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El círculo negativo de las negatividades

1 enero 2000 · Por simple

Autor: José Félix Tezanos

Revista: Temas para el Debate nº 182


El momento cumbre del pesimismo histórico español fue encarnado posiblemente por la generación del 98, al socaire de un conjunto de circunstancias negativas. El problema es que tal tipo de pesimismo se ha proyectado ampliamente en la historia de España, conformando un poso escéptico-pesimista que se ha mantenido prácticamente hasta nuestros días. El famoso dicterio unamuniano de «África comienza en los Pirineos» en realidad reflejaba una apreciación escasamente esperanzada sobre el futuro de España como nación moderna y avanzada.

Por eso no es extraño que en cuanto las cosas vienen mal dadas rebroten similares tristes quejidos sobre los males de la patria. De hecho, al calor de la actual crisis económica no son pocas las exageraciones y simplificaciones que se están escuchando, y que pueden tener el efecto de teñir de pesimismo y negatividad los análisis políticos en una forma que lleva a reduplicar los efectos de la crisis, menguando y paralizando la misma voluntad y capacidad para salir de ella.

La España atrasada que quedó atrás

En muchos aspectos la España actual no se parece en nada a la que suscitó tan negras reflexiones por parte de los intelectuales del 98. Ni siquiera es posible parangón alguno con la realidad socio-económica y cultural del período más crítico del que las generaciones aún vivas puedan guardar recuerdo. Por ejemplo, en los años treinta del siglo pasado casi la mitad de la población activa era agrícola y el 44% de los españoles era analfabeto, proporción que llegaba al 58,2% en las mujeres. Los campesinos y los trabajadores manuales cobraban salarios de miseria y la renta media de los españoles era sólo un 40% de la que tenía un alemán de la época, y un 35% de la de un norteamericano medio. Incluso en los años sesenta, cuando empieza nuestro proceso de recuperación y apertura al mundo, apenas se acababan de alcanzar la mayor parte de los indicadores económicos previos a la Guerra Civil; y a mediados de dicha década el 39,8% de la población activa continuaba ocupada en la agricultura, mientras la tasa de población activa femenina era sólo del 20,1%, y la renta per cápita sólo llegaba a 497 dólares, es decir menos de la que hoy tienen algunos países africanos a los que se considera bastante pobres. España, pues, hace sólo unas pocas décadas era un país pobre, atrasado y capitidisminuido política y mentalmente, con unos ferrocarriles arcaicos y una desastrosa red de carreteras, por la que sólo circulaban 257.910 vehículos en 1966. Y aún en 1975 sólo teníamos cinco millones de coches y mil kilómetros de autovías, en comparación con los más de 25 millones de automóviles actuales y más de 14.000 kilómetros de autovías.

La España del siglo XXI

Los cambios y avances que se han dado en España desde que se consolidaron los procesos de democratización, modernización y europeización han sido impresionantes.

Los cambios y avances que se han dado en España desde que se consolidaron los procesos de democratización, modernización y europeización han sido impresionantes. Los cinco gruesos volúmenes de la obra «España siglo XXI» que he coordinado junto con el profesor Salustiano del Campo, y en la que han colaborado 174 especialistas en diferentes materias, ofrece una visión espectacular de las transformaciones que han tenido lugar en este período, tanto en los ámbitos económicos, políticos y sociológicos, como en los que se relacionan con la ciencia y la tecnología y la literatura y las bellas artes. Por eso, estos cinco volúmenes son una buena medicina objetiva frente a algunos pesimismos genéticos que no acaban de querer entender que actualmente estamos ante nuevas realidades. Frente tanto negativismo de salón y tanta pose analítica descreída debe imponerse la realidad de los hechos, que cuando se analizan con detalle y se ponen blanco sobre negro, nos llevan hacia valoraciones de un optimismo histórico razonable.

En comparación con la imagen de una España atrasada, pobre, inculta y fraticida de hace sólo unos años, hoy se impone la realidad de un país que ha aprendido a convivir en paz, con más o menos tensiones y problemas, pero con conciencia de sus posibilidades, un país que cuando ha podido contar con un período dilatado de paz civil y de estabilidad política ha demostrado sus enormes potencialidades y ha refutado con los hechos la falacia de la excepcionalidad española. Un país que actualmente es la octava economía mundial, la segunda potencia turística del mundo, que durante varios años ha estado entre los diez u once países con más alto índice de desarrollo humano, uno de los países con más médicos por habitante, el sexto productor de coches del mundo, (por delante de potencias tan emblemáticas como el Reino Unido, con una capacidad de exportación de más del 75% de la producción), uno de los países con más rápido crecimiento en robots industriales (con ventajas sobre varios países europeos de vanguardia), un país de referencia en energías renovables (eólica y fotovoltaica, con industrias de primera en estos campos) y una de las naciones que a lo largo de este nuevo año tendrá una de las redes más amplias del mundo en trenes de alta velocidad.

El grado de correspondencia con la renta europea, cuyo promedio ya hemos superado, nos está situando prácticamente en los mismos niveles de los países de la Europa de los 15, con una renta superior a los 30.000 dólares por habitante, que nos coloca muy cerca, en paridad de poder adquisitivo, de países como Francia y Alemania, que hasta hace no tanto tiempo se veían como realidades lejanas y envidiables, y como referencia obligada de destino de muchos emigrantes españoles que acudían allí buscando unos ingresos y oportunidades que no tenían en su patria.

Simplificaciones analíticas

La realidad de estos datos contrasta a veces con algunos clichés negativos desde los que se sostiene que España sólo tiene una economía pobre de «sol y ladrillo» y que mucho de lo logrado en los últimos años ha sido pan para hoy y hambre para mañana. Desde luego estos análisis no tienen en cuenta los datos objetivos de la realidad económica española, que es mucho más compleja y tiene más potencialidades de lo que las inercias pesimistas de algunos permiten apreciar. Y eso sí que es un problema objetivo: incluso de intencionalidad «ideológica» y política, cuando no de arterosclerosis analítica. ¿Quién podría imaginarse hace algunos años que el Presidente de los Estados Unidos podría poner a España como ejemplo a imitar en energías renovables, o que podría enviar delegaciones oficiales al más alto nivel para visitar nuestras industrias e instalaciones en tecnologías punta, como los trenes de alta velocidad? ¿O que España exportaría generadores nucleares o que contaría con empresas de vanguardia con iniciativas en marcha en varios países avanzados?

Desde luego esto no significa que en estos momentos no tengamos algunos problemas serios, que debemos -y podemos- afrontar y solucionar.

Pero lo cierto es que en ocasiones estamos ante pesimismos infundados y ante negativismos pasivizantes que no responden a la realidad actual y a nuestras potencialidades.

No es verdad que en España sólo hayamos tenido una actividad económica pobre de «sol y ladrillo». Tenemos muchas otras cosas que hay que seguir apoyando y potenciando. Y, por supuesto, tampoco hay que despreciar, ni mucho menos, las posibilidades del turismo y la construcción, que han sido dos sectores muy dinámicos de nuestra economía, prácticamente desde la etapa de despegue. Despreciar ambos sectores, y/o hacer juicios despectivos o negativos sobre su papel es despreciar más del 20% del PIB de España y algo más de su población activa. ¿Por qué no pueden ser considerados ambos sectores como algo valioso que debe ser cuidado y mejorado? De hecho hay países (algunos europeos) que obtienen más proporción de su PIB del turismo y que viven muy bien.

Potencialidades reales

En ocasiones se realizan análisis negativos y se propalan pesimismos infundados que no responden a la realidad actual de España ni a sus potencialidades de futuro.

Algunos economistas de salón sostienen que se trata de sectores que aportan poca cualificación y que presentan bastantes riesgos de inestabilidad. Desde luego lo segundo puede intentarse corregir y compensar y lo primero no tiene por qué ser intrínsecamente malo, en la medida que en una economía compleja y diversificada, no todos pueden ser ingenieros o informáticos. Ni pueden, ni tienen que serlo. Otros analistas sostienen que el peso de estos sectores ha llegado a ser excesivo en comparación con otros países similares. ¿Pero quién y cómo decide lo que es excesivo? Desde luego hay países que tienen más capacidades e idoneidades turísticas que otros (léase España, por ejemplo) y no hay razones lógicas para ponerse autolimitaciones, ni siquiera en el sector de la construcción, en el que la mayor proporción de viviendas de España cubre un mercado turístico (y también interior ¿por qué no?) que todavía tiene posibilidades razonables de crecimiento. Por ello hay que entender que el problema básico de la construcción en España es el precio del suelo (con todos los sobrecostes y problemas que conlleva) y no la sobreoferta.

También en el terreno financiero y comercial España tiene potencialidades notables. Tenemos algunas de las redes comerciales y de venta más eficientes y prestigiadas del mundo, tenemos grandes Bancos de primera categoría mundial y contamos con una virtuosa red de Cajas de Ahorros, que es la envidia de medio mundo, por su capacidad de proximidad y su prestigiosa Obra Social, al igual que un entramado de empresas sociales y cooperativas que son referencias mundiales (como las cooperativas de Mondragón y varias cooperativas de consumo), por no mencionar instituciones ejemplares como la ONCE que, sin costes públicos añadidos, ha sabido ayudar a un amplio sector social de discapacitados, al tiempo que genera riqueza y empleabilidad social.

Es decir, me parece que son muchos los datos y ejemplos que se pueden presentar frente a los riesgos de deslizarnos, una vez más, por la senda de los pesimismos agónicos y los círculos viciosos de la negatividad, que no hacen sino generar más negatividades y pesimismos en cadena. Pero, para evitar estas derivas críticas, creo que somos muchos los que pensamos que el Estado y los poderes públicos debieran hacer algo más para contribuir a afinar los análisis y para ayudar más a explotar las potencialidades efectivas de España, sobre todo en momentos de crisis económica. Y si no se hace, el riesgo podría ser caer en la paradoja de la «profecía que cumple a sí misma».