Habitar la izquierda
Autor: Mari Paz Balibrea Enríquez
Revista: El Viejo Topo nº 187
Hablar de MVM como escritor, novelista, poeta, periodista, ensayista es
abordar parcialmente su labor. Intelectual un término que empieza
a circular en Europa y España alrededor del final del siglo XIX,
y que en los años de la segunda postguerra mundial se calificaría
con el sartriano adjetivo de "comprometido" define una actitud
crítica ante la sociedad de la que se forma parte, una voluntad de
intervenir en los asuntos públicos de una colectividad, un compromiso
cívico y en definitiva político de ser útil a la propia
comunidad. Esta es, precisamente, la actitud que preside toda la prolífica
y diversa obra del autor, la que le da coherencia. El reconocimiento temprano
y la importancia de la magna obra montalbaniana hay que entenderlos en su
capacidad de explorar y articular, en la ficción, en la poesía,
y en el discurso político directo los signos constitutivos de su
tiempo, que consiguieron hacer de su obra una verdadera intervención
social y cultural.
Como hombre indiscutiblemente de izquierdas, Vázquez Montalbán
hizo de la reflexión sobre la crisis de éstas, que marcó
su generación y que continúa viva en la reflexión sobre
la necesidad del cambio histórico, el eje de toda su vida pública.
Su trayectoria se puede entender como una continua rearticulación
crítica de la situación española y global de las izquierdas:
primero, como militante antifranquista; más tarde como voz crítica
de la transición y la socialdemocracia en el poder en España,
y últimamente con la atención dedicada a la exploración
de las propuestas del neozapatismo y los denominados movimientos antiglobalización.
Quienes hasta el último momento buscaron descalificarle reprochándole
su comunismo, sencillamente no le habían leído. Porque el
ciego y sospechoso inmovilismo ideológico que en círculos
dominantes se pretende endosar a quien se le cuelga el sambenito de comunista,
está en las antípodas del espíritu infatigablemente
crítico de Manolo Vázquez. Lo que sí hizo el autor
fue ser coherente con un pensamiento de izquierdas que él como
Edward Said o Noam Chomsky, o Carlos Monsiváis o Antonio Negri
supo tan bien mantener vivo y en marcha. En este artículo pretendo
recorrer ese dinamismo inestimable en la obra montalbaniana, demorándome
algo más en la última década de su vida, que se caracterizó
por la abundancia de ensayos políticos.
Los primeros ensayos de MVM, escritos en el tardofranquismo, revelaban
ya esa doble sintonía que tanto tiene que ver con su lucidez y estatura
intelectual y que hoy se expresaría con el lema de think globally,
act locally. Tal vez se recuerden más de este joven escritor
las recopilaciones de sus colaboraciones en Triunfo en la imprescindible
Crónica sentimental de España (1970), o La Capilla
Sixtina (1974), además de su activa militancia antifranquista.
Pero cualquier seguidor de la producción de MVM desde sus comienzos
sabrá que los primeros ensayos políticodivulgativos del autor
son sobre el imperialismo [¿Qué es el imperialismo?
(1976); La penetración americana en España (1974),
la denuncia del golpe de Estado de Pinochet en La vía chilena
al golpe de Estado (1973)] o la propiedad global de los medios de comunicación
de masas [Informe sobre la información (1963); Historia
y comunicación social (1980)]. Es decir, ya entonces había
en su producción una conciencia y un saber del alcance global de
las problemáticas políticas abordabas que no tenían
parangón con nadie de su generación. Por otra parte, el carácter
metadiscursivo de buena parte de la literatura de este periodo, mucho después
reunida en los Escritos subnormales (1989), reflexionaba sobre los
mecanismos que atrapan al intelectual dentro del sistema, que lo subnormalizan,
en la que era evidente una conciencia cínica post68. La dialéctica
negativa exhibida en esta literatura y la influencia de Adorno la explicita
más de una vez Vázquez Montalbán en sus escritos de
la época encuentra la única posibilidad de refugio crítico
en una continua peripecia dialéctica, a sabiendas de que en cuanto
se formule será neutralizada inmediatamente por el sistema. En los
años noventa, ese mismo mecanismo de dialéctica negativa se
pondrá al servicio de representar una sociedad de máscaras
y esperpentos (la española en el caso de Sabotaje olímpico
(1992) y Roldán, ni vivo ni muerto (1994), corrompida en todas
sus formas políticas, que no deja espacio a la diferencia, la utopía,
la memoria, y que, para conseguir estar "siempre a salvo de la SUBVERSIÓN"
(p. 267, mayúsculas en el original) frase con que termina El
estrangulador (1994) encierra en manicomios a quienes las practican.
La fase subnormal de los años setenta termina con el advenimiento
de la transición y el fin de la dictadura. Entonces se inaugura en
su literatura un periodo de intervención positiva (por oposición
a la negatividad que ya he definido de la subnormalidad) formalmente realista
y espacialmente centrada en España, donde Vázquez Montalbán
intervendrá críticamente como una constante voz opositora
al rumbo que adopta la democratización del país. En los primeros
quince años de la democracia, durante el proceso español de
transición políticosocial y económica de la dictadura
a la democracia liberal, de una modernidad periférica y dependiente
a la postmodernidad experiférica e igualmente dependiente y
de integración europea que termina con la década de los noventa,
la producción y el pensamiento de Vázquez Montalbán
están marcados por la reivindicación y recuperación
de la memoria de la Guerra Civil y la dictadura [El pianista (1985),
Galíndez (1990)]. De ahí la obvia lectura de la producción
montalbaniana desde 1975 como crónica crítica y voz opositora
al rumbo que adoptan las transformaciones políticosociales y culturales
desde la transición y durante todo el periodo de gobierno socialdemócrata.
Son tiempos de acentuado pesimismo en la izquierda con respecto a la concepción
misma de la historia, un pesimismo derivado de presenciar la destrucción
de las coordenadas del marco de transformación social construidos
por la izquierda tradicional a lo largo del franquismo. Toda esta problemática
se puede relacionar con un momento supranacional de crisis de la izquierda,
y se ubica dentro de otros grandes discursos de crisis, como el del fin
de la modernidad y el discutible advenimiento de la postmodernidad.
En los noventa, no será la apertura política del país
la que dé esperanzas y motivos de intervención positiva antes
al contrario, Sabotaje y Roldán son dos de las más
sombrías crónicas sobre el fin del gobierno socialista y la
ausencia de alternativas políticas de progreso en España
sino la búsqueda de nuevos sujetos históricos. La caída
del muro de Berlín, el fin de la guerra fría y la desaparición
de los bloques, la expansión urbi et orbe del capitalismo
y el decreto triunfalista e inapelable del fin de la historia como lucha
por un futuro mejor son, en la última década del siglo XX,
los marcadores más visibles y obvios del cambio planetario de coordenadas
que se ha dado en llamar globalización, cambio al que MVM es inmediatamente
sensible. Esta nueva coyuntura no coge al intelectual desprevenido porque
no aparece de la noche a la mañana. Primero, la crisis de la izquierda
y de las ideologías de transformación social en los países
del Primer Mundo se remonta por lo menos a 1968, y ha caracterizado toda
la transición española a la democracia, tema del que MVM se
ha ocupado largamente; segundo, la mundialización y ubicuidad del
capitalismo es una tendencia que se puede argumentar existe desde sus comienzos
y que tiene en el imperialismo el precedente más inmediato a la situación
actual. Tercero, ideológicamente, el discurso dominante que nos instala
en un presente perpetuo, argumentando que todo pasado fue peor, es precisamente
el caballo de batalla que Vázquez Montalbán ha estado combatiendo
en el territorio español durante toda la transición y el periodo
socialista, donde florece una versión de esa misma narrativa aplicada
a un país que por fin realiza con éxito su anhelo secular
de incorporarse a la modernidad y a Europa, y quiere distanciarse lo más
posible de un pasado de subdesarrollo, dictadura y aislamiento europeo.
De ahí, precisamente, el sentido crítico de la estructura
de indagación en el pasado para clarificar el presente, de la que
es paradigma la serie Carvalho. Se trata de desenterrar, a través
de la investigación, la significación del pasado de forma
que revele, no sólo lo muy imperfecto o perfectible que es aún
el presente, sino también lo mucho que depende su sentido del pasado,
razón por la cual quiere reprimirse.
No se trata de que en los noventa ya no se lamente y critique la deshistorificación
del presente, que condena al olvido a los perdedores de la Historia y garantiza
el poder a sus vencedores, o que el tema se considere irrelevante. Pero
el pasado, la memoria histórica, han dejado de ser los mecanismos
privilegiados de intervención política en el presente. La
lucha política por la historia que se considera más urgente
en el nuevo momento sigue siendo la que concierne a la imposición
dominante de una lectura ultraliberal del fin de la historia que hace coincidir
el presente momento histórico con la meta de todas las aspiraciones
humanas y sociales, y que, por tanto, sanciona como periclitada y fuera
de lugar toda aspiración a un mundo mejor. Pero esa batalla va a
concentrarse en ubicar un nuevo sujeto histórico de transformación
para que sea la mejor réplica a la sanción finalista dominante
en la historia.
Ya desde la constitución de Izquierda Unida en 1986 estaba MVM
hablando de la sociedad civil y de los nuevos movimientos sociales como
el nuevo sujeto histórico, pero sin que éstos tomaran ninguna
forma histórica concreta en su literatura. Las mismas dificultades
de Izquierda Unida para reivindicar su papel aglutinador de movimientos
sociales, sus sucesivos fracasos electorales y finalmente la escisión,
primero de Nueva Izquierda y luego entre Iniciativa per Catalunya y Esquerra
Unida y Alternativa, hablaban a las claras de la dificultad que en el marco
español y catalán estaba encontrando la materialización
de este nuevo proyecto de transformación social que MVM suscribía.
Si a esto le unimos el complemento de los escándalos socialistas
de sus últimos años de gobierno, y la subida al poder de la
derecha en 1996, el panorama español no aparecía precisamente
como el más inspirador de revoluciones. Si a este panorama decepcionante
le unimos la inmediata sintonización del autor con el proceso de
globalización que se hace evidente en los noventa, no es de extrañar
que desplazara la problemática del sujeto de cambio histórico
a un nivel global, ni que la separara de su relación histórica
con los partidos políticos.
En este sentido, Panfleto desde el planeta de los simios (1995)
es un texto clave para aclarar el diagnóstico y las propuestas políticas
de MVM en la mitad de los noventa, donde se planteaba la figura del intelectual
como el mejor dotado para el análisis y el diagnóstico histórico,
traductor/intérprete de su situación histórica contemporánea
y buscador de sujetos históricos capaces de responder a las necesidades
de cambio de su tiempo. Pero es, a mi entender, en O César o nada
(1998), donde mejor se textualizó la compleja relación e interacción
entre la intervención histórica del intelectual (encarnado
por Maquiavelo) y la más directa que ejerce el sujeto con poder (en
la figura novelada de César Borja). Vázquez Montalbán
se mantenía fiel en su novela a la conocida imagen del filósofo
florentino como inteligencia privilegiada y que no hace concesiones a las
ideas establecidas de su época. Así es como la novela subrayaba
lo más revolucionario del pensamiento de Maquiavelo, en su capacidad
de pensar por su cuenta frente a la historia, rebatiendo y rechazando la
autoridad y el peso de toda una tradición para proponer una visión
nueva. Manuel Vázquez Montalbán no era el primer pensador
de izquierdas en reparar en la importancia de la figura histórica
como intelectual de Nicolás Maquiavelo. Desde la filosofía
y la teoría políticas, Louis Althusser y, sobre todo, Antonio
Gramsci (a quien, no por casualidad, va dedicado uno de los epígrafes
de O César o nada), habían analizado El Príncipe
como la obra de un pensador político revolucionario, un hombre de
acción (y no un politólogo) quien, basándose en la
realidad efectiva, en las fuerzas existentes, es capaz de proponer un nuevo
orden, un nuevo equilibrio, mostrando en términos concretos cómo
deberían funcionar las fuerzas históricas para ser efectivas.
En definitiva, un visionario cuya capacidad para definir al sujeto de cambio
en su momento histórico, el Príncipe, es ejemplo aprovechable
para quienes en el siglo XX siguen buscando a sujetos (colectivos) capaces
de transformar su sociedad. Ese mismo tipo de intelectual político,
y no académico, es el que se diría que aspiraba a ser MVM,
Cesar trasladaba al plano novelístico una dinámica
de exploración de la historia que se repetirá en ensayos como
Un polaco en la corte del rey Juan Carlos (1996), Y Dios entró
en la Habana (1998) y Marcos, el señor de los espejos
(1999). Aunque se trataba de géneros diferentes, sus estrategias
de representación de la realidad eran sorprendentemente afines. César
era una novela completamente dialogada, donde las partes narrativas y descriptivas,
ofrecidas por un narrador omnisciente, no pasaban de acotaciones escénicas
que delataban el origen de la novela como guión televisivo. Toda
la reconstrucción se hacía a base del diálogo entre
los personajes, lo cual hacía la novela más directamente accesible
al lector, con un minimizado intermedio del narrador. Si la perspectiva
de Maquiavelo sobre la realidad y la historia que ha vivido era lo que más
importaba en O César o nada, también era la función
entrevistadora de MVM en los ensayos de la época lo que nos proporcionaba
el único acceso a las realidades propuestas. A través de la
entrevista con todos aquellos que se consideraban participantes relevantes
de la historia, se armaba un rompecabezas que acababa por formar el mapa
de una coyuntura histórica ya sea la de lo que quedaba de la Cuba
revolucionaria ante la visita del Papa, la de los estragos causados por
la rebelión zapatista en México, o la de los centros de poder
de la capital de España en el final de la hegemonía socialdemócrata.
Con la misma apasionada atención con que Maquiavelo escoge e interpreta
a los Borja (sobre todo a César), en tanto que candidatos a príncipes
encauzadores de los nuevos tiempos de la modernidad, MVM se ocupa de sacar
a la luz la capacidad de responder al reto de su momento histórico
de personalidades tan poderosas como Felipe González, el subcomandante
Marcos o el rey de España.
A diferencia del Maquiavelo histórico o personaje de novela, que
no llega a encontrar en su historia contemporánea un Príncipe
a la altura de su ideario, MVM llegó a apostar decididamente por
la capacidad transformadora de uno de ellos muy concreto: el movimiento
zapatista, arribando así a esos "tiempos de creencia" (24),
por los que abogaba en la conclusión a su artículo de 1997
y que daba título al libro El escriba sentado. Que Marcos,
el señor de los espejos era una respuesta a los llamados y propuestas
especulativas que habían caracterizado la obra de MVM en los noventa,
se hacía ya patente en el subtítulo que se le daba de Viaje
desde el planeta de los simios a la selva Lacandona, que invocaba el
título del ensayo del autor de 1995, Panfleto desde el planeta
de los simios, y el género mismo de aquél, pues también
el Marcos era catalogado de panfleto. El neozapatismo había
sido, por lo menos hasta la aparición de los movimientos antiglobalización
en Seattle a finales de 1999, el ejemplo de insurrección con más
continuidad, con más eco y solidaridad internacional y, a través
de su líder Marcos, con más discurso político capaz
de conectar la explotación indígena en México al desarrollo
del capitalismo mundial. MVM contribuyó sin duda a la tarea política
de divulgar y expandir esta lectura del neozapatismo, hasta el punto de
llegar a catalogar, para enfado de algunos, la rebelión zapatista
como una alegoría de la lucha de los globalizados contra los globalizadores.
Aunque ya no llegaría a publicar más ensayos políticos,
su presencia cotidiana en actos públicos y en los medios de comunicación
nos hizo saber que seguía dispuesto a comprometerse con nuevas formaciones
sociales que tuvieran un lenguaje capaz de aprehender las necesidades del
nuevo momento histórico, así como a facilitar su divulgación
desde la posición privilegiada que consiguió adquirir con
los años (la última manifestación de ello fue su participación
en el Foro Social Mundial en Porto Alegre).
El pensamiento y la praxis intelectual de Vázquez Montalbán
se movieron con la historia y contribuyeron a su transformación para
demostrar, a contracorriente, que la(s) izquierda(s) no encarnaba(n) un
proyecto ni fosilizado ni obsoleto. Y aunque el hombre nos ha abandonado
en tiempos tan negros, ya no es mentira que las resistencias al nuevo orden
global se han hecho visibles, audibles y multitudinarias. Manuel Vázquez
Montalbán invirtió el tiempo de una vida en creer y alentar,
desde sus muchas atalayas, esas resistencias que manifiestan la necesidad
del cambio histórico. El legado de sus obras y el ejemplo de su compromiso
coherente con unas ideas son ya para siempre patrimonio de todos. La responsabilidad
es nuestra de mantenerlo vivo en una memoria que nos sirva para entender
el presente y cambiar el futuro.
