Los retos de la Universidad española en el marco europeo universitario
Autor: Mónica Melle Hernández
Revista: Temas para el Debate nº 127
A raíz de las declaraciones adoptadas por los Ministros europeos de Educación en La Sorbona (1998) y en Bolonia (1999), las universidades europeas están inmersas en el gran reto de la construcción de un Espacio Europeo de Educación Superior, que culminará con la plena integración de los sistemas universitarios europeos en 2010. Las universidades españolas, aprobada su adhesión a la Carta Magna de las Universidades Europeas, tienen ante sí la tarea de transformar ese reto de la convergencia europea en una gran oportunidad para realizar los cambios necesarios en nuestro sistema universitario y de investigación para que éste se convierta en una “referencia de calidad mundial” y adecue la formación que imparte y la investigación que desarrolla a las necesidades reales de nuestra sociedad . De esa forma, se generarán los recursos intangibles de capital humano y tecnológico que resultan vitales para implantar y difundir la sociedad del conocimiento e incrementar así la productividad.
Lograr una verdadera convergencia en Europa requiere, en primer término, cumplir determinados objetivos operativos y académicos, entre los cuales destaca la adopción de una estructura de estudios comparable en los distintos países europeos, basada en la existencia de dos ciclos: estudios de grado, conducentes a una enseñanza profesional y de postgrado (master –enseñanza profesional especializada– y doctorado –dirigido a formar investigadores–). Así como también el establecimiento de medidas de duración de los estudios semejantes (sistema europeo de transferencia de créditos o European Credit Transfer System – ECTS – que mide las horas de aprendizaje que un alumno medio debe dedicar para superar los objetivos del programa educativo); la implantación de currículos académicos flexibles y con un grado de optatividad elevado (reflejado en el suplemento al título); la adopción de índices comunes de calidad para la acreditación de las titulaciones; la homologación automática de títulos, certificados y diplomas que facilite la entrada y salida en el sistema universitario europeo, así como la movilidad dentro del mismo; el impulso de los títulos conjuntos entre distintos países europeos; y la apuesta por la formación continua a lo largo de toda la vida ( long life learning ).
Para lograr esa construcción del Espacio Europeo de Educación Superior, es necesario asimismo e stablecer unos procesos transparentes y objetivos de certificación y acreditación de las titulaciones oficiales, siguiendo los estándares que aplican las Agencias de Acreditación en los distintos países europeos; desarrollando para ello criterios comunes que deben aplicarse en toda Europa. Cuestiones fundamentales para garantizar la mejora continua de la calidad del sistema universitario como un todo, aunando docencia universitaria e investigación, y proyectando ésta hacia el desarrollo social y la competitividad de la economía española en su conjunto.
Pero además, para que esa convergencia con Europa sea efectiva, la Universidad española precisa, sobre todo, un cambio de mentalidad del profesorado y los estudiantes, que posibilite la implantación de nuevas metodologías y sistemas de evaluación. Que sean acordes con el modelo de enseñanza basado en el aprendizaje de los estudiantes, y que hagan de éstos el centro del proceso educativo, y los formen en las competencias y habilidades que demanda el mercado de trabajo. Todo ello para lograr un sistema universitario europeo atractivo que sea capaz de incorporar a los mejores estudiantes y competir con los sistemas universitarios de terceros países.
A su vez, las nuevas metodologías de enseñanza y evaluación centradas en el aprendizaje de los estudiantes, la inclusión de las tecnologías de la información y comunicaciones (TIC) en las aulas y en los laboratorios docentes y la “virtualización” de la docencia universitaria, además de una adecuada inversión en infraestructuras, requieren la puesta en marcha de planes de formación pertinente del profesorado. Junto con el establecimiento de sistemas de incentivos para los profesores, que potencien la innovación docente, aumenten la interactividad entre profesores y alumnos en los procesos de aprendizaje, estimulen el trabajo en colaboración entre los profesores, y su carácter interdisciplinario, e incentiven el uso de las nuevas tecnologías educativas.
Bien es cierto que todos estos nuevos retos requieren de la participación y aquiescencia de los principales agentes del sistema universitario en el proceso de Bolonia: profesores, estudiantes y personal de administración de servicios. Así como un diálogo permanente y la búsqueda del más amplio consenso entre todos los agentes implicados, comunidad universitaria, Comunidades Autónomas, agentes sociales, asociaciones profesionales, y la sociedad en general.
La sociedad actual es cada vez más dinámica, compleja, interrelacionada y global, se asienta progresivamente en la generación y gestión del conocimiento y se caracteriza por una mayor movilidad en el mercado laboral. Todo ello demanda ese cambio en el modelo de educación y una Universidad que potencie el desarrollo de competencias y habilidades, que proporcione formación continua y que estimule el trabajo en red. En definitiva, una Universidad de calidad, dinámica, imbricada en la sociedad y adaptativa ante los cambios, que sea capaz de ofrecer educación superior en todo lugar (geográfica y virtual), en todo tiempo (aprendizaje para toda la vida) y para todos los que demuestren capacidad (acceso masivo), propiciando la inclusión social y la equidad en, y desde, el sistema universitario. Y para cumplir estos retos, la Universidad debe contar con un modelo de financiación estable, basado en parámetros objetivos y consensuados, que garantice los recursos necesarios para abordar sus nuevas funciones, y que elimine así la incertidumbre a la que en la actualidad están sometidas algunas Universidades. Sin olvidar que, junto a la suficiencia y la estabilidad de los recursos para las Universidades, la eficacia y eficiencia del gasto público en educación y la equidad para garantizar en condiciones de igualdad el derecho a la educación superior, deben constituir los principios básicos para la elaboración del modelo de financiación de la Universidad pública.
La convergencia europea exige además que trascendamos de lo meramente académico y veamos la función de la Universidad como formadora de titulados para un espacio laboral unificado, en el que se haga efectiva la libre circulación de profesionales y el libre ejercicio profesional. Y que debe orientarse hacia el cumplimiento del objetivo fijado en el Consejo Europeo de Lisboa y la Declaración de Barcelona: convertir a la economía europea en la más competitiva y dinámica del mundo basada en el conocimiento, capaz de sustentar el crecimiento económico y de crear un mayor número de puestos de trabajo de mejor calidad y una mayor cohesión social . Y ello pasa por la condición necesaria de que los sistemas educativos europeos se conviertan en una “referencia de calidad mundial”, pero también porque esa calidad de las universidades mejore efectivamente la competitividad de la economía europea.
Debemos recordar que l a competitividad europea, en cada país y en cada sector empresarial, son la base para la creación de empleo y el crecimiento; y que los factores relevantes que más determinan esa competitividad son: ( 1) la formación (según diversos estudios empíricos recientes, un año adicional de educación media en el pasado incrementa a largo plazo el PIB entre un 4 y un 7 por 100, en promedio, en los países de la OCDE ); ( 2) el volumen de inversiones, públicas y privadas, en I+D (existen evidencias de que el número de patentes están positivamente correlacionados con el crecimiento de la productividad en la fabricación); (3) la inversión específica en las tecnologías de la información y comunicaciones (TIC) (estudios empíricos recientes han revelado un impacto considerable de la inversión en TIC sobre el crecimiento de la productividad, calculándose que representa hasta tres cuartas partes del incremento estimado del uno por ciento en la productividad de Estados Unidos) ; y ( 4) el espíritu emprendedor, siendo responsabilidad de los gobiernos establecer marcos jurídicos y apoyos económicos, que animen el espíritu emprendedor y la innovación y eliminen actitudes burocráticas y obstáculos a la actividad económica.
Y es precisamente en la Universidad en donde mejor se pueden estimular esos factores, es decir, la capacitación de los recursos humanos, la creación del conocimiento y su t ransferencia a la sociedad, a través de empresas y otras actividades sociales y culturales innovadoras.
La sociedad del conocimiento nos plantea, por tanto, el reto de recuperar la Universidad europea como motor de la sociedad y como referente social . Europa fue, durante siglos, lo que sus universidades afloraron de nuevos conocimientos y lo que los universitarios transfundieron a la sociedad, marcando un estilo de vida en el que el saber y el saber hacer eran la pauta distintiva entre países y naciones. L a Universidad debe revitalizarse no sólo como formadora de los futuros titulados, sino también como impulsora de las transformaciones económicas y sociales. Debe cubrir sus finalidades formativas con la mayor calidad, pero también adoptar un papel activo en la difusión social del conocimiento y prefigurar la formación de los titulados que han de hacer realidad la Europa competitiva y solidaria del futuro.
La competitividad de las empresas de los países desarrollados depende y dependerá cada vez más de su capacidad de desarrollo de tecnología propia, por lo que el objetivo para 2015 en esta área debe ser ambicioso, y al menos el 75% de las empresas manufactureras debería tener actividad de I+D sistemática y el número de personas dedicadas a la I +D por cada 1000 empleados en las empresas debería ser de quince, cinco de ellas al menos investigadores (COTEC, Mayo 2004).
En definitiva, son muchos e importantes los retos que tiene planteados la sociedad española para los próximos años, y es preciso afrontarlos entre todos con trabajo, ilusión y creatividad. Siendo conscientes de que sólo desde el acercamiento entre la sociedad, la empresa y la universidad, se podrá facilitar el conocimiento mutuo que haga fructífera la colaboración, y que sólo de ese modo lograremos que España y toda la UE constituyan el espacio económico y social más competitivo y solidario del mundo. Una tarea, por otra parte, que debería ser el objetivo irrenunciable de todos y en todo momento.
