Albert Moore, El encuentro con lo femenino / Peter Beard, El ojo mecánico
Autor: Félix Ruiz de la Puerta / Ernesto Parra
Revista: Álbum. Letras y Artes nº 77
Albert Moore, El encuentro con lo femenino
Félix Ruiz de la Puerta
A la edad de dieciséis años, habiendo acabado sus estudios en la Kensigton Grammar School, inicia un viaje con sus hermanos y otros artistas por el Distrito de los Lagos, región fronteriza con Escocia. El resultado de este viaje es un conjunto de acuarelas y dibujos a lápiz de los paisajes de la popular región, que no buscan una transcripción inmediata de la naturaleza. Sus dibujos también se aleja de la visión que puso de moda John Ruskin (1819-1900) en sus escritos, según los cuales el artista a través de la pintura paisajista debe transmitir principios morales y visiones antropomórficas. Ni se siente atraído por la pintura ilusionista ni por los principios éticos de Ruskin, su pintura de paisajes se somete a las leyes del soporte que usa, el lienzo. Así, convierte el paisaje tridimensional en un mundo bidimensional donde el plano del fondo y el plano medio se confunden con el delantero: todo está en el mismo lugar. La emoción que produce la contemplación de sus paisajes es desconcertante. La ausencia de un centro físico en el cuadro provoca en el observador la sensación de que el paisaje no queda en frente de él sino que le envuelve por completo. Moore empieza a desarrollar un concepto de belleza que no subyace en la perfección de las formas sino en la manera en que el hombre se relaciona con ellas. De esta época es el cuadro Estudio de un Tronco de Roble que se exhibió en la Royal Academy en el año 1858, y fue descrito por un crítico de arte como «una maraña de hojas y flores creciendo en una orilla».
A partir de este momento se inicia una nueva etapa en la pintura de Moore con un temática que «no tiene un lugar preciso en el tiempo o el espacio». El nuevo tema de la pintura de Moore y casi en exclusividad es la mujer. En un primer momento, y no durante mucho tiempo, pinta a una mujer que recuerda por su movimiento, ropaje y líneas geométricas a la patricia romana. Sin abandonar el tema y las formas comienza a pintar a un nuevo tipo de mujer que ni es bíblica ni está evocando los mitos clásicos: sus mujeres, en esta nueva etapa, ni son contemporáneas ni tampoco recuerdan a las de otras épocas.
Los desnudos de Moore no son demasiados atractivos pues son más pétreos que corporales, parecen copias de esculturas más que de modelos vivos. Son cuerpos marmóreos, inundados de luz blanca, con una cierta pesadez y alejados del movimiento y la sensualidad de lo femenino. El aporte de Moore al mundo de lo femenino está en el uso que hace de la transparencia y en el enorme vacío dinámico que establece entre el tema del cuadro y el observador.
La transparencia permite ver bien el vestido que cubre el cuerpo o bien el cuerpo desnudo de la mujer. La fría sensualidad que se desprende de los cuerpos desnudos pintados por Moore se convierte con la gasa transparente en una sensualidad hedonista. El vestido de gasa que cubre totalmente a la mujer flota en el aire uniéndose en unos lugares al cuerpo y en otros, separándose de él, de este modo unas partes se resaltan y otras se debilitan. En cuadros como Un Cuarteto, Un tributo del Pintor al Arte de la Música, El Shulamite o Bailarina Descansando los cuerpos desnudos se cubren con vestidos de gasa que realzan y potencian lo femenino. En el último cuadro una enorme gasa ocupa casi la mitad del lienzo cubriendo no sólo el cuerpo de la bailarina sino uno de los brazos y el hombro de una figura desnuda que está sentada contra la pared y junto a la bailarina. La gasa cae en vertical y sin apenas dobleces desde el cuello hasta los pies de la bailarina. Es una gasa sin pliegues profundos que no oculta el cuerpo ni protagoniza la escena como ocurría con los vestidos en las esculturas barrocas de G. L. Bernini. En este cuadro Moore utiliza el desnudo de forma directa tal y como se puede ver en la imagen de la adolescente y el desnudo cubierto con un vestido de gasa en el cuerpo de la bailarina. La fuerza del cuadro surge de los fragmentos corporales que flotan detrás de la gasa. Con la gasa Moore hace que nuestra atención caiga unas veces sobre la rodilla , otras sobre el vientre o bien sobre el pecho de la bailarina viendo el cuerpo femenino a través de fragmentos que el observador completa en su mente, de este modo la belleza no es una sensación de lo físico sino de lo mental. En cambio el desnudo de la niña aunque bello queda siempre impreso en la forma.
La otra gran aportación de Moore a la pintura es el espacio vacío que media entre el tema del cuadro y el observador. Dicho espacio comprende tanto un fragmento del cuadro como la zona entre el cuadro y la posición del observador. De este forma crea ciertas expectativas e intenta romper con la fuerte inmovilidad de sus figuras femeninas, también crea volumen en la composición que de otra forma los cuadros no tendrían pues desarrolla un pintura con pocos elementos en diagonal y sí con una fuerte visión frontal. Sus figuras están pintadas de lado, de frente o de espaldas, pero casi siempre evitando introducir puntos de fuga, cuando esto no sucede sus figuras parecen flotar en el aire como sucede en el cuadro Botones de Oro. Trabaja fundamentalmente con la verticalidad colocando sus figuras bien de pie sin apenas introducir profundidad espacial, o bien sentadas o tumbadas con un pequeño escorzo que no elimina la visión frontal sino que parece potenciarla. La frontalidad favorece la calma y da estabilidad a la escena colocando el centro de gravedad en las figuras representadas. La intención de Moore es dar el protagonismo única y exclusivamente a la figura femenina para ello la ausencia de perspectiva es fundamental. Por regla general, las figuras femeninas se apoyan en la pared, están tumbadas o recostadas en un sofá o bien están protegidas por una tela que en cualquiera de los casos elimina siempre los puntos de fuga de la composición. Para que el resultado de la pintura no resulte demasiado plano Moore juega con ese enorme espacio vacío que generan sus cuadros, por lo tanto, en esta nueva etapa coloca las figuras en el plano del fondo del cuadro dejando vacío el plano delantero. Todo esto exige que las figuras de los cuadros de Moore estén completas, es decir, pintadas desde la cabeza a los pies y además quede un espacio vacío entre los pies de la figura y el extremo inferior del lienzo. En este espacio el pintor suele colocar un fragmento de alfombra que da la sensación de continuidad entre el espacio del cuadro y el espacio del observador.
En las décadas de los setenta y ochenta Moore no aporta nada nuevo a la pintura, repite una y otra vez el tema de lo femenino. Realiza más de treinta y tantos retratos de mujer en un formato rectangular utilizando solamente dos o tres modelos. La mujer aparece casi siempre de frente y de pie, y lo único que parece interesarle es la ropa y el color.
En sus cuadros posteriores mantiene la misma línea: sus mujeres no hacen nada, la mayoría dormitan. A1 final de la década de los ochenta realiza un cuadro con un formato casi cuadrado, totalmente atípico, aproximadamente de metro y medio de lado donde se sintetiza el cosmos de lo femenino en Moore. El cuadro lleva por titulo Sols ticio de verano y es una de las obras más importante del pintor. Suavidad , elegancia y dulzura en la imagen de lo femenino. Fuerza, brillantez y calor es lo que se desprende del color naranja de las túnicas, del plateado del sillón y del verde-amarillo de los abanicos.
Al final de su vida realiza dos cuadros importantes, uno de ellos es Noche de Verano donde la modelo se contempla así misma en el tránsito de acostarse, dormir y levantarse. La novedad del cuadro es que ha eliminado el plano del fondo donde se ubicaba la modelo y lo ha abierto al infinito, en este caso mediante un lago que parece perderse en el horizonte. El mismo recurso utiliza en Iluminación y Luz en el que además introduce un sorprendente movimiento curvo en las túnicas de las modelos.
Por cortesía de la editorial Phaidon Press Titulo Albert Moore
Peter Beard El ojo mecánico
Ernesto Parra
La mejor faceta de Beard es la escritura de su mirada. Una catarata o una silenciosa modelo junto al colmillo de un elefante, nos muestra cómo se ajustaban ciertos tornillos en Kenia, allá por los años sesenta. Fotógrafo de lo imposible le llamaron los mejores rotativos franceses. Los italianos, en cambio, le denominaban «cacciatore di stile». O sea, un buscador. Yo lo llamaría fotografía especial : donde los límites de la palabra coinciden con decirlo todo en silencio. Por eso mismo pudo haber sido espía y artista.
A Peter le fascinó África desde los siete años, cuando visitó el Museo de Historia Natural en Nueva York. En seguida, comprendió que el Continente Tenebroso era su único destino.
Alelado por Karen Blixen, por Picasso y sobre todo por Francis Bacon nos seguirá presentando su perfil de la impostura tras una cámara fotográfica. Otra óptica de Beard se mide en la aventura de las discotecas, la jet society y, un largo etc de personajes desde Jackie Onassis a espectaculares modelos colgadas de su brazo, pasando por su entrañable copiloto de copas Mick Jagger. Mundano, gentil y con mapa en blanco en todas partes del globo terráqueo, nos sigue mandando sus imágenes. La dualidad de este personaje siempre nos va a asombrar con las cerillas de su ojo mecánico.
Pero ese día le tocó la lotería y, un paquidermo le dio unas cuantas volteretas. Sus porros en la mesa del desayuno, le mecerán después en la reflexión de marchar de África, lenta pero definitivamente. «Es ridículo quedarse allí, es una batalla perdida». Nuestro vividor contaba los granos de arena del desierto, despacio y hasta el como Sherezade. África, su pasión, quiem conocemos, aprendemos que no se camina= escucha o se ve.
África es una llave humana sin mares embaidosados, que el viejo Peter sabe concertar coma <4 ojo en la manzana de Guillermo Tell. No exis= definiciones posible para este tipo de mares, comD tampoco existen definiciones para su estilo de vida y las viñetas del mundo, que con sus guiños na enseña: podría haber hecho cualquier fotografía de Saint-Exupery en alguno de sus vuelos de noche.
Peter es capaz de eso y más. Peter no tiene límites con el silencio de la muerte. Peter dispone de op clínico con la vida y, por añadidura de talento.
Beard es un hombre de mil caras. Eso sí, con sus sandalias africanas y con sus pantalones de pintor de brocha gorda. Un personaje inventado, mitad Tarzán, mitad Byron.
Cuando uno ama el entorno y lo va descubriendo, como Peter en África, pese al dolor de tener que irse; la ausencia no tiene objetivo. Y, sea en el Continente que sea, no tiene color.
Además la vida ya no tiene Infierno, lo dijo el Papa. África nos salva de quedarnos sin nada.
