Clasicismo y Revolución
Autor: Joaquín Lledó
Revista: Álbum. Letras y Artes nº Sin Número
CLASICISMO Y REVOLUCIÓN
A mediados del siglo XVIII, no sólo la ciudad de Roma, sino Italia entera se convierte en un gigantesco atanor donde se van fraguando los fundamentos de un nuevo estilo que va a revolucionar el mundo del arte, el neoclasicismo. Entre diciembre de 1749 y septiembre de 1751 Abel François Poisson de Vandières, marqués de Marigny, hermano de la amante de Luís XV, la famosa madame Pompadour, y desde muy joven nombrado responsable de la pinacoteca real, realiza, en compañía del grabador Charles Nicholas Cochin, el arquitecto Jacques-Germaine Soufflot y el erudito abad Leblanc, un viaje por Italia que va a tener una enorme importancia para la evolución en Francia de las artes y el estilo. Pero evidentemente este fenómeno no sólo atañe a los franceses. Los ingleses han convertido a la Ciudad Eterna en meta obligada de su famoso Grand Tour y en Roma vive entre otros muchos británicos el pintor y arqueólogo escocés Gavin Hamilton. En 1751 se instala en Italia el pintor alemán Antón Raphael Mengs. Y en 1755 lo hace Joachim Winckelmann, que se convertiría en bibliotecario de un célebre coleccionista italiano, el cardenal Alessandro Albani, y, sobre todo, en el autor del más famoso texto de referencia del nuevo fenómeno, Réflexions sur l’imitation des oeuvres grecques en peinture et en sculpture.
En cualquier caso, aunque sería exagerado pensar que el interés por la Antigüedad y por los vestigios de la República Romana jugase un gran papel en el desencadenamiento de los acontecimientos que conocemos como la Revolución Francesa, es evidente que el nuevo arte impregnado de referencias al mundo antiguo aportó a esta revolución numerosos elementos estéticos que vinieron finalmente a moldear su imagen.
Jacques Louis David, el pintor más importante y representativo del periodo neoclásico nació en París el 30 de agosto de 1748. Tras unos primeros estudios en el taller de François Boucher, David asistió a los cursos que impartía Joseph-Marie Vien en la Academia de Pintura y Escultura, entonces situada en lo que hoy es el Louvre. En 1774, tras ganar el Premio de Roma, David viaja a Italia, donde permanecerá cinco años y donde seguirá recibiendo la influencia de Vien, que ha sido nombrado director de la Academia de Francia en Roma.
Las obras de Joseph-Marie Vien de este periodo eran ya el perfecto ejemplo de ese gusto por lo antiguo que se había ido imponiendo y su cuadro La mercader de amores en el tocador de damas, pintado en 1763, había alcanzado una gran notoriedad. Ello se debía en parte a que el artista se había inspirado en un fresco descubierto poco antes, en 1759, en una pequeña localidad napolitana llamada Gragnano, que había sido grabado por Nolli que le incluyó en el tercer tomo de su célebre Pitture antiche d’Ercolano.
Pero si Vien aplicaba sobre todo la estética neoclásica a las escenas de género, muy pronto los pintores de historia comenzaron a crear obras cuyo dramatismo restituía la visión de una Antigüedad virtuosa y al mismo tiempo violenta. De su mano la pintura francesa de este periodo tiende hacia una dramatización que se pone al servicio, no sólo de una depuración estética antibarroca, como hace en este mismo periodo la arquitectura, sino también de una renovación de la moral cívica. A partir de 1760 las composiciones se hacen más rígidas y teatrales; algunas se inspiran en los bajorrelieves antiguos, otras en los lienzos de Poussin. Pero es con la generación de los alumnos de Vien, Jacques Louis David, Jean-Baptiste Regnault o Jean Joseph Taillasson, que el neoclasicismo triunfa y revela una profunda relación entre los ideales antiguos representados con una iconografía a menudo trágica y las aspiraciones reformistas de los hombres que muy poco después van a hacer la Revolución. Quizás por ello su arte no es simplemente esa visión serena de «noble simplicidad» propuesta por Joachim Winckelmann, fascinado por el Apolo del Belvedere, sino también lo que algunos autores han llamado un néoclassicisme horrifique, es decir, un neoclasicismo impregnado de aspiraciones ya románticas, es decir, impregnado de una visión sublime de la historia, de una violencia expresiva. Así, por ejemplo, el lamento de Hero delante del cadáver, demasiado «plásticamente correcto» de Leandro en el famoso cuadro de Jean Joseph Taillasson es de esencia romántica, aunque el tema y los cánones sean propios a la cultura clásica.
En definitiva, con la llegada a la madurez de la generación que liderará David comienza a cultivarse el exemplum virtutis, convertido en el símbolo del rechazo del sensualismo vacío y decadente del estilo rococó que les había precedido. Los héroes dan su vida por la patria, por los valores de la antigua república romana. La carrera de David refleja perfectamente esta evolución, del Retrato del conde Stanislas Potocki, de 1781, al Marat asesinado y a Las Sabinas, de 1793 y 1799 respectivamente. Lentamente ese impulso hacia un mensaje moralizador y cada vez más radical se va convirtiendo en un discurso más y más politizado. Y uno de sus cuadros más famosos, El juramento de los Horacios, aunque pintado antes de la Revolución, en 1784, será visto años después como una premonición profética de los tiempos que se anunciaban. Algo que también sucederá con otro de sus lienzos, Los lictores trayendo a Bruto el cuerpo de su hijo, pintado el mismo año en que se iniciaron los acontecimientos, 1789, y representando al héroe romano que no dudó en condenar a muerte a sus propios hijos que conspiraban para restaurar la dictadura.
En 1789 el mundo artístico es agitado por un viento de contestación de las jerarquías y los privilegios. Y David, el artista más representativo de las nuevas corrientes, se implica, no sólo en este movimiento cultural, sino también en la política propiamente dicha. Así, tras recibir el encargo de un lienzo titulado El juramento del Jeu de paume, representando el momento en que los 557 diputados del tercer estado decidieron no separarse hasta haber dotado al país de una Constitución, finalmente, en septiembre de 1792, el pintor es elegido como miembro de la Convención. Por supuesto, David no es el único artista que se implica en el proceso revolucionario. También lo hacen muchos otros, por ejemplo, Jean-Baptiste Regnault, que pinta en 1795 un cuadro emblemático, La Libertad o la Muerte, o, por citar algún otro, François Gérard, famoso por su Psique y el Amor, pero que también fue autor de un cuadro titulado El pueblo francés pidiendo la destitución del tirano en la jornada del 10 de agosto.
Pero es David, jacobino radical que votará la muerte del rey y amigo de Robespierre, quien va a convertirse en el artista más importante del periodo revolucionario. Es él quien organiza los grandes festejos populares como, por ejemplo, el traslado de los restos de Voltaire al Panteón o la famosa fiesta del Ser Supremo. Y con su Marat asesinado es la virtud, el idealismo, la moral, la pobreza ejemplar de los mejores héroes de la Revolución lo que exalta. Por todo ello no es raro que cuando finalmente los vientos cambian David esté a punto de perder la cabeza en esa guillotina que se lleva la de su amigo Robespierre. Las amnistías del Directorio le hacen salir de prisión y su inmenso prestigio le permite recuperar su plaza de profesor.
No será su destino el de otros de sus amigos y discípulos como, por ejemplo, Jean Baptiste Topino Lebrun, autor de una Muerte de Caiüs Gracchus que ponía en paralelo la muerte del héroe romano defensor de los intereses de la plebe y la del revolucionario Gracchus Babeuf, amigo de Topino Lebrun y que sería guillotinado, como también lo sería el pintor, acusado de haber participado en un atentado contra Bonaparte. No. Este no sería el destino de David, que acogería con entusiasmo el régimen del caudillo corso y del mismo modo que había puesto su neoclasicismo inspirado en la Antigüedad al servicio de la República e incluso de la Revolución lo pondría ahora al servicio del Imperio. Pero esto es ya otra historia.
Nacida de las aspiraciones de las Luces, la Revolución había revelado también la parte de tenebrosas sombras que se escondía en la imaginación de aquellos que habían pasado de ser sujetos, siervos, a ser ciudadanos. Y por ello es lógico que en el arte de este fascinante periodo se mezclen de manera inextricable una estética neoclásica que proponía un regreso a la simplicidad de la Antigüedad y una estética romántica que exaltaba la subjetividad y los nuevos mitos. Algo que ilustra perfectamente el cuadro de Antoine-Jean Gros titulado Safo en Leucate con la imagen de la figura femenina de la poetisa enamorada suspendida en el borde del abismo; suspendida entre el neoclasicismo y el romanticismo, entre la nostalgia de un orden inmutable y el vértigo de la historia que incesantemente fluye, entre las Luces ambiguas del ideal de una razón universal y los extraños sueños de la época sombría que dio nacimiento a la modernidad.
La tempestad, Joseph Vernet
El juramento de los Horacios, 1784, Jacques Louis David.
La mercader de amores en el tocador de damas, 1763, Joseph-Marie Vien.
Psique y el Amor, 1798, François Gérard.
Retrato del conde Stanislas Potocki, 1781, Jacques Louis David.
Los lictores trayendo a Bruto el cuerpo de su hijo, 1789, Jacques Louis David.
La Libertad o la Muerte, 1795, Jean-Baptiste Regnault.
Una joven doncella sorprendida por la tormenta, 1799, Féréol de Bonnemaison.
Marat asesinado, 1793, Jean Louis David.
Las Sabinas, 1799, Jean Louis David.
Hero y Leandro, 1798, Jean Joseph Taillasson.
Endimión: Luz de luna, 1793, Anne Louise Girodet.
Safo en Leucate, 1801, Antoine-Jean Gros.
