La exposición como herramienta
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La exposición como herramienta

12 marzo 2013 · Por simple

Autor: Rosa Olivares

Revista: Exit Book, Libros de Arte y Cultura Visual nº 17


Foto Vista de la exposición de Liz Deschennes en la Secession, Viena, 2012. Foto: Jorit Aust.

Una de las diferencias esenciales entre hablar de arte actual o hacerlo del arte de momentos anteriores es que en el arte actual no es la obra el elemento esencial y prácticamente único. El discurso artístico desde mediados del siglo XX se ha visto fuertemente caracterizado por una continua y progresiva centralización en sí mismo. El arte se ha convertido en el tema del arte, el museo se ha convertido en una idea en evolución, una especie de work in progress. Los sistemas de producción de la obra de arte son uno de los lugares autorreferenciales de las discusiones teóricas recientes, y por supuesto, la exposición en sí misma –como teoría crítica, como experiencia performativa, como evento mediático y como otras muchas cosas diferentes y a veces opuestas– ocupa el epicentro de gran parte de la teoría y la práctica del arte contemporáneo.

Si en la historia del arte ha habido diferentes figuras que han sido protagonistas cíclicos y consecutivos, como han podido ser la Iglesia, el mecenas, el museo, el coleccionista, el galerista, el crítico,… hoy en día la ambigua figura del comisario de exposiciones es sin duda el protagonista estelar del panorama artístico. Bien es cierto que muy posiblemente tenga sus días contados, pues los matices de su perfil son tan poliédricos que su propio cuerpo empieza a desvanecerse, y su auténtico poder se está transformando en un tic, dejando paso nuevamente al único y auténtico protagonista de esta historia paralela del arte: el dinero y el poder que éste genera. Cuando algo novedoso se convierte en un tema manido, cuando una actitud radical deviene en académica, significa que su turno ha pasado.

Hoy en día, cuando el comisario lo es todo, un personaje con el don de la ubicuidad y que, surgido de una repentina mutación del conservador de colecciones de un museo, se nos aparece en todos los espacios imaginables y con todas las personalidades inimaginables, tenemos que aceptar que ya ha perdido la mayor parte de su encanto y su misterio. Porque si antes un comisario era un personaje de una cultura excepcional, con una experiencia estética basada en años de estudio y décadas de ver y mirar arte y, sobre todo, con una capacidad crítica radical, un personaje sin miedo a alterar la idea del espacio, de estar a la altura de cualquier creador, hoy en día cualquier estudiante recién salido de un máster o de un taller curatorial, cualquier artista más o menos relevante, cualquier profesor con tiempo libre, cualquiera de ellos y casi siempre todos ellos, son comisarios. Si antes ser comisario era una posibilidad de cambiar la forma de ver y percibir la producción artística, hoy es simplemente un oficio a tiempo parcial.

El arte actual evoluciona a una enorme velocidad, o tal vez sólo cambia pero lo hace a una velocidad propia de los tiempos. En esta velocidad, tanto la obra y su formalización, como la canalización de su difusión, su visibilidad…, cambian permanentemente. Por ello es casi imposible ver hoy las salas de un museo como el lugar apropiado para mostrar el arte de hoy… bueno, esto fue lo que comprendieron los primeros comisarios, los primeros “hacedores de exposiciones” a finales de los años sesenta. En los sesenta, con un arte que cambiaba de formas radicalmente, con un arte que se desvanecía, que se desmaterializaba, que se convertía en sonido, en acción, en instalaciones… el museo se vio obligado a renovarse, a cambiar, y una serie de genios, de hombres y mujeres arriesgados, fuera de las instituciones, artistas y teóricos, transformaron no sólo la forma de exponer y ver el arte, sino el arte mismo. Ellos fueron los creadores de esa figura que hoy llamamos comisarios y que ahora se estudia en caros colegios de todo el mundo, que se enseña en los masters de los museos y las universidades. En unos estudios que sólo son una forma más de controlar la imaginación y el deseo, de dictar fórmulas, de institucionalizar una mirada salvaje.

La historia del comisariado es breve pero intensa. Sus protagonistas fundacionales han compartido mesa y comida, algunos algo más, con muchos de nosotros, algunos todavía están vivos. Tienen nombres propios: Alexander Donner, Jean Leering, Konrad Fischer, Walter Hopps, Seth Siegelaub, Harald Szeemann, Lucy Lippard, Pontus Hulten, Kynaston McShine, Lawrence Alloway, Germano Celant, Kaspar König… y algunos más, muchos más que forman un selecto grupo de personas que nos han enseñado a ver todo de otra manera, nos han demostrado que las opiniones, el riesgo, la libertad y la independencia son realmente importantes. Sin embargo, no han conseguido evitar que este brillo y agitación que supuso la figura del comisario, sin duda la estrella invitada en el arte actual, se haya convertido en un actor que acapara protagonismo, en el objetivo de jóvenes estudiantes que quieren ser comisarios sin saber de arte, sin importarles el arte. Sin saber qué hacer con él, convirtiéndose en funcionarios domesticados del poder institucional.

Resulta imposible hoy, ya empezado el siglo XXI, pensar en hacer exposiciones como las que se hicieron en Europa y en los Estados Unidos desde finales de los años cincuenta hasta los ochenta del siglo pasado. Alguna ocurrencia ingeniosa, como un destello en la oscuridad, sucede de vez en cuando haciéndonos pensar que la revolución seguimos siendo nosotros. Sueños de libertad. Hoy, todos –el crítico, el artista, la novia del artista, el galerista mediocre, el funcionario con ganas de volar, todos y cualquiera- quieren ser, se denominan “comisarios independientes”. Me pregunto independientes de qué. Y sobre todo me pregunto si saben que los comisarios que crearon esta idea hacían exposiciones como los herreros fundían espadas. Que en sus manos, en sus cabezas, las exposiciones eran armas, herramientas con las que cambiar el mundo, la forma de ver y comprender el mundo. No trabajaban ni para el mercado ni para el museo, ni siquiera para el artista. En sus manos el arte, y la exposición como su forma de visualización, cobraban un significado distinto y poderoso. Realmente libre e independiente. Esa historia, esos personajes y esas exposiciones, las mil y una formas de comisariar, son el tema de este nuevo número de EXIT Book, una pequeña memoria de qué es el comisariado.