Cervantes contra Huntington
Autor: José María Ridao
Revista: FP. Foreign Policy edición española nº 8
La celebración del tercer centenario del Quijote, en 1905, consagró una lectura nacionalista de la obra que contribuiría a dejar en la penumbra, entre otros múltiples aspectos, la aproximación de Cervantes al islam. Aunque la tendencia más constante entre los escritores españoles que, como Unamuno o Maeztu, respaldaron aquella conmemoración fue la de menospreciar al autor de la novela frente a sus propias criaturas (la de declararse quijotistas antes que cervantistas), no resulta raro encontrar en sus trabajos alguna referencia encomiástica a la participación de Cervantes en la batalla de Lepanto (1571) y al hecho de haber perdido la mano izquierda en el curso del combate contra los turcos.
Junto a estos someros datos biográficos, citados de pasada y casi siempre para avalar la condición de España como baluarte de la cristiandad, alguna mención a su cautiverio de cinco años en Argel (en aquel momento parte del Imperio Otomano), apresado por corsarios berberiscos, cerraría el breve capítulo dedicado al autor en la fecha en la que se cumplían 300 años de la aparición, no propiamente de la más universal de sus obras, sino tan sólo de su primera parte.
Reconstruyendo el contexto histórico en el que apareció el El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, y evocando la impresión que determinados episodios y la manera de tratarlos suscitarían en
Jose María Ridao, diplomático y escritor, es embajador de España ante la Unesco. Su último libro es La paz sin excusa: sobre la legitimación de la violencia (2004). el ánimo de quienes –contemporáneos de Cervantes– se reunían para escuchar las extravagantes aventuras de un hidalgo enloquecido y su escudero, resulta difícil imaginar que pudiera pasar desapercibida la audacia con la que el autor bordea el precipicio al enumerar lo que Don Quijote come en los días santos de los tres credos conocidos en la Península. O la carga de irreverente ironía de la que hace muestra al comparar un cambio de albarda entre dos mulos con la mutatio caparum, rito en el que los sacerdotes mudaban sus hábitos talares durante la celebración de la misa. O la implícita mención a la compra y venta de genealogías, del estatuto de limpieza de sangre, que incluye una significativa observación acerca de un personaje accidental, del que se dice que era “cristiano viejo muy antiguo”. O tantas otras frases y comentarios que, como al descuido, siembran la totalidad del texto.
UNA REALIDAD COMPLEJA
Por lo que se refiere a la ejecución de la novela, una interpretación banal de las posiciones de Américo Castro, quien se exiliaría en Estados Unidos tras la Guerra Civil española, ha llevado a creer que la influencia formal de Erasmo de Rotterdam se dejaría notar, sobre todo, en el hecho de que Cervantes hiciera perder el juicio a su protagonista, como si pretendiese colocarlo en la estela del Elogio. La impunidad del loco frente al poder es una estrategia documentada desde los tiempos clásicos, de la que se vale el teólogo y de la que se valdrá también Cervantes.
Pero la novedad formal que aporta el humanista neerlandés, y que retomará el novelista, y con él toda una saga de escritores europeos, es la reivindicación de la estética del sileno, esto es, una suerte de estuche que representaba una figurilla monstruosa y en cuyo interior se disimulaba un objeto de valor. Frente a las obras ideadas según los taxativos requerimientos de un género preciso, ya fuese la novela de caballería, la morisca o la pastoril, la imitación del arte del sileno permitía optar por un texto proteico, ajeno a cualquier norma de composición. Erasmo publicará una colección de fábulas morales, los Silenos de Alcibíades, que obedecen a este propósito de transgresión de las pautas de género consagradas. Inspirándose en su estética, François Rabelais concebirá, por su parte, ese prodigio de libertad narrativa que es Gargantúa y Pantagruel . Y siempre como parte de la misma tradición, Cervantes ideará el libro de libros que es el Quijote, por el que hará transitar y quedar en entredicho la mayor parte de las convenciones y de los hábitos literarios de la época.
Lejos de tratarse de una mera opción estética, de una simple preferencia entre técnicas narrativas a disposición del escritor, la ruptura y transgresión de los géneros conllevaba entonces, y tal vez siga conllevando ahora, una crucial consecuencia ideológica, y es que permitía reflejar en la obra literaria la naturaleza abigarrada y multiforme de la realidad, contraponiéndola a la abstracta estilización exigida por los moldes novelísticos consagrados por la tradición o el gusto público. Don Quijote es, en efecto, un caballero andante, pero, a diferencia del arquetipo, no sólo debe atender a las altas misiones exigidas por su vocación, sino también a necesidades básicas como comer cuando aprieta el hambre, dormir bajo techo al llegar la noche, arrostrar las rudezas derivadas del impago de facturas o, incluso, alejarse del hedor que desprende su escudero tras el episodio de los batanes, cuando el miedo le jugó a su vientre una mala pasada.
Siempre coherente con este propósito de mostrar el contraste entre la realidad y su reseca idealización literaria, con esta voluntad de contrapunto, Cervantes hará desfilar por las páginas del Quijote una interminable galería de personajes que, al cabo, acabarán alumbrando la atmósfera de problemática verdad que destila la novela. Cautivos y esclavos que, al ser manumitidos por lo avanzado de su edad, resultan encadenados a una privación mayor y sin remedio; doncellas que no entienden por qué han de sufrir fama de crueles o altivas por no corresponder al amor de quienes ellas no aman; gitanas que son honradas y discretas o, en fin, familias de moriscos en las que unos miembros son cristianos sinceros y otros, en cambio, mantienen el apego a su antigua religión.
PARODIA DEL FANATISMO
Penetrar en la prodigiosa modernidad de la mirada cervantina exige tener presente que, como ahora, estaban fraguando en su tiempo unas ideas, unas prescripciones que, por un lado, conducían a un enfrentamiento inexorable con el turco y, por el otro, a la consolidación de sociedades inquisitoriales, en las que el diferente era convertido en extranjero. Y también como ahora, esta deriva, que provocaba inestabilidad entre imperios y que asfixiaba la libertad de los individuos atrapados en ellos, procedía de un insensato sobrentendido, como era el de creer que las decisiones de gobierno no debían estar guiadas por la defensa de intereses concretos, entre los que el respeto a la vida humana habría de ser el primero y más indiscutible, sino por la necesidad de afirmar la superioridad de la propia causa.
En su altar era preciso sacrificarlo todo, y a ese horizonte apunta el escalofriante lamento de Felipe II ante la propagación de las ideas reformistas, cuando se dice dispuesto a aceptar la destrucción de sus reinos “antes que ser señor de herejes”. Desde luego, cabría interpretar los episodios del Quijote según la clave nacionalista que utilizaron los autores españoles del tercer centenario y creer que Cervantes carece de intención precisa cuando hace que el morisco Ricote elogie la libertad de conciencia con la que se vive en otros países de Europa.
Pero cabe además la interpretación opuesta, en especial cuando se observa que Cervantes no fue autor de una única obra, sino de un poderoso universo literario en el que elabora y reelabora la totalidad de su experiencia, incluido el cautiverio en Argel, para descifrar el mundo en que vivió. Desde esta perspectiva, la alusión de Ricote a la libertad de conciencia, al igual que otras múltiples insinuaciones a lo largo de la novela, vienen a subrayar el convencimiento, a la vez erasmista y cervantino, de que cualquier alternativa en la que, como había hecho Felipe II, el poder contemple la destrucción en uno de sus extremos no es, en realidad, una alternativa, sino una afirmación indirecta de la superioridad de la propia causa. Una causa que, por lo demás, puede revestir los ropajes más variados, y no sólo el de las controversias teológicas que ensangrentaron Europa y el Mediterráneo durante los siglos XVI y XVII , con motivo de las guerras de religión y del simultáneo conflicto contra el turco.
La naturaleza fanática de la fe que Don Quijote profesaba en el ideal de la caballería andante, parodia o trasunto de otras creencias más mortíferas de su tiempo, no es así distinta de la que mantuvieron los colonizadores en las virtudes de la ciencia como expresión de una civilización superior, en cuyo nombre se sacrificó a miles de africanos. Ni tampoco era diferente de la fe que enarbolaban quienes imaginaron que una raza o una clase podían encarnar, por su misma condición, por su simple existencia, los ideales de emancipación y de progreso, promoviendo en consecuencia el exterminio de sus propios compatriotas. En realidad, tampoco se trataba de una fe alejada de la que hoy exige considerar Occidente y sus valores como un don irrepetible que la historia ha concedido a algunos pueblos, colocándolos por encima de los demás. La pretensión de propagar ese don sin reparar en sacrificios ni sufrimientos, de transformarlo en un fin de tal naturaleza que nunca podrá resultar mancillado por los medios, lo irá convirtiendo en lo que ya habría empezado a ser: un ídolo sediento de sangre que, al cabo, obligará a repetir, puesto convenientemente al día, el escalofriante lamento de Felipe II.
Abordado el Quijote desde esta clave, la conclusión se impone por sí misma: quizá se deba a Cervantes uno de los más bellos y concluyentes alegatos contra ese género de construcciones ideológicas que imaginan haber hallado el primer motor del comportamiento humano y de la historia, el argumento definitivo que explicaría la totalidad del pasado o que determinaría hasta los mínimos detalles del porvenir. Si la lectura nacionalista auspiciada por el tercer centenario dejó en la penumbra la aproximación de Cervantes al islam, la del cuarto no debería alentar una interpretación que, sin ser nacionalista, provoque sin embargo una tiniebla tanto o más impenetrable, en la que se puedan escuchar, como ya se han escuchado, apresuradas afirmaciones acerca del valor de la lectura y de que el simple hecho de leer un libro, cualquier libro, hace más libres a los hombres. ¿También Mein Kampf o el Manifiesto comunista? ¿También esos trabajos que, tras el final de la guerra fría, retomaron la más fatídica cantinela de los anteriores, que era la de augurar un futuro de inevitable conflicto, limitándose, acto seguido, a suministrar los instrumentos conceptuales –ahora ya no la raza, ya no la clase, pero sí la civilización– para que se desencadene? En cada uno de estos libros, en cada una de estas obras de género, se lleva a cabo una estilización de la realidad que reduce la imagen del mundo y de los seres humanos a un esquema o caricatura, que dice más de los autores que de la materia que pretenden reflejar.
Cervantes, por su parte, propone en el Quijote el trayecto inverso, concentrando la atención sobre la naturaleza abigarrada y multiforme de cuanto ofrecen los sentidos y recordando, con sabia socarronería, que cada caracterización del mundo o de los seres humanos es exactamente eso, una caracterización, a la que cabe oponer infinitas alternativas. Alternativas, sin duda, como las que sugieren contemplar el problema morisco desde la libertad de conciencia. Pero también como las que inspiran la conducta de un hidalgo enloquecido de La Mancha, obstinado en ver implacables enemigos en unos molinos de viento. Esto es, en unos objetos tan ajenos a su delirio como siempre lo estuvieron respecto de otros delirios no menos notables, tantos y tantos individuos a los que se ha venido tomando por integrantes de razas inferiores, de clases superadas por la historia o, según sostendría Samuel Huntington –autor de una saga de tanto éxito como la de Belianises, Felixmartes y Olivantes–, de civilizaciones inexorablemente condenadas a chocar.
¿Algo más?
Para quienes están a punto de embarcarse de nuevo o por primera vez en la lectura de El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, es esencial la reciente edición dirigida por el académico Francisco Rico: Don Quijote de La Mancha, Edición del IV Centenario (Real Academia Española, Asociación de Academias de la Lengua Española, Alfaguara, Madrid, 2004), que pretende ser la definitiva y ha supuesto 10 años de trabajo. Son innumerables los estudios críticos sobre el Quijote. Entre los más interesantes destacamos los de Américo Castro, Martín Riquer y Daniel Eisenberg. De Américo Castro recomendamos El pensamiento de Cervantes y otros estudios cervantinos (obra reunida), editado por José Miranda (Trotta, Madrid, 2002). De Martín Riquer, Aproximación al ‘Quijote’ (Teide, Barcelona, 1993), y de Daniel Eisenberg, Cervantes y Don Quijote (Montesinos, Barcelona, 1993), disponible online en http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/02449452090811053754491/index.html. Vida de Don Quijote y Sancho, de Miguel de Unamuno (última edición: Alianza, Madrid, 2004), Idearium español, de Ángel Ganivet (última edición: Diputación de Granada, 2003) y Don Quijote, don Juan y la Celestina, de Maeztu (última edición: Visor Libros, Madrid, 2004). Para más información , consulte la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (http://www.cervantesvirtual.com).
José María Ridao, licenciado en Filología Árabe y Derecho, diplomático, ensayista y novelista, ha publicado recientemente La paz sin excusa: sobre la legitimación de la violencia (Tusquets Editores, Barcelona, 2004), en el que analiza los discursos de la violencia y la construcción del enemigo y la frontera. En Weimar entre nosotros (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2004) reflexiona sobre la cacareada incompatibilidad de los valores de Occidente y el islam, entre la democracia y determinadas culturas, frente a la tesis que Samuel Huntington expone en El choque de civilizaciones y la reconfiguración del Orden Mundial (Paidós, Barcelona, 1997). En la misma línea, el politólogo estadounidense publicó años después ¿Quién somos? Los desafíos a la identidad nacional estadounidense (Paidós, Barcelona, 2004). Consulte también el artículo ‘El reto hispano a EE UU’, de Huntington, en FP edición española
