300 números de Quimera
Autor: Jorge Carrión, Juan Trejo y Jaime Rodríguez Z.
Revista: Quimera nº 300
Las publicaciones culturales no suelen mostrar su cocina. Léase lo que sigue, un intercambio de e-mails entre aquellos que dirigimos Quimera , como una declaración de intenciones y como una muestra de transparencia. Fragmentos de un ideario, de un programa y de algunas contradicciones, en clave de aniversario. Perdone el lector si cree que nos hemos puesto estupendos. Más bien estamos de celebración. Y queremos compartirla.
Jorge Carrión : El pensar en trescientos números da un poco de vértigo, porque quiere decir más de un cuarto de siglo de historia, es decir, que Quimera nació cuando yo no sabía leer… De algún modo, por tanto, la historia de la revista, que es la de la cultura literaria de la democracia española, se desarrolla en paralelo a la mía como lector; aunque sólo mucho después pueda ser consciente de ello. Y ahora me doy cuenta de la importancia, secundaria pero remarcable, que esa revista tuvo para mí, como la tuvieron otras (pienso en Dirigido por o en Cuadernos hispanoamericanos ), que leía también en la biblioteca pública de Mataró. Especialmente durante la etapa en que Ana Nuño fue su directora, porque dossieres como el que, en dos números consecutivos, le dedicó al filólogo francés Jean Bollack influyeron mucho en mi forma de leer.
Juan Trejo : Trescientos números son muchos números, es cierto. Imaginar todos esos ejemplares apilados produce, de manera casi sucesiva, nostalgia y tristeza. Nostalgia por la inevitable conciencia del paso del tiempo. Tristeza porque sabiendo el escaso interés que genera en la actualidad en nuestro país la cultura impresa, uno no puede dejar de pensar en el título de una de las comedias de Shakespeare: Trabajos de amor perdidos . Tuve noticia de Quimera por primera vez cuando estaba en la universidad, a principios de los noventa. Ya por aquel entonces, la importancia de las revistas que trataban temas culturales parecía cosa del pasado. El afán de novedad había alcanzado al mundo editorial, como había acabado imponiéndose en el resto de ámbitos de consumo, y para encontrar información en el terreno cultural parecían existir caminos mucho más rápidos. No puedo decir que yo me mantuviese al margen de la corriente general, pues jamás utilicé Quimera como instrumento de posibles descubrimientos más o menos de actualidad. Para mí, durante la carrera, no fue sino una fuente de estudio de la que extraer artículos con los que dar lustre a la bibliográfica de mis trabajos. Por decirlo de otro modo, durante años entendí Quimera como otro instrumento académico y, por tanto, un pelín anquilosado.
Jaime Rodríguez Z .: Mis primeros recuerdos de Quimera están inevitablemente asociados circuito etílico-literario del centro de Lima. Eran los primeros noventa y la revista solo se encontraba —por lo general números viejos, con notas sobre Onetti o Cabrera Infante o Goytisolo— en las librerías “informales”: una tabla sobre dos taburetes en medio del Jr. Quilca. Más que la revista literaria de mi generación Quimera fue la revista literaria de la generación anterior (la de los ochenta). Pero recuerdo que en uno de esos viejos números de Quimera descubrí a Faulkner. Gran hallazgo. Me compre Luz de agosto en la misma librería informal. En efecto, en la era pre-mail y pre-webs la información impresa era un objeto valioso casi en un sentido físico. Recuerdo haber fotocopiado artículos de Quimera muchas veces y haber hecho fotocopias de fotocopias de Quimera y haberme desesperado por no poder enterarme de más. Nostalgias de google antes de google. Hoy, varios años y muchos kilómetros después, los chicos que estudian donde yo estudié pueden consultar Quimera en la web, recibir los artículos por mail y estar a un enter de distancia de todo lo que quieran saber sobre lo que publicamos o sobre nosotros. Creo que antes, en la época de la información unidireccional, revistas con tanta tradición e importancia eran entidades totémicas, cuestionables, sí, pero básicamente pontificantes. Me gusta estar en un momento en el que la tecnología a nuestro alcance nos ha hecho más dialogantes con otras ideas y otros contextos.
J. C : No deja de ser significativo que los tres nos embarcásemos, en diferentes momentos, en el proyecto Lateral , una revista que nace precisamente en una época de declive de las revistas culturales, que muere por ese declive en plena era de Internet, a finales de 2005. Lateral fue nuestro gimnasio, el lugar de entrenamiento en la crítica y en el periodismo cultural de muchos escritores que hoy han encontrado su lugar, como Javier Calvo, Eloy Fernández Porta, Gabriela Wiener, Robert Juan-Cantavella, Juan Gabriel Vásquez, Mathias Enard, Roberto Valencia y un largo etcétera. Y también resulta curioso que tanto el proyecto de Lateral como la dos últimas etapas de Quimera se inscriban en un contexto desfavorable para la comercialización de revistas culturales. Sobre todo por el cambio de hábitos de consumo cultural. Cuando nació Quimera no había la oferta actual de suplementos culturales y de blogs y páginas webs de acceso gratuito. Ni existían las descargas. Por no hablar de la vocación política de las revistas culturales al inicio de la democracia.
J. T. : Dentro de ese paisaje que hemos dibujado, yo creo que Lateral merece capítulo aparte. Cuando nació para muchos supuso un rayo de esperanza en el panorama de la crítica cultural, la posibilidad de un sueño. Era una revista con un formato diferente y parecía tratar los temas, y la literatura en concreto, desde un ángulo diferente, más dinámico, más tangencial; los colaboradores de los primeros números eran todos ellos gente conocida que había decidido implicarse en el proyecto de manera personal, siguiendo el mismo afán renovador. Con el tiempo todo cambia y Lateral , por una parte, fue un caso palmario del “quien mucho abarca poco aprieta” y, por otra, ejemplificó todos los defectos asociados al binomio economía-cultura en este país. Sin embargo, fue bonito mientras duró; tal vez exceptuando algunos momentos puntuales. Precisamente por su carácter de frente cultural (excesivamente) abierto, pudieron escucharse todo tipo de voces y opiniones, pues había espacio para el riesgo y también para el error. Y respecto a los problemas de subsistencia, podría decirse que la necesidad se hizo virtud y, como señala Jordi, la revista se convirtió en una plataforma ideal en la que pudieron foguearse muchos jóvenes escritores, críticos y periodistas que hoy en día empiezan a tener un nombre. Yo creo que la pluralidad y también el sentido del riesgo y la necesidad, como antiguos miembros de ese proyecto, nos marcó. Y los efectos los trajimos con nosotros: Lateral cerró con el número de noviembre de 2005 y nuestro primer número de Quimera es Junio 2006.
J. C : Precisamente todo eso me hace pensar en la perspectiva generacional. Aunque en los últimos años de Lateral la mayoría de los miembros del consejo de redacción y de los redactores hubiéramos nacido en los setenta, el tono, la mirada predominante, era la de Mihály Dés y la de otros intelectuales (como Ignacio Echevarría o Jorge Zentner) que habían colaborado en la fundación de la revista. Lo mismo podría decirse de Babelia o de Letras Libres : haya o no gente joven en su equipo, se impone la mirada generacional de los nacidos en los cincuenta o poco después, que son los que realmente ejercen el poder. Lo mismo, creo, se podría decir de Quimera : Miguel Riera, Ana Nuño o Fernando Valls, es decir, personas nacidas en los cuarenta y en los cincuenta, formalizaron una revista que, como dice Jaime, nos llevó a descubrir autores o libros, pero que, como dice Juan, los nacidos a finales de los 60 y los 70 pudimos ver como algo anquilosado. No sé si hay solución a esa distancia generacional. Pero sí hay, efectivamente, una apertura radical en los últimos años, gracias a Internet sobre todo.
J.T .: Puede decirse que Quimera es la primera revista literaria consolidada que ha optado por una dirección compuesta por gente nacida a partir de los setenta. Eso ha variado por completo el enfoque respecto a otras revistas ya veteranas. En primer lugar, por una cuestión asociada con la amplitud de miras. Como no tenemos poltrona o territorio conquistado alguno que defender con uñas y dientes estamos abiertos a multitud de propuestas y enfoques. Nada nos pone en peligro a nivel ideológico o de contenidos. Todo puede hacernos crecer. En segundo lugar, somos jóvenes pero no tanto, lo cual nos permite mantener la perspectiva tanto respecto al pasado, del que no hemos renegado en ningún caso, sino más bien lo contrario, pues una parte de nuestra labor podría denominarse como de “actualización y rescate”, como respecto al futuro.
J.R.Z .: Internet es un tema clave, sin duda, y en cierta manera determina el tipo de revista que hacemos ahora. Pero desde que empezamos también es un tema de conversación el pensar cuánto tiempo le queda a las publicaciones en papel ante la avanzadilla virtual. Si en el fin de Lateral el desgaste generacional fue un factor decisivo, ¿cómo podrá sobrevivir Quimera al desgaste de su propio soporte, de su formato?
J. C. : No hay que olvidar que el proyecto de Quimera ha sido reformulado por nosotros, tanto en las grandes líneas de su contenido (diálogo fluido con América Latina, atención a la nueva narrativa española, examen de las grandes literaturas actuales, como la norteamericana, la china y la japonesa, énfasis en lo que llamamos la “literatura expandida”, es decir, narrativas audiovisuales, televisión, cómic, nuevas tecnologías, etc.) como en la parte gráfica (nuevo diseño, hincapié en la ilustración, publicación de híbridos entre textualidad e imagen, portafolios de artistas y fotógrafos), pero que Quimera forma parte de un grupo editorial y que, como tal, su responsable máximo es Miguel Riera. Quiero decir que el futuro de Quimera , para ser honestos, no depende sólo de la potencialidad o del agotamiento de su formato y de sus proyectos de contenido, sino también de su viabilidad económica y como marca en el conjunto de un grupo, modesto, pero grupo al fin y al cabo.
J.R.Z. : De acuerdo. Y, ya que lo mencionas, creo que es evidente, también, que esta “puesta al día” de la línea editorial de la revista ha coincidido en el tiempo con la atención mediática hacia un grupo de autores españoles (relativamente) jóvenes. En nuestro primer “libros del año” mencionamos entre varios libros destacados del 2006 a Nocilla Dream , de Agustín Fernández Mallo. Lo que resulta curioso es que mientras que nosotros hemos seguido de cerca las ideas de muchos de esos autores simplemente porque eran valiosas —en uno de los últimos números de Lateral publicamos una conversación entre Vicente Luís Mora y el propio Fernández Mallo en la que ya hablaban de muchos de los temas que después han despertado tanto interés—, y mientras otros medios con más inclinación por la inmediatez de las etiquetas creaban recientemente el “fenómeno”, a nosotros se nos acuse de ser “órganos del partido”. Creo que hay una evidente afinidad con muchos de los escritores que ahora empiezan a destacar, pero ésta se limita al deseo común de actualizar, potenciar y proyectar una institución literaria anquilosada que pedía a gritos un revulsivo. Y desde luego la atención prestada a esta gente no es mayor (de hecho es bastante menor) que la prestada a otros temas y aspectos de la literatura contemporánea.
J. C. : Eso nos lleva de nuevo al tema de la pluralidad. Desde el comienzo decidimos ser plurales. Durante dos años las tres columnas de Quimera pertenecieron a tres generaciones distintas: “Apuntes de la blogosfera” de Jesús Casals (nacido en los ochenta), “Terrorinfo” de Eloy Fernández Porta (nacido a principios de los setenta) y “Tragaluz” de Alfons Cevera (nacido en los cincuenta); la misma intención ha regido las reseñas de la sección Quirófano , las entrevistas o los temas de los artículos, la representación de culturas y generaciones diversas. A excepción del dossier, que casi siempre recae en autores absolutamente consolidados, la revista trata de ser plural. En la historia de las publicaciones culturales han predominado las revistas segregadoras por encima de las inclusivas. Casi siempre un núcleo duro ha impuesto un cierto blindaje y ha apostado por un espectro limitado de poéticas. Victoria Ocampo y Borges, en sus múltiples plataformas de política cultural, por ejemplo, marginaron a poetas como Molinari y a narradores como Arlt. Quimera , en cambio, pese a esas acusaciones y esas lecturas precipitadas, es un proyecto absolutamente abierto. Eso no quita que no tengamos nuestras líneas mayores de intervención, pero somos receptivos a propuestas que estén más o menos al margen de ellas. Creo que la estadística nos apoya: si hiciéramos recuento de las reseñas publicadas en el Quirófano durante estos dos últimos años y medio, el número de textos sobre autores mayores de cuarenta y cinco años (o difuntos) sin duda sería mucho mayor que el de los dedicados a emergentes. De hecho, eso es lo que estamos haciendo al publicar esta conversación: dejar claro cuál es nuestra política editorial. Aunque, evidentemente, siempre haya algo de utópico en una declaración de intenciones: pero la tensión que crea lo utópico es el motor hacia algo, en principio, mejor que lo que la inercia cotidiana depara.
J. T. : Creo que es palpable la voluntad por parte de los que estamos al frente de la nueva etapa de retomar, siquiera a nivel simbólico o emocional, el espíritu que dio pie a esta revista. La utopía o la quimera están de nuevo en la raíz de esta fase. Existe la voluntad de ejercer de vagón de enganche pero también de hacer las veces de punta de lanza. Con la conciencia de la ingenuidad que supondría esperar repercusiones a gran escala, pero con la fuerza que da precisamente saber que, como decía el cardenal Richelieu, todo incendio empieza por una pequeña chispa. Y la prueba palpable de que la fe, en ocasiones, mueve montañas es el pequeño terremoto generado por ese batir de alas de mariposa que fue, como recuerda Jaime, elegir el libro de Agustín Fernández Mallo como uno de los libros del año. Desde el punto de vista de Quimera , el “fenómeno” en sí no representa una validación de nuestro punto de vista, pues como ya se ha dicho Quimera es una revista de miras plurales, sino la afirmación de una esperanza: creer que todavía es posible agitar un poco el panorama literario desde un ámbito ajeno a la industria pura y dura.
J.R.Z. : A propósito de este tema gremial o generacional: me parece que hoy por hoy el individualismo ha devenido en requisito indispensable si se quiere ser “contemporáneo”, y eso se traduce muchas veces en una especie de cinismo generalizado que lejos de movilizar las cosas tiende a estancarlas. La dinámica es curiosa, aunque no original: desde la información y la reflexión se pretende construir bloques más susceptibles de ser manejados y decodificados, mientras que desde la creación se reivindica una insularidad y una exclusividad de recursos muchas veces inexistente. Me interesa el papel que juega una revista como la nuestra en este contexto.
J. C. : Susan Sontag escribió que “La lectura de novelas me parece una actividad muy normal, en tanto que escribirlas es una tarea extraña”. Los que nos acostumbramos a trabajar en revistas, entendemos —creo— el escribir sobre las lecturas, de modo casi constante, como la actividad natural de nuestra posición de lectores. Cuando lo natural parece lo contrario. Eso, que ha sido así al menos desde el siglo XIX, es otro de los aspectos que ha cambiado la realidad de nuestra época. Ahora el blog ocupa un espacio intermedio, entre el diario personal y la publicación, que puede llegar a saturar la parcela de esa escritura normalizada acerca de lo que uno va leyendo.
J.T. : En cualquier caso, y a pesar de su importancia para nuestro proyecto, Quimera está obligada a hacer frente en todo momento al envite de la virtualidad. Como sucedió con las novelas cuando irrumpió el cine en el panorama narrativo, o con el cine cuando explotó el ámbito televisivo, una revista impresa tiene que tener muy claro qué es aquello que sólo ella puede ofrecer, fundir más que nunca forma y contenido para que aquél que la escoja o pretenda leerla sepa que no va a encontrar algo así en ninguna otra parte ni con ningún otro formato. A nivel de inmediatez o de cantidad, Quimera no puede competir con Internet, o con la televisión (que tal vez hemos defenestrado demasiado pronto como vehículo cultural involucrado en el juego), pero entraña factores muy atractivos para un considerable abanico de público: extensión de los textos, síntesis de contenidos, profundidad de análisis y cierta perspectiva temporal (un mes es, hoy en día, mucho tiempo según la vara de medir de la actualidad) que permite distinguir la primera paja del primer grano.
J.C. : Me parece que, aparte de Lateral o de las etapas de Quimera que más habíamos seguido, cada cual tenía sus propias ideas sobre hacia dónde debía ir la revista. Sospecho que Juan pensaba en The Believer . Yo tenía en mente la argentina Punto de vista . Y Jaime, no lo sé, pero enseguida decidiste que había que cambiar el diseño y decidiste recuperar el logo antiguo de la revista.
J.R.Z : Sí, los editores y yo coincidíamos en que era necesario marcar una diferencia muy clara con respecto a la versión anterior. Personalmente pensaba que era buena idea rescatar viejas señas de identidad como el logo clásico y darles un nuevo aire. A ser posible un estilo vintage —¿ The New Yorker ?— que me parecía que iba bien con el discurso posmoderno que nos interesaba explorar. De hecho, creo que esa idea es algo que todavía está por acabar de cuajar.
J.T. : Yo tuve presente todas las revistas de ámbito anglosajón que me interesaban en ese momento. Admiraba el rigor y la seriedad de los textos de London Review of Books , la heterodoxia temática del New York Review of Books , la valentía en los enfoques de una publicación como Bookforum , escindida e independizada de la prestigiosa Artforum , y también ese toque clásico, creador de una línea propia que ha marcado una parte de la literatura norteamericana del siglo XX: The New Yorker . En otro sentido, he admirado desde sus inicios el proyecto editorial, o debería decir proyectos, de Dave Eggers: primero con la revista McSweeney’s , capaz de articular a su alrededor a toda una generación de escritores, y después con The Believer , centrada de manera más estricta en la crítica literaria. He admirado esos proyectos por su capacidad para fundir forma y contenido, para hacer arte, tanto con el “envoltorio” como con los propios textos, y también por su voluntad de devolverle a la literatura, del signo que sea, su dignidad como radar cultural, político y social de primer orden. Y me gusta pensar que algo de todo eso, siquiera una mínima parte, está presente en el proyecto Quimera .
J.C. : ¿Y en Etiqueta Negra ? Nuestra conexión peruana tuvo que pensar en ella, necesariamente. Yo me acordé de la obsesión de Julio Villanueva Chang y Toño Angulo cuando enfocamos la creación del Quirófano: era necesario que se trabajara cada reseña individualmente, en diálogo con el reseñista, crear una especie de “tono quimérico”.
J.R.Z. : Nuestra conexión peruana pensaba más en Hueso Humero , una revista emblemática en el mundo literario de Lima. Sobre el obsesivo editing de Etiqueta Negra, estoy de acuerdo en que deberíamos aplicarlo más.
J. C. : En el editorial del trigésimo aniversario de Sur (1931-1961), Victoria Ocampo recuerda una definición de Drieu la Rochelle (“Una revista es un grupo de hombres que se juntan en su juventud y que dicen juntos lo que piensan juntos”) y dice que su modelo es Partisan Review (“Recibe los mismos insultos”) y concluye que su revista sirve de “puente entre continentes”. El espíritu de las revistas de los años veinte y treinta se ha perdido, como su noción de comunidad. Quimera la hacemos más por email y por teléfono que cara a cara. En cambio, los otros dos aspectos sí que perviven. Las acusaciones infundadas, los insultos (la mayoría basados en lecturas superficiales, de cinco minutos, de pie, en una librería: otro modo de lectura muy de nuestros días). Y sobre todo, espero, el puente: una revista literaria en lengua española debe ser una plataforma de links bidireccionales. Así como una máquina de traducciones.
J.R.Z : Recuerdo nuestro entusiasmo inicial con el hecho de formar un consejo de dirección (¿una comunidad?) virtual: Txetxu Aguado (EE. UU.), Antonio García Vila (Madrid) y Llucia Ramis compartieron con nosotros esos caóticos intentos. A menudo nos encontrábamos con dificultades prácticas debido a la diferencia de horarios o de agenda, y el sistema nunca terminó de funcionar, así que finalmente asumimos la responsabilidad los que vivimos en Barcelona. Y creo que precisamente eso facilitó que los puentes se tendieran con mayor rapidez y agilidad. También es cierto que, aunque ya no exista esa noción de comunidad y sin duda no sólo no pensamos juntos sino que no pensamos igual, hay una afinidad personal y de criterios que es indispensable para que una publicación funcione. Por lo demás, es interesantísimo el intercambio, cada vez más fluido, con países como Argentina, Perú, México, Venezuela e incluso Japón que, en contextos muy distintos entre sí, viven momentos de renovación cultural y literaria de los que a menudo nos hemos hecho eco.
J.T. : Sí, recuerdo ese entusiasmo inicial, como recuerdo lo mucho que nos ilusionó que Llucia Ramis, por aquel entonces (enero de 2006) redactora jefe de Quimera , nos propusiera colaborar juntos tras el hundimiento de Lateral . No deja de ser curioso, sin embargo, que al final nos hayamos hecho cargo del proyecto los que vivimos en Barcelona. Tal vez sea ése uno de los detalles diferenciales a la hora de hacer una revista en papel: se ha demostrado que es imprescindible el contacto personal entre aquellos que manejan el timón; como es imprescindible el contacto físico, cuando se lee, con una revista de papel. Y que al mismo tiempo eso se haya combinado, de manera natural, con la creación de una amplia red internacional de colaboradores y gente dispuesta a aportar propuestas y participar en el diálogo que propone Quimera .
J.C. : Porque, al cabo, la principal red es la humana. Pienso en el apoyo de Marco Kunz desde Suiza, en el de Juan Francisco Ferré y Vicente Luis Mora desde los Estados Unidos, en el de Jimena Néspolo y Osvaldo Aguirre desde Argentina, en Juan Villoro desde México, en Patricio Pron y Jaime Priede desde otros puntos de la Península. Aunque en algún sentido sea anacrónico, un proyecto colectivo como este sigue buscando su propio sentido. Creo que, de hecho, tenemos mucho más apoyo humano que institucional. El caso de la SGAE, que nos denunció por un artículo de opinión en que se ironizaba sobre su condición de “corsarios”, es paradigmático al respecto. Nobleza obliga: Miguel Riera nos apoyó incondicionalmente; de hecho, desde el principio lo que esta revista de escasos recursos ha podido ofrecer ha sido libertad absoluta de opinión. Tanto en las columnas como en las reseñas. No es fácil pensar desde otro lado , casi nunca se consigue aunque se intente, pero sí al menos estar satisfechos de que sólo nos condiciona la autocensura, que no es poco.
