Exit, Imagen y Cultura

Una familia feliz

por Rosa Olivares

Exit, Imagen y Cultura nº 20, noviembre -enero 2005

Se trata sin duda del origen. Efectivamente la familia es el punto de partida, el origen de cada uno de nosotros. Explica y justifica quiénes y cómo somos, y no solamente en los aspectos biológicos y físicos, sino en aquellos otros más significativos socialmente de conducta y hábitos. De dónde venimos marca casi inexorablemente hacia dónde vamos. No es un destino, es una herencia.

Se trata de la institución más antigua de la humanidad, reproducida y desarrollada en todas las religiones, en todas las culturas, en todos los climas, por todas las razas. Incluso más allá de lo que consideramos humanidad, en el mundo animal también existe con parámetros similares. Una institución sin duda cuestionada, alterada, evolucionada y “tuneada”, que cada uno intenta modificar para que se ajuste mejor a una realidad concreta. Y, efectivamente, la familia occidental de hoy varía de la familia tradicional, como más adelante leeremos; hoy en día hay familias con dos padres, con dos madres, con un sólo padre/madre, con hijos adoptados en lugares remotos, con hijos de diferentes y consecutivas parejas… pero todo esto que puede alterar el significado social de la familia no cambia el concepto esencial, lo que define a una familia. Para algunos la familia es algo parecido a una patria, tal vez la auténtica patria: define una pertenencia a un grupo similar; similar en intereses, en apariencia, de la misma sangre y con las mismas costumbres. Un punto de referencia en una historia corta y personal. Un lugar al que volver, con unas personas que son parte de ti como tú eres parte de ellos. Siguiendo esta línea sentimental muchos son los que opinan que lo que une a una familia es el amor más que la sangre o las leyes. Esto justificaría, como siempre que la palabra amor aparece, cualquier cosa.

Pero en la familia, tal y cómo la conocemos, tal y cómo todos la padecemos, no solamente hay amor. Muchas veces hay otras muchas cosas excepto amor. Hay sobre todo jerarquía. Porque no olvidemos que hablamos de una institución socialmente aceptada y apoyada, es decir de un sistema de control del individuo en sus aspectos más privados. La familia es la que mantiene y transmite una religión, unas costumbres sociales, unos ritos, una ideología. Y es también el origen de prácticamente todos los traumas, miedos, carencias y prejuicios que marcarán ya para siempre nuestras vidas. Si aceptamos algo que parece ya incuestionable, como es que la personalidad de un individuo está formada, en su mayor parte y sobre todo en los aspectos esenciales, a la edad de 7 años, entonces queda evidente que la personalidad de la gran mayoría de los humanos se forma en el seno de la familia. Una gran responsabilidad que se reparte irresponsablemente entre una población que accede al sexo y a la capacidad reproductiva sin demostrar madurez ni preparación para la gran responsabilidad que tendrán que asumir.

En la familia se originan los malos tratos, las taras sexuales, la ansiedad y la insatisfacción, la sensación, inquebrantable para siempre, de no ser amados, y se conforman los modelos paradigmáticos del otro, del hombre, de la mujer, de la vida en pareja, del amor, de las relaciones y, por supuesto, de la propia familia. Recientes estudios demuestran que los hijos criados en familias violentas, donde hay malos tratos a la madre o a los hijos, repiten casi sistemáticamente esos malos tratos en sus propias familias: es el ejemplo, lo que para ellos es normal en una relación. Se podría decir que, por la misma regla, la gran mayoría de familias que no son violentas ni dan mal ejemplo a los hijos deberían ser una auténtica industria de familias felices. Pero sólo hay que guardar unos minutos de silencio y pensar cada uno de nosotros en nuestras infancias, seguramente más felices que la de otros muchos, pero seguramente también llenas de autoritarismo, de prohibiciones, de reglas incongruentes, de una tiranía sólo justificable en un entorno privado, familiar, ajeno a cualquier control exterior.

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