El artista
Autor: Rosa Olivares
Revista: Express, Revista de Información y Debate sobre Arte Actual nº 38
Cuando se explica que el concepto de artista tal y como hoy se usa es algo imposible de adaptar en su momento histórico a personajes como Leonardo, Munch o Van Gogh, a ellos que han sido los que han definido, tanto por su obra como por su actitud, la imagen del artista, la duda e incluso la burla asoma a los rostros de un público (sea del sector educativo – clases, como del sector espectáculo – conferencias), que piensa el ayer como una simple antesala del hoy, sin otra razón de existir que ilustrar algún póster y componer alguna exposición de esas que sí que son buenas (porque el público va en masa, no por otra cosa).
El artista es hoy un ser mediático, básicamente vinculado con el éxito económico, la belleza y la juventud. Hay que ser rico, famoso y ocupar la portada de The Times antes de los 40 años, si no ¿para qué? Hoy el artista por excelencia no tiene que estar vinculado con la sociedad ni con sus problemas, pues vive en otro mundo. De hecho esta confusión dramática respecto al artista (que hoy en día se autodefine, sin demostrarse ni probarse su excelencia) se extiende a la cultura. Hoy la cultura en sentido popular es el deporte, esa pléyade de cuerpos excesivos con talonarios espléndidos y cerebros sin cultivar. Hace poco el entrenador nacional de España de jockey sobre hierba recomendaba a Cristiano Ronaldo que hiciera alguna actividad cultural, por ejemplo leer un libro. Menos mal, que alguien, aunque sea de la periferia del éxito, todavía distingue entre leer un libro y meter un gol.
El artista hoy es, sobre todo, un triunfador, rico, súper-rico, que hace objetos inasequibles y preferentemente incomprensibles, que se subastan a precios inalcanzables que superan los presupuestos de ONG’s e incluso los de los sectores de cultura o educación de países desarrollados. Por ejemplo Damien Hirst, que, además de todo esto, resulta que también es un gran artista, pero no por lo que la mayoría cree sino por sus obras.
Hay artistas cuya obra consiste en contratar a dos jóvenes actores en paro para que se besen apasionadamente cada vez que alguien entra en la sala del museo en la que esperan aburridos el «momento decisivo» para luego sentarse otra vez; o en contratar a un grupo de deportistas para que corran en las galerías de un museo mientras un público, supongo que escaso y asombrado, intenta mirar las obras, las otras obras, que cuelgan como antiguallas en las paredes. Son artistas que se niegan a casi todo excepto a cobrar (no a las entrevistas, no a las fotos de sus obras… ¿qué fotos?, ¿qué obras?). Y a triunfar, aunque sea por quince minutos.
No me pidan que se lo explique, esto sólo es una revista de arte.
