De cine
Autor: Rosa Olivares
Revista: Express, Revista de Información y Debate sobre Arte Actual nº 44

Una vez que el ministro César Antonio Molina ha pasado al escueto e insignificante limbo de los ex ministros de Cultura, empezamos a contar esos famosos cien días de tregua que se le suelen dar a todo alto cargo y que también le daremos a Ángeles González-Sinde, la nueva ministra de Cultura. Una ministra que en primer lugar completa una serie de cuotas que vienen a ser tan importantes como los planteamientos ideológicos: equipara el balance de sexos en el gobierno socialista -empate a nueve-; cumple la ley no escrita de que una ministra no debe superar la talla treinta y ocho -si es ministro la barriguita y la calvicie no importan-; y finalmente es joven e inexperta. Últimamente estas son las exigencias base para aspirar a una cartera de Cultura (alguna otra también, sobre todo si se necesitan mujeres). Pero no debe preocuparse la nueva ministra, el nivel ministerial en este ramo no es muy alto y últimamente hemos tenido una serie de ministros tan olvidables que hasta César Antonio Molina, a pesar de su afición a la fotografía (sobre todo al retrato oficial), de publicar libros estando en el Gobierno, de su afán anexionador, e incluso a pesar de su peinado, ha sido el más destacado de todas (recordemos a Carmen Calvo, a Esperanza Aguirre, o a Pilar del Castillo…).
Pero quiero recordarle a la señora González-Sinde que el cine es conocido entre los cursis como «el séptimo arte», es decir, que hayal menos seis artes más. Y hoy en día, algunas más por lo menos formalmente. Entre ellos no sólo debe sumar el teatro, la danza,la música, la literatura, sino las artes visuales, plásticas, o las tradicionales Bellas Artes, entre las que además de la pintura, el dibujo, la arquitectura, o la escultura, hoy hay que hablar del vídeo, la fotografía, la instalación, la performance…, que los dos últimos premios nacionales han sido artistas conceptuales, es decir raros, para que nos entienda, como lo que antes se llamaba «cine de arte y ensayo» y que hoy no sabemos ni cómo se llama ni dónde se puede ver.
El primer temor de un sector como el de las artes visuales ha sido el de la ignorancia habitual sobre quiénes somos, qué hacemos, a qué dedicamos el tiempo libre y, obviamente, saber que no es «una de los nuestros», una vez más. Ningún ministro ha procedido nunca, creo recordar, de este sector, es decir: ni galeristas, ni teóricos, ni artistas, ni nada relacionado con un sector que si bien no es el motor industrial del país sí maneja una producción importante y una muy importante imagen del país. Claro que no tanto como Pe, Banderas o Bardem, o como Almodóvar. Y es que todos conocemos a cualquier actor de tercera categoría, pero nadie de la industria del cine conoce a un artista más allá de Antonio López, que salía en una peli de Víctor Erice (esa era todavía de arte y ensayo, sobre todo de ensayo).
Muchos se quejan de que el cine se lleva todas las ayudas, todo el mérito y todo el prestigio de la cultura, algo que no es lo peor en un país en el que un torero, una cantante de copla y un corredor de coches son la esencia de «la cultura» nacional. Pero hay que reconocer que «la tierra para el que la trabaja», la fama, el mérito para el que se pone en primera fila en una manifestación, para los que abuchean a un gobierno en el Congreso. Las nueces para los que hacen el ruido. Aquí no tenemos el ¡HOLA! (sólo revistas como esta), ni premios Goya (sólo los Velázquez) con su horario prime time en la televisión de todos, aunque parece sólo de ellos. Reconozcámoslo: tenemos menos glamour. Y muchos ni siquiera leen más.
En el mundo del arte no hemos sabido ni representarnos a nosotros mismos, y nuestras asociaciones (todas, desde las de artistas hasta las de críticos, directores de museos o galerías) han nacido de grandes propósitos y honestas necesidades y se mantienen por las mediocres ambiciones de unos y las necesidades de otros, pero nunca hemos tenido cara como grupo, sino jeta como individuos. No parecemos serios y tal vez es que no lo somos. Pero, de verdad, señora ministra, queremos serlo. Y nos encantaría que supiera quiénes somos, a qué nos dedicamos, qué hacemos, y que le importaran nuestros problemas, porque al final «…todo en la vida es cine y los sueños cine son».
