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Reconstrucción de un debate. Cataluña en el camino hacia la Feria de Frankfurt 2007

1 enero 2000 · Por simple

Autor: Michael Ebmeyer

Revista: Quimera nº 277


El 2 de marzo de 2005, Volker Neumann, entonces director de la Feria del libro de Frankfurt, hacía pública la elección de la “cultura catalana” como invitada de honor para la edición de 2007. Por primera vez en la historia del evento el país invitado era una unidad política inferior a un Estado. Sin embargo, lejos de lograr el unánime entusiasmo por la ofrecida vitrina, la noticia desató otro de esos interminables, estériles e innecesarios debates alrededor de la mayor o menor “catalanidad” de los autores catalanes que escriben en castellano. Quimera ofrece ahora la visión objetiva y desapasionada de un escritor y periodista alemán cuyo recuento puede darnos una idea de lo pintorescas que resultan estas discusiones cuando se miran desde una perspectiva racional.

Los rumores corrían ya en el otoño del 2004, pero hasta marzo del 2005 no se hacía oficial: la dirección de la Feria de Frankfurt propone un país o una área cultural como invitado de honor y motivo central. La elección final no se haría de esperar y “la cultura catalana” era finalmente designada invitada de honor.

La tradición de invitar a países se inició en 1976 cuando la Feria del Libro centró su atención en Latinoamérica. La siguieron otros motivos, al principio en periodos de dos años, que no necesariamente respondían a un criterio geográfico: “El niño y el libro”, “Religión” o bien “Orwell 2000”, por ejemplo. Que la temática coincidiese con las fronteras de un Estado actual sucedió por primera vez en 1986, cuando se invitó a la India. A partir de entonces se mantuvo este criterio. Cabe señalar las excepciones del año 1993, con el tema “Flandes y los Países Bajos”, cuando se invitó a un espacio cultural que superaba fronteras; más adelante, el año 1996, con el tema “Irlanda y su diáspora”; también deben mencionarse las dos penúltimas convocatorias: en 2004 se presentó la cultura árabe en la Feria, y en 2005 se invitaron a las dos Coreas, aunque sólo asistió una.

El año que viene le toca a Cataluña. O mejor dicho, a la cultura catalana. Con esta fórmula parecía que se evitaban todos los obstáculos. Ni se molestaba al gobierno de Madrid y los círculos conservadores españoles, ni Valencia o las Islas Baleares se podían sentir excluidas de la invitación.

Las primeras reacciones fueron consecuentemente eufóricas. En Cataluña toda la rama del libro lo celebró –justo en aquellas fechas tenía lugar en Barcelona “La Semana del Libro en Catalán”. El gobierno de Zapatero confirmó en seguida su apoyo, y en toda España se mostró la satisfacción por el interés mantenido, y cada vez más detallado, que la Feria del Libro más grande del mundo mostraba hacia una literatura de raíces ibéricas. En la sucesión de ferias dedicadas a Latinoamérica (1976), España (1991) y la cultura catalana (2007) se quiso ver un foco que cada vez era más preciso. Todo el mundo mostró su alegría ante las razones esgrimidas por el director de la entidad, Volker Neumann: “se quiere invitar a una de las regiones culturales europeas con más vitalidad”.

Las dificultades surgieron un mes después. El día 7 de abril la Asociación de Escritores en Lengua Catalana (AELC) elaboró en su asamblea una declaración en la que se exigía que la literatura catalana en Frankfurt estuviese únicamente representada por escritores que escriben en catalán. No fue una sorpresa. Ya en el otoño de 2004 la literatura catalana había sido invitada a la Feria del Libro de Guadalajara (México), donde se había presentado como bilingüe con un gran éxito. Pero los escritores en lengua catalana volvieron con la amarga sensación de que sus colegas en castellano les habían quitado el “protagonismo”. Apenas se analizaron las causas de este dominio ni tampoco las diferencias existentes entre Guadalajara y Frankfurt. En Cataluña el comentario público se limitó al ya conocido argumento de que, si prepondera el castellano, debe ser porque la secular represión del catalán aún no se ha superado. No se prestó atención al hecho de que en Frankfurt, a diferencia de en Guadalajara, la gran mayoría del público de la Feria no domina ninguna de las dos lenguas, ni se contempló la cuestión de cuál es la imagen que los anfitriones se hacen de su invitado.

Después de la declaración de la AELC, el debate se fue cociendo a fuego lento dentro del sector cultural de Cataluña. La organización de la presencia catalana en Frankfurt fue encargada al Instituto Ramon Llull, que lleva a cabo con éxito la promoción cultural catalana en todo el mundo, así como la difusión internacional del catalán siguiendo criterios muy sensatos. El diario Avui publicó a partir del 18 de mayo, bajo el título “El camino hacia a Frankfurt”, una serie de ent revistas a escritores, editores y gente del mundo de la literatura catalana, con el significativo resultado de que sólo cuatro de los 22 entrevistados se manifestaron partidarios de que los escritores en castellano estuviesen presentes en Frankfurt. Previsible.

Entonces la política se entrometió. Convergència i Unió, excluida en aquellos momentos de las negociaciones para el nuevo Estatuto, intentó sacar partido de la situación para la causa nacionalista y presentó la cuestión de la AELC a votación en el Parlamento de Cataluña. La consecuencia fue una resolución de la Generalitat, aprobada el 26 de mayo por todos los partidos políticos, a excepción del PPC.

¿En qué consistía la resolución? CiU y ERC estaban completamente convencidos de haber acordado la ausencia del castellano en la Feria. La prensa también lo interpretó así. PSC e ICV entendían, en cambio, haber acordado dar preponderancia al catalán sin excluir el castellano. Pero del texto de la resolución parlamentaria, según el cual el catalán era “el único identificador” de la literatura catalana, era difícil deducir otra cosa que la exclusión de autores en lengua castellana.

Los editores catalanes reaccionaron aterrorizados ante cómo la política se había apropiado del tema. Incluso el presidente de la Asociación de Editores en Lengua Catalana declaró en una entrevista en el diario El País: “¿Por qué esa manía de excluir?”. Caterina Mieras, entonces Consejera de Cultura de la Generalitat y como tal políticamente responsable de la representación catalana en Frankfurt, se apresuró a declarar: “Nadie excluirá a nadie de la cultura catalana”, y entonces argumentó que todos los escritores catalanes forman parte de la cultura catalana, y, a la vez, que “es evidente” que la literatura catalana se escribe en catalán –cosa que no contribuyó a la aclaración del problema. Carmen Calvo, la Ministra de Cultura, advirtió el peligro de “transformar una gran oportunidad en un conflicto político”, y se vio obligada a aclarar la postura desde la que se daba soporte en Madrid a la invitación de Frankfurt: “Cataluña (…) es bilingüe y hay escritores que escriben en catalán y otros que escriben en castellano (…) Donde esté Cataluña estará España”.

De modo que ya teníamos todos los ingredientes para la eterna discusión en torno a Cataluña. Por un lado, la ambición de la autonomía cultural, aferrada a la posición de que esta autonomía sólo habla en catalán. Por el otro, el gesto de la instancia superior que declara: os dejamos un buen margen para correr, pero no para escaparos.

El revuelo también provocó las primeras reacciones de los anfitriones. A finales de mayo se declaró desde Frankfurt que la propuesta de invitar a Cataluña había causado polémica en la dirección de la Feria, y la discusión desatada volvía a generar dudas. A esto se añadió pronto la sustitución del director Volker Neumann por Jürgen Boos. La invitación se había hecho pública pero aún no había nada firmado. Y no se tenía la certeza de si el nuevo director compartía con el antiguo el interés por la cultura catalana.

De todas formas, y esto se había obviado en el debate en Cataluña, el mismo Volker Neumann había declarado el día de la nominación oficial del país invitado: “La cultura catalana destaca por su excepcional creatividad y popularidad. Así lo demuestran autores de difusión internacional como Vázquez Montalbán, Juan Goytisolo o Carlos Ruiz Zafón y artistas como Joan Miró, Salvador Dalí o Antoni Tàpies”.

Pero quedémonos un momento en Alemania, puesto que, como la Feria, la prensa también reaccionó –de forma más aislada, pero con más dureza. Así el semanal Die Zeit escribía sobre un “presunto idioma original”, de cuyo cuidado unilateral se había obsesionado Cataluña. Precisamente el diario izquierdista Taz citaba, aprobándolo, un comentario de El Mundo, en el que se recriminaba a los nacionalistas catalanes estrechez de miras y provincianismo, refiriéndose a la Feria. La edición online del Handelsblatt resumía su sensibilidad en relación con el debate del plurilingüismo en España con las palabras: “sigue la locura” y además confundía la Feria de 2007 con la de 2005.

Que las aspiraciones independentistas catalanas no disfrutan de una buena imagen en Alemania no es una novedad, y en parte este rechazo se puede relacionar con unos reflejos antinacionalistas que, en un contexto alemán, hay que calificar como saludables. Pero se nota también una actitud de ignorancia agresiva en el momento que España, la destinación turística preferida de los alemanes, exige una capacidad de distinción que va más allá de las playas y los hoteles. Aún habría que añadir cierta dificultad de comunicación que la autonomía catalana tiene en Alemania. Volveré más tarde a este aspecto.

Pero demos una ojeada a una excepción en el tira y afloja informativo de la prensa alemana. Hay que agradecérselo a Paul Ingendaay, corresponsal del Frankfurter Allgemeiner Zeitung en Madrid, nada sospechoso de ser un enamorado de Cataluña. Por ejemplo acusó a la Generalitat, en un largo artículo dedicado a la política lingüística, de “aislamiento, mirarse el ombligo [y] discriminación”, cosa que, dicho sea de paso, reproducía maliciosamente el diario ABC. Pero a diferencia de algunos colegas suyos, Ingendaay se toma la molestia de fundamentar sus posiciones en argumentos plausibles en lugar de copiar a la ligera grandes palabras. En su análisis de la polémica en torno a Frankfurt y la cultura catalana, aparecida el 8 de junio de 2005, no sólo aludió a la comicidad de las palabras de Volker Neumann el día en que se hizo oficial la invitación de Cataluña, en las que se refería a tres escritores en lengua castellana, sino también al hecho de que el catalán “es la lengua más grande que no tiene un reconocimiento oficial en la Unión Europea”. Ingendaay escribe:

“Que desde hace diez días se debata apasionadamente sobre cómo el catalán cosmopolita debe presentarse en Frankfurt el año 2007 probablemente no es –al contrario de lo que piensan muchos españoles– una señal de estrechez de miras, sino de vitalidad. Es la reacción, repleta de señales de buena educación, a la agresiva expansión del español que para los castellanos resulta obvia, ya sea a través de pretextos para celebraciones vacías de contenido, como el omnipresente año Quijote, o bien por medio de la industria del libro, que gracias a la debilidad de los países latinoamericanos domina un mercado de casi 400 millones de personas. La burocracia cultural madrileña, en 1991, cuando España fue el país invitado a la Feria de Frankfurt, en ningún momento pensó en hacer partícipes a las tres lenguas oficiales: catalán, vasco y gallego. De la España “plural” sólo se oye hablar cuando al gobierno central le conviene. De esta manera, provincianos de Madrid que sin su lengua propia estarían perdidos en cualquier otra, señalan quejándose hacia Barcelona y gritan indignados: ‘¡provincianos!’”.

(“Pro Provinz”, en el Frankfurter Allgemeiner Zeitung, 8 de junio de 2005).

Hasta aquí una de las raras miradas profundas a la complejidad del debate de Frankfurt que se encuentran en la prensa alemana de esos meses.

En Cataluña, tras la resolución del Parlament, pronto se mezclaron voces más moderadas en medio del embrollo de opiniones. Así, Xavier Folch, director entonces del Instituto Ramon Llull y responsable visible de la planificación de la presencia catalana en la Feria, pidió a ambos bandos que pusieran punto y final a la polémica con un apretón de manos. El escritor Sergi Pàmies remarcó que como escritor catalán no quería dejarse enmarcar en una interpretación estrictamente nacionalista del concepto “cultura catalana”.

Su colega Narcís Comadira recordó que en el caso de muchos escritores catalanes se hace complicada la clasificación en una única lengua: “Por ejemplo, ¿qué pasa con los escritores en catalán que publican en castellano en los diarios? ¿Es que hemos de considerar su producción periodística inferior a sus libros? ¿Y entonces, qué tendríamos que hacer con Pla?” (El País, 28 de mayo de 2005). En la misma línea se expresó Juan Marsé, aunque a él no se le puede atribuir la voluntad de destensar la situación. Puso como ejemplo a Mendoza, quien, teniendo en cuenta que escribe sus obras teatrales en catalán y sus novelas en castellano, sólo podría ir a Frankfurt de cintura para arriba o para abajo. Él mismo, Marsé, no piensa ir a la Feria de ninguna forma, aunque se le invite, porque el mero hecho de imaginarse en el avión al lado de Baltasar Porcel o Maria Mercè Roca le provoca urticaria. Maria Mercè Roca es escritora y, a la vez, diputada de ERC en el Parlament. Y Porcel, destacado miembro de la AELC, es conocido por sus inagotables quejas, a menudo centradas en sí mismo, sobre la discriminación de la lengua catalana.

Antes de las vacaciones de verano ambas partes habían puesto a prueba sus fuerzas y enviaban las primeras señales de cara a la negociación. El 1 de julio, a tiempo aún, justo antes del descanso estival, Volker Neumann visitó Barcelona en calidad de exdirector de la Feria y propuso que la cultura catalana diese un ejemplo de convivencia. Recordó la Feria de 2004, cuando entre los escritores árabes invitados los había que escribían en inglés o en francés.

A principios de octubre Jürgen Boos, el nuevo director, echó leña al fuego. En un tono menos cauteloso que su predecesor afirmó que no toleraría “ningún regionalismo” porque eso iba en contra de los principios de la Feria del Libro.

El 21 de octubre Boos y la consejera Mieras firmaron en Frankfurt el contrato para la Feria de 2007. En él los organizadores catalanes se obligaban a informar durante su presencia en la Feria de la “diversidad cultural” de los países de habla catalana y de incluir escritores y artistas “que no se expresen en lengua catalana”.

En su discurso del día de la firma, Xavier Folch dijo:

“La señal de identidad más característica de nuestra cultura, aquello que le otorga una personalidad diferenciada de las otras culturas, es la lengua catalana. […] Una lengua que ha vehiculado una literatura que, si me lo permiten, me atrevería a calificar de gloriosa, desde Ramon Llull y Ausiàs March hasta Mercè Rodoreda. […] Al mismo tiempo debemos reconocer que la cultura catalana ha sido siempre plural y se ha expresado en más de una lengua. El mismo Ramon Llull –el creador de la lengua literaria catalana– […] escribió buena parte de su obra en latín y en árabe. En el siglo XX y actualmente las aportaciones de escritores catalanes a la literatura castellana han sido y son muy relevantes y conocidas por todos ustedes. Esta realidad plural de la cultura catalana la vivimos como una riqueza, ni mucho menos como un problema, y queremos darla a conocer en Frankfurt y en toda Alemania”.

Cito a Folch tan extensamente porque su argumentación está muy bien planificada. Al inicio de la cita hay una referencia a la autonomía de la cultura catalana, y que Folch la asocie con la lengua le permite incorporar a su discurso la premisa más importante para los nacionalistas. Después refuerza esta posición por medio de la alabanza a la literatura hecha en catalán. Para pasar de la entusiasta declaración catalanista a la alegación a favor de la pluralidad, Folch nos remite a la obra políglota del autor que da nombre al Instituto que preside. Amparado por una autoridad de estas dimensiones y, si conviene, como cónsul, incluso para los nacionalistas es posible entonar la siguiente frase: “No vivimos la realidad plural de la cultura catalana como un problema, sino como una riqueza”.

Con la firma del contrato en Frankfurt la discusión alrededor de la cita del 2007 amainó momentáneamente. Como contrapartida, las discusiones en torno a la feria comportaban cada vez más consecuencias de carácter personal. Había quedado profundamente afectada la relación entre el Instituto Ramon Llull y la Consejera de Cultura, Caterina Mieras. En enero de 2006, en protesta contra las continuas interferencias de la Consejera en las actividades de planificación del Instituto, dimitía Xavier Albertí, buen conocedor de Alemania y persona designada para la dirección del comité organizador de Frankfurt. A finales de febrero también anunciaba su deserción Xavier Folch, a causa de las insalvables diferencias con la Consejera, quien, según Folch, no dejaba que el Instituto trabajase con independencia. Estas dos dimisiones sólo fueron el preludio de un impresionante efecto dominó: en el decurso de las semanas siguientes casi todos los responsables de la presentación de Frankfurt fueron sustituidos.

El cargo de director artístico cayó en manos de Borja Sitjà, durante años director del Festival “Grec” de Barcelona. Para la planificación de Frankfurt, en la cima del nuevo “organigrama” la agente literaria Anna Soler-Pont ocupa el cargo de “comisaria”, con el apoyo de un consejo promotor formado por representantes del sector del libro y del gobierno catalán. El Instituto Ramon Llull, bajo las órdenes del nuevo director, Emilio Manzano, está efectivamente integrado en este esquema, pero ya no tiene un papel preponderante.

Cuando la polémica Consejera de Cultura, Caterina Mieras, fue cesada en abril de 2006, el gremio literario catalán al completo respiró aliviado. Su sucesor es Ferran Mascarell.

En el mes de julio hubo de nuevo cierto movimiento: en la última sesión del Parlament antes del descanso estival, ERC y CiU intentaron hacer progresar otra vez una resolución según la cual la delegación oficial para la Feria del próximo año tenía que estar formada exclusivamente por autores y autoras que escribiesen en lengua catalana. En esta ocasión la propuesta era inequívoca y los dos partidos unidos, de hecho, hubiesen podido conseguir la mayoría necesaria de votos. De todas formas, la acción se vio frustrada porque un buen número de parlamentarios de ambos grupos habían iniciado antes de tiempo sus vacaciones.

En general pienso que la incomprensión de los medios alemanes en relación al debate catalán en torno a la Feria –y en general alrededor de debates catalanes –se basa en una incomprensión hacia una determinada concepción de la cultura del debate. En la opinión pública catalana (y también en la española) hay una tradición de debates poco objetivos. Todos los implicados demuestran dureza en un principio y presentan su opinión de la manera más radical posible. De este modo se inicia una especie de pelea que en el mundo periodístico alemán se bautiza de forma mecánica y un poco despectiva como acalorada. Pero que después de muestras de imposible reconciliación, puedan seguir acuerdos pragmáticos es un aspecto subestimado de la cultura del debate catalán. El acaloramiento se manifiesta como una especie de secuencia ritualizada de seny y rauxa.

Es lógico que sorprenda en Alemania que determinados funcionarios de cultura catalanes lleguen a pensar que Frankfurt acepte la exclusión de los escritores en lengua castellana. Pero junto a esta carencia obvia de capacidad de distinción entre autopercepción y percepción desde fuera es necesario ver la falta de sensibilidad por parte alemana en la valoración de la idiosincrasia catalana. Ya sea porque los alemanes nos encontramos atrapados en nuestra propia cultura del debate, basada en una pseudo-objetividad, con la que creemos que podemos (y debemos) encubrir la polémica. Ya sea porque el vocabulario del nacionalismo catalán a veces nos asusta, de manera que no pasamos a mirar los contenidos. Ya sea porque el haber de analizar más detalladamente los debates catalanes nos parece demasiado molesto.

De todas maneras, Frankfurt 2007 ofrece una gran oportunidad a ambas partes, anfitriones e invitados, de llegar a conocerse por fin de manera más duradera.

Nota:

Traducción del alemán: Jordi Jané Lligé.

Traducción del catalán: Carmen Carrión.

Supervisado por el autor.