¿Están preparadas las sociedades para afrontar un cambio climático?
Autor: Cristina Rois
Revista: Temas para el Debate nº 128
Las consecuencias de vivir en un mundo más cálido con un clima más variable de lo que hasta ahora hemos conocido no parecen aterradoras como las de un tsunami, sin embargo van a afectar a todo el planeta, y serán más severas en las zonas más pobladas que también son las más pobres. El cambio climático significará un empeoramiento de las condiciones de vida en casi todos los países, o en absolutamente todos dependiendo de la magnitud de esa alteración. Pero por la propia inercia del clima al principio sólo lo notan los especialistas, los cambios no son bruscos y pese a las claras advertencias de la ciencia … los políticos se permiten ignorar el problema y gran parte de los ciudadanos lo desconocen.
El escenario que estamos construyendo para este siglo 21 contará con un aumento de la temperatura media de la superficie del planeta de 1,4 a 5,8 ºC (respecto a 1990), dependiendo del nivel de emisiones de gases de efecto invernadero, en especial CO 2 . Esto es entre dos y diez veces superior al valor observado durante todo el siglo XX y muy probablemente tal velocidad de calentamiento no tenga precedentes durante los últimos 10.000 años. El nivel medio del mar se elevará debido principalmente a la expansión térmica del agua, en una cuantía estimada entre 10 cm y 1 m. Evidentemente todas las costas bajas se verán directamente amenazadas. Las precipitaciones aumentarán, generalmente de un 5% a un 10% por ciento en conjunto, pero con mayores variaciones interanuales e interregionales. Los científicos han advertido que no se puede descartar la aparición de fenómenos de gran escala y gran impacto, como la interrupción de la circulación termohalina o la fusión de la placa de hielo del oeste Antártico, que implicarían una alteración catastrófica y rápida del clima.
Los impactos del cambio climático han de ser más graves cuanto mayores sean las emisiones acumuladas de gases de efecto invernadero, pero en todo caso afectarán de forma desproporcionada a los países en desarrollo y a la población más pobre en todos los países. La pobreza, la ausencia de formación y educación, la falta de infraestructura, la falta de acceso a tecnologías, la falta de diversidad en las fuentes de ingresos, una base degradada de recursos naturales, y unas instituciones públicas y privadas con muchos problemas y poca capacidad de reacción, crean las condiciones propicias para una escasa capacidad de adaptación en la mayoría de los países en desarrollo. La combinación de la exposición a un riesgo alto y una escasa capacidad de adaptación ponen a la población de estos países en una posición más vulnerable a los problemas climáticos que la de los países desarrollados.
Pero centrémonos en lo que supondrá para un país desarrollado como es España. ¿Podemos esperar salir bien librados en las condiciones climáticas del siglo 21?.
La evaluación de los datos disponibles para la Península Ibérica indica que el aumento de temperatura en verano puede llegar a 5ºC a mitad de siglo y hasta 7ºC en el último tercio. De la mayor irregularidad que se espera en las lluvias nos tocará una reducción significativa de las precipitaciones totales anuales, reducción que será mayor en primavera. Solo se prevé leve aumento de precipitación en el oeste de la Península en invierno y en el noreste en otoño.
La sensibilidad de los recursos hídricos a estas condiciones es muy alta. Las zonas más críticas son las semiáridas, en las que las aportaciones pueden reducirse hasta un 50% sobre el potencial actual. Para el 2030 las cuencas del Guadiana, Canarias, Segura, Jucar, Guadalquivir, Sur y Baleares son las que manifestarán más severamente el impacto sobre los recursos hídricos, tanto en disminución de recursos como en mayor variabilidad interanual. Esto afectará necesariamente a la política hidraúlica, energética, agrícola, medioambiental y de planificación del territorio.
Sin embargo el gobierno mantiene planes para crear 130.000 nuevas hectáreas de regadío antes de 2008 cada una de las cuales consume 8000 m 3 de agua al año (que es el abastecimiento diario de una población de 45.000 h). Aunque se quiera defender esta decisión como un medio de fijar población rural, si no se va a disponer del agua se obtendrá empobrecimiento y desarraigo. El empeño en ampliar el regadío es un ejemplo de cómo los políticos no quieren asumir la realidad del cambio climático, y éste es el verdadero obstáculo para la adaptación. Los efectos en la agricultura serán contrapuestos y no uniformes en las regiones españolas. En algunas zonas bastará inicialmente con un cambio en las fechas de siembra o el tipo de cultivos, pero las implicaciones para los frutales, olivares y vid aún tienen que ser evaluadas. Por otra parte se espera que disminuya el control natural de plagas y enfermedades por las heladas y bajas temperaturas del invierno en zonas como las mesetas, en consecuencia su distribución y alcance pueden variar.
Todo esto significa que le esperan problemas al agricultor y seguramente al consumidor, pues es probable una disminución de la disponibilidad de muchos productos ahora habituales. Este no será un problema exclusivo de España, así que no se solucionará simplemente acudiendo a la importación.
Los bosques también se enfrentarán a tiempos difíciles, pues se esperan cambios en la densidad del arbolado o de especies, e incluso su sustitución por matorrales u otra vegetación de menor porte. La frecuencia, intensidad y magnitud de los incendios aumentará. Hay que señalar que, además de la pérdida biológica y el peligro para vidas humanas, España confía a sus bosques la absorción de 35 millones de toneladas de CO 2 para el cumplimiento del Protocolo de Kioto, por lo que su degradación o desaparición tendrá consecuencias económicas y políticas adicionales.
Seguramente el fenómeno climático que más ha alarmado en los últimos años ha sido la ola de calor del verano de 2003 que causó 35.000 muertos en Europa, se estima que más de 6.000 de ellos en nuestro país (según cifras oficiales 114). Este tipo de situaciones se repetirán, pues las olas de calor se esperan más frecuentes en intensidad y duración en los próximos años. En consecuencia podremos encontrarnos con un aumento en la morbi-mortalidad asociada, especialmente en la población mayor de 65 años. Por otra parte la contaminación atmosférica, en concreto el aumento previsible de las partículas finas y del ozono pueden agravar los problemas de salud de las personas que padecen de bronquitis crónica o asma, o enfermedades cardiovasculares. A esto habría que añadir la llegada de enfermedades transmitidas por mosquitos (dengue, enfermedad del Nilo Occidental, malaria) o garrapatas (encefalitis).
El mar se adentrará a la tierra lentamente pero sin pausa. Se considera razonable esperar en la Península para fin de siglo un aumento de 50 cm en el nivel del mar, con 1 m como escenario más pesimista . Esto podrá causar pérdidas de un número importante de playas, sobre todo en el Cantábrico. Buena parte de las zonas bajas costeras se inundarán (deltas del Ebro, Llobregat, Manga del Mar Menor, costa de Doñana), parte de las cuales puede estar construida. Los efectos de las tormentas serán mayores por la proximidad del mar. Y también la salinización de los acuíferos costeros con la consiguiente pérdida de valiosos recursos hídricos.
Una buena parte de la economía española depende de esas costas expuestas a un mar en crecimiento. El turismo supone el 11% del PIB, y radica principalmente en la costa sur y mediterránea, la más afectada por el cambio climático. La escasez de agua provocará problemas de viabilidad económica de ciertos destinos. Incluso la localización actual de determinados asentamientos turísticos y de sus infraestructuras se verá amenazada. Estos impactos tendrán peor incidencia en aquellas zonas más deterioradas ya por esta actividad. Los turistas noreuropeos pueden elegir, ¿para qué venir a soportar olas de calor y reduciones de agua?. Pueden quedarse en sus propios países, ahora más cálidos, o cambiar de pautas reduciendo el tiempo de estancia o retrasando la decisión del viaje. La perpectiva es grave, pero no hay ningún indicio de que se haya considerado este tema en los “planes de desarrollo”, en verdad de asfaltado, del arco mediterráneo.
Las nuevas condiciones no favorecerán al sector energético, que se puede encontrar con un incremento de la demanda eléctrica para el que no se podrá recurrir a energía hidráulica al tiempo que también aumentan la demanda de petróleo y de gas natural. Las centrales térmicas en general pueden ver limitada su disponibilidad por la escasez de caudal de agua para refrigeración. En cambio podría obtenerse más energía solar por el posible incremento de las horas de insolación, mientras no se esperan en principio modificaciones en la perspectiva para la eólica.
En definitiva, el cambio climático va a alterar los ecosistemas naturales y también el desenvolvimiento de las sociedades, pero no puede decirse que nos estemos preparando para afrontarlo. Ni la política energética, que se vuelca hacia el gas, ni la de transporte, que sigue fomentando la carretera, ni la agropecuaria incorporan una evaluación de sus implicaciones. La gravedad de los impactos dependerá finalmente de hasta dónde seamos capaces de transformar la economía para emitir menos CO 2 . A menudo se nos dice que la reducción de emisiones es incompatible con mantener la competitividad económica … pero las previsiones de los expertos indican que dentro de poco tiempo esas actividades dejarán de ser viables. Sin duda ahora estamos en mejor posición para reaccionar que cuando los problemas sean acuciantes. No parece sensato actuar como si no supiésemos nada de lo que se avecina.
