“El delirio”, análisis del último filme de Matthew Barney, Drawing Restraint 9
Autor: Vivianne Loría
Revista: LÁPIZ Revista Internacional de Arte nº 219
En diciembre, el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León (MUSAC) nos ofreció el estreno en España del último film de Matthew Barney, Drawing Restraint 9 . La película, cuyo lanzamiento mundial tuvo lugar en julio de 2005 en el 21st Century Museum of Contemporary Art de Kanazawa, en Japón, ha sido exhibida en festivales de cine como los de Venecia y Toronto, delatando las ínfulas del artista, que ha soñado con impactar en el circuito cinematográfico.
La “trama” se desarrolla en un barco ballenero, en la Bahía de Nagasaki. El prólogo nos muestra a una mujer japonesa preparando con fósiles de krill –crustáceo del que se alimentan las ballenas– dos preciosos paquetes. La cámara viaja luego por encima de una boscosa cordillera para llegar a la moderna ciudad y a la bahía. Se desarrolla allí un desfile festivo encabezado por un camión cisterna que transporta la vaselina líquida con la que se llenará el contenedor de metal –un perfil oblongo del que salen dos brazos– montado en la cubierta del ballenero. Björk y Barney abordan el ballenero. Unas amas [pie_1] se sumergen en el mar en busca de ostras y, en un entorno umbroso, una mujer, su espalda adornada con ristras de perlas que cuelgan de sus cabellos, toca un “sho”, antiguo instrumento de origen chino (sheng). Björk toma un baño, y Barney es rasurado por el barbero de a bordo. Los pescadores ensayan el lanzamiento de arpones, y dan cacería a una piedra con forma de ballena. Mientras la vaselina se va solidificando dentro de su molde, los protagonistas, en una misma habitación, separados por un biombo dorado, son vestidos con quimonos de pieles, para unirse luego en una boda sintoísta. La secuencia de la ceremonia del té sirve a un breve diálogo en el que el anfitrión, un hombre mayor, explica el origen de la hierba utilizada y la historia del ballenero. En cubierta, la escultura de vaselina es diseccionada. Se desata entonces una tormenta. La escultura, despojada de su molde, va perdiendo consistencia. El agua y la vaselina inundan el barco. Los amantes, ya solos, comienzan a mutilarse mutuamente. Rodeados de vaselina y agua, se practican cortes en las piernas que remiten al seccionamiento del cuerpo de una ballena, con unos “efectos especiales” que degeneran en vulgar gore de serie B. Como guinda de este desliz técnico, vemos cómo debajo de la nuca de Björk aparece un ridículo surtidor… Mientras, la piedra-ballena, que en cubierta fue objeto de otros ritos enigmáticos, se deshace. Al final, el barco se adentra en las gélidas aguas polares. Una estela a su alrededor sugiere la presencia de dos cetáceos… ¿los amantes? Una ama abre su boca, de la que salen perlas que caen al fondo del mar formando dos círculos entrelazados. La plataforma de un muelle se resquebraja y se hunde. Este es el resumen de lo visto.
Se supone que estamos ante una obra cinematográfica. Es decir, ante una trama, un argumento y un discurso. En ese sentido, ya desde que aparece el título de la película, sus letras simulando afiladas cuchillas que abren la piel de una ballena, parece que nos halláramos ante un indudable alegato ecologista. Es evidente: a nadie se le ocurriría dignificar a estas alturas la caza de la ballena. Sin embargo –y dejando de lado el ampuloso discurso sobre la restricción-liberación que ha construido el artista en torno a la serie Drawing Restraint –, los datos “oficiales” nos hablan de un homenaje a la cultura japonesa.
Lo del homenaje se haría evidente ya en la introducción del film, cuando oímos la canción Gratitude , cuya letra se ha tomado de las cartas enviadas en 1946 por ciudadanos japoneses al General Douglas McArthur para agradecer el levantamiento del veto a los barcos nipones en lo que refería a la caza de la ballena en aguas antárticas. Esto ocurrió poco más de un año después de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, y la alusión en Drawing Restraint 9 significaría el reconocimiento al estoicismo japonés ante la crueldad norteamericana… Pero, ¿de verdad ha pretendido Barney rendir homenaje a la cultura japonesa haciendo referencia a una de sus prácticas más detestables?
El consumo de ballena se popularizó en Japón durante e inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, pues era una fuente proteínica barata, pero este país ejerce gran presión a favor de la liberalización de la caza de estos cetáceos desde el establecimiento de la moratoria internacional de esta actividad en 1986 aduciendo que el consumo de esta carne es uno de sus rasgos culturales ancestrales. De hecho, Japón parece ampararse en un acuerdo de 1987, que permite a sus barcos la caza de la ballena con “fines científicos”, para llevar adelante un boyante negocio de cacería clandestina. Como detalle sugestivo, tenemos la nacionalidad de Björk, nacida en Islandia, país ballenero que abandonó la Comisión Ballenera Internacional en 1992 como protesta por la moratoria.
En resumen, es imposible permanecer indiferente ante la imagen de un ballenero. Algo ha de significar. Pero, ¿qué nos quiere contar Barney en ese sentido? ¿Es su fantasía cinematográfica, aparte de un fiasco formal –como no sea por esas imágenes estáticas reconvertidas en fotografías de calidad aceptable–, también un despropósito argumental? O bien este artista es pasmosamente simplista, y está ciego ante las implicaciones de los mimbres con los que ha tejido su obra, o bien su “tributo” a Japón –realizado con el apoyo de uno de uno de los más llamativos museos nipones de arte contemporáneo, el de Kanazawa– es un caramelo envenenado. Un avieso navajazo digno de ovación.
DRAWING RESTRAINT 9
Delirium
Vivianne Loría
In December, the Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León (MUSAC) premiered Matthew Barney’s latest film, Drawing Restraint 9 , in Spain. The film, which was premiered worldwide in July 2005 at the 21st Century Museum of Contemporary Art in Kanazawa, Japan, has been shown at film festivals like Venice and Toronto, exposing the artist’s airs, showing he has dreamt of making an impact in the cinematographic circuit.
The “plot” unfolds on a whaling ship, at Nagasaki Bay. The prologue presents a Japanese woman preparing two delicately wrapped packages with krill fossils –a crustacean whales feed on. The camera then travels above a wooded mountain range to reach the modern city and the bay. A festive parade is underway, headed by a tanker transporting the liquid Vaseline that will be used to fill the metal container assembled on the deck of the whaleboat. The shape of the mould represents Barney’s symbol: an oval shape bisected by a bar. Björk and Barney board the whaler. In alternated images, Amas [pie_2] dive into the sea searching for oysters and, in a shady setting, a woman, her back decorated with strings of pearls that hang from her hair, plays a “sho,” an ancient Chinese instrument (sheng) that has been adopted by the Japanese culture. Björk bathes, and Barney is groomed by the barber on board. The fishermen practice throwing harpoons, and catch a whale-shaped stone. Whilst the Vaseline solidifies in its mould, the main characters, in the same room but separated by a golden screen, are dressed ritually in fur kimonos, to then be united in a Shinto wedding. The tea ceremony sequence is used to construct a brief dialogue in which the host, an old man, explains the origin of the herb used and the history of the whaler. On the deck, the Vaseline sculpture is dissected. A storm breaks out. The sculpture, stripped of its metal mould, starts losing consistency. The water and the Vaseline flood the boat. The lovers, left alone, start to mutilate themselves mutually. Surrounded by Vaseline and water, they hack each other’s legs in actions that are reminiscent of cutting a whale’s body, with “special effects” that degenerate into vulgar B-series gore. To top this technical faux pas, we see how under the back of Björk’s neck there is a ridiculous pump… Meanwhile, the stone-whale, which was used on the deck for other enigmatic rituals, disintegrates. In the end, the vessel enters the icy polar waters. A wake surrounds it suggesting the presence of two cetaceans… the lovers perhaps? An ama opens her mouth and two pearls fall out, dropping to the bottom of the sea forming intertwined circles. The platform of a jetty cracks and sinks. This is the summary of what we watched.
We were supposedly watching a cinematographic piece. That is to say, a plot, a story line and a discourse. In this sense, from the moment the title of the film appears on screen, with the letters simulating the sharp blades that slit the skin of the back of a whale, it seems as if we are contemplating an unquestionable environmentalist plea. Evidently: nobody would think of dignifying whale hunting at this point. Yet –and without considering the pompous discourse on restriction-liberation the artist has constructed around the series Drawing Restraint –, the “official” information speaks of a tribute to Japanese culture.
The tribute is made evident in the introduction to the film, when we hear the song Gratitude, with lyrics taken from letters sent in 1946 by Japanese citizens to General Douglas McArthur in appreciation for lifting the veto on Japanese boats whaling in Antarctic waters. This took place slightly over one year after the Hiroshima and Nagasaki bombings, and the reference in Drawing Restraint 9 would recognise Japanese stoicism in view of North American cruelty… Yet, did Barney really mean to pay tribute to the Japanese culture by referring to one of its most odious practices?
The consumption of whale meat became popular in Japan during and immediately after World War II, since it was a cheap source of protein. Nevertheless, this country has been exerting major pressure in favour of the liberalisation of whaling since the establishment of the international moratorium on this activity in 1986, adducing that the consumption of this meat is one of their ancestral cultural characteristics. In fact, Japan seems to seek protection in an agreement from 1987, which allows whaling for “scientific purposes,” to carry out a buoyant business of clandestine hunting. Björk’s nationality is a curious detail: she was born in Iceland, a country that practices whaling and that abandoned the International Whaling Commission in 1992 in protest against the moratorium.
Summarising, it is impossible to remain indifferent to the image of a whaler. It must mean something. Yet, what is Barney trying to tell us? Is his cinematographic fantasy, apart from a formal fiasco –except for those static images turned into acceptable photographs–, also an absurdity from the perspective of the plot? Either this artist is incredibly simplistic, and is blind to the implications of the wicker with which he has woven his work, or his “tribute” to Japan –carried out with the support of one of the most salient Japanese contemporary art museums, the Kanazawa museum– is a poisoned sweet. A malicious knife wound that is worthy of ovation.
Translation: Laura F. Farhall
