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Art Decó. Una mirada elegante / Pierre-Paul Prud’ Hon

1 enero 2000 · Por simple

Autor: C. de Sobregrau / Joaquín Lledó

Revista: Álbum. Letras y Artes nº 80


Art Decó. Una mirada elegante

A bientót! -despide cordialmente el por­tero del Atlantic-. Ça va bien? -saluda amigable el barman del Excelsior. Jugueteando por el aire, las canciones Maurice Chevalier-: París je t’aime, je t´aime! Paris je t’aime d’amour! -Envueltas en oropeles y plumas, nos aguardan las voluptuosidades del Music-Hall. Josephine Baker, fulgurante diosa del Folies Bergéres, derrama su erotismo ante nues­tros ojos-. ¿Qué tomará esta noche el señor? -La coctelera guiña sus ojos plateados desde el fondo de la barra-. ¡Savoy Tango, s’il vous plait!-. Y ante los inéditos y sofisticados sabores -¡Aviation, Cablegram, Upstairs, Window’s Dream!-, la coctelera se agita enardecida. Con una agitación contagiosa y rítmica. La misma agitación y nerviosis­mo que ya había invadido la moda y la música.; las ­ciudades y las calles.

1izquierdaCharlestón, Fox-trot, One-step, Jazz, ­¡Jazz! ¡Swiiiinnng! Inundando las noches de endiablados ritmos sincopados; inspirando salvajes madrugadas.

-Hello, my friend! Comment sava? –saludan en la mesa del lado.

Una aportación viene a incrementar la opulencia del universo con una nueva belleza -pregonaba Marinetti en su manifiesto Futurista de 1909-: La belleza de la velocidad .

En el porvenir inmediato, y debido a los avan­ces tecnológicos, esta velocidad transfiguraría profundamente a la sociedad: Por arte de la luz eléctrica, bulevares y avenidas se convierten en gigantescos escaparates; la mecanización transfor­ma el mercado, incitando al consumo: Nacen el Prét á porter y las fibras artificiales; los automó­viles se producen en serie, como los electrodomés­ticos, los muebles o la bisutería fina; las ondas radiofónicas cruzan por primera vez el Atlántico; un Atlántico que Charles Lindberg -a bordo del Spirit of Saint Louis- sobrevuela sin escalas.

Coches, trenes, barcos, aviones, ondas, luces: Avivando imaginaciones; transportándo­nos al futuro.

Adormecidas las secuelas de la Gran Gue­rra, los Felices Años Veinte fueron una deslum­brante explosión de vitalidad. Saborear el momento, con intensidad, felizmente despreo­cupados, imprimiría carácter al período: Son años de alegre frivolidad, vertiginosos, donde un refinamiento transgresor calará en las más diversas clases sociales, impulsándolas a romper con convencionalismos y tabúes:

2derechaNo hay para nosotros mayor felicidad, que el que nos atribuyan alguna perversidad , comentario crítico al cuadro Las Amigas de Tamara de Lempicka, cristianizado ya en eslogan, define un modelo de vida -en este caso, hedonista y excesivo-, del mismo modo que lo haría Scott Fítzgerald con El Gran Gatsby.

Bajo su desenfadado vigor, los residuos de la Belle Epoque y el Fin de Síécle desaparecieron para siempre. Motivado por la guerra, la mujer había accedido al ámbito laboral, De este viaje sin retor­no, emergió una joven emancipada, sin prejuicios, dispuesta a disfrutar. Es la Claudine de las novelas de Colette, cuya imagen vestiría Coco Chanel, con­virtiéndola en La Garionne. Posteriormente, al acer­carnos a los Años Treinta, las formas se dulcifican -orquídeas, guantes largos, pieles, escotes, sombre­ros- para que regrese al escenario la Gran Dama .

Un Al Jolson embadurnado de negro pone la voz en The Jazz Singer: El cine sonoro cobra un auge inaudito. Desde California, Hollywood fabrica sueños que desatan pasiones colectivas. Idolatrados, actores y actrices se convierten en deseo y mito. Fan­tasía y realidad a menudo quedan confundidos, como demostraba la reacción histérica ante la muer­te prematura de Rodolfo Valentino.

Convertido en fenómeno de masas, este cine modula gustos estéticos, pero también actitudes vitales. Despierta ilusiones miméticas que germi­nan en las conductas cotidianas.

3izquierdaEn este mundo donde disminuyen distancias y confluyen hábitos de vida, Estados Unidos será en un nuevo referente: Bajo la sobrecogedora silueta de los rascacielos neoyorquinas, entre avenidas pobladas de lujosos automóviles, los grandes almacenes ofrecen productos de consumo con diseño aerodinámico -frigoríficos, aspiradoras, tostadoras, tocadiscos, radios-, quiméricos para la mayoría de europeos.

Pero, con todo, es París, con su Bon Goút y Charme, es quien dicta la moda. En colores, tejidos y formas; en pinturas, decoraciones, muebles o joyas. Un París cosmopolita, desbordante y creativo A1 igual que el cine, la radio y los periódicos conquistan un poder inusitado. Difunden noticias, más, asimismo, generan opiniones y encumbran personajes. El público, ávido de primicias, adora las imágenes de sucesos y lugares. Por otra parte, la publicidad aumenta y se profesionaliza, desarrollan­do innovadores lenguajes, que se concretan en anun­cios y carteles impactantes.

En las revistas ilustradas -Gazzette du Bon Ton, Vogue, Styl, Art Goút Beauté, Harpers Bazaar, Cos­mopolitan- estas imágenes adquieren un protago­nismo absoluto. Fotografías, grabados y dibujos, destilan elegante exquisitez propia del gusto de la época-, y en ellas se exalta el triunfo y el lujo -aspi­ración sublimada de los lectores-. Por sus páginas desfilan rostros famosos -actrices, aristócratas, escri­tores, artistas, empresarios-, soberbios coches, ves­tuarios esplendorosos y sofisticados diseños; ambientes elitistas y selectas recepciones; países lejanos, exóticos paisajes; majestuosos transatlánti­cos, sugerentes aeroplanos.

Como las películas, alientan anhelos y esconden frustraciones.

Con el nombre genérico de Art Déco, se reúnen diferentes tendencias creativas, con frecuencia divergentes, que surgieran entre las dos grandes guerras. Abarca desde el conservadurismo de la Compagnie des Arts Franjais al Esprit Nouveau de Le Corbusier; tan Art Déco es el Chrysler Building de Nueva York, como el vidrio de René Lalique, un tapiz de Sonia Delaunay, los vestidos de Paul Poiret o los Ballets Russes de Diagilev.

Esta riqueza y pluralidad, también se manifies­ta en la iconografía de las revistas y anuncios. Com­partiendo el decorativismo estilizado, unos autores mantienen el objeto y sus formas; otros, geometri­zarán el espacio y los colores.

4derechaIribe, Lepape, Marty, Barbier, Mastín y tantos otros, con sus obras nos adentran en unos años deli­ciosamente alocados. De su mano, paseamos entre las líneas y texturas de los catálogos de moda -Satín moiré, velours chiffon, crépes de chine, organdi blanc-; acudimos al hipódromo, esquiamos en Saint Moritz y correteamos por el Lido de Venecia. Mediante sus pinceles generosos, nos invitan a fas­tuosas fiestas: Bajo lámparas de límpido cristal, las mujeres visten largos y vaporosos trajes, estola de visón, broches y collares de pedrería relumbrante; los hombres, esmóquines negros y sombreros de copa. Aparcados en el inmenso jardín, aguardan los Rolls Royces y el Cadillac. Mirándonos con descaro, gráciles figuras femeninas se nos insinúan desde las hojas de las revistas. El galán rubio propone un baile inolvidable en la Costa Azul. Audazmente, apuestas en el Casino de Montecarlo. ¡Otra copa de champán ¿Prefiere usted el golf o el tenis? Si soñar no cuesta dinero, eliges cabalgar sobre un corcel blanco, ligero como el aire. O flotar por el cielo en una avioneta. ¿Y por qué no hacer la Blau Band ?: Cruzar el Atlántico en un buque con lujos asiáticos. Desde el puente, gozar del potente amanecer en Manhattan. Y aun ir más lejos: Desembarcar en las playas de Río de Janeiro.

¿Qué te parecería cenar con Marlene Dietrich, Greta Garbo o Clark Gable?

Disipa tu aflicción, alentando por día una pasión -recomendaba la provocativa Mae West. Ciertamente, no es una mala solución. La ruleta gira enloquecida. El clarinete de Benny Goodman aúlla ¡Swiiiiinnng!

Gira y gira la Ruleta: Ríen va plus!

Salut les copains!

See you, my friend!

Pierre-Paul Prud’ Hon

Joaquín Lledó

La infancia de Prud’hon transcurrió en el sur de la Borgoña, en una pequeña ciu­dad de nombre ilustre, Cluny, cuya inmensa abadía benedictina había ejerci­do una inmensa influencia sobre todo el mundo cristiano en el siglo XII, aunque en el XVIII la ciudad ya no era sino una población casi abando­nada que vivía replegada sobre su glorioso pasado. Décimo y último hijo de Christophe Prudon, maestro cantero, y de su esposa, Françoise Piremol, nuestro artista había nacido un 4 de abril del año de gracia de 1758. Según dicen, fueron el cura de su parroquia y los monjes de la abadía, con los que hizo sus primeros estudios, quienes, viendo sus buenas aptitudes para el dibujo, consiguieron que el obispo Gabriel-François Moreau, conocido pro­tector de las artes, le acordase en 1774 una beca para continuar sus estudios en la escuela de dibujo de Dijon, fundada una década antes, en 1765, por un pedagogo de gran talento, François Devosge. Prud’hon, que vería fallecer a sus padres durante los tres años que pasó en esta escuela, encontraría en este excelente maestro apoyo moral e incluso material. En cualquier caso, muy pronto, desde 1776, el joven artista establecería también una provechosa relación con un amateur de Beaune, Jean Baptiste-Anne-Geneviéve Gagniard, barón de Joursanvault.

5izquierdaEste aristócrata de nobleza reciente había pro­tegido ya a Bénigne Gagneraux, que en 1784 pin­taría la famosa Entrevista de Gustavo III con el Papa Pío VI (hoy en el Museo de Estocolmo) y en el momento que establece su relación con Prud’hon hacía trabajar también a otros elementos promete­dores de la escuela de Dijon, como, por ejemplo, al pintor Jean Naigeon, que con el tiempo se conver­tiría en el primer conservador del museo del Pala­cio de Luxemburgo, y al escultor Claude Ramey, que en 1782 obtendría en París el premio de Roma y que en 1813 realizaría la célebre escultura de Napoleón que se conserva en el Louvre.

Así, e122 de septiembre de 1777 el barón con­cede a Prud’hon un certificado de «buen masón» en la logia La Bienfaisance de Beau­ne, de la que Joursanvault era el Venerable y en cuyos trabajos tam­bién participaban otros artistas. Durante los cuatro años siguientes, 1776 a 1780, Prud’hon, que vuelve a instalarse en Cluny, prác­ticamente sólo trabajará para su protector, realizando sobre todo numerosos dibujos para los libros de erudición relacionados con la heráldica y el simbolismo que publica el barón. Una tarea que sin ninguna duda influirá de manera decisiva en su formación y en defi­nitiva en su estilo.

6derechaAunque es evidente que todo en su futura carrera le engloba en el neoclasicismo, Prud’hon sólo se ocupará en ratas ocasiones de los temas clásicos de este estilo, esas escenas de historia antigua, bíblica o relacionadas con la mitología que eran tan habituales en esta época. Como dice Delacroix «El verdadero genio de Proud’hon, su dominio, su imperio, es la alego­ría». En perfecto acuerdo con Winckelman, que aconsejaba a los artistas dar la espalda a los grandes temas de la mitología o de la

religión y «hacer obra de poetas… recurriendo a la alegoría», el obje­tivo de Proud’hon a lo largo de su vida fue siem­pre pintar, dibujar ideas. Una vocación que fomen­tarán su maestro y su mecenas y a la que pondría sin dudas alas su condición de masón. Pero de momento, a finales de 1777, lo que acontece es algo que transformará por completo la vida del artista, que en ese momento todavía no ha cum­plido veinte años. Sus relaciones con la hija de un vecino de su familia, e1 notario real Pennot, acaban en un precipitado matrimonio a causa del embara­zo de la joven. La unión no será feliz, lo que no impedirá el nacimiento de otros cinco hijos, el último en 1796.

Entre 1780 y 1783 Prud’hon vive en París, estudiando en la Academie Royal y preparando el concurso que deberá llevarle a Roma. Y finalmen­te, en el verano de 1784, el pintor logra su propó sito, ganando e1 tan deseado premio de Roma con una obra, hoy perdida, títulada Pompeya delante de GentiuJ. Una obra de tema hístoricísta de poca importancia en la obra del artista, pero que, como dejan ver los dibujos conservados, ennoblecen ya discretas referencias a Miguel-Ángel y a Poussin.

7izquierdaEn Roma, donde residirá los siguientes cuatro años, Prud’hon conoce a Canova. El escultor le pro­tegerá, ofreciéndole su taller y sus relaciones inter­nacionales. La estancia en la Ciudad Eterna y el des­cubrimiento de la antigüedad en toda su grandeza y refinamiento serán, lógicamente, acontecimientos decisivos en la formación del artista. Sus cuadernos romanos, que son prácticamente todo lo que se ha conservado de esta etapa, están llenos de estudios de esculturas antiguas o renacentistas, aunque también aparecen algunos esquemáticos bocetos de persona­jes y lugares romanos y lo que parecen ser dibujos preparatorios de algunas de sus obras futuras.

A su regreso a París, Prud’hon vive durante algún tiempo pobre e ignorado, obligado a pintar miniaturas para subsistir. Luego, otro amateur, el conde Hatlai, le hace algunos encargos. Y es apa­rentemente para este nuevo protector para quien el artista dibuja lo que podemos considerar ya obras representativas de su estilo, su conocida Ceres transformando en lagarto al joven Stellio que se burlaba de ella y El Amor domina a la Razón. Aun­que es también a partir de este período cuando el artista comienza a pintar numerosos retratos. Un género en el que mostraría un pintor excelente, pese a que, aparentemente, Prud’hon desarrolla esta faceta de su arte porque, en un país y en una época en que los amateurs tienen otras preocupa­ciones que acumular obras de arte, el retrato es el único medio de subsistencia. Pese a ello, obras como Rutger Jan van Schimmelpen­ninck y fu familia hacen evidente su maestría.

Con la llegada de la Revolu­ción se produce otro aconteci­miento importante para la cartera de Prud’hon. El artista es contra­tado como ilustrador por un gran editor, Didot 1’Aine. La última década del siglo XVIII fue en la Francia revolucionaria una autén­tica edad de oro para el arte del libro. Empeñado en convertir la edición francesa en la primera de Europa, Didot, tras asegurarse la protección del gobierno (fue él quien imprimió los billetes de banco republicanos, los famosos assignats; tarea que le proporcio­nó grandes beneficios) el editor no dudó en invertir todas sus ganan­cias en sus poco rentables edicio­nes de lujo. Fue David, el pintor más prestigioso de esta época, quien dirigió las ilustraciones de las obras de Racine, de Virgilio y de Horacio. Pero, además de Proud’hon, colaboraron en la empresa algunos de los discípulos de David, como, entre otros, Girodet y Gérard.

Los diez años de la era impe­rial constituyen sin duda el perío­do más favorable para el artista, que realiza en esta década sus dos , obras más célebres, La emperatriz Jofephine y la La Justicia y la ven­ganza divina persiguiendo al Crimen.

Reproducida innumerables veces en libros de his­toria y manuales escolares, podría decirse que la imagen que hemos conservado de la bella Josép­hine de Beauharnais es la creada por Prud’hon. Cubierta por un vestido blanco sembrado de oro y un chále rojo de cachemire, su cabellera está ceñi­da por dos diademas y una piedra brilla en medio de su frente. Delante de ella aparecen algunas de las flores predilectas de esta aficionada a la botá­nica (reproducidas por cierto en el famoso álbum de Redouté, una de ellas recibió incluso el nom­bre Josephinia Imperatricis).

Cuando el 16 de febrero de 1823 la muerte viene a llevarse al artista le halla trabajando toda vía en dos grandes obras. La primera de ellas, ya acabada, aunque aún no entregada, es ese sombrío e impresionante Cristo que le había encargado la Catedral de Estrasburgo, pero que, finalmente, adquirirá el Museo del Louvre para honrar así la memoria de Proud’hon. La otra, aunque muy avanzada, inacabada, era, contrastando con la pri­mera, una luminosa alegoría representando una mujer desnuda con alas que emprende el vuelo en un rocoso acantilado al que golpean las olas de un mar enfurecido y en el que repta, maligna y fasci­nante, la serpiente de la envidia. Titulada El alma rompiendo los lazos que la mantenían atada a la tierra esta obra es el último poema de Proud’hon.