El Templo de Flora. John Thorton
Autor: Jesús Tablate
Revista: Álbum. Letras y Artes nº 96

Como un bálsamo para una época como ésta, en la que el espíritu parece perdido, incapaz de dar respuestas o elaborar nuevos sueños. Así es el Templo de Flora. Como un bálsamo.
El exquisito aroma que desprenden las páginas de este libro evoca, sin duda, la salvación del espíritu. Y no sólo porque la contemplación de sus hermosísimas ilustraciones de flores nos sugieran olores asociados a la memoria de cosas sutiles -ya en sí muy espirituales- o porque su autor, Robert John Thornton, soñara este libro como un auténtico templo consagrado a la scientia amabilis, «la ciencia amable», de Carlos Linneo, el botánico más importante de la Edad Moderna, sino también porque la historia de este libro -inacabado, aunque también inagotable- guarda algo del aliento de aquellos hombres de la Ilustración que, en medio de la niebla de un tiempo en mutación, confuso, se entregaron con pasión a la tarea de dar a luz.
Un perfume que evoca la belleza. Pero que también sugiere la ciencia, puesto que nos habla de la flor, que es alimento y medicina. Algo que deja muy claro la ilustración que abre la obra. Esculapio, Flora, Ceres y Cupido honran el busto de Linneo. La medicina, la belleza, el alimento y, finalmente, el amor. Cumplidamente justificado, pues no hay que olvidar que el Templo de Flora es un homenaje al sistema sexual de clasificación botánica elaborado por Linneo. Un sistema que provocó gran escándalo. Incluso Goethe llegó a comentar a propósito del estilo, plagado de referencias eróticas, del genial naturalista sueco: «Cuando almas inocentes que desean profundizar por su cuenta en sus estudios toman un manual de botánica, no pueden ocultar que se sienten insultados en su moralidad. Los constantes apareamientos, que no podemos quitarnos de encima y en los que la monogamia, fundamento de las costumbres, la ley y la religión, se disuelven inmediatamente en una vaga lascivia, son del todo insoportables para el sentido común».
Así es que el escándalo causado por la presencia en la flor -emblema, como hemos visto, de la armónica belleza y la sabia ciencia- del siempre trasgresor Eros, hace que el aroma que exhalan las páginas de este Templo de Flora se haga también insinuante, que nos incite a desvelar, a penetrar vetados misterios. ¿Acaso no es la famosa frase de Francis Bacon Sapere aude!, «¡Atrévete a saber!» la divisa de las Luces?
Robert John Thornton era hijo de un boticario londinense que, perfecto ejemplo del ilustrado de este periodo, también cultivaba actividades literarias y periodísticas, es decir, de divulgación de las nuevas ideas. Como su progenitor, Robert John estudió medicina. Pero antes de abrir en Londres, en 1797, una consulta que sería muy frecuentada, realizó Thornton largos viajes por diversos países europeos, que le permitieron consolidar su cultura y afianzar sus teorías. Poco después de regresar del Grand Tour publicó sus Extractos médicos: resumen de algunos descubrimientos recientes en el ámbito de la química y la nueva teoría y práctica de la física, que firmo con el expresivo seudónimo de A Friend to Improvements, «Un amigo de las mejoras». En esta obra Thornton demostraba que era un médico a la altura de los conocimientos de la época y que se interesaba en las propuestas reformistas y en las nuevas prácticas, como, por ejemplo, en el uso de la Digitalis (dedalera) -introducida en la práctica médica a finales del siglo XVIII- contra las fiebres altas que acompañan a la escarlatina, o, por supuesto, en la recién creada vacuna contra la viruela.
Pero evidentemente la obra más importante de Thornton es la edición del monumental Templo de Flora. La obra fue realizada entre 1798 y 1803, aunque, según sus propias declaraciones, la idea de editar una lujosa obra botánica que rindiera debidamente homenaje a Carlos Linneo empezó a cuajar en el año 1791. Gracias a su herencia y luego gracias también a los ingresos que obtenía en su concurrida consulta, Thornton pudo encargar a famosos artistas ingleses la realización de los cuadros de plantas que necesitaba para ilustrar su obra botánica. Thomas Tomkins, creador de una escuela de caligrafía y famoso por su gran habilidad artística y su extraordinaria fantasía a la hora de idear escrituras ornamentales elegantes, armoniosas y representativas, demostró su talento en las páginas del libro. Entre los pintores destaca Peter Charles Henderson, un famoso retratista de la época, que fue quien colaboró más tiempo y en definitiva quien realizó un mayor número de láminas. Aunque el más prestigioso de los colaboradores es sin duda Philip Reinagle, alumno y colaborador de Allan Ramsay, pintor de cámara del rey Jorge III, que era también un famoso retratista, pero que en este periodo se interesaba cada vez más en la pintura de paisajes Pintó Reinagle una docena de cuadros para el Templo de Flora, entre los que se encuentra aquel, famosísimo, en el que están representados los tulipanes y el aloe. Y aunque sólo colaboró con dos estampas, también gozaba de mucha estima Abrahan Pether, célebre por sus escenas nocturnas, en las que reproducía la luz de la luna de modo tan realista y emotivo que se ganó el sobrenombre admirativo de Moonlight Pether. Una estima y una admiración que se comprende contemplando el trabajo que realizó en la lámina dedicada a la Selenicerus grandiflorus (L.), es decir, el organillo, la flor que los franceses llaman Reine de la Nuit. En esta lámina, realizada en colaboración con Reinagle, el paisaje con esa luna llena iluminando el bosque y, en medio de él, esa vieja abadía cuyo reloj señala las XII es verdaderamente espléndido.
También hay que citar entre los artistas que participaron en la empresa a Sydenham Teast Edwards, el colaborador habitual de William Curtis, el fundador de la famosa revista Botanical Magazine, que pintó la bella lámina representando a los jacintos. Y por supuesto, también la transposición de todos los cuadros a las planchas de impresión corrió a carga de artistas y artesanos de la misma categoría. Gente que tenía gran experiencia en el manejo virtuoso de las distintas técnicas de impresión, que se combinaron laboriosamente y se completaron mediante retoques manuales.
Aunque el libro comenzó a venderse por entregas, como los gastos de la laboriosa empresa se multiplicaban, para ampliar su fuente de ingresos Thornton abrió en Londres una galería que se hizo célebre con el nombre de «Galería linneana del Doctor Thornton». Pero el comienzo de la guerra contra Napoleón hizo que desgraciadamente no pudiera concluirse la ambiciosa empresa. Thornton se vio obligado a comunicar a sus suscriptores que la obra no contendría, como había proyectado, 70 láminas de plantas, sino que lamentablemente sólo podrían realizarse menos de la mitad. Y para salvar lo que todavía era salvable, organizó un sorteo. El premio principal consistía en el fondo completo de su galería, es decir, todas las pinturas originales que habían servido para la realización de las láminas del Templo de Flora. Una edición del texto y de las láminas realizadas del Templo de Flora en compañía de la Filosofía de la Botánica y de la Nueva Ilustración del Sistema de Linneo, todo ello en cinco espléndidos volúmenes, era el premio que recibían otros 199 afortunados. Otros 200 ganaban una carpeta con las estampas, acompañadas de un breve catálogo descriptivo. Y todavía otros 600 otra edición, más pequeña, del Templo de Flora.
Sin embargo, la esperanza de salvar financieramente el proyecto no se cumplió. Como dice Werner Dressendörfer: «Con el paso de los años, los intentos de hacer realidad su sueño habían llevado al doctor Robert John Thornton a la ruina. Había fracasado su plan audaz de editar una obra tan monumental con artistas de renombre por su cuenta y riesgo. La idea que tanto le entusiasmaba de crear un monumento único en su género a Carlos Linneo y seguramente también el deseo no expresado de que su nombre quedara para siempre vinculado al del científico sueco, estalló como una brillante y grandiosa pompa de jabón».
La empresa artística consumió la vida y la fortuna del médico londinense. Pero afortunadamente, pese a su ruina, Robert John Thornton consiguió legarnos algo de la obra en la que puso todas sus ambiciones. Este puñado de hermosísimas láminas, que reproducen las flores estudiadas situándolas en paisaje típico de su medio natural, algo que no se ha hecho nunca de manera tan solemne, ni antes ni después de Thornton. Ya por ello excepcional, su obra puede considerarse además un precioso documento temprano -albores del XIX- de la dedicación erudita a la botánica en un lenguaje formal de sensibilidad romántica, el espejo de una época fascinante.
Y así se cumple, al menos en parte, el sueño del médico londinense. Porque, al menos algunos pocos, asociaremos a partir de ahora el nombre del editor del Templo de Flora al nombre del inmortal Carlos Linneo.
