Artículos

DE LA VERBENA A VALLECAS: DIVAGACIONES EN TORNO A LA PRIMERA MARUJA MALLO

1 enero 2000 · Por simple

Autor: Juan Manuel Bonet

Revista: Arte y Parte nº 82


 

Con cuatro verbenas de buen tamaño, expuestas en 1928 en plena Gran Vía madrileña, en un lugar moderno y tan visible entonces como la redacción de Revista de Occidente, Maruja Mallo ingresó de golpe en el núcleo duro de la vanguardia española, entonces en pleno proceso neopopularista. Repasar los textos que entre aquel año, y 1936, se publicaron aquí sobre ella en la prensa y en las revistas literarias -recuerdo haberlo hecho con ella, que tenía todos esos artículos pegados en un gran álbum: la escena fue hace siglos, una tarde, en casa de José Vázquez Cereijo, que tanto la trató-, permite comprobar hasta qué punto calaron aquellas propuestas, y otras que les siguieron. También interesaron las Estampas deportivas, populares, cinemáticas y de máquinas y maniquíes, todo tan epocal, tan perfecto, tan Gran Vía en el fondo. Qué precioso, concretamente, Elementos de deporte, y qué sugerentes, entre otras cosas por la conexión Rafael Alberti, sus imágenes inspiradas en actores norteamericanos, y qué buenas las cubiertas, dentro de ese mismo espíritu, para Hércules jugando a los dados (1928), de Ernesto Giménez Caballero, o para Hollywood (1931), del peruano Xavier Abril, tan próximo entonces a Alberti. Pero no me cabe la menor duda de que hubiera sido menor el impacto de aquella muestra, sin las rutilantes Verbenas, el principal acierto de la primera Maruja Mallo.

La propia Maruja Mallo, en el primer capítulo («1928») de su libro Lo popular en la plástica española a través de mi obra (1928-1936), acierta a traducir a palabras esas verbenas suyas, una de las cuales está en el Musée National d’Art Moderne de París, en el Pompidou, que la presta regularmente a España, pero que probablemente no la exponga jamás de los jamases, como o expondrá jamás de los jamases sus dos solanas. Texto que dice su amor por un cierto Madrid popular frecuentado por ella y por otros durante los años veinte, un Madrid que evidentemente en el momento (1937) en el cual ella escribía aquellas líneas, había quedado atrás, sustituido por el exilio porteño y la consiguiente nostalgia, un Madrid al cual de hecho tardaría casi treinta años en volver.

Colocar la verbena, en un piso de la Gran Vía, el piso de la revista más europeizante de aquella España: ascensión hasta el Madrid neoyorquino, del Madrid de San Antonio de la Florida y de la Verbena de la Paloma. Entre los testigos de aquella ascensión a aquella «piscina acuárium», como él define el local, Ramón Gómez de la Serna, el primero en realizar -por lo demás, magistralmente- la conexión vanguardia-casticismo, y que escribiría cosas maravillosas sobre esas verbenas, en su monografía porteña de 1942 sobre la pintora. «Aparece Maruja Mallo, como una verdadera primavera nueva en el aire de Madrid, como un regalo de mayo en confundida ortografía. Viene verbenera». Y así sucesivamente. Otro testigo más: Federico García Lorca, citado en el texto ramoniano, al igual que Ortega, que Alberti y que Ernesto Giménez Caballero. Y otro más: José Díaz Fernández, una especie de Franz Roh de andar por casa, que en su bonita novela madrileña, muy granviaria, La Venus mecánica (1929) convertirá a la pintora en «Maruja Montes».

Una fuente. Maruja Mallo, y Walter Spies. No he visto al natural el tiovivo del alemán, y hasta hace poco sabía bien poco sobre la vida y milagros del pintor, pero gracias primero a mi amigo Emmanuel Guigon, y luego a internet, ya se más, y ya al menos he visto reproducido en colores el cuadro del tiovivo, lo cual está mejor que conocerlo por la malísima fotografía en blanco y negro del Franz Roh, que fue, obviamente, donde la pintora fue a fijarse en esa escena, que desencadenó en ella la idea de hacer algo similar, con las verbenas madrileñas. El color, en ese cuadro de Spies, tiene algo de eléctrico, de fluorescentemente verbenero. Curiosa, por lo demás, la amplia fortuna de aquel tiovivo entre nosotros, de la cual estoy seguro de que al alemán ni noticia le llegó. Walter Spies, una novela: sobre todo su vida en el Extremo Oriente holandés, donde es consideradísimo y objeto incluso (la que fuera su casa) de turismo.

Pero volvamos de Indonesia, a las riberas del Manzanares. Las verbenas madrileñas «circa 1927», merecerían ser un día objeto de una exposición de gabinete, de cámara. Verbenas de Maruja Mallo, que son el fruto más perfecto. Pero verbenas también del Ramón del Valle-Inclán poeta, de Salvador Dalí (aunque en este caso la fiesta tenga lugar en su ciudad natal), de Carlos Sáenz de Tejada (el melancólico y ultraizante Pim Pam Pum expuesto en los Ibéricos, un cuadro monumental, de cuyo disfrute nos priva el nuevo montaje del Reina), de Alfonso Ponce de León -condiscípulo de la pintora, y otro que estudió atentamente el Franz Roh-, de Gabriel García Maroto (su delicado álbum de dibujos Verbena de Madrid, 1927, editado, en cien ejemplares firmados y numerados, por la editorial aneja a La Gaceta Literaria), de Joaquín Turina, y obviamente de Giménez Caballero, que fue quien captó la esencia de todo aquello…

Curiosa alemanización de las verbenas españolas. Si las de Maruja Mallo son un cruce de Franz Roh (de Walter Spies), y de, sí, San Antonio de la Florida o de la Verbena de la Paloma, la recién aludida Esencia de verbena (1930) de Giménez Caballero (donde Maruja Mallo sale, a través de sus cuadros, mientras comparecen en persona Ramón Gómez de la Serna y otros escritores afines, como Miguel Pérez Ferrero o Samuel Ros) es un cruce de lo mismo, y de la fantástica sinfonía metropolitana berlinesa de Walter Ruttmann (1927), un modelo imitado en todo el mundo, de París a Sâo Paulo. Eso queda claro, sobre todo, si cotejamos los respectivos finales: ambos con fuegos de artificio en el cielo nocturno de las respectivas capitales, y un FIN que en el alemán es puramente geométrico, mientras en el madrileño busca la geometría -y el detalle es sencillamente genial- en lo más cercano y castizo, concretamente en la rueda del barquillero…

El camino a Vallecas. La por siempre barradiana Puerta de Atocha, puerto de Madrid como lo veían algunos ya por aquel entonces, punto de partida ideal para deambular hacia el Sur, hacia el alfoz, hacia la periferia, hacia el extrarradio. Los arrieros de Vallecas y otras localidades de ese extrarradio, en los maravillosos cuadros que Barradas pintó a partir de su rumiar las horas pasadas en el Gran Café Social y de Oriente, aquél donde estableció su tertulia de los alfareros, aquel que dice Cansinos-Asséns en el correspondiente lugar de su Novela de un literato. La misma atmósfera de suburbio impregnado de ruralidad, en el dibujo de Alberto, 1924, para la revista lucense Ronsel, dibujo cuyo original pertenece a la colección del Reina Sofía.

El camino a Vallecas: en el caso de Maruja Mallo, el camino, inicialmente compartido con Alberti, a su subsuelo, a sus Cloacas y campanarios, serie expuesta en París, en 1932, nada menos que en la Galerie Pierre, la galería de Pierre Loeb, la sala oficiosa de los surrealistas, donde también se expuso, aquel mismo año, el trabajo asimismo vallecano de Benjamín Palencia.

Vallecas pintado (Benjamín Palencia, el Alberto pintor, Luis Castellanos, Juan Manuel Díaz-Caneja, Nicolás de Lekuona, Maruja Mallo, el mejor Antonio Rodríguez Luna, un cierto Miguel Prieto), dibujado (el Timoteo Pérez Rubio ilustrador de La voz apasionada, 1932, de Julio Alejandro) o construido en el aire (el Alberto escultor, el lanzaroteño madrileñizado Pancho Lasso, Eduardo Díaz Yepes, el Tonico Ballester que colabora con el ceramista Alfonso Blat), pero también, aunque se ha hablado menos de ello, Vallecas escrito. Escrito, en primer lugar, por algunos de los propios artistas. Leer a Maruja Mallo, el capítulo «1932» del citado Lo popular en la plástica española a través de mi obra, y leer en paralelo a Alberto (las celebérrimas «Palabras de un escultor», en 1933, en el nº 2 de Arte, la revista de la SAI), y a Benjamín Palencia (el prólogo a su monografía editada en 1932 por Plutarco): tres textos vallecanos hermanos, a los cuales hay que sumar sin dudarlo el capítulo correspondiente de la mencionada monografía ramoniana en torno a la pintora, capítulo donde habla de cómo «entró Maruja Mallo en la época del cardo, el esqueleto cardenchoso y la raspa de sardina -pluma de hueso- de la sardina máxima, salida de una lata como un sarcófago de tamaño humano». Prosas para decir una Castilla que es también -pero hay tantos matices como creadores implicados en este sueño, e inicialmente el matiz de Maruja Mallo es más sombrío que el de cualquier otro de sus compañeros de aventura- la Castilla del Libro de jubilosa de Juan Manuel Díaz-Caneja, la Castilla de tantos poemas (sobre todo, del exilio) de José Herrera Petere -amigo del alma del anterior-, la Castilla del aragonés Gil Bel, la Castilla de cierta zona de la obra de Miguel Hernández… Prosas de pintores, prosas de escritores, poemas poblados, como los cuadros y las esculturas coetáneos -recordar también unas espléndidas fotografías, las que a Maruja Mallo le toma, en Cercedila, su hermano Justo-, de mieses, de desmontes, de piedras, de fósiles, de cardos, de hojas secas y de cenizas, de huesos de animales o de seres humanos, de pájaros y de espantapájaros, de telarañas, de lagartos y de sapos y de ratas, de excrementos, de montones de basura, de esos viejos zapatos que décadas después harán su aparición en la pintura de Manolo Millares…

Qué bien escriben estos artistas, y qué bien escribe, concretamente, Maruja Mallo, sobre esta «plástica que ha surgido de los arrabales y de las afueras de Madrid». Cardos «sosteniendo residuos de mitras, chisteras y andrajos». El suelo agrietado: exacta imagen de Tierra y excrementos (1932), uno de los cuadros suyos de ese período que se conserva en el Reina Sofía. Imágenes extremas: «Todo está calcinado y mordido por el azufre».

Excrementos, alcantarillas. En varias ocasiones he llamado la atención sobre sendos textos de Juan Ramón Jiménez aparecidos en La Gaceta Literaria, «Poetas de antro y dianche», de 1930, y al año siguiente «Satanismo inverso», donde arremete contra los artistas de la alcantarilla, un Rafael Alberti «lamentablemente separado de su propio y bello ser natural por la calcomanía verdiblanca de María Mallo», Salvador Dalí, y la propia Maruja Mallo, autora de «estamperías de basura» y a la cual él también ve alemana, aunque el poeta no dispara del lado del realismo mágico a lo Franz Roh, sino del expresionismo… (No lo cita, pero obviamente en mente también debía tener Juan Ramón Jiménez, al propio director de la revista, su pionero Yo, inspector de alcantarillas, de 1928, con su cubierta arpiana-daliniana).

Alberti, en un texto tardío sobre Alberto, deja clara su pertenencia a ese universo que simboliza el nombre de Vallecas, universo donde cuenta con un cómplice de excepción en Herrera Petere, el poeta apasionado por la geografía, y especialmente por la geografía de España. Alberti: «aquellos pueblos y tierras vallecanos en los que soñábamos con la creación de un nuevo arte español y universal, puro y primario como las piedras que encontrábamos allí pulidas por los ríos y las extremas intemperies».

Ecos poéticos, anunciando ya el camino del largo exilio de la pintora en el Nuevo Mundo. Maruja Mallo, dedicataria de «La historia viva bajo el acueducto inmortal», uno de los poemas, de temática segoviana como su título indica -en él salen los Comuneros, y la Mujer Muerta, «un dramático telón de fondo a la tierra rojiza»- , del libro español, madrileño, La rosa blindada (1936), del poeta comunista argentino Raúl González Tuñón, que la conocía de la tertulia de la Cervecería de Correos. Libro casi desconocido aquí. Su cuerpo central son poemas sobre la Revolución de Asturias de 1934. Pero fijémosnos ahora en una sección, «Otros poemas de España», que incluye ese poema a la pintora al que acabo de hacer referencia, y otro (Visita al Escorial) que nos coloca ante un Alberto escurialense y a la vez premonitoriamente moscovita, y otros más, todos ellos de temática madrileña, dedicados a Manuel Altolaguirre y Concha Méndez (El reloj de Gobernación), Delia del Carril (El Arco de la Sangre), Federico García Lorca (La leyenda negra enterrada bajo el viaducto muerto), Pablo Neruda (Asalto nocturno a la Plaza de la Villa), más otro (El carro de la aurora) que se inicia con una cita del compositor chileno Acario Cotapos, figura legendaria donde las haya. Leer todos estos poemas, en clave vallecana. (Sobre la aludida conexión entre dos correligionarios, Alberto y González Tuñón, que se reencontrarían fugaz y emocionadamente en el Moscú fifties -en el reencuentro también estaría presente el arquitecto Luis Lacasa- he escrito largo y tendido en un texto, «Alberto y Raúl González Tuñón: Ensayo de microhistoria», al cual remito al posible lector interesado, que lo encontrará en el catálogo de la retrospectiva, comisariada por Jaime Brihuega y Concha Lomba, que el Reina Sofía dedicó en 2001 al escultor toledano).

Más ecos poéticos, y nuevamente novomúndicos. Maruja Mallo, caminando por aquellas calles del esparto, del lado de la Plaza Mayor y del Rastro, en compañía de Pablo Neruda, tal como este lo recuerda en el lugar correspondiente de sus memorias, en unas páginas a las cuales siempre les he encontrado una magia muy especial, y aquí hay que citar de nuevo aquello de «por los barrios bajos buscando las casas donde venden esparto y esteras, buscando las calles de los toneleros, de los cordeleros, de todas las materias secas de España». Neruda: otro vallecano, por algún lado, y así hay que entender sus repetidos homenajes a Alberto, ese Alberto al cual, en un gran título, retrató como «huesudo y férreo».

Maruja Mallo, sí, en «las casas donde venden esparto y esteras», Maruja enamorada de «todas las materias secas de España»: recordar, por ese lado, que ella, con razón, les concedió siempre gran importancia a sus preciosas escenografías, que debido al estallido de la guerra civil quedaron en estado de proyecto -sólo se conservan sus preciosas fotografías sepia-, para el Clavileño cervantino de Rodolfo Halffter -otro futuro exiliado- para la Residencia de Estudiantes.

Maruja Mallo, ya lo he indicado, huesped, en el París de 1932, de la Galerie Pierre. Embajadora de Vallecas, al igual que Benjamín Palencia, en aquel París surrealista, donde Espantapájaros pasa a la colección de André Breton. De ahí ella volverá a un Madrid donde ingresará, como la mayoría de los vallecanos, en el efímero Grupo de Arte Constructivo de Joaquín Torres- García, y de ese contagio le quedará, como a Benjamín Palencia o a Luis Castellanos, un fuerte interés -en su caso más que en ninguno, lleno de consecuencias para su obra- por la geometría, por el Número de Oro, por los libros entonces leidísimos de Matila C. Ghyka, que con tanto provecho estaba leyendo también Salvador Dalí…

Maruja Mallo, según Alberto, según ella misma me lo recordaba un día: le parecía «demasiado del Mont Blanc, y demasiado poco de Vallecas».

Construcción, pero pese a las reservas de Alberto, bastante poco Mont Blanc en Maruja Mallo. Del lado de Vallecas seguimos, aunque en menos sombrío, con mayor armonía y mayor luminosidad, en las aludidas escenografías para Clavileño, y también en las Naturalezas humanizadas, en las Arquitecturas minerales y vegetales, en las Construcciones rurales, en las Edificaciones campesinas, en la épica de La sorpresa del trigo. Todo ello, explicado, y nuevamente con las palabras más adecuadas, en el tercer y último capítulo, en el tercer acto, «1936», de Lo popular en la plástica española a través de mi obra. Capítulo obviamente centrado en su exposición de aquel año en el Centro de Estudios de la Construcción, sede de las actividades de ADLAN-Madrid, la entidad organizadora de la muestra, y un poco antes, en el mismo espacio, de una exitosísima retrospectiva de Picasso. Capítulo que a mí me trae el recuerdo ya lejano de lo que siempre nos contaba la pintora, sobre la impresión de majestuosidad que le produjo el desfile del Primero de Mayo de 1936. Ahí, La sorpresa del trigo: «Manifestación de creencia que surge de la severidad y la gracia de las dos Castillas, de mi fe materialista en el triunfo de los peces, en el reinado de la espiga». Sobre todo aquello, previo tan sólo unas semanas al estallido de la guerra civil, y a su propia fuga a Buenos Aires, también dice cosas exactas Ramón Gómez de la Serna en su monografía, donde habla, por ejemplo, de la conquista de «lo arquitectural impasible».

18 de Julio de 1936, apenas unas semanas después de la exposición del Centro de Estudios de la Construcción, que se había clausurado el 5 de junio, y a la que había seguido otra de Mariano Rodríguez Orgaz. Final de toda una época. Final de las verbenas, dispersión de los verbenistas, y también de los vallecanos. Maroto, en la trastienda de la propaganda republicana. Alberti y Miguel Hernández y Alberto y Rodríguez Luna y Miguel Prieto y Eduardo Díaz Yepes y Herrera Petere y Caneja y Rodolfo Halffter, activísimos ellos también -el primero, en primer planoen esas filas. Alberto con su tótem (El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella) en París, y luego en la URSS, nostálgico de Vallecas y la Mancha, una Mancha que en 1957 recreará en la estepa, para la película El Quijote, de Grigori Kosintsev. Rodolfo Halffter y su Clavileño ya mexicano. También mexicanos y nostálgicos, Rodríguez Luna, y Miguel Prieto, este último más vallecano allá que aquí. Eduardo Díaz Yepes encarcelado y luego regresando al Uruguay torresgarciesco que ya había sido, antes de la guerra civil, su tierra de elección. Benjamín Palencia silencioso en su rincón toda la guerra en Madrid y luego en la posguerra intentando convertir Vallecas en Escuela. El falangista Alfonso Ponce de León, asesinado en una cuneta durante el largo verano de 1936: algo intuido por él, confusamente, en su prodigioso Accidente. Luis Felipe Vivanco entregado durante la contienda a tareas de propaganda franquista, pero con el tiempo brotarán en él, en verso y prosa, infinitas nostalgias de Alberto y de Herrera Petere y en general de lo vallecano. Carlos Sáenz de Tejada, en el mismo bando: uno de los pilares de Vértice, y futuro ilustrador de la Historia de la cruzada. Giménez Caballero escondido y luego fugado a la zona rebelde, él también, donde tendrá mando en plaza, aunque el premio envenenado será Asunción, Paraguay. Maruja Mallo a la inversa huyendo despavorida de la Galicia insurrecta, refugiándose en el vecino Portugal, marchando luego a Buenos Aires… Terrible Giménez Caballero, durante la guerra civil y la inmediata posguerra, renegando de todo aquello: se acuerda todavía de «Notre Dame de la Aleluya», como la había bautizado en la época del fervor, pero ahora la contempla enfrente, como enemiga, como objeto de imprecación, pues está en la época de sus imprecaciones antimadrileñas, tan bien estudiadas por Fernando Castillo en el capítulo correspondiente de su libro de próxima aparición en torno al sentimiento antimadrileño en la literatura española moderna. La juventud, viene a escribir el exvanguardista -no tengo la cita exacta a mano mientras escribo estas líneas-, ya no está para verbenita de Maruja Mallo…