Artículos

Cinderella Man, nadie puede vencerle

1 enero 2000 · Por simple

Autor: Hilario J. Rodríguez

Revista: Dirigido por… nº 348


Para empezar, digamos que Cinderella Man es una obra maestra, a pesar de sus ingenuidades. Me apropio así de las palabras de mi compañero Antonio José Navarro cuando a él le tocó hablar sobre otra obra maestra: Million Dollar Baby (2004, Clint Eastwood), en el número 342 de esta misma revista, correspondiente al pasado mes de febrero. Aunque me gustaría mucho poder hacerlo, no puedo decir que Cinderella Man sea una «verdadera» obra maestra, como sostenía de forma apasionada Antonio con respecto al último film de Clint Eastwood. Puedo, sin embargo, repetir algunas de sus palabras, por ejemplo «conmovedor, duro, valiente, de una pureza y sencillez abrumadoras, de una autenticidad y una profundidad exultantes», porque ambos films merecen, sin duda, ese tipo de calificativos.

2centroNo sé si alguien va a creerme cuando sostengo lo anterior. Desde luego, entiendo que es difícil poner al mismo nivel a Clint Eastwood y a Ron Howard, pero ya aclaré que entre las obras de los dos cineastas existe un matiz que las diferencia, el adjetivo «verdadera» que precede a «obra maestra». También hay que tener en cuenta que Clint Eastwood es un clásico viviente, y por ello mismo un autor con todas las letras, cuyos films tienen rasgos que son reconocibles; mientras que Ron Howard, un liberal bastante sui géneris, no pasa de ser un simple director de segunda capaz de tener una noche de suerte en alguna entrega de los Óscars, aunque en general sus films encierren pocos elementos que permitan hablar de un discurso unitario. Si a Clint Eastwood se le puede definir como un cineasta con una manera propia de ver las cosas, a Ron Howard hay que conformarse con describirle como un cineasta con una actitud propia para entender cuanto le rodea. Hay, por tanto, una distancia que les separa. De cualquier forma, quiero dejar muy claro que con Cinderella Man estamos ante el mejor film de su autor, y no se trata sólo de una medianía con cierto interés, como pesarán bastantes personas, sino de algo mucho más importante.

Hablemos de boxeo

Resulta curioso que en general un deporte tan brutal como el boxeo haya inspirado piezas literarias de una extrema delicadeza, además de una calidad indiscutible. Se me ocurren varios textosde Mark Twain, Ernest Hemingway, Ignacio Aldecoa, Norman Mailer, Joyce Carol Oates, F. X. Toole o Thom Jones como ejemplos inmejorables. Y ahora, cuando ya no se pasan combates en los canales estatales de televisión y ya no se hace el retrato mítico que se solía hacer antes de los púgiles, incluso el cine produce obras capaces de hacernos temblar por su sinceridad y por la fuerza de sus emociones, sin necesidad de apelar a nuestros más bajos instintos y sin que haga falta mostrarnos la degradación moral que muy a menudo implica el sufrimiento físico. Ya no estamos ante films que admiramos por su dureza, como Cuerpo y alma (Body and Soul, 1947, Robert Rossen), y tampoco por su sordidez, como Ciudad dorada (Fat City, 1972, John Huston). Ahora los rasgos que definían antaño al boxeo en el cine parecen estar cambiando. Nadie necesita hablar sobre ese deporte para poner de relieve el submundo que encubre, ni siquiera para dar lecciones sobre quienes suben demasiado alto y luego se precipitan.

Million Dollar Baby y Cinderella Man son bastante diferentes de los clásicos que los preceden. Ambos films, más que explicar los entresijos o las implicaciones personales que hay detrás del boxeo, pretenden informarnos, entre otras cosas, sobre la familia, el primero de una forma feroz y desgarrada, y el segundo con precisión y sinceridad. Clint Eastwood me temo que no responde al patrón de los conservadores a ultranza, porque en ningún caso parece tener en mucha estima la institución familiar y hace un retrato atroz de unos personajes vencidos por las circunstancias (un antiguo boxeador que un día perdió la visión de un ojo en el ring y que en adelante ya sólo le queda encargarse del mantenimiento de un gimnasio; un padre solitario que cada noche reza para recuperar el cariño de su hija, a quien escribe a diario para pedirle perdón y de quien no recibe una respuesta nunca; y una pobre muchacha que se siente huérfana a pesar de tener una familia propia, que no aprecia en absoluto lo que ella hace para conseguir recuperar un poco de su autoestima). Ron Howard, por su parte, nos muestra a un hombre que de pronto, al romperse una mano, se ve obligado a dejar el boxeo y combatir fuera del ring –cuando Estados Unidos atraviesa los peores momentos de la Gran Depresión– para alimentar y mantener unida a su familia.

Los golpes de la vida

Según Joyce Carol Oates, «el boxeo es un deporte que se basa más en ser golpeado que en golpear, de igual modo que se basa más en sentir dolor, y a veces también una devastadora parálisis psicológica, que en ganar». Jim Braddock (Russell Crowe) sabe de primera mano lo anterior. De hecho, Cinderella Man no lo retrata en sus buenos tiempos, sino en los momentos de mayor desesperación, cuando recibe más golpes de los que puede propinar. Al principio, durante unos minutos, se le ve ganar un combate, pero su suerte cambia en seguida, en cuanto se rompe una mano y Jimmy Johnston (Bruce McGill), un promotor con capacidad para decidir quiénes pelean y quiénes no, le aparta del ring. Justo entonces su suerte y la de su familia cambia. El país sufre las consecuencias de la caída de la bolsa en 1928, que destruye miles de hogares. Braddock entonces se ve obligado a abandonar una bonita casa en una zona residencial de Nueva York y se instala con Mae (Renée Zellweger), su mujer, y sus tres hijos en un pequeño y oscuro apartamento, apenas ventilado y sin calefacción durante el invierno. Él tiene que buscar trabajo, porque en casa ya no quedan joyas, ropa o muebles que empeñar. Y la comida y la leche para él, para su esposa y para sus hijos comienza a escasear de forma preocupante. Fuera, sin embargo, se da cuenta de que, poco más o menos, todo el mundo está en la misma situación. Ante la verja de entrada a los muelles de Hoboken cada día se concentra una multitud de parados que esperan ser contratados por una jornada, como estibadores. Son tantos que resulta difícil ser uno de los escogidos. A pesar de ello, Braddock consigue que le den una oportunidad después de varios intentos, aunque tiene que disimular su mano rota, para que no le echen. Gracias a su amigo Mike Wilson (Paddy Considine), de origen irlandés como él, puede llevar a cabo su trabajo sin demasiados problemas. Cargando y descargando sacos de grano y carbón, va fortaleciendo su mano sana, la izquierda, por la cual será luego recordado, en su regreso al cuadrilátero.

Jimmy Johnston le devuelve su permiso para boxear al cabo de varios años, cuando parece que su lesión en la mano derecha está curada y cuando de nuevo le apoya su entrenador, Joe Gould (Paul Giamatti). Es así como Braddock gana un par de combates que le conducen a un posible enfrentamiento con el campeón mundial de los pesos pesados, Max Baer (Craig Bierko), un boxeador que ha matado a dos de sus rivales en combates anteriores. Las posibilidades de Braddock contra alguien como Baer son escasas; de hecho, las apuestas antes del combate son diez contra uno a favor de Baer.

Desmitificar la mitificación / Mitificar la desmitificación

1centroCinderella Man, a diferencia de otros films sobre boxeo, no intenta ser el último grito cinético durante los combates. En ningún caso pretende impresionar, conforme con emocionar. Nunca busca el efectismo ni la espectacularidad, como le podría suceder a Toro salvaje (Raging Bull, 1980, Martin Scorsese), sin ir más lejos. Braddock no es ni un héroe ni un mártir; ni es Rocky Balboa (Silvestre Stallone) en Rocky (1976, John G. Avildsen) ni es Toro Moreno (Mike Lane) en Más fuerte será la caída (The Harder They Fall, 1956, Mark Robson). Tampoco pretende cambiar de clase social, como le sucede a Jim Corbett (Errol Flynn) en Caballero Jim (Gentleman Jim, 1942, Raoul Walsh). «Lucho para poder llevarle leche a mi familia», dice Braddock en una ocasión. Sus aspiraciones no tienen que ver con la gloria, ni siquiera con el afán de superación, sino con la supervivencia.

Las características del personaje, sumadas a la extraordinaria interpretación de Russell Crowe, son lo que hace más humano el retrato final de boxeador, que sólo utiliza los puños en el ring, sin dejarse provocar en una ocasión por Baer, a quien se limita a reprocharle que vaya diciendo en los periódicos y en las emisoras de radio que puede matarle si no se retira de la pelea que va a enfrentarles en breve. «¿Acaso no sabes que tengo hijos?», le pregunta Braddock a su futuro oponente. Y este último, lejos de mostrar arrepentimiento o vergüenza, insiste en sus provocaciones, hasta que Mae le tira un vaso de champán a la cara. Vale la pena recordar que el film se basa en hechos reales, lo cual contribuye a darle un cariz mucho más auténtico a las imágenes, que carecen del oropel de los grandes espectáculos a los que nos tiene acostumbrados Hollywood. Es posible que debido a todo lo anterior, en el film no se insista demasiado ni en la suerte de Braddock antes de caer en desgracia, al ser apartado del cuadrilátero, ni en lo que le sucede después del combate con Baer. Da la sensación de que Cinderella Man sólo pretende mostrar a un hombre que de pronto pierde su fortaleza y el lento proceso que ha de atravesar para recuperarla. Al fin y cabo, un boxeador puede que no sea otra cosa que un cuerpo que da y recibe golpes, pero de lo que no cabe duda es de que la mayoría de los seres humanos se sienten inútiles cuando no son capaces de hacer uso de sus cuerpos.

Mae, la esposa de Braddock, es quien sirve para ejemplificar la actitud del director hacia el boxeo. A ella le disgusta que su marido se vea obligado a practicarlo. Y a la cámara parece que le dé reparo mostrar a los púgiles peleando. Durante los combates, que suelen interrumpirse con tomas del público en los estadios donde se celebran o familias enteras en torno a una radio, siguiendo las incidencias de cada round con el corazón en un puño, no existe continuidad visual. Esa falta de continuidad es lo que emparenta a Ron Howard con la esposa de Braddock. Ella jamás va a ver a su marido pelear y tampoco quiere encender la radio para saber si gana o pierde. Prefiere mantenerse al margen. Sabe, como Joyce Carol Oates, que «el castigo –al cuerpo, al cerebro y al espíritu– que un hombre debe soportar para convertirse en un boxeador moderadamente bueno es inconcebible para aquellos de nosotros cuya idea del riesgo personal se basa mayormente en el ego y en las emociones». Cuando Braddock regresa a casa, Mae sólo quiere cerciorarse de que llega de una pieza, sin ninguna lesión de importancia.

El film no quiere recrearse en la sangre, aunque al último combate le dedique casi veinte minutos, que no se centran por completo en cuanto sucede en el ring, pues a veces muestran a los hijos de Braddock en el sótano de la casa de sus tíos, intentando escuchar los comentarios en la radio sin que se entere su madre. Cuando Mae les descubre, ella comienza a seguir el combate, aunque cada golpe que recibe su marido lo reciba ella también. Lo importante para todos los miembros de la familia es mantenerse unidos pase lo que pase, no permitir que la calamidad les hunda o les cambie, no dejarse corromper ni castigar de forma innecesaria. No hay aspiraciones por encima de la unión familiar. Mantener los lazos con los seres queridos es lo que intenta Braddock al combatir contra sus oponentes.

La rueda de la fortuna

Podría resumirse el periplo de Cinderalla Man como un viaje que va de la estabilidad a la pobreza, para acabar de nuevo en la estabilidad. De ahí que sea una historia tan absolutamente actual. Mucha gente vive ahora mismo con un enorme estrés, preocupada por mantener el trabajo, porque de otro modo su vida puede venirse abajo. Llegar a fin de mes supone un endeudamiento progresivo para bastantes personas. Nada es permanente. Larry Holmes, uno de los mejores campeones mundiales de los pesos pesados, dijo en una ocasión algo bastante esclarecedor al respecto: «Es duro ser negro. ¿Has sido negro alguna vez? Yo fui negro hace tiempo, cuando era pobre». Por supuesto, a lo que se refería es que la pobreza puede colocarte en una posición muy delicada, peor que la de los negros hace unas décadas, cuando todavía no gozaban de los mismos derechos que los blancos.

En el film de Ron Howard, Braddock sabe que la pobreza puede doblegar a una persona y obligarla a hacer cosas que nunca antes habría hecho. Pero sabe asimismo que esas cosas pueden ser buenas y malas. Su hijo mayor (Connor Price), por ejemplo, roba una salchicha en una carnicería y él le obliga a devolverla, a pesar de que nadie le ha descubierto y en casa no hay comida. A pesar de todo, no riñe al muchacho, porque en el fondo sabe que él se ha visto obligado a robar para aliviar su hambre. Además, la pobreza de la familia a quien más afecta es al hijo mayor, que puede verse obligado a abandonar su casa e irse a vivir con unos tíos ricos, una palabra que en aquella época sólo significaba que tenían un plato en la mesa cada vez que llegaba la hora de la comida. Cuando la situación toca fondo y cortan la luz en la casa, a la madre no le queda más remedio que enviar a su hijo mayor con unos parientes; es entonces cuando Braddock va al club donde antaño se reunía con su entrenador, con promotores de peleas y con otros boxeador, saca su gorra y la pasa entre sus antiguos amigos, para conseguir los dieciocho dólares que le hacen falta para afrontar el pago de la factura de la luz. Él está determinado a no dejar que su familia se fragmente y no le importa hacer cualquier cosa legal con tal de conseguirlo, incluso mendigar. Para él, de hecho, acudir a la cola del Auxilio Social, donde recoge unos cuantos dólares cada semana, es triste, aunque no humillante. Una de las características más positivas del film es que no arruga la nariz para convertir a Braddock en un cínico y tampoco en un santo, ni siquiera en las peores circunstancias (salvo al final, cuando su imagen queda santificada al contrastarse con la de Baer). Mientras que otros films viven ensimismados en su ironía y en su cinismo, Cinderella Man opta por presentar a un hombre con atributos de hombre, en un universo sombrío, maravillosamente fotografiado por Salvatore Totino. Como en Million Dollar Baby , se potencian los interiores oscuros y muchas secuencias (como la que tiene lugar en Central Park, en cuyos campos han instalado sus tiendas de campaña miles de parados sin otro sitio adonde ir) son nocturnas, para potenciar con ello un ambiente de desesperación social.

Es lógico que en un film en el que se retrata a un trabajador que se convierte en héroe nacional, el entrenamiento de Braddock se produzca durante sus jornadas como estibador. También es natural que quienes le rodean pasen apuros ellos mismos, para contrastar las diferentes formas en las que uno puede ser pobre. Mike Wilson, por ejemplo, no puede esperar a que suceda un milagro y decide aceptar un trabajo de riesgo para sacar a su propia familia del hoyo donde está. Joe Gould, por su parte, ha conseguido mantener el mismo apartamento que tenía antes del desplome de la bolsa, pero no ha podido conservar ningún mueble en el interior (que provoca una extraña tristeza con sus enormes habitaciones vacías). Y en la casa de Braddock, Mae se ve obligada a mezclar la leche con agua sin que se den cuenta sus hijos, porque no tienen suficiente dinero; lo cierto es que ni siquiera les alcanza para comprar leña, que han de buscar afuera, en viejas vallas publicitarias con anuncios de Esso.

Rodeado de un ambiente así, es difícil seguir siendo un hombre honesto. Según los cánones de Hollywood, también es difícil conformarse con ser un hombre normal, capaz de hacer grandes cosas pero sin darle excesiva importancia. Sin embargo, Russell Crowe se las compone para dar forma a un Braddock con una carga de bondad que disgustará a quienes esperen un ser de hielo o un icono.

El film, gracias al actor y a un buen número de factores, puede ser cualquier cosa menos un producto más en la cadena de superproducciones que se hacen hoy en día. En Estados Unidos fue un enorme fracaso, quizás porque ni se anunció en exceso ni sus imágenes venden un universo rutilante. No se trata de un film metafísico, aunque aspire a ser trascendente, a servir de ejemplo a otros films comerciales, cuando menos, y a fijar una visión del boxeo tan precisa que no hace falta insistir demasiado en ella. Quien explica esto a la perfección es Braddock cuando Mae quiere que él cambie de opinión sobre su regreso al mundo del boxeo, después de haber trabajado años como estibador: «al menos en el ring sé contra quién lucho».

Joyce Cayce Carol Oates aseguró en su día que «el boxeo es tan primitivo como el nacimiento o la muerte, y también el deseo erótico puede considerarse primitivo; todo esto debe obligarnos a reconocer, aunque nos resistamos, que las experiencias más profundas de nuestras vidas son siempre sucesos físicos, por mucho que nosotros queramos creer que ante todo somos –y realmente yo creo que sí– seres espirituales».

USA, 2005. T.O.: «Cinderella Man». Director: Ron Howard. Productores: Brian Grazer, Ron Howard y Penny Marshall. Producción: Brian Grazer Productions, Parkway Productions, Imagine Entertainment, Miramax Films para Universal Pictures. Guión: Cliff Hollingsworth y Akiva Goldsman, según un argumento de Cliff Hollingsworth. Fotografía: Salvatore Totino, en Technicolor. Diseño de producción: Wynn Thomas. Música: Thomas Newman. Montaje: Mike Hill y Dan Hanley. Duración: 144 minutos. Intérpretes: Russell Crowe (Jim Braddock), Renee Zellweger (Mae Braddock), Paul Giamatti (Joe Gould), Craig Bierko (Max Baer), Paddy Considine (Mike Wilson), Bruce McGill (Jimmy Johnston), Ron Canada (Joe Jeanette), David Huband (Ford Bond), Connor Price (Jay Braddock), Ariel Waller (Rosemarie Braddock), Patrick Louis (Howard Braddock), Nicholas Campbell (Sporty Lewis)