Artículos

El poder y la gloria.

8 febrero 2011 · Por simple

Autor: Rosa Olivares

Revista: Exit Book, Libros de Arte y Cultura Visual nº 14


Desde el proverbio chino hasta la canción popular, desde el refranero hasta la cita filosófica, hay una idea que se repite y se asocia al carácter humano: todos queremos más. El rico quiere fama, el inteligente belleza, y el que tiene poder más poder, la gloria. Preferiblemente, todo el poder. En el mundo de la cultura, la idea de poder está dispersa, se divide entre la gestión y la publicación, la enseñanza y la creatividad. Pero si de algo no cabe duda es que en el mundo de la cultura las publicaciones significan éxito, inteligencia, creatividad. Por supuesto, escribir y publicar un libro es algo que a todos les gustaría pero que no todos pueden, no sólo porque es necesaria la capacidad de investigar, estructurar y escribir, de tener al menos una idea y saber ponerla sobre el papel, sino porque, además, hay que encontrar un editor que se arriesgue a publicarlo. Y eso es un riesgo que cada vez escasea más. Si no se publica un libro propio, se puede hacer una recopilación y firmarlo como «editor».

Quedan los catálogos. De galerías, de artistas y de exposiciones institucionales. Esa es una reserva para prácticamente todos los que no escriben un libro por las razones ya expuestas pero que sí pueden escribir un texto sobre un artista, una tendencia, o casi sobre cualquier cosa siempre que no sea muy extenso y que no haga falta decir nada especial. Con recopilar opiniones, citas, sugerencias y comparaciones es suficiente… y si se escribe bien, mejor. Y ya está, esa poquita de gloria, esa línea más en el currículo, esa publicación en la estantería, ese orgullo de ver tu nombre, tus palabras en un libro. Publicado.

Pero lo que no he entendido nunca es ese afán por editar revistas que tienen los críticos, gestores o funcionarios que llegan a directores de museos o a directores generales, e incluso a ministros. Publicar una revista les parece algo genial. Naturalmente, la editan desde un lugar en el que no se editan revistas, al menos no esas revistas que los lectores quieren leer. Pero ellos las pueden hacer gratuitas, porque pueden editar sin el riesgo que tenemos todos los demás. Ese riesgo de no saber cuánto tiempo va a aguantar una aventura en la que pones no sólo tu ingenio y tu oficio, tu inteligencia y tu imaginación, sino también tu hacienda, tus ahorros, tus créditos, tu trabajo y todo tu tiempo. Para esos funcionarios, que nunca han escrito un libro y que a duras penas escriben un texto legible para un catálogo, no es un problema la imprenta, ni los impuestos, ni las nóminas, ni el diseñador… Ellos no están pendientes de si hay o no hay publicidad, de si el distribuidor te mueve o no te mueve, de si el librero te paga, de si los suscriptores suben o bajan, de si los contenidos interesan… No, ellos, que tienen el poder, quieren la gloria. Y la compran con el dinero de todos nosotros, que pagamos sus sueldos y sus caprichos.

Desde el verano pasado a este principio de 2011, cuatro museos españoles han publicado sus propias revistas. Existen antecedentes (de la Dirección General de Bellas Artes, de la Dirección General del Libro, del propio gabinete del Ministerio de Cultura…), de revistas editadas sobre arte, patrimonio, información cultural y poesía (ciertamente la única que por su diseño, y porque realmente editar poesía es un lujo imposible para la empresa privada, tuvo interés, éxito y duración) sacan a bombo y platillo para desaparecer después silenciosamente.

Es cierto que los museos, muchos y casi todos los que tienen realmente un buen equipo de publicaciones y un ideario museográfico, han editado revistas especializadas, boletines de investigación, desde hace décadas. Pero ese modelo no es el que se lleva esta temporada. Recuerdo que en una de sus etapas anteriores también el Reina Sofía tuvo la tentación de sacar una revista. Era una revista similar a las del momento y, de hecho, la iba a producir una conocida empresa que ya editaba el periódico de más importancia en el país. Finalmente no fue adelante ante las críticas del sector, el gasto que suponía y la sinrazón de ese modelo.

Esta temporada se lleva el modelo de revista de la Tate, que se vende y se publicita como cualquier otra revista inglesa, pero claro, su capacidad económica y su fuerza es otra. Eso tal vez en el Reino Unido no es un problema, dado por una parte su índice de lectura, por otra la infinita tradición editora del país y, finalmente, por la fuerza de un mercado que llena de publicidad las revistas de arte privadas. En España, la situación es otra: aquí ni hay tradición de editar, ni índice de lectura alto, y el mercado empezamos a preguntarnos a qué se dedica y dónde está. Pero cuatro museos españoles sacan, por fin, sus revistas. Y digo por fin porque ellos van a enseñarnos a los editores y a los críticos qué es hacer revistas y, sobre todo, qué es hacer crítica.

Cierto es que cada uno de los modelos es diferente, aunque mantienen un aire de familia un tanto turbador. La más profesional, mejor hecha y con toda seguridad más accesible (tanto en contenidos como en costes) es la del CAAC de Sevilla, de 11 a 21 (el horario del museo, por si tiene curiosidad), y se nota que su director Juan Antonio Álvarez Reyes es de la profesión y sabe hacer y dirigir revistas, porque a fin de cuentas, en una revista inició su carrera y es, como diría Corleone, «uno de los nuestros». Su objetivo, en el primer número muy bien conseguido: sustituir los catálogos, prohibitivos actualmente por su coste y por los recortes en los presupuestos. De hecho, la revista funciona como un catálogo con otro formato.

Index (Investigación artística, pensamiento y educación) es la revista del MACBA, una especie de folleto feo y farragoso que podría ser desde un boletín colegial hasta el catálogo de una agencia de viajes. Pero sus pretensiones son didácticas, pedagógicas. Y es que el museo ya no es lo que era, es decir, un museo ahora es también una escuela, una universidad, un centro de másteres; en el museo se muestra pero sobre todo se crea, se produce, se enseña a mirar y a ver. Es curioso ese afán por enseñar cuando la opinión del público, incluso su propia presencia, no parece ser un elemento de interés a la hora de programar ni de orientar sus contenidos. Tal vez se deba a que el museo sabe lo que realmente el público, aunque él no lo sepa todavía, necesita. Index nos lo irá explicando poco a poco, aunque su diseño, sus secciones y su «literatura» sean confusos, antiguos y aburridos.

El MUSAC edita RADAR (Revista de arte y pensamiento) dos veces al año, en español e inglés. No es gratuita, como la del CAAC y el MACBA, ni casi gratuita (5 euros) como la del MNCARS. Cuesta 15 euros en España, 18 en el extranjero, y la distribuye una importante firma internacional. Estas tres revistas (Radar, Index y Carta) coinciden en el pensamiento como materia, como si fuera un descubrimiento que no se le hubiera ocurrido a nadie fuera del museo. Y es que con la crisis hay que pensar mucho y vender algo.

 «¿Pueden los museos ser críticos?» se pregunta en el título del editorial del primer número de Carta (Revista de pensamiento y debate), la revista del Museo Reina Sofía, su director Manuel Borja-Villel. Él tarda varios folios en contestar con una explicación historicista, larga, confusa y, sobre todo, contradictoria, cuando la respuesta es clara y sencilla: NO. La revista, de formato imposible para cualquier estantería, mantiene el diseño tipo periódico con 88 páginas de tamaño inmenso y letra mínima, con apariencia no lujosa pero carísima de producción. Buen diseño y un equipo editorial traído de Babelia/El País (y que antes estuvo en el ABC Cultural), sin duda nada barato. Dos números al año, y ya el segundo (Otoño-Invierno) sale con retraso.

Los museos no pueden ser críticos. Y, sobre todo, no pueden ser críticos con ellos mismos. El museo representa y es el poder, les guste o no a sus directores. Son instituciones varadas en el mar de la cultura, con presupuestos más o menos grandes que les vienen del cielo como el maná, y que además, como demuestran constantemente, gastan en lo que quieren, olvidando que ese dinero es de todos y que deben tener las cuentas claras y las razones diáfanas. Aunque a lo mejor estos directores de museos, de revistas y de todo sólo nos dan lo que realmente necesitamos, como nuestras madres. Los museos, y en eso coinciden misteriosamente el MACBA y el Reina Sofía, ya no son como antes. Ahora son centros que hacen exposiciones, editan catálogos y libros, critican sus propias actividades desde sus revistas, organizan másteres de gestión y de crítica para reproducirse a sí mismos y extirpar cualquier síntoma de crítica e independencia de pensamiento en las nuevas generaciones. Y todo esto no se entiende sino desde el poder que quiere fortalecerse y perpetuarse, cortando la disidencia y la diferencia. Todo está en el museo: la producción, la gestión, la didáctica, la enseñanza, la educación y, finalmente, la crítica. Fuera del museo no queda ya nada, está el vacío total. ¿Para qué seguir editando revistas independientes si el propio poder puede hacer sus revistas? Y es que el que tiene el poder quiere la gloria, y estos señores, que no han podido escribir un libro, y a duras penas escriben un artículo, se mueren por editar y publicar. ¿Dónde mejor que en revistas pagadas por los contribuyentes? Nosotros, mientras ellos piensan, nos preguntamos: ¿dónde está el arte?