¿Crisis en el PSC-PSOE?
Autor:
Revista: El Viejo Topo nº 211
El énfasis identitario puesto por el tripartito catalán en la redacción del nuevo Estatut, así como algunas voces estridentes en torno al posible cambio del modelo de financiación (¡Madrid nos roba!, por ejemplo) han creado desazón entre la militancia del PSC-PSOE. Aunque son pocos los que se atreven a manifestar sus críticas públicamente, todo hace creer que se ha extendido entre sus filas un malestar creciente. Como muestra, reproducimos aquí dos documentos elaborados por la corriente o grupo Socialistas en positivo y que fueron remitidos a todos los diputados parlamentarios del PSOE el primero y a los militantes del PSC-PSOE el segundo.
Carta a los representantes del PSOE
Apreciada/o compañera/o
Somos militantes de base del PSC y nos dirigimos a ti para poner en tu conocimiento un análisis de lo que está ocurriendo en Cataluña distinto del que probablemente te suelen hacer llegar nuestros compañeros con cargo del PSC. Estamos a tu disposición para ampliarte la información sobre cualquiera de los puntos de la exposición que sigue.
La espiral de silencio
Ante todo queremos que te hagas cargo de hasta qué punto en Cataluña no es posible sostener públicamente una opinión contraria al catalanismo. La presión en el seno de la sociedad catalana, tras veinticinco años de normalització (control de la educación, monolingüismo catalán, control de los medios, desprestigio de todo lo español…), es enormemente eficaz y actúa como una barrera invisible.
Durante años y de manera consciente y deliberada las clases políticas dirigentes han llevado a cabo una estrategia de “espiral de silencio”, es decir, una acción política que consiste en influir en la opinión general de tal modo que les permita ganar el debate evitando que se produzca. Las causas de la lengua y la construcción nacional forman parte de esos temas tabú sobre los que no existe siquiera la posibilidad de mostrar el menor desacuerdo. A pesar de que el catalanismo supone anteponer lo propio a lo justo (lo cual lesiona el principio de solidaridad) y definir lo propio desde criterios de identidad (lo cual lesiona el valor del pluralismo), desde posturas progresistas es tan difícil combatirlo como difícil fue en los años setenta denunciar el gulag: con la misma miopía que entonces se acusaba de capitalista, hoy se acusa de nacionalista español. En ambos casos, sin embargo, lo que se reclama son libertades y derechos.
El nacionalismo implícito
Otro problema que tenemos mucho interés en explicarte es que el nacionalismo en Cataluña está obteniendo sus mayores éxitos gracias al catalanismo de nuestros compañeros del PSC. El catalanismo es en realidad un nacionalismo “implícito” que gracias precisamente a que no se reconoce como tal puede avanzar sin obstáculos hacia sus metas, que apenas se diferencian de las del nacionalismo explícito que hemos padecido hasta la fecha. Entre el nacionalismo explícito y el implícito la diferencia fundamental no es de fines, sino de medios (la estrategia del catalanismo es más efectiva): te invitamos a que lo compruebes por ti mismo, pero si deseas que nos extendamos aportando pruebas sobre este punto no tienes más que pedírnoslo. Detrás de esta supuesta superación del debate entre nacionalistas y no nacionalistas existe una estrategia diseñada por ERC y reconocida por sus dirigentes: lograr que todos los votantes seamos oficialmente catalanistas -lo sepamos o no, lo queramos o no-, una vez que se ha logrado que no exista vida pública al margen del catalanismo.
Legitimidad cuestionable
Entre los planes catalanistas y los del nacionalismo explícito del PNV, por ejemplo, existe una diferencia fundamental: la franqueza de los vascos. A los dirigentes nacionalistas vascos -que se reclaman herederos de Sabino Arana, que aluden al RH negativo de su pueblo o que reconocen que tratarán a los maquetos como alemanes en Mallorca- se les puede acusar de muchas cosas, pero no desde luego de disimular su ideología o de ocultar sus intenciones: al menos en este sentido, los votantes nacionalistas vascos nunca podrán decir que los han engañado. En Cataluña las cosas son muy diferentes, pues aquí la inexistencia de una opción política progresista no catalanista y la calculada ambigüedad de los dirigentes políticos han empeorado un vicio que se venía arrastrando desde hace años: el abismo que separa la Cataluña oficial de la Cataluña real. Por ejemplo, nos gustaría que tuvieses en cuenta que mientras en la calle sólo un 20 por ciento de los ciudadanos catalanes opinan que Cataluña es una nación (según recoge una reciente y muy reveladora encuesta de La Vanguardia, que podemos hacerte llegar si te interesa), ese porcentaje aumenta de manera abrumadora, como sabes, en el Parlament.
Cataluña también es plural
Deseamos hacerte llegar nuestra sorpresa ante la aceptación con que nos parece que recibís en el PSOE la imagen uniforme y monolítica que se os transmite de Cataluña. Estamos de acuerdo con nuestros compañeros con cargo del PSC en que los socialistas debemos defender un modelo de Estado más plural, que se distinga del castizo y carpetovetónico del PP; pero no atinamos a calibrar la magnitud de la hipocresía de los catalanistas que exigen a España lo que reprimen en Cataluña. La innegable pluralidad de la España real está razonablemente bien recogida (a menudo incluso se han exagerado interesadamente esas diferencias) por la España oficial, pero no cabe decir lo mismo, en absoluto, respecto de Cataluña. Te damos un solo ejemplo, al que creemos que no se le concede la importancia debida: los catalanistas exigen en el Congreso el uso del catalán, lengua materna de un 6 por ciento de los españoles, al mismo tiempo que niegan en el Parlament el uso del castellano, lengua materna de un 60 por ciento de los catalanes. Tal como lo lees: cuando un diputado osó utilizar el castellano hace años en el Parlament fue abucheado y los catalanistas abandonaron la sala. Desde entonces el uso del castellano está excluido en la práctica de las cámaras catalanas. ¿Por qué no se habla de esto en las Cortes que nos representan a todos?
Limitación de derechos
Esta limitación de derechos y del pluralismo es de una trascedencia que no acertamos a ver convenientemente valorada entre periodistas y políticos. Lo cierto es que en Cataluña se está avanzando hacia un modo de organización política que no garantiza el pluralismo y la igualdad de derechos.
Utilizamos estos términos con plena conciencia de su gravedad, pero lo cierto es que describen con precisión lo que se está viviendo en Cataluña. De los tres pasos en la limitación del pluralismo que describía Hannah Arendt, en nuestro “pequeño país” ya hemos dado el primero (identidad única de la nación) y estamos a punto de dar el segundo (privilegio de esa nación sobre un territorio), si el Estatut se aprueba en los términos en que está siendo redactado. A continuación te resumimos los tres pasos:
La nación catalana es Una (paso I)
El primer paso se da cuando se permite que la identidad colectiva del “pueblo” prevalezca sobre la libertad del individuo. Este paso se ha dado ya en Cataluña, donde las políticas de cohesión social tienen como fin la creación de un “pueblo catalán” religado en torno a una lengua y una cultura únicas. Los catalanistas han logrado que sus reivindicaciones de derechos colectivos calen en los líderes políticos del PSOE menos avisados, que confunden el justo reconocimiento de las minorías con la injusta aprobación de todo tipo de restricciones de derechos individuales en el seno de esas minorías (en Cataluña la administración pública reprime y sanciona: todo catalán ha de ser catalanista, lo desee o no). Además, cuando los catalanistas reclaman el reconocimiento de su identidad lo hacen limitando esos supuestos derechos colectivos a aquellos “colectivos” que disfruten de identidades “apropiadas” (por descontado, los miembros de la comunidad de catalanes castellanohablantes, por ejemplo, no está previsto que sean sujeto de derechos: ni como colectivo ni a título individual).
La nación catalana es Grande (paso II)
El segundo paso está a punto de darse con el nuevo Estatut: sucede cuando a un “pueblo” definido de una manera concreta se le reconocen unos derechos “históricos” en exclusiva sobre un territorio determinado.
Repetimos: cuando los políticos catalanes hablan de “derechos colectivos” se refieren sólo a los de la comunidad definida según los parámetros del catalanismo. El resto de personas quedan excluidas de esa relación especial o privilegiada con el territorio donde viven, pues tienen identidades o sentimientos de pertenencia “impropios” y sólo podrán ser consideradas ciudadanas de pleno derecho en la medida en que se “rediman” (los textos del PSC llaman “irredentos” a los catalanes de origen murciano, gallego, extremeño o andaluz que se resisten a abjurar de la cultura de sus padres) de su herencia o costumbre y adopten la identidad “propia del país” (un país, por cierto, cuanto mayor, mejor: el de los Països
Catalans , que incluye la denominada Catalunya Nord, los territorios levantinos y las islas Baleares, tal y como llevan enseñando diariamente los telediarios públicos catalanes y los libros de texto oficiales los últimos veinticinco años, empeñados en la normalització de la audiencia).
La nación catalana debe ser Libre (paso III)
El tercer paso se da cuando el “pueblo” unido en torno a una identidad cerrada (primer paso) y constituido en nación con derechos sobre un territorio (segundo paso) reclama su derecho de autodeterminación, que no es otra cosa que la voluntad de secesión de un “pueblo” para hacer coincidir “nación” (comunidad identitaria de unos cuantos) y Estado (organización política de todos).
Incrementalismo estratégico
Nos interesa mucho transmitir esta idea: los logros del catalanismo (en efecto, Cataluña es cada día más artificialmente “diferente” del resto de España) no son un fruto casual de determinadas coyunturas políticas. Si bien una aritmética parlamentaria concreta puede favorecer o entorpecer el avance hacia sus objetivos, lo relevante es que este avance sigue siempre una línea estratégica, un plan perfectamente trazado. Hay cientos de textos que recogen este concepto, muy frecuentado en los círculos catalanistas: pasito a pasito, alcanzar pequeños hitos graduales que consiguen no ser rechazados gracias a su aparente intrascendencia, pero que propician la consecución del siguiente hito, y les acercan cada vez más a la meta. La dificultad para rechazar esos “pasitos” es especialmente notable ante quienes, como los catalanistas, han hecho del victimismo su más lucrativa herramienta. Pero no hay que perder de vista que cada concesión es un eslabón de la cadena con la que el catalanismo está limitando “pasito a pasito” las libertades de los ciudadanos catalanes que queremos una Cataluña pluralista, abierta y en positivo. O sea: los tres pasos descritos en los puntos anteriores se siguen necesariamente uno del otro: dar por bueno el primero ha conducido al segundo, y permitir éste dará luz verde al tercero, como tratamos de explicar en el punto “El Estatut institucionaliza la idea de nación”.
La normalització y la política catalana
Es probable que hayas oído hablar de normalització en Cataluña. En realidad se trata de una idea clave para el nacionalismo, pues fue la herramienta que sirvió para violentar la Cataluña normal a fin de convertirla en la Cataluña soñada por los nacionalistas: se trataba de negar lo que Cataluña “era” para aproximarla a lo que supuestamente “debía ser”. Las políticas de normalització , al estigmatizar como “anormal” todo aquello que se apartaba de la ortodoxia catalanista, han causado estragos en todos los ámbitos de Cataluña, entre otros en el de la política, donde todos aquellos a los que han hecho sentirse “normalizables” (por no poseer la identidad oficial) han acabado generando respuestas efectivamente “anormales”. Es decir, tantos años de normalització han viciado el ambiente político catalán de tal manera que ha sido imposible la incorporación “natural” a la política de aquellos que, por sus orígenes, cultura o lengua materna, no entraban dentro de los parámetros que definen al catalán fetén.
Rebotados, conversos o acomplejados
Tres han sido esos caminos “viciados” que se han abierto ante los catalanes “normalizables” que, pese a todo, han querido participar en política:
1. El de la irritación de quienes, por rebote, han generado una postura anticatalanista tan sobreactuada que, más que anticatalanista, ha podido ser percibida como anticatalana. La
mayoría de estos catalanes están en el PP.
2. El de la conversión de quienes, vencidos por la insoportable carga de una identidad “inapropiada”, han optado por adoptar la identidad pata negra, y lo han hecho con el fanatismo propio de los conversos. La mayoría de estos catalanes están en ERC (y si tienen tienda, en CiU).
3. El del complejo de quienes, habiendo tenido que ser aceptados en un lugar que no les correspondía por cultura y origen, han acabado por desarrollar un sólido Síndrome de Estocolmo. La mayoría de estos catalanes están en el PSC.
Debes comprender a estos compañeros del PSC: les ha costado mucho llegar donde están, son muchos los complejos que han debido afrontar y los rasgos identitarios que han debido hacerse perdonar, han tenido que renegar de demasiadas herencias, el precio por ser considerados catalanes elegibles ha sido demasiado alto… como para pedirles ahora que tengan discurso propio.
Jinetes de rodeo
Estos dirigentes del PSC con procedencias identitarias no “impecables” desde el criterio nacionalista, sobre los que algunos habíamos depositado cierta esperanza, justifican hoy -solamente en privado- su seguidismo catalanista por las dificultades que entraña ir contracorriente de un régimen bien consolidado durante los últimos veinticinco años. En realidad son como jinetes de rodeo, que limitan el ejercicio de la política al arte de mantenerse sobre el caballo, sin ir a ningún lado. Muy “aprovechables” para el triunfo del catalanismo, pero sin discurso político, tan sólo consiguen representar su propio poder orgánico. Su presencia en las listas electorales, unida a su falta de criterio, hace de estos políticos el “compañero más útil” de los catalanistas, que sí saben perfectamente a dónde se dirigen. Deseamos sinceramente poder mantener la confianza en estos compañeros, pero para ello deben mostrar su voluntad de ser algo más que “jinetes de rodeo”, así como su capacidad para presentar alternativas al asfixiante catalanismo oficial.
El derecho a viure en català
La importancia estratégica que en su día tuvo el derecho a una Catalunya normalitzada, que obtuvo su más firme sostén en las leyes de política lingüística (por las cuales, entre otros logros, se ha imposibilitado que los niños castellanohablantes puedan recibir la educación en su lengua materna), hoy la tiene el derecho a viure en català (“vivir en catalàn”), que quiere apoyar su legitimidad en el nuevo Estatut. Si la normalització fue fundamental para dar el primer paso antes explicado en la limitación del pluralismo, el derecho a viure en català puede resultar clave para dar el segundo paso. El catalanismo exige que toda persona en Cataluña pueda desarrollar su vida en un entorno (los catalanistas hablan incluso de “paisaje” en sus textos) homogéneamente catalán. A tal fin, en Cataluña se controla administrativamente, por ejemplo, la lengua que los niños hablan en el patio o la que emplean los médicos en sus historias clínicas, y se han abierto incluso “Oficines de garanties lingüistiques” (puede resultarte muy ilustrativo visitar la web: www.infocat.gencat.net), donde se facilitan modelos para denunciar al camarero que no nos ha atendido en catalán o al tendero que no tiene su rótulo en esa lengua.
Queremos poner de relieve la amenaza a las libertades que representa esta nueva reivindicación del catalanismo: pretender que tu entorno se adecue a tu identidad, excluyendo a las otras que conviven en tu territorio, no sólo no es legítimo, sino que puede tener derivas totalitarias (“vivir en ario”, “vivir en serbio”, “vivir en hutu”…).
El Estatut institucionaliza la idea de nación
Nuestra gran preocupación en estos momentos es la aceptación acrítica de la idea de “nación” por parte de muchos dirigentes del PSOE. No se trata en absoluto de una mera cuestión terminológica, sino que está en la base de la estrategia nacionalista diseñada hace años y que avanza de manera exitosa. Detener el avance nacionalista en el tercer paso (o sea, no conceder la autodeterminación), concediendo el segundo (o sea, conceder la existencia de una nación homogénea cultural, lingüística e identitariamente, con privilegios sobre un territorio), es un grave error, por dos razones:
1. Porque no sólo no detiene el proceso secesionista, sino que lo aplaza fortaleciéndolo, pues legitima las permanentes reivindicaciones de futuro.
2. Porque, aunque equivocada, supone una respuesta al secesionismo, pero no a la limitación de derechos y del pluralismo, ya que sanciona la creación de una nación definida en términos históricos y culturales, no en función de derechos de ciudadanía.
¿Derechos históricos?
Todos los argumentos aportados hasta ahora valen poco o nada para un nacionalista. Muchos nacionalistas llegarán a reconocer que en Cataluña se están conculcando derechos individuales; también, en un arrebato de sinceridad, pueden conceder que se está fundando una comunidad política sobre el concepto de nación, entendido a la manera identitaria, que violenta el pluralismo y la diversidad de sentimientos de pertenencia de nuestras sociedades complejas; y sin embargo, este reconocimiento no les impedirá perseverar en su proyecto político porque, según ellos, “en el fondo” les asiste una razón “histórica”. Pujol puso las bases de esta manera de pensar, que impregna también el discurso de los socialistas catalanes: para Jordi Pujol (traducimos literalmente del catalán): “El castellano en Cataluña es fruto de una violencia antigua”. Quienes así piensan deberían considerar que:
1. No es cierto. Desde el siglo XV se publican en Barcelona, por poner un ejemplo, tantos libros en castellano como en catalán. A lo largo de la historia, lo específico de Cataluña no ha sido el catalán, sino el bilingüismo catalán-castellano. Sucede sólo que en Cataluña se confirma la atinada definición que dio Karl W. Deutsch en su célebre Nationalism and its Alternatives (1969): “Una nación es un grupo de personas unidas por un error común acerca de su pasado y un desamor común hacia sus vecinos”.
2. No es justo. En efecto, la diversidad de la Cataluña real es fruto de siglos de convivencia, de cientos de desplazamientos, matrimonios, ilusiones y proyectos compartidos, inversiones, etc., pero en caso de que fuera cierta la existencia de una Cataluña mítica y esencial cuyo camino se frustró in illo tempore , ¿sería legítimo hacer responsables del Decreto de Nueva Planta -o del compromiso de Caspe, más antiguo aún- a los catalanes que hoy no tenemos la identidad catalana oficial? El pasado no justifica en absoluto los atropellos que se hacen en el presente.
3. No es positivo. Este argumento debería hacer recapacitar a más de un nacionalista: aunque fuera cierto su sueño histórico, y aunque fuera justo su atropello de derechos, seguiría siendo poco inteligente reclamar para Cataluña el regreso a la identidad del siglo XIV : Cataluña es mucho más que el país provinciano que nos quieren imponer. Limitar su realidad presente para acercarla a sus mitos del pasado es empobrecer irremediablemente -y en todos los sentidos- su futuro.
El Estado debe garantizar la igualdad de derechos
La función básica del Estado es garantizar los derechos fundamentales de todos los ciudadanos, con independencia del territorio del Estado donde vivan. Parece innecesario tener que recordar esta obviedad, pero la tácita aceptación por parte del ejecutivo central de algunos de los extremos del nuevo Estatut (en especial los que van a figurar en el Preámbulo y Título Preliminar) puede implicar que en Cataluña muchos catalanes quedemos desamparados por el Estado. Nos preocupa la posible dejación de responsabilidades del Estado, si no considerase de su incumbencia el régimen político interno que se podrá derivar del desarrollo de los nuevos preceptos, limitadores de la libertad y el pluralismo, que se quieren introducir en el Estatut de Cataluña. El nuevo Estatut define a Cataluña como una nación de identidad única, se niega a reconocer expresamente en su articulado la diversidad y la pluralidad de los ciudadanos de Cataluña, introduce el deber de conocer el catalán (un deber, por cierto, no meramente retórico, sino que tendrá consecuencias graves) y lo consagra como única lengua “normalmente” utilizable en el espacio público. Por supuesto, cuando se tramite el Estatut en las Cortes Generales deberá prestarse atención a la financiación o a las competencias, porque las “supuestas” diferencias no hacen acreedor a nadie de efectivos privilegios. Pero lo que pretendemos decirte con esta nota es que no sólo debería prestarse atención a estos temas, sino también -y preferentemente, pues es la función esencial del Estado- a si el Estatut sirve para garantizar valores superiores como el pluralismo interno de Cataluña y la igualdad y libertad de sus ciudadanos, o si por el contrario va a lesionarlos.
Pedimos apoyo al PSOE
Hemos creído necesario escribirte esta larga nota porque, en nuestra opinión, que en Cataluña estemos llegando a esta situación de limitación de derechos y del pluralismo ha sido posible sólo gracias al concurso indispensable del PSC. Los políticos catalanistas -o “nacionalistas implícitos”- con cargo del PSC han optado por un modelo de sociedad no plural y se sienten cómodos gestionando la diferencia para sacarle provecho. Por ello no cabe esperar del PSC posiciones políticas que sirvan para articular el ordenamiento jurídico de Cataluña con fundamento en principios de radicalidad democrática. En Cataluña no existe opción política progresista libre de nacionalismo. Al PSOE le corresponde tomar la iniciativa ideológica y ejercer cuantas acciones sean precisas para conseguir que la Cataluña plural y diversa se vea representada en sus normas jurídicas. Responder adecuadamente no es limitarse a reaccionar y parar los excesos, sino defender de manera proactiva un modelo de sociedad abierta y plural, no sólo para España, sino también para cada una de las partes que la conforman. Esperamos que Rodríguez Zapatero, que tanta importancia otorga a los derechos civiles, no nos falle a la hora de exigir que el nuevo Estatuto de Cataluña garantice derechos fundamentales que hacen posible una sociedad democrática y libre.
Carta a los militantes del PSC
Apreciado compañero, apreciada compañera, como militantes del PSC preocupados por la deriva nacionalista de nuestro partido, deseamos compartir contigo nuestras reflexiones:
El PSC debe ceñirse al discurso socialista
Denunciamos que el socialismo en Cataluña está impedido por el catalanismo. Planteamientos identitarios “homogeneizadores” como los que defiende la cúpula del PSC son incompatibles con el discurso de una izquierda moderna y pluralista. El PSC debería ocuparse de atender a las necesidades reales de la gente. Por el contrario, según Pasqual Maragall las políticas identitarias deben ser previas a esa acción política. ¿Por qué motivo? Tal vez el demos catalán ya existente no sea de su gusto y considere necesario crear otro más “apropiado”… Recordamos al señor Maragall que la Generalitat ya tiene un “pueblo” para el que gobernar: el conjunto de ciudadanos que conformamos la comunidad política catalana. El demos no debe identificarse como una comunidad de creencia. Consideramos que es muy negativo para Cataluña que el catalanismo político se obsesione por cohesionarnos identitariamente: no queremos que se nos religue en torno a una identidad uniforme, no queremos que la acción política se supedite a la construcción de la nación, no queremos que se pongan más fronteras a la ciudadanía. El demos que desea crear el catalanismo político ya existe, no hay que “normalizarlo”, sino respetarlo.
El PSC debe dejar de ser nacionalista
Denunciamos que el catalanismo político del PSC es en realidad un nacionalismo implícito. De hecho, el nacionalismo en Cataluña está obteniendo sus mayores éxitos con la colaboración imprescindible del PSC. El catalanismo es una estrategia: gracias precisamente a que no se reconoce como nacionalismo puede avanzar sin obstáculos hacia sus metas, que apenas se diferencian de las del nacionalismo explícito que hemos padecido hasta la fecha. Entre el nacionalismo explícito y el implícito la diferencia fundamental no es de fines, sino de medios (la calculada ambigüedad catalanista es más efectiva). Denunciamos que tras la pretendida superación del debate entre nacionalistas y no nacionalistas existe una estrategia diseñada por ERC y reconocida por sus dirigentes: lograr que todos los votantes seamos oficialmente catalanistas —lo sepamos o no, lo queramos o no—, una vez que se ha logrado que no exista vida pública al margen del catalanismo. Nadie se puede declarar “no catalanista” si desea participar en la política… o incluso en la sociedad.
La deriva nacionalista del PSC es tan acusada que en los últimos años se manifiesta incluso en la escenografía de nuestros actos: la desaparición de las banderas socialistas en los mítines, la presencia solitaria de la senyera -incluso de la estelada [independentista]- y del himno de Els Segadors en distintos actos, la desaparición del castellano como lengua habitual en reuniones, documentos, etc., o incluso el guiño de nuestro anagrama, donde la “C” tiene mayor importancia que la “S”…
Estos “detalles sin importancia” son en realidad un síntoma del virus que el nacionalismo ha inoculado al discurso programático socialista: nuestro mensaje y nuestra acción política están viéndose gravemente perjudicados por el nacionalismo. Los “liquidadores” del PSC-PSOE llevan años ocupándose de sacrificar lo más característico del programa socialista (políticas sociales, solidaridad, libertad, lucha contra la discriminación -también por razón de lengua y cultura-, erradicación de la pobreza, justicia, etc.) en aras de su ilusión identitaria.
El PSC debe atender a sus militantes
Denunciamos que el discurso oficial del PSC se distancia cada vez más del sentir mayoritario de sus bases. El catalanismo nos conduce a un socialismo en negativo, pues supone anteponer lo propio a lo justo (lo cual lesiona el principio de solidaridad) y definir lo propio desde criterios de identidad (lo cual lesiona el valor del pluralismo). A pesar de ello, los liquidadores del PSC-PSOE han logrado que desde posiciones progresistas sea tan difícil combatirlo como difícil fue en los años setenta denunciar el Gulag. Para lograrlo se han servido de la espiral de silencio, una estrategia que ha permitido al catalanismo ganar el debate impidiendo que se produzca. Las causas de la lengua, la nación y la relación con el PSOE son algunos de esos temas tabú sobre los que no se puede mostrar el menor desacuerdo, so pena de ser marginado. Condenando al silencio a buena parte de su militancia, los liquidadores han podido obrar tranquilamente y con ausencia de crítica. Pero cada vez se hace más patente la separación entre las ideas de las bases y la dirección política; cada vez es mayor la frustración ante la acción política de los miembros socialistas del Govern. Es necesario romper la espiral de silencio. Ha llegado el momento de decir basta y de perder el miedo a decir lo que pensamos en nuestra actividad política.
El PSC debe atender a la realidad de Cataluña
Denunciamos que el catalanismo acentúa la fractura entre la Cataluña real y la Cataluña oficial. Durante dos décadas de normalización y de apoyo al “hecho diferencial”, el nacionalismo ha defendido que la parte “diferencial” de nuestra cultura es la única que nos es “propia”, y que lo que compartimos con el resto de españoles es “impropio” de los catalanes. Así el nacionalismo ha creado una identidad falsa para Cataluña, que sólo se corresponde con su ilusión identitaria.
El discurso oficial del PSC no acepta que la identidad de Cataluña no es otra cosa que la suma de las identidades de los catalanes. El catalanismo del PSC sí acepta, en cambio, el modelo nacionalista de país y sigue gobernando para una Cataluña que tiene más que ver con la ficción normalizada que representan las series de TV3 -donde todos los personajes, desde una portera hasta un director de multinacional, pasando por un camarero o un taxista, hablan un catalán fabriano- que con la Cataluña real. Con su empeño por privilegiar todo hecho diferencial, el catalanismo ha pretendido hacernos creer que lo que nos diferencia -con frecuencia interesadamente exagerado, incluso inventado- es lo “único” que nos caracteriza. Por el contrario, los estudios sociológicos demuestran, por ejemplo, que Barcelona es, inmediatamente después de Madrid, la provincia con menor “hecho diferencial” de España, o dicho de otro modo: los barceloneses somos, tras los madrileños, lo más parecido que existe a un “español tipo”. ¿Acaso El cor de la ciutat es más catalán que la película Tapas ? ¿Isabel Clara-Simó es más catalana que Juan Marsé? ¿Els Pets son más catalanes que Estopa?… Los catalanes que han sido ignorados durante más dos décadas por el nacionalismo conservador hoy siguen siendo ignorados por el catalanismo. El PSC debe dejar de utilizar la política como elemento compensador de las dinámicas sociales. El PSC no debe seguir dando la espalda a la realidad.
El PSC debe atender al presente de Cataluña
Denunciamos que, con la venia del PSC, en el nuevo Estatuto “el autogobierno de Cataluña se fundamenta en los derechos históricos del pueblo catalán”. Desde un socialismo en positivo no puede admitirse otra legitimidad para la acción política que la fundada en el presente. La diversidad de la Cataluña de hoy es fruto de siglos de convivencia, de matrimonios, de millones de desplazamientos e inversiones, de ilusiones y proyectos compartidos… Reflexionar sobre la historia es lícito, emotivo, entretenido… pero de lo ocurrido en el pasado no pueden derivarse responsabilidades políticas que puedan exigirse en el presente. Si existe un sujeto colectivo con “derechos históricos”, ¿existe también un sujeto colectivo pasivo con “obligaciones históricas”? Esta tendencia a culpabilizar el presente fue muy grata a Pujol. Para este político el presente de Cataluña era una desviación de su pureza original -el pasado mítico y esencial- que había que corregir, es decir, “normalizar”. Palabras suyas fueron, por ejemplo: “El castellano en Cataluña es fruto de una violencia antigua”. Pero Pujol era nacionalista y era conservador… En nuestra opinión no es tolerable buscar resultados políticos muy similares desde posiciones de izquierda. Además de injusto, es poco inteligente reclamar para Cataluña el regreso a la identidad del siglo XIV : Cataluña es mucho más que el país provinciano que nos quieren imponer. Los territorios más felices son aquellos que no han tenido que cargar con la pesada losa de su historia. Rectificar el presente de Cataluña para acercarlo a sus mitos del pasado es empobrecer irremediablemente -y en todos los sentidos- su futuro.
El PSC debe garantizar el respeto a la pluralidad
Denunciamos que en Cataluña se está avanzando hacia un modo de organización política que no garantiza el pluralismo y la igualdad de derechos. Las políticas identitarias son muy peligrosas. Hannah Arendt describió tres pasos en el camino hacia el totalitarismo:
1. El primer paso se da cuando se permite que la identidad colectiva del “pueblo” prevalezca sobre la libertad del individuo. Este paso se ha dado ya en Cataluña, donde las políticas de cohesión social tienen como fin la creación de una “nación catalana” religada en torno a una lengua y una cultura únicas. Los catalanistas equiparan el justo reconocimiento de las minorías con la injusta aprobación de todo tipo de restricciones de derechos individuales en el seno de esas minorías.
2. El segundo paso se da cuando a un “pueblo” definido de una manera concreta se le reconocen unos derechos “históricos” en exclusiva sobre un territorio determinado. El resto de personas quedan excluidas de esa relación privilegiada con el territorio donde viven, pues tienen identidades o sentimientos de pertenencia “impropios” y sólo serán consideradas ciudadanas de pleno derecho en la medida en que se “rediman” de su herencia o costumbre y adopten la identidad “propia del país”.
3. El tercer paso se da cuando el “pueblo” religado y unido en torno a una identidad cerrada (primer paso) y constituido en nación con derechos en exclusiva sobre un territorio (segundo paso) reclama su derecho de autodeterminación, que no es otra cosa que la voluntad de secesión de un “pueblo” para hacer coincidir “nación” (comunidad identitaria de unos cuantos) y Estado (organización política de todos).
Las entidades políticas con intereses contradictorios -y una comunidad libre de ciudadanos lo es por definición- nunca pueden ser sujetos de derechos colectivos, pues siempre habrá algún “conductor” del pueblo que se sienta capacitado para interpretar rectamente la voluntad general, con la iluminación suficente para decidir cuál es el genuino interés de ese pueblo, su inalienable “derecho histórico”.
Queremos que el Estatuto sume al conjunto de sus ciudadanos y reconozca expresamente la realidad plural de Cataluña. La pretendida “identidad” de Cataluña no es otra cosa que la suma de las identidades de los catalanes. Exigimos al PSC que lleve a cabo una política de reconocimiento de la diversidad cultural catalana: las personas tienen identidades múltiples y todas son acreedoras de iguales derechos de ciudadanía. Una idea de ciudadanía que se vincula a la identidad oficial del “pueblo” es, por definición, excluyente y reaccionaria, contraria a las identidades de sus ciudadanos.
El PSC debe renunciar a institucionalizar el concepto de “nación”
Denunciamos que la voluntad de constituirse como “nación” es la clave de bóveda del nacionalismo. El nacionalismo nunca nombra la “nación” en vano. Introducir este término en el Estatuto no es en absoluto una trivialidad, sino que está en la base de la estrategia nacionalista diseñada hace años y que sigue avanzando con éxito: pasito a pasito, alcanzar pequeños hitos graduales que logran no ser rechazados gracias a su aparente intrascendencia, pero que propician la consecución del siguiente hito. Detener el avance nacionalista en el tercer paso del punto anterior (o sea, no conceder la autodeterminación, como desea ERC), concediendo el segundo (o sea, aceptar la existencia de una nación de identidad homogénea, con privilegios sobre un territorio, como desea el PSC), es un grave error, porque no sólo no frena el avance del nacionalismo, sino que lo fortalece al legitimar las inevitables reivindicaciones de futuro: “¿Si somos nación, por qué no tenemos Estado?”, empezaremos a oír en pocos años.
Quienes afirman que Cataluña es una nación tratan de cimentar su apuesta política en al menos uno de estos tres pilares: historia, cultura o voluntad del pueblo. Como ya hemos dicho, desde principios socialistas no es admisible que de una determinada lectura de la historia se deduzca la existencia de una nación, como tampoco es admisible desde el socialismo construir una nación a partir de elementos identitarios culturales. En cuanto a la idea de la “voluntad de autogobierno expresada a lo largo de la historia” -lo que los catalanistas llaman la “conciencia nacional”-, desde el más puro respeto a la democracia sólo podemos afirmar que ese plebiscito popular no se ha producido: aunque nuestros representantes parlamentarios defiendan de manera unánime que Cataluña es una nación, en la calle esa opinión es respaldada por una minoría (según una reciente encuesta de La Vanguardia , por un 21% de los catalanes). Cada ciudadano puede denominar a Cataluña como quiera; jurídicamente, en cambio, la cuestión es distinta: que la palabra “nación” figure en un texto jurídico la convierte en un término gramatical con valor normativo, con fuerza jurídica y con importantes consecuencias políticas. Defender en estas circunstancias que el Estatut consagre a Cataluña como una nación, pretendiendo ocultar todo lo que se esconde tras este término, es asumir el credo nacionalista.
El PSC debe llevar la iniciativa política
Denunciamos el seguidismo de nuestro partido del discurso de ERC. Somos conscientes de que también entre los dirigentes del PSC hay quienes se sienten muy incómodos compartiendo la acción de gobierno con estos defensores de la exclusión. Conocemos su análisis: “Pactar con los fanáticos de ERC -se justifican- es necesario para evitar un frente soberanista CiU-ERC en Cataluña”; pero no compartimos su estrategia. En primer lugar, porque reducir el terreno de juego político al ámbito nacionalista implica disminuir nuestras posibilidades de obtener una mayoría real en Cataluña: no podemos renunciar a que el PSC dé respuesta a todo su electorado y represente también al voto tradicionalmente desatendido; el PSC tiene la obligación de evitar que otras iniciativas al margen del socialismo puedan recoger parte de este voto.
En segundo lugar, porque ninguna razón estratégica para obtener poder político justifica la traición a los principios del socialismo. Pedimos que el PSC marque nítidamente las distancias con el discurso de ERC, hegemónico en el tripartito. Si esto no es posible, mejor será mantener la dignidad desde la oposición que envilecerse desde el poder. El pensamiento y la acción política de ERC son progresistas sólo de nombre: su compañía nos deslegitima. En el resto de Europa sus planteamientos políticos son asumidos únicamente por partidos ultranacionalistas y derechistas que defienden modelos de sociedades de privilegio, cerradas en sí mismas y en las que no todos sus integrantes tienen derecho al mismo reconocimiento oficial.
El PSC debe tener una relación federal con el PSOE
Denunciamos que la relación entre PSC y PSOE no atiende al significado de la palabra federal . El PSC se ha construido como partido marcando las distancias con el PSOE y configurando su relación como confederal. Este tipo de relación limita los derechos de sus militantes, ya que la participación en la conformación de la voluntad del PSOE no resulta de su voluntad, sino de la de sus elites: no existe una relación de militancia directa. Las bases del PSC no ganamos nada con este modelo, al contrario: perdemos la posibilidad de conformar la voluntad del partido resultante de la federación. Este modelo, sin embargo, sí es interesante para la cúpula dirigente, que por un lado puede prescindir de la opinión de sus militantes -que ven así secuestrada su posibilidad de intervenir en asuntos del partido federal que le conciernen- y por otro lado, y como consecuencia de lo anterior, puede actuar ante el PSOE como una voz única territorial, que no transmite adecuadamente el pluralismo interno existente en el PSC. Con este modelo, toda “distancia” entre el partido federal y el partido federado redunda siempre en beneficio de la cúpula dirigente, que ve aumentado su poder. Por ello no es de extrañar que incluso las siglas PSOE hayan desaparecido de nuestro anagrama. Además, no deja de ser una incongruencia decir que España es un estado federal y al mismo tiempo propiciar una estructura de partidos cuyos lazos sean confederales. A no ser que lo que se pretenda sea exportar el modelo “federal” descrito a la relación entre Cataluña y España. Esto sería muy preocupante, ya que supondría una limitación de los derechos de los ciudadanos catalanes, cuya voluntad ya no tendría una representación directa en la conformación de la voluntad federal, sino que estaría siempre mediatizada por la voluntad de la oligarquía local dirigente.
Por otra parte, este modelo de relación confederal, de distanciamiento del PSOE, nos aleja de la realidad de nuestros votantes, que nos votan en cuanto partido federado con el PSOE. Si seguimos considerándonos un partido diferente corremos el riesgo de que, como sucede en las elecciones autonómicas -cuando más claramente se visualiza la diferencia-, parte de nuestro electorado potencial se sienta huérfano de opción política y deje de votarnos.
El PSC debe destapar el oasis catalán
Denunciamos que el catalanismo utiliza la reivindicación nacional para desviar la atención de la acción de gobierno. El PSC ha contribuido a que en el pequeño mundo de la política catalana se consolide una política de falta de transparencia que se traduce en la ausencia de exigencia de responsabilidades políticas. Episodios como el del 3% han generado en nosotros un sentimiento de desconfianza y decepción que va a ser difícil de superar: lo importante no ha sido aclarar si ha habido pago de comisiones ilegales, sino buscar a toda costa el consenso para el Estatut de la nació . El “oasis catalán” es un “hoy por ti mañana por mí”, un agradable sentimiento de seguridad para los políticos directamente proporcional al desagradable sentimiento de fraude para el electorado. Por cierto, el auténtico autogobierno no es una cuestión de proximidad, sino de participación y control de la acción del gobierno. De hecho la experiencia nacionalista nos está demostrando que la proximidad puede servir para lo contrario: blindaje de las elites, medios de comunicación acobardados, clientelismo empresarial y políticos que se han socializado juntos y que resuelven en comidas de amigos lo que deberían debatir en el Parlamento.
El PSC debe ocuparse de mejorar la gestión de gobierno
Denunciamos que el catalanismo del PSC empobrece Cataluña, no sólo cultural, sino también económicamente. Una de las acusaciones del PSC más recurrentes -y mejor fundamentadas- al nacionalismo conservador fue la de no gestionar con eficacia los recursos de que disponía y practicar una política victimista que ocultara todos sus fracasos de gestión. Pues bien, parece que el pujolismo ha generado unas inercias difíciles de corregir: tras constatar que la riqueza de Cataluña crece en proporción inferior a la de otras regiones españolas y europeas comparables, nuestros responsables políticos han reaccionado como sus antecesores en el poder, atribuyendo la decadencia económica al expolio al que nos somete el resto de España. Los liquidadores del PSC-PSOE nos proponen su solución: la única vía posible para que Cataluña vuelva a ser próspera es reducir la solidaridad con el resto de España y recuperar el concepto de saldo fiscal (que como nos recuerda Felipe González fue reintroducido por Margaret Thatcher en la discusión del cheque británico). Nada se dice, sin embargo, del despilfarro que supone desviar recursos públicos desde la inversión productiva para fines exclusivos de exaltación patriótica, nada se dice de las desventajas económicas que generan las políticas identitarias -pérdida de mercados y posible boicot, desaprovechamiento de oportunidades, suspensión de programas de inversión, deslocalización de empresas, ruptura del mercado de trabajo nacional, multiplicación de gastos no productivos, esclerosis de estructuras subvencionadas, freno a la iniciativa, barreras de entrada y promoción para los trabajadores, disminución del crecimiento económico…-, nada se dice de los problemas de gestión que ocasiona la selección de las personas que ocupan altos cargos con responsabilidades públicas más por su adhesión a la causa nacional que por su cualificación… El catalanismo sigue empeñado solamente en “ser” o en “tener más poder”, en lugar de en “hacer algo” con el poder que ya tenemos. Nosotros pedimos al PSC que la acción de nuestro gobierno se concentre en modernizar el país, en promover la prosperidad de sus ciudadanos y en mejorar la gestión y la eficiencia de su administración y recursos públicos.
La obsesión nacionalista debe dejar de actuar como un lastre para nuestro avance y desarrollo.
El PSC debe proponer un nuevo modelo de país
Denunciamos que después de 39 años de nacionalismo español y 23 años de nacionalismo catalán, Cataluña sigue sin conocer un modelo político de país que sume a todos sus ciudadanos. Existen dos Cataluñas: la Cataluña del patio, donde los niños hablan en libertad, y la Cataluña del aula, donde se impone la identidad única; la Cataluña de la calle, donde la convivencia en la diversidad es perfecta, y la Cataluña de la Administración, donde la ficción normalitzada se impone a la realidad normal. Más de un 80% de los ciudadanos de Cataluña vive con naturalidad su sentimiento de pertenencia a Cataluña y a España. Muchos pensábamos que con la tan esperada llegada del PSC a la Generalitat conoceríamos por fin una Cataluña plural, integradora y abierta, que no desaprovechase su fuerza interior poniendo barreras identitarias, que no echase a perder buena parte de su potencial de crecimiento, que no generase un más que comprensible rechazo en la comunidad española a la que pertenece. Pues bien, el PSC está ya en el Gobierno y, a pesar de ello, la ambición política se sigue reduciendo a la exaltación de los símbolos nacionales y la acción política se sigue suplantando por la reivindicación permanente de mayores cuotas de autogobierno. A Cataluña se le ha vuelto a escamotear un modelo político honrado con su ciudadanía. Hacemos una llamada a los responsables políticos del PSC para que propongan para Cataluña un paradigma de sociedad alternativo a los defendidos hasta ahora por el nacionalismo.
