De un nuevo cosmos sonoro

Autor: Fernando Huici March

Revista: Arte y Parte nº 117


Podría, de entrada, resultar un tanto paradójico que, en una revista que ha dedicado lo esencial de su atención a las artes visuales, propongamos ahora en el presente número un monográfico orientado estrictamente hacia la creación sonora. Pero lejos de incurrir en contradicción con ello, venimos a incidir en una cuestión clave que, en sus diversas modulaciones y derivas, acumula ya más de una centuria a sus espaldas.

Bien lejos ya de las especulaciones sinestésicas que aflorarían inicialmente en el ámbito del simbolismo para dar cuenta de la red de contaminaciones analógicas suscitadas entre las esferas de lo visual y lo sónico, lo cierto es que el camino trazado por el impulso de las vanguardias había de derrumbar intempestivamente los muros que separaban las distintas prácticas creativas, ya fuera en los casos de la pintura, la poesía, la música o las artes escénicas. Y con ello, sobre todo a partir de 1950, vendría a aflorar, con aliento más radical si cabe, una enrevesada maraña de hibridaciones que, entre fenómenos colaterales de orden bien diverso, acabará desembocando, dentro del contexto de la práctica creativa, en esa deriva específica de un así llamado arte sonoro que tanta atención viene reclamando en el curso de las últimas décadas.

Desde su propio compromiso con la práctica creativa, el artista madrileño José Iges abre la partida y propone al lector una revisión de las prácticas históricas que fundamentan el actual florecimiento del denominado arte sonoro. Y en su caso rastrea su génesis histórica a través de un abanico de ejemplos donde el sonido tiene como punto de partida a la escritura, y en los que confluyen apuestas procedentes del ámbito de la música, las artes visuales, el accionismo o la poesía experimental. En ese enlace con lo textual -pero ya no en su dimensión gráfica, como en el caso anterior- son ante todo las experiencias de orden fonético las que, en creciente grado de sofisticación, centran el discurso desarrollado por Iges.

Javier Maderuelo se centra en el espectacular proceso de expansión y emancipación que las estrategias de notación musical han experimentado en el curso del último siglo, en una senda que dinamita la rígida codificación del pentagrama clásico hasta convertir la partitura en un acontecimiento gráfico y plástico que encuentra indudables paralelismos en las esferas de la poesía visual y las vanguardias pictóricas. Pero, aunque el origen de su estirpe puede rastrearse, entre otros, hasta el transgresor Satie, es, una vez más en la abolición de fronteras entre los distintos ámbitos creativos y las complicidades mestizas que estallarán pasado el ecuador del siglo XX, cuando, sumando tanto las estrategias letristas como el empleo de nuevos recursos electrónicos, el fenómeno alcanza su auténtica velocidad de crucero.

Por su parte, el crítico y comisario José Manuel Costa aborda otra sugerente dimensión del tema que nos ocupa, la del llamado paisaje sonoro, esto es, la acotación, grabación y reproducción de un determinado entorno acústico real, ya sea que remita a un paraje natural, rural o urbano. Y en su incisiva disección Costa desvela al lector claves un tanto insólitas, en la medida en que aquello que, de entrada, podría ingenuamente tomarse como mera captación documental de orden especular suele a la postre esconder complejos procesos de reelaboración selectiva construida a partir de una complicada articulación y manipulación de las fuentes sonoras primarias.

Finalmente, el musicólogo José Luis Maire centra su propuesta en la revolucionaria aportación de un conjunto de figuras de referencia en la órbita del posminimalismo y el ámbito del arte conceptual, y en el modo en el que un determinado puñado de sus incursiones más significativas en experiencias de orden sonoro vendrían a convulsionar la naturaleza de la interacción entre el espacio y el sujeto que en él se inscribe. Y en el ensayo que Maire propone a nuestros lectores dicha constelación creativa se dibuja en torno a nombres de la talla de Robert Morris, Michael Asher, Bill Viola, Bruce Nauman o Terry Fox, y en su decisiva contribución a la expansión definitiva de las fronteras del arte sonoro.

Cierra la propuesta para el presente número de la revista, ya en el caso de la sección de Arte y Edición, un libro singular que, para la ocasión, viene a ser diseccionado por uno de los impulsores de referencia de la poesía experimental en nuestro país, Fernando Millán. El poeta jienense analiza para nuestros lectores un libro histórico, que permanece inédito, un ambicioso y radical proyecto elaborado por Javier Maderuelo en la década de 1980 bajo el título de Arte cisoria. De manera elocuente, el nombre hace referencia directa a la técnica de «seccionamiento» textual y posterior reelaboración empleada por el autor en esta obra, de la cual, Fernando Millán destaca, ante todo y más allá incluso de su dimensión visual, una innegable impronta narrativa.