Artículos

El Café de la Paix

1 enero 2000 · Por simple

Autor: Joaquín Lledó

Revista: Álbum. Letras y Artes nº 97


                         EL CAFÉ DE LA PAIX

 

 

Una tarde, sentado en el Café de la Paix, observaba la miseria y el esplendor de la vida parisina, asombrándome, con mi vermouth en la mano, de la imagen de orgullo y desamparo que se mostraba ante mí.

                                                   Oscar Wilde

 

 

Sentarse en uno de los sillones de mimbre de su famosa terraza y con una copa en la mano, como dice que hacía Oscar Wilde, dejar pasar París ante nuestros ojos. Contemplando los bulliciosos bulevares o, llegada la noche, observando al público que se dirige hacia la Ópera. Gozando del constante y variado espectáculo, pero también, a veces, dejándonos llevar por las ensoñaciones, por los recuerdos, pues muchas son las anécdotas que acuden a nuestra imaginación aquí, en el Café de la Paix del Grand Hotel. Si entornamos los ojos incluso nos parecería estar viendo, allí, en aquella mesa del fondo tal como era su costumbre, al mismísimo Proust. Tal como lo describe Léon Daudet, bebiendo oporto a sorbitos mientras pela una pera con gestos lentos, con “la piel mate, el cabello color ala de cuervo y una mirada de cervato”.

El Café de la Paix. Por supuesto, un café que han estado frecuentando desde hace más de un siglo y medio famosos escritores y artistas. Desde la Belle Epoque a nuestros días. Pero el Gran Hotel y el Café de la Paix no son sólo eso. No sólo. Porque de alguna manera son las ciudades que habitamos y la manera de vivir en ellas, es decir, el mundo que conocemos, lo que comenzó en este lugar. Aquí, en el mismísimo corazón de esa reforma del barón Haussmann que transformó París e inauguró una nueva era del urbanismo. Una reforma que dio nacimiento en París a los bulevares, a la Ópera y, por supuesto, al Grand Hotel. Pero una reforma que no se limitó a París, sino que también sería imitada en otros lugares de Europa, inspirando las transformaciones urbanísticas de Budapest, Barcelona o las de otras muchas ciudades y transformando radicalmente el mundo.

En el proyecto que, en 1852, nada más instaurar su Imperio, Napoleón III había encargado al barón George Eugène Haussmann, participaron activamente todos aquellos que estaban implicados en la revolución industrial, muy especialmente el grupo de los sansimonianos, muy presentes entre los ingenieros, los arquitectos y los financieros implicados en el ferrocarril y en todas las importantes obras públicas que en este periodo se llevaron a cabo. Pese a ello el proyecto de Haussmann también despertó muchas críticas y creó muchos descontentos, pues fueron muy numerosos –más de 350.000- los parisinos de origen modesto que fueron desarraigados de sus hogares y trasladados a barrios de los alrededores. Borrando de un golpe los callejones oscuros y sucios –pero también cargados de vida e historia- del París medieval, más de 20.000 casas fueron destruidas. En su lugar se edificaron 40.000 nuevas, que vinieron a habitar los miembros de una clase que iba a hacer historia: la burguesía. Se trazaron 845 kilómetros de nuevas avenidas y calles, todas ellas pavimentadas, con alcantarillado e iluminadas con faroles de gas, y todas ellas flanqueadas por casas de una misma altura que armonizaban sus fachadas.

Es en el centro de este nuevo y elegante barrio donde el arquitecto Charles Garnier construyó, entre julio de 1862 y enero de 1875, su fabuloso Teatro de la Ópera. Y a su lado, en un solar triangular de 8.000 metros cuadrados, es donde se edifica el Grand Hotel con el objetivo de ofrecer un alojamiento de lujo a los ilustres visitantes que debían acudir a la Exposición Universal proyectada para 1867. Financiada la obra por los hermanos Pereire, unos banqueros sefarditas que eran fervientes sansimonianos, todo se cuidó con mucho esmero. Se trajeron piedras de las canteras de Chantilly, situadas a más de 60 kilómetros. Y se eligió como arquitecto a Armand Alfred, que había construido en París las estaciones de Saint-Lazare y Saint-Germain-en-Laye y algunas otras en las regiones del Norte, pero, sobre todo, que era quien había edificado el Hotel del Louvre, considerado entonces el más bello de la ciudad. Aunque por poco tiempo, porque éste era ahora un puesto al que aspiraba el Grand Hotel, con sus 800 habitaciones y sus 65 salones decorados por prestigiosos escultores, pintores y decoradores.

Se inauguró en 1862 y muy pronto se convirtió en el lugar de moda, y no sólo para los clientes que acudían a alojarse, sino para el tout Paris, pues contaba con varios restaurantes y, evidentemente, con el muy pronto famoso Café de la Paix.

Los personajes que han pasado por este lugar son, en verdad, innumerables. Aunque afortunadamente de muchos de ellos ha quedado traza, pues no hay que olvidar que el Grand Hotel ponía a disposición de sus clientes los servicios de un fotógrafo, que era nada más y nada menos que el famoso Félix Tournachon, llamado Nadar, cuyo taller se hallaba enfrente del hotel, en el 35 del bulevar de Capucines. Fueron asiduos del Café de la Paix escritores como Gustave Flaubert, Guy de Maupassant, los ya citados Marcel Proust o el inglés Oscar Wilde entre muchos, muchos otros, pero también pintores y músicos, como el compositor Massenet, que era asiduo, e incluso cabezas coronadas, pues también lo frecuentó mucho Eduardo VII durante su turbulenta vida parisina de príncipe.

También fue sin duda cliente habitual Émile Zola, que hace morir a la protagonista de su célebre novela Nana en la habitación 401 del Grand Hotel. Un lugar que se convertiría en el marco de los más prestigiosos acontecimientos de la vida artística. Así, es en sus salones donde celebró Víctor Hugo, el 9 de diciembre de 1877, el éxito de la reposición de su Hernani, y luego, el 14 de octubre de 1879, la centésima edición de su Nôtre Dame de París, y todavía, el 26 de marzo de 1882, es aquí, sólo tres años antes de morir, donde recibe el escritor, convertido ya en una gloria nacional, un extraordinario homenaje. Y es aquí donde, en 1902, tendría lugar la primera reunión de la recientemente creada Academia Goncourt.

También está muy pronto presente en el Café de la Paix y, por supuesto, en el Grand Hotel esa prensa que comienza a ser cada vez más importante e influyente. Así, por ejemplo, el 23 de octubre de 1869 el riquísimo James Gordon Bennet Jr., fundador del International Herald Tribune, que allí reside habitualmente, recibe en el salón 36 del Grand Hotel a un oscuro periodista llamado Henry M. Stanley a quien encarga un extraordinario reportaje, ir a África y encontrar al desaparecido doctor Livingstone. Y como muchos otros escritores y periodistas anglosajones Stanley pasa gran parte de su tiempo en París en el Café de la Paix.

Durante la Primera Guerra Mundial una parte importante del hotel es convertida en hospital militar. Pero, pese a la guerra, el Café de la Paix continúa siendo muy frecuentado. Una ilustración de Sabattier titulada La Terrassa du Café de la Paix nos muestra el extraordinario ambiente, con todos esos militares, franceses ingleses o norteamericanos. No es extraño que fuese en una de las habitaciones del Grand Hotel donde la aventurera Mata Hari fue detenida el 13 de febrero de 1917.

El Grand Hotel y el Café de la Paix poseen una extraordinaria colección de autógrafos de sus clientes y una colección de retratos realizadas por el fotógrafo Marcel Thomas, que durante los últimos cincuenta años ha estado captando la imagen de todas las personalidades que han frecuentado este lugar. La lista es en verdad interminable. Podría decirse que todos aquellos personajes que por una razón u otra nos han interesado o nos han hecho soñar durante el último medio siglo, han pasado, en el algún momento de su vida por este lugar.