todo esto, el desnudo. Los cuerpos desnudos del fotógrafo y de sus parejas, amigos, hijos y familiares. En todo este impudor hay que saber separar lo que se convierte en universal y lo que solamente es exhibicionismo, porque no sabemos exactamente cuál es la razón que hace creer al fotógrafo que nos interesa su familia, sus viajes, sus amores, por qué nos tiene que interesar verle bañarse, pasear y fumar desnudo por su casa. La realidad es que, a priori, no nos interesa en absoluto. Su vida no nos parece más interesante que la nuestra, pero nosotros procuramos vivirla con más discreción. Todos tenemos hijos y todos viajamos y todos nos hemos enamorado y desengañado posteriormente. Esa es la vida en su más absoluta vulgaridad.

Sin embargo, dentro de cada uno de nosotros existe un biógrafo de su propia vida. ¿Qué son sino todos esos álbumes de las vacaciones, de los nacimientos y bodas, de los cumpleaños, todas esas fotos que proclaman que estuvimos allí, que nos conocimos y nos amamos, que tuvimos hijos, que fuimos felices? También hubo muertes, y dolor y separaciones y finales que cerraban el ciclo de aquellos principios, y a veces la felicidad permanecía en nuestras casas hasta la vejez, y cada uno de nosotros seguimos contándolo en imágenes para siempre jamás. Esa idea de álbum, de autobiografía en progreso es lo que también alientan las redes sociales, animándonos a contar qué sentimos, cómo estamos, qué pensamos, y nosotros, todos, mostramos una vez más a nuestros hijos, nuestras casas, nuestros amigos, nuestros perros, en unas instantáneas que viajan y viven con nosotros. Pero nuestras vidas, aunque más cercanas, tal vez por esa misma proximidad, nos parecen menos interesantes, menos atractivas. Es en el arte, en el discurso de un artista, de aquel que sabe decir y ocultar, de esas imágenes que más que contarnos nos susurran, que nos sorprenden con el matiz, con un gesto salvaje, con un silencio terrible, en donde encontramos la vida, la intimidad de lo ajeno, la curiosidad que nos desvela finalmente la maravilla de lo normal, lo inquietante de lo cotidiano. La vida real en su pura representación, la puesta en escena de lo que aparentemente es el fluir del día a día. En estas historias que vemos hay algo que nos atrapa. Puede ser su formalización visual, el ojo del artista sin duda construye algo más que una biografía parcial, y más allá de la anécdota de sus vidas hay algo que trasciende. Nan Goldin se ha construido un lugar en la historia de la fotografía actual haciendo algo que muchos otros artistas más desconocidos llevan haciendo desde siempre: contándonos su vida. Es cierto que Nan Goldin lo haría con claro desprecio de la calidad fotográfica, arrastrada por el desastre continuo de una vida a golpe de muerte, desapariciones y dolor. Pero su Ballad of Sexual Dependency nos ha marcado a todos ante la dureza y claridad de una historia que sentimos cercana, que creemos que podemos vivir. Sally Mann haría lo mismo pero desde el polo opuesto: la belleza, el respeto a una fotografía preciosista en blanco y negro, la libertad y felicidad de sus bellísimos hijos nos han impactado definitivamente. Pero sus hijos crecieron y sus series posteriores nunca han alcanzado la fuerza de sus trabajos de familia, igual que los paisajes de Goldin o la vida de sus sobrinos nunca nos han interesado en absoluto.

Siempre hablamos de nosotros mismos, nuestra huella marca todo lo que hacemos, todo lo que tocamos, nuestro olor queda no solo en la piel de nuestros amantes sino en los lugares que habitamos. Nosotros, yo, siempre yo, siempre nosotros. Los artistas trazan fragmentos de su biografía en todo lo que hacen, en cada obra, en cada texto queda algo de quien la pensó, de quien la hizo. Es inevitable, pero convertir esta huella en la obra es ir mucho más lejos. El trabajo de Alberto García-Alix nos va mostrando fragmentos más o menos hilados de su vida. Su autorretrato permanece en el aire, tanto si sale él, como si solo es su mano con un condón, o su mano con unos zapatos, o su sombra, o alguna de las habitaciones por las que ha pasado, alguna de las mujeres que ha amado incluso en los paisajes su presencia es absoluta. Su trabajo solo habla de él mismo, de sus sentimientos, de sus amigos, de todo lo que a él le afecta, le toca. Igual que Nan Goldin, igual que la mayoría de los artistas que ocupan estas páginas. Su mirada y su percepción de un mundo que gira a su alrededor, que termina y empieza en el círculo que puede trazar con su brazo extendido, centra sus fotografías. Entre el diario, la autobiografía y un documentalismo personal que le hace fotografiarse las heridas antes de ir al hospital. Que hace que cada imagen sea una marca de su vida.

Esta creación de una historia y de un personaje lleva a la ficción a la misma velocidad que hacia la verdad. Porque el artista, como cada uno de nosotros, recrea a un personaje que no es realmente el propio artista. Igual que nuestra voz nos parece otra cuando la oímos grabada, igual que no nos reconocemos en las fotografías, tampoco estas historias son las verdaderas historias, son las versiones del biógrafo, cuentos sobre nosotros mismos, a veces pedazos sangrientos de nosotros mismos, otras felices fotos de un álbum intranscendente. Como narradores de nuestra propia historia nunca somos objetivos. ¿Cómo ser objetivo para hablar de nuestros sentimientos? La historia de amor y de abandono de Sabine, contada por Jacob Aue Sobol seguramente sería diferente contada por la otra parte, Sabine. Pero solo tenemos una versión, solo existe una historia. Y la belleza y la fuerza de las fotografías, de las imágenes de una historia imposible pero real, es suficiente para que la ficción sea la única realidad. La fuerza de la imagen, la fuerza de una narración, la fuerza de un creador. Esta fuerza está presente en cada una de las historias que recogemos en este número que es especial porque especiales son las imágenes, las historias y los artistas que se han incluido. Solo son dieciséis historias y cinco fragmentos de otras cinco historias. Nuestro objetivo es comprobar cómo la idea de nosotros mismos está en la raíz de la fotografía actual. La necesidad de contarnos, de explicarnos, de vernos reflejados sigue alimentando la creación, sigue haciendo girar el mundo.

Aunque el amor siempre es el mismo, las formas de expresarlo, las formas de vivirlo son siempre diversas. De igual modo cada fotógrafo genera un vocabulario formal diferente para hablar de los mismos temas. Por esto la autobiografía es un subgénero inagotable que se renueva y enriquece con cada artista que nos habla de él mismo, con cada serie sobre las madres, las familias, las crisis de la cotidianeidad. Porque la vida finalmente se construye cada día, en cada momento y en cada imagen. Hay historias de amor, por supuesto, pero también otras diferentes como la de Corey Arnold y su personal relación con la pesca y el mar. Porque cada historia es diferente, unas más tiernas, otras más divertidas, otras de una belleza espectacular, pero todas tienen algo que las hacen diferentes. No hay nada nuevo, todas las historias son una sola historia y la diferencia es cómo se cuenta y cómo la recibimos cada uno de nosotros, protagonistas de nuestras propias vidas, de historias que tal vez nunca contemos y hasta lleguemos a olvidar, mientras todas estas historias ajenas, falsas y reales permanecerán en nuestra retina para siempre, formando parte de nuestra propia vida nunca contada.

 

 

 

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