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Las aventuras del malfadado “Don Quijote” de Américo Castro y Camilo José Cela

1 enero 2000 · Por simple

Autor: Adolfo Sotelo Vázquez

Revista: El Extramundi y los papeles de Iria Flavia nº 42


Las aventuras del malfadado “Don Quijote” de Américo Castro y Camilo José Cela

I

A la altura de 1960 la actividad de Camilo José Cela en Mallorca es incesante. Alrededor de la empresa de Papeles de Son Armadans que cumplirá cincuenta meses de vida ese año, el joven académico sostiene una continuada y febril actividad cultural, que tiene desde el año 58 un interlocutor privilegiado en don Américo Castro, quien ha cambiado sus veraneos en Sant Julià de Vilatorta, en las inmediaciones de Vic, por estancias en la isla de Mallorca. Tanto para la voluntad regeneracionista de los papeles mallorquines como para la evolución de la obra narrativa e intelectual de CJC, la relación con Castro, cuya autoridad venía refrendada con la publicación en 1954 de La realidad histórica de España (reescritura, como es sabido, de España en su historia: cristianos, moros y judíos , 1948), es fundamental.

Este no el lugar para bosquejar esa densísima relación que alcanzará a 1972, año del fallecimiento de don Américo. Me limitaré a unas muy fugaces pinceladas. En una carta —una de las primeras— de CJC a don Américo del 24 de mayo del 56 le dice: “En Papeles de Son Armadans vivimos un poco con la ilusión de publicar un tomo inédito suyo […] ¿Querría enviarnos algo?”. Va a mediar más de un año hasta que llegue la primera colaboración, aunque para el verano del 57 —en concreto, durante la primera quincena de agosto— don Américo viajó desde Sant Julià de Vilatorta hasta la segunda casa palmesana de CJC, la de José Villalonga, 87. De resultas de esos días mallorquines la amistad entre el viejo profesor y el joven novelista se agrandó y don Américo frecuentaría en diversas ocasiones las residencias de la familia Cela, a la par que descansó temporadas en Formentor y en la Cala San Vicente, cerca de Pollensa.

La personalidad y la obra de don Américo Castro serán desde entonces un espejo en el que se mirará la aventura cultural —imprescindible en la España de la baja posguerra— de Papeles de Son Armadans . Dos imágenes revelan cristalinamente lo que decimos. Tras la primera visita de Castro, CJC escribe a su gran amigo Celso Emilio Ferreiro una carta fechada el 15 de agosto del 57 en la que le insta a que facilite un viaje del gran historiador y filólogo a Galicia, pues no la conocía, y como palabras de presentación sentencia: “el gran don Américo Castro: liberal como un espejo en el que mirarse, tan inteligente como siempre, más joven que nunca”. Cuando don Américo cumplió 80 años, la pluma de Cela desde Papeles de Son Armadans (mayo, 1965) explica cómo comulga con su entendimiento de España, vincula los quehaceres de la revista a uno de sus colaboradores más señeros y redacta el siguiente y diáfano envío:

“La amistad, la lealtad y el respeto, querido viejo profesor, no se suplican: se brindan. Y esto es lo que queremos regalarle, a cambio de tantas enseñanzas recibidas, quienes hacemos esta lejana revistilla que — recuérdelo — nació, vive y ha de morir al margen de todo lo que pudiera condicionarla, hipotecarla, castrarla o, simplemente, lastrarla”

Del tupido haz de dichas relaciones interesa aquí el proyecto —iniciado en el verano de 1960— de edición del Quijote . Proyecto que atravesó un mar de naufragios hasta su publicación por parte de ediciones Alfaguara en su colección “Puerto Seguro” en 1967.

Creo que fue el abogado y editor barcelonés José Luis Ruiz de Villa, quien desde Selecciones Editoriales (Muntaner, 467) puso en marcha una edición ilustrada del Quijote, que iba a llevar un prólogo de don Américo Castro. Una carta de Ruiz de Villa a CJC, fechada el 2 de agosto de 1960 es la primera referencia que poseo al respecto:

“Quiero referirme a mis recientes conversaciones en las cuales solicité de Vd. Me escribiese un epílogo para la obra Don Quijote de la Mancha de próxima edición. Dejo a su consideración la extensión del mismo, si bien no debería ser inferior al volumen aproximado que dan veinte hojas de texto”.

Cela según su inveterada costumbre anotó en la carta: “O de la extensión aproximada del prólogo por ustedes pedido a don Américo Castro. Mi original se lo entregaría en un plazo de un mes, desde la recepción por mi parte de las cuartillas de don Américo”.

Al parecer a comienzos de setiembre del 60 Ruiz de Villa visitó en Palma de Mallorca a Cela, mostrándole una carpeta de láminas para la edición de la novela, pero no encontró la aprobación del escritor gallego, quien le sugirió una solución alternativa de cierta originalidad:

“ ilustrar el texto con fotos, magníficas fotos, de La Mancha y sus hombres y mujeres en l960, sin caracterización alguna — claro es — sino tal como son y se presentan. Ahora se trata de que el fotógrafo encuentre al factor de estación en el que esté reencarnado don Quijote; al cura que pueda ser el trasunto de Sancho, y a la comadrona que, por sus dotes y presencias, finja una Dulcinea” (carta a Américo Castro, 5-IX- 1960).

Cela, quien actúa ante el editor de intermediario de don Américo, consiguió también doblar la cantidad estipulada para el prólogo y el epílogo: las 12.000 pesetas iniciales pasaron a ser 24.000. De este modo el proyecto inicial había sufrido la sustancial modificación de que una serie de fotografías de la actualidad de La Mancha remplazaban la carpeta de láminas de Aguilar Moré que Ruiz de Villa había adquirido con dicha finalidad.

Desechada por CJC la edición del Quijote ilustrada con dibujos de pintor autodidacta Ramón Aguilar Moré, el proyecto se encamina hacia el fotógrafo Catalá Roca. Ruiz de Villa se entrevista con él y le comunica epistolarmente a Cela el resultado de las dos reuniones que mantuvo con el fotógrafo: “me manifestó la imposibilidad de llevar a cabo en plazo breve el trabajo que de él solicitábamos”. No obstante, la idea sigue en pie (Catalá Roca se siente entusiasmado con ella), si bien debe retrasarse hasta que el gran fotógrafo pudiese llevar a cabo su trabajo.

En este retraso hay que buscar la justificación de la decisión de Ruiz de Villa de publicar un Quijote con las láminas de Aguilar Moré y con el prólogo pactado de don Américo. Cela anota en una carta que el editor le cursa el 14 de octubre lo siguiente: “En el Arycasa, el 26.X.60 le digo que el prólogo de don Américo no debe ir en la edición de los dibujos sino en la de las fotos. Acepta”. A esta misma cuestión se refiere Cela en una carta del 7 de noviembre del 60 a don Américo, quien desde Los Ángeles sigue impaciente la gestación del proyecto:

“Su prólogo al Quijote barcelonés quisieron usarlo para otra edición. Abrí la caja de los truenos (llena de nobles eñes y de sonoras y patrióticas jotas) y amainaron en sus aviesas intenciones. Si se lo piden, no se me ablande. Su prólogo saldrá, cuando sea, en la edición autorizada ; no en ninguna otra. Y esa edición llevará, según convinimos, mi epílogo”.

Justamente para el otoño de 1960 existe un proyecto de “Quijote fotográfico” —fotografías de Catalá Roca — acompañado de un prólogo de Américo Castro y un epílogo de CJC, en edición de las Selecciones Editoriales de Ruiz de Villa.

No pasó de proyecto. Seguramente porque el trabajo de Catalá Roca no se llevó a término y porque el inquieto y astuto CJC exploró otros caminos. Lo cierto es que don Américo le escribió a José María Llompart — secretario de Papeles de Son Armadans — en la primavera del 61, quejándose de la falta de puntualidad de CJC: “Ya sé que Camilo José está dándose buena vida en la ex villa y corte. Lo que nunca dice es cuándo va a hacer el epílogo al Quijote, cuya falta retrasa la salida de esa edición” (carta del 8-III-1961). Precisamente esta carta completa la noticia de la fragua de lo que no pasó de ser un proyecto. En ella don Américo le confiesa a Llompart: “Yo hice lo mío, sin gana alguna y quitándome horas de baño en la Cala en agosto pasado. Creí que era urgentísimo”.

Don Américo había escrito el prólogo en la Cala San Vicente en el verano del 60, cumpliendo el compromiso que había adquirido con Ruiz de Villa a comienzos de esa estancia mallorquina. Cuando se acerca el verano del 61, sabedor de que Cela anda lidiando con el editor y con el proyecto de la edición ilustrada con fotografías, Castro le escribe pidiéndole que cuando llegue a Mallorca a mediados de julio le deje echar un vistazo a las cuartillas del epílogo. Empero, Cela no había escrito el epílogo y tan pronto don Américo llegó a Pollensa le informó del estado de la cuestión que tenía dos caras. De la primera ofrece entera noticia una carta del gran filólogo fechada el primero de agosto del 61, dirigida a Ruiz de Villa, y que trata de pasar revista minuciosa al proyecto:

“Escribí aquel prólogo, Ud. satisfizo la suma convenida (24.000 pts.), pero mi trabajo no pudo ser publicado por haber juzgado, tanto el Sr. Cela como yo, que las ilustraciones no eran lo que habíamos esperado. El Sr. Cela debía haber escrito un epílogo para la proyectada edición, pero nuestro buen amigo pospuso su redacción hasta el día en que la edición planeada por Ud. ofreciera un aspecto más satisfactorio artísticamente.

Mi situación en el presente caso es bastante delicada por el hecho de haberme Ud. pagado 24.000 pts. por unas páginas mías que no sé cuándo van a ser publicadas. No quiero ni debo tomar una resolución unilateral, porque cualquiera que ella fuere ha de estar de acuerdo con lo que Ud. y nuestro buen amigo Camilo José estimen justo y acertado. He hablado hace poco con él, y le he dicho lo que ahora voy a repetirle a Ud., a saber: que Uds. dos pueden ponerse de acuerdo sobre cómo haya de ser la edición en la cual aparecerán el epílogo del Sr. Cela y mi prólogo, y sea cual sea su decisión, yo la aceptaré sin vacilar. Quisiera, de todos modos, dejar bien establecidos estos dos puntos:

l) La publicación de mi prólogo no podrá hacerse sin que en esa edición del Quijote figure el prometido epílogo del Sr. Cela.

2) De todos modos, sin embargo, si dentro de un año , por los motivos que fueren, la edición proyectada no puede salir, las antes mencionadas 24.000 pts. le serán devueltas a Ud. por mí, o por mis herederos, a los cuales informo del contenido de la presente carta.

3) El prólogo en cuestión no será publicado en la forma que ahora tiene, pues fue redactado en condiciones presurosas (ya lo recuerda), y he de someterle a nuevo estudio. Como tengo cosas urgentes que escribir, no emprenderé la tarea de mejorar ese texto sino cuando el Sr. Cela haya escrito su epílogo.

4) El texto de ese prólogo pasará a ser propiedad mía en cuanto las 24.000 antes mencionadas le hayan sido devueltas a Ud.”

De la primera cara de la cuestión se deduce claramente que el proyecto quedaba varado y dependería su ejecución de las decisiones de CJC. Ahora bien, la otra cara del asunto se dibujó por entero en el mes de agosto en Mallorca.

II

Mallorca, agosto de 1961. Cela anda buscando un nuevo editor para el proyecto del Quijote. Y ese editor iba a ser el paisano y amigo suyo, José Pardo, de la barcelonesa editorial Noguer. El 28 de agosto le escribe: “El día 5 resérvame algún hueco para que don Américo Castro y yo te podamos hablar de nuestro proyecto del Quijote”. El encuentro no se pudo celebrar porque Pardo estaba fuera de Barcelona al paso de don Américo camino de los Estados Unidos, pero Cela llevó adelante las gestiones y el 21 de septiembre le escribe a Castro:

“Dos breves líneas para anunciarle que recibirá usted carta de don José Pardo, gerente de Editorial Noguer, S.A., Paseo de Gracia, 98, Barcelona, 8. Se quedan con el Quijote de su prólogo y mi epílogo y prometen una edición seria, sin ilustraciones, en buen papel y muy cuidada. Hablan de hacer un libro inglés (¡ojalá sea cierto!) quizás cabeza de serie de una colección de clásicos”.

Por cierto que dicha carta contiene una “nota interna” en la que Cela le comunica al maestro de Princeton que Jose Mª Llompart ha cesado en Papeles de Son Armadans. Un lacónico, “el personal se gasta” revela el talante del novelista gallego.

Días después (30-IX) en otra carta a Castro le comenta que han ganado con el cambio: “Noguer es un editor serio y solvente”. El proyecto vuelve a estar en marcha. Las cartas cruzadas entre Cela y Castro, y Cela y Pardo dicen bien a las claras de la satisfacción de todos, e incluso se apunta por vez primera la participación en el proyecto del profesor Martín de Riquer como editor del texto. Pardo le escribe a CJC (5-X-61): “Tengo medio convencido a Martín de Riquer para que se cuide de establecer la edición”. Sin embargo, don Américo está algo incómodo por la cantidad de dinero que en concepto del prólogo había cobrado de Ruiz de Villa. En una misiva del 15 de octubre le pide a Cela que active el proyecto de Noguer:

“R. de V. me ofrece publicar el prólogo en la nueva edición de su Quijote. La primera se le está agotando. No lo haré, pero si esto se prolonga, terminaré por devolverle sus cuartos. Cuando media dinero, me siento incomodísimo. Después de todo, Noguer podría situarme aquí mis fondos, ¿no? Y yo le devuelvo lo suyo a R. de V., y así todo se compone”.

No fue fácil componerlo. Castro en una carta del 22 de abril de 1962 califica el prólogo de “malfadado”, se queja de que Pardo no le haya devuelto el dinero a Ruiz de Villa y le comunica que “decidí, por tanto, poner el asunto en términos para mí gratos —y razonables— y a estas horas, ya habrán devuelto a Ruiz de Villa sus dineros. Y ahora, borrón y cuenta nueva”. Naturalmente Cela le contesta preocupado (24-IV), y aunque admite que “puesto que usted lo ha hecho, bien hecho está”, le explica su versión de la enojosa componenda, poniendo a buen recaudo el procedimiento de José Pardo:

“Pardo, de Editorial Noguer, ofreció comprar su prólogo a Ruiz de Villa en las 24.000 pts. que usted había recibido. Cuando todo parecía claro, R. de V., que a mi juicio no jugó limpio (y otros muchos datos tengo para poner en tela de juicio su conducta), salió por el insospechado registro de querer sumar a la citada cantidad unas pesetas, tampoco muchas, que se había gastado en un viaje a Mallorca para hablar con usted. Pardo me consultó y, más o menos, me dijo:

— Yo no soy quien para poner precio a un texto de don Américo, persona a la que admiro tanto como respeto y cuya incorporación a nuestro catálogo sería un verdadero lujo intelectual para nuestra editorial y un gran éxito para mí. Ahora bien: R. de V. no me habló de esas pesetas de clavo durante nuestras conversaciones previas y sí, tan sólo, en el momento de ir a cerrar la operación. Ni qué decir tiene que no sólo eso sino todo lo que hubiera pedido valen unas páginas de don Américo, pero el proceder de R. de V. es algo que va contra las más elementales normas de seriedad comercial.

Yo, mi querido don Américo, le di la razón. Pardo es un hombre serio, de gran solvencia moral y profesional, que siempre ha cumplido sus pactos, y R. de V… Ni qué decir tiene que el proyecto del Quijote con prólogo suyo — ese, tocado si usted quiere — y epílogo mío, sigue en pie, y o mucho me equivoco, o Pardo le daría a usted esas pesetas (sé de sobras que no se trata de eso, para usted) con gran gozo y a la menor indicación suya.

Es desagradable — desagradable más para uno que para los demás, que con frecuencia tienen piel de elefante — tener que poner las cartas boca arriba y tener que llamar a las cosas por su nombre. Pero a veces, créame, amén de desagradable es necesario; sobre todo, cuando se trata de salvar el nombre de un amigo: Pardo, en este caso”.

Dada esta situación, que CJC pone en conocimiento de Pardo, transcribiéndole en carta del 7 de mayo pasajes de las cartas cruzadas con don Américo los pasados días 22 y 24 de abril, el proyecto parece paralizado. No obstante, los meses de verano lo enderezarían de nuevo. Las gestiones de Cela consiguen que don Américo, quien desde el primero de septiembre se hospeda en el Hotel La Rotonda de Barcelona, se entreviste con Pardo: la proyectada edición del Quijote seguirá adelante. Una carta del 5 de septiembre de Castro a Cela explica con notables pormenores el estado de la cuestión:

“Ayer almorcé con Pardo y de Riquer; éste último acepta con entusiasmo colaborar con nosotros. Va a ocuparse de revisar el texto del Quijote, hará un índice de vocablos y frases, y otro de temas. Es persona muy entusiasta, y de ilimitada capacidad de trabajo. La tarea le atrae tanto, que espera terminarla este curso académico. Mi prólogo estará listo en la primavera próxima. Su epílogo de Ud. no se hará esperar. Pardo hará tres contratos; es hombre simpático, mucho, y nos entenderemos con él perfectamente. Comprendió enseguida la importancia de presentar un Quijote en esa forma — no hay nada así. No hacen falta ilustraciones ni fotos. Vamos a lanzar la más divertida edición del libro inmortal comentado, por don F. Rz. Marín, sin comentarios prolijos, y con copete camilojoseico”.

Estado de la cuestión que el editor le describe a su vez a CJC en carta del 5 de septiembre:

“Dos líneas más para comunicarte que he tenido dos largas entrevistas con Américo Castro. Estamos totalmente de acuerdo. A la segunda entrevista acudió también Martín de Riquer que acepta establecer el texto y hacer los índices y notas de acuerdo con la pauta fijada por don Américo. Don Américo se ha comprometido a entregar el prólogo rehecho en el plazo de seis meses. Y Martín está conforme también con llevar a cabo su trabajo en idéntico período de tiempo”.

Las previsiones no se cumplirán. Pardo durante el invierno del 53 le propuso a Cela variar su proyectado epílogo por un segundo prólogo. El novelista la rechazó pues la consideraba “comprometedora para mí y, en cierto sentido, desairadora para don Américo” (carta del 9-II). Y llegó el verano con varias novedades. Don Américo modificó su habitual veraneo mallorquín por el Hotel San Jorge en Playa de Aro, al mismo tiempo que le comunicaba —en carta mecanografiada en papel del Hotel La Rotonda, el 28 de julio— que estaba algo desanimado y que el proyecto del Quijote era “un proyecto concebido en hora menguada (no ascendente), y de ahí el mal fario que ha venido pesando sobre él”. Cela de inmediato lo anima, pero en una carta redactada en papel del Park Hotel San Jorge (10-VIII) don Américo se explica con detalle:

“Me desanimó bastante lo dicho por M. de Riquer: Pardo no le ha vuelto a decir nada desde hace un año (cuando almorzamos los tres), y él no ha dado golpe en el proyecto de edición Nogueriana. Pero sí ha publicado un Quijote en “Clásicos Planeta”, con un prólogo y notas. Me pregunto, entonces, por el sentido de sacar un tercer Quijote en Barcelona, dentro de mucho tiempo, pues preparar todo lo que M. de Riquer prometió hacer (anotación, índices de nuevo tipo) exigiría largos meses sino años. Por otra parte, el 30 de julio cenamos M. de Riquer y yo, quedamos en que hablaría con Pardo, para que me escribiera sobre el estado de sus planes, y hasta ahora no lo ha hecho. Entretanto he escrito a Pardo que me parece que el público se saturará con la edición de Planeta, ilustrada por M. de Riquer”.

Cela comprende el desánimo del viejo profesor y el 18 de agosto le contesta admitiendo que “quizás lo más sabio sea dejar morir el proyecto que un día acariciamos con tanto cariño”.

Y así fue porque la edición de Martín de Riquer para Planeta, de la que Pardo tenía noticias desde el otoño del 61, pues en una carta a Cela le confesaba enigmáticamente que si Riquer se encargaba de la edición “posiblemente tenga que ser con carácter anónimo” (5-X-61), varó definitivamente el proyecto del Quijote de Noguer.

III

Corre el otoño del 64 y Cela, incesante epistológrafo, escribe a uno de sus habituales corresponsales en el dominio de la edición, José Vergés, de Destino, comunicándole que “mis hermanos Juan Carlos y Jorge están en trance de fundar una editorial en Madrid” (7-X). Se trata de Ediciones Alfaguara , empresa que a título privado había dibujado ya el 3 de agosto en carta dirigida a Américo Castro —veraneante en Playa de Aro — como “empresa que inspiro, superviso y manejo. Procuraremos hacer una editorial selecta, muy cuidadosa y respetuosa y correcta con los autores y con todos, de tendencia liberal y de realidades muy concretas y medidas y pesadas”.

Pues bien, uno de los primeros libros que Alfaguara va a poner en marcha es el “malhadado” Quijote, ilustrado con fotografías, con prólogo de Castro y epílogo de CJC. Edición de la novela cervantina que CJC quería acompasar con “la puntualísima edición de su Obra Completa” (carta a Castro, 3-VIII-64). Un año después, aunque Castro dice sentirse algo cansado, la génesis de la edición del Quijote va adelante. Al finalizar el verano del 65 Cela, por carta dirigida a La Jolla (California), se interesa por el prólogo de don Américo:

“¿ Revisó usted ya su prólogo al Quijote? ¿Sirve, a su juicio? Al mío, bien sé que sí ¿Quiere hacerme el señaladí­simo favor de enviármelo, para el mejor ornato y salvaconducto de nuestra edición?”.

Como adivina el lector se trata del veterano prólogo del 60, que Castro (según letras epistolares del 26-IX) relee con atención, para sentenciar que “unas páginas podrían utilizarse, otras no valen nada. Resultan ridículas después de lo publicado por su servidor entre 1960 y 1065. Intentaré, si puedo , reemplazarlas por algo menos machacón y pedestre”.

La correspondencia cruzada durante el otoño del 65 también aborda la cuestión crematística. Cela le ofrece las sabidas y vetustas 24.000 pts. Don Américo le anticipa en la carta del 26 de septiembre que “su propuesta de darme pesetas me atrae poco”, porque —es cuestión de principios— no quiere tantos alzados. Dos semanas después, extrañado de que CJC no le haya contestado, vuelve a insistir:

“Me convendría conocer su idea acerca de la mía: no me agrada recibir un tanto alzado por lo que pongo en un libro. Si es materialmente imposible, haga el favor de decírmelo, o de explicarme el por qué No vamos a dejar de colaborar por eso” (carta del 8-X-1965).

En esta ocasión la contestación de Cela no se hace esperar. Con la minuciosidad habitual en el escritor gallego (su trato con los editores así lo atestigua) le escribe el 11 de octubre:

“Si no quiere usted tantos alzados, ¡mueran los tantos alzados! Lo que me importa es su prólogo y ojalá pueda arreglar las páginas que ahora no le gustan y que estoy seguro que, contra lo que usted piensa, han de ser muy pocas.

Consulté con mi hermano Juan Carlos, que es el gerente de la editorial, y ahí va la propuesta de Alfaguara. La mía, como usted comprenderá, no existe porque, por mí, le daba todo, absolutamente todo, lo que se recaudase.

Tirada, 4.000 ejs.

Precio de venta por ej., 1.000 pts. (Si aumenta, se tendría presente en sus liquidaciones).

El 4% previsto para derechos de autor en este tipo de ediciones de lujo y, consiguientemente, caras de precio, ha de repartirse entre la persona que fije y facilite el texto (Martín de Riquer), el ilustrador (Ramón Massats) y el prologuista (usted). No se tasan, claro es, ni índoles ni dificultades del trabajo, ni tampoco se consideran los gastos que ese trabajo produzca a cada uno de los colaboradores y que, en el caso del ilustrador (desplazamientos, material, etc.), llegan a sumar algunas pesetas.

Según este cómputo, a usted le correspondería recibir en liquidaciones semestrales la cantidad de pts. 53.333,33, bien entendido que:

1. El prólogo se considera de su propiedad y sólo se entiende que lo cede para esta edición; en posibles ulteriores ediciones, Alfaguara tendría el derecho de tanteo.

2. En el momento de aparecer la edición — o antes, de preferirlo así — , usted recibiría un anticipo de pts. l3.333,33 lo que significa que se le liquidan 1.000 ejs. en el acto.

Con este sistema, tanto Juan Carlos como yo creemos interpretar sus puntos de vista. Dígame algo, y ojalá que ese algo sea que sí”.

Don Américo acepta. Anda agobiado por el trabajo a la par que siente los estragos del tiempo: “mis afanes y tareas crecen en razón inversa de las propias fuerzas”. El prólogo — a la altura de finales de octubre — tiene ya 40 páginas y necesita algunas más, que está escribiendo mientras renueva El pensamiento — “¡qué grotesco título!”, según su propia expresión epistolar del 26 de octubre — de Cervantes. Para el 8 de noviembre el prólogo ha crecido, son ya más de 60 páginas, que el gran filólogo califica de combativas: “Cervantes no encaja dentro de las posibilidades literarias de la casta cristiano-vieja, y por tanto hay que ponerlo en su lugar”. A comienzos de diciembre el maestro está dando los últimos toques al prólogo y le escribe con fecha 1-XII un pre-aviso al escritor-editor, advirtiéndole que no aceptará “quitar una sola palabra” por la imbecilidad de la censura, puesto que — la sinceridad de don Américo es desbordante —:

“Nada me ha importado tanto en mi vida de escritor como este Prólogo; ahí sale a la vista cómo era el Quijote por dentro y por fuera. He invertido en ello mucho cálculo y reflexión. No puedo tolerar que me lo pateen ni babeen los cretinos de ninguna ortodoxia, ni la católica ni la marxista. He procurado expresarme con gran mesura, pues a qué santo vendría ofender a nadie sin necesidad. Pero Cervantes era un cristiano nuevo, que sentía como Santa Teresa y como Fray Luis de León, y por eso pudo concebir y escribir la genialidad del Quijote”.

El 18 de diciembre el prólogo está terminado. Sus 127 páginas que salen para Alfaguara desde La Jolla. En el importante prólogo don Américo sitúa a Cervantes entre los cristianos nuevos porque está convencido que “la casta de Cervantes sirve para entender la posibilidad artística de su obra”. También le confirma a Cela sus temores de que algunos le “embestirán”, aunque “me tiene sin cuidado. Un cristiano viejo es imposible que escribiera el Quijote”.

Juan Carlos Cela, desde Alfaguara, sigue día a día las incidencias de la edición e informa al maestro en California, quien en carta del 14 de enero del 66, dirigida a CJC, lamenta que no se haya conservado “el plan de 1960 de añadir Ud. un epílogo”. En consecuencia, el Quijote de Alfaguara no llevará el epílogo tantas veces proyectado por Castro y Cela.

Esos mismos meses del 66 resultan muy pródigos en noticias en torno a la aventura que ya navega hacia el desenlace, y lo hace conjuntamente con un libro que habría de ser el futuro Cervantes y los casticismos españoles, cuyo primer capítulo es el prólogo de la edición del Quijote .El libro se terminó de imprimir el 10 de febrero de 1967, pese a que la primera edición reza como de 1966. Las cartas que informan de la fragua de este libro, pórtico inmediato de la edición del Quijote son muy sugestivas y tienen el denominador común de la devoción intelectual de Cela por la obra de don Américo. En una carta del 23-II-66, desde Palma de Mallorca, le escribe: “¿He de repetirle, mi muy querido viejo profesor, que en Alfaguara, en los Papeles, en mi voluntad y en esta casa manda usted?”. Mientras que desde Nueva York, donde Cela pasa en casa de Gonzalo Soberano los últimos días de marzo y los primeros de abril, le escribe convenciéndole de que el prólogo a la edición del Quijote se anticipe como parte primera de lo que sería unos meses después Cervantes y los casticismos españoles:

“A mí no me parece imprudente publicar ahora el prólogo al Quijote, formando volumen con el Las Casas y las Relaciones económicas y lo que fuere menester, y darlo luego en la edición del Quijote. En Alfaguara no tenemos prisa alguna, pero nos gustaría hacerlo ahora ” (carta del 26-III-1966).

El fragor epistolar que envuelve la preparación del tomo cervantino llega a eclipsar la marcha de la edición del Quijote, por ello don Américo el 18 de abril comenta entre zumbón y preocupado:

“Todo esto ha surgido del proyecto de publicar una edición del Quijote. Ahora resulta que mi prólogo va a ir en un libro, lo cual está muy bien. ¿Pero cómo no se les ocurre informarme de qué pasa con la edición del Quijote, en la cual va a figurar mi prólogo? ¿Cuándo va a imprimirse? Agradecería mucho alguna información sobre ello”.

El escenario que va a conocer la salida a la luz del “malfadado” Quijote en el otoño de 1967 está dominado por la apasionada y apasionante revisión que don Américo hace de Cervantes y de su novela, buscando todas las argumentaciones que asienten lo que entiende es característico del Quijote : el afán por secularizar el sistema de valoraciones y de jerarquías vigentes en torno a él, admitido por la mayoría (cristiano-vieja)”, según le explica a CJC en carta del 7 de junio del 67. Los trabajos de Castro que conforman dicho escenario son, junto con Cervantes y los casticismos españoles , la reedición de Hacia Cervantes (1966) y el artículo “El Quijote: taller de existencialidad”, que ve la luz en la Revista de Occidente en julio del 67.

Pero para llegar al final de la aventura queda un episodio más. Para el lanzamiento del Quijote de Alfaguara, Cela está organizando desde comienzos del verano del 67 un ciclo de conferencias, en el que van a intervenir el propio Cela, Riquer, Zamora Vicente, Lapesa, Laín y… (Cela intenta convencer al maestro) Américo Castro. La carta del 17 de julio dirigida al domicilio madrileño de don Américo no necesita glosa alguna:

“El ciclo — seis conferencias, desde el día 2 hasta el 7 de octubre — puede ser, según pienso, el más importante que haya podido organizarse en España de muchos años a esta parte. Quédese hasta entonces y lo verá.

El miércoles, 4 de octubre, quería que hablase usted. No eche los pies por alto y escuche. El tema (no el título que, como es lógico, correspondería señalarlo a usted) sería, poco más o menos, La filosofía de Don Quijote y su mundo . El ciclo es rigurosamente privado y exclusivamente de Alfaguara, jamás oficial. El local, los sótanos del edificio Huarte: donde la editorial viene celebrando todos sus actos intelectuales y sociales. Y la retribución (perdóneme que le hable de esto) para usted y en secreto , 500 $ USA y, si quiere 1.000, pues 1.000, que para eso uno es rico y se puede pagar los caprichos. Le aclaro — aunque ni es preciso siquiera — que los cuartos salen de las arcas de Alfaguara, sin subvención de nadie y de ninguna clase ”.

Don Américo, sin embargo, va a seguir siendo tajante. No quiere participar en la vida pública madrileña —“ necesitaría decir antes unas cuantas cosas imposibles de decir ”— y por carta del 20 de julio, desengaña a CJC apelando a una voz interior, que cual imperativo categórico, actúa de barrera infranqueable.

Siendo esto así el “aparato promocional” de la edición del Quijote sufre un contratiempo que CJC solucionará de inmediato, retrasando el ciclo de conferencias y rehaciendo levemente el elenco de participantes. Finalmente se celebrará desde el 11 al 16 de diciembre con la presencia de seis académicos: Alfonso García Valdecasas, Martín de Riquer, Julián Marías, Luis Rosales, Alonso Zamora Vicente y Pedro Laín Entralgo. “Esto sucede — escribía Mercedes Gordon en Ya (10-XII-1967 )— para fortuna y en buen entendimiento y honra con que se quiere recibir una nueva edición del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, que saca a la luz la castiza editorial de los Cela como homenaje a Cervantes en el trescientos cincuenta aniversario de su muerte”. Por su parte don Américo recibía el anuncio del restaurado ciclo desde La Jolla con palabras generosas:

“Gracias por el anuncio de la hebdomadaria catarata de quijotismo, turbinizada por tan eminentes creadores. Ojalá no se harte el público y aguante mecha hasta que el amigo Zamora diga lo que en verdad hemos tratado de hacer. Estoy seguro de que será el resultado muy halagüeño para Alfaguara y sus fieles amigos, entre los cuales me encuentro” (carta del 15-XI-1967).

Las lecciones cervantinas fueron un éxito, especialmente la del profesor Martín de Riquer, quien lanzó la hipótesis — luego altamente reconocida — de que Jerónimo de Pasamonte pudo ser el verdadero autor del Quijote de Avellaneda. Cela, que oyó la lección de su compañero de la Real Academia de la Lengua Española, le decía a Enrique Suero, periodista de Cifra Gráfica: si Martín de Riquer investiga a fondo su hipótesis y la confirma como así lo espero, ya que es un sabio, se apuntará un gran éxito” (El Correo Gallego, 26-XII-1967). Todo había funcionado correctamente.

A modo de estrambote

La edición del Quijote de Alfaguara estaba cuidada con esmero y apasionamiento. Conformaba el número III de la colección “Puerto Seguro”, como es natural en dos volúmenes. El texto era el fijado por Martín de Riquer. El prólogo, “Cervantes y el Quijote a nueva luz”, firmado por don Américo Castro ocupaba 148 páginas numeradas en romanos. La edición iba ilustrada con fotografías de La Mancha contemporánea, obra de Ramón Massats, el fotógrafo catalán que se había iniciado junto a Xavier Miserachs y Ricard Terré, y que para esas fechas —1967— ya había ilustrado Neutral Corner (1962) de Ignacio Aldecoa y Viejas historias de Castilla la Vieja (1964) de Miguel Delibes. La excelente colección de fotografías de Massats cerraba la aventura de un Quijote que se publicaba como “Homenaje a Miguel de Cervantes en el CCCL aniversario de su muerte (1616-1966)”.

ADOLFO SOTELO VÁZQUEZ

CJC, “En los ochenta años de Américo Castro”,PSA, CX, (1965), Al servicio de algo, OC, Barcelona, Destino y Planeta-De Agostini, 1990, t. XVI, p. 257.

Debo advertir que la fragua de Alfaguara es pieza fundamental del rompecabezas celiano de 1963, tan sesgadamente interpretado por Pere Ysàs en Desidencia y subversión (Barcelona, 2004).