El final de la apoteosis del capitalismo financiero
Autor: Francisco Fernández Marugán
Revista: Temas para el Debate nº 174
En algunas partes del mundo la ruina del sistema financiero resulta evidente, lo que ha conducido a que su recapitalización se esté produciendo con dinero público. Este proceso plantea fenómenos proteccionistas. A él seguirán pruebas de solvencia que conducirán a que algunas entidades deban ser cerradas, otras fusionadas e inclusive gestionadas por los gobiernos de las naciones donde estén localizadas. Al margen de la reconstrucción del sistema financiero, resultan imprescindibles nuevas regulaciones para evitar los riesgos ocultos que con tanta profusión ha producido.
En el futuro tendremos que proteger mejor la economía real de los excesos del sector financiero. (R. Solow, Premio Nobel de Economía 1987).
El sector financiero y las empresas de servicios vinculadas a él obtuvieron, durante la fase de expansión del ciclo que acaba de terminar, unos beneficios extraordinarios. En los mercados de Wall Street y de la City londinense duplicaron su tamaño y obtuvieron dividendos multimillonarios. Pese a ello, cuando estalla la crisis, para mantenerse a flote, tienen que recibir un torrente de dinero público. La debilidad de su situación hizo que pasaran a demandar que se las salvara, porque sostenían que en el caso de que se hundieran, entraba en riesgo la seguridad de todos los demás. Desde el primer momento, una catarata de opiniones aparecieron, interrogándose por las causas que se derivaban de estos hechos.
¿Cómo es posible que una crisis, que aparece cuando explota una burbuja inmobiliaria, en California, Arizona, Michigan o en La Florida, haya terminado causando una catástrofe financiera en Islandia? (Krugman).
¿Por qué los bancos necesitan y posiblemente necesitarán, durante los próximos años, recibir inyecciones de recursos, para mantener unas condiciones más prósperas? (Summers).
¿Por qué han de ser los contribuyentes ordinarios los que deben pagar el rescate del sector financiero? (Rogoff).
¿Quién debe soportar las deudas? ¿Cuál es el mejor procedimiento para reestructurar los bancos? (Martin Wolf).
He traído a colación a un grupo de economistas norteamericanos y británicos de primera línea, podría haber ampliado aun más la lista para hacer más comprensible la situación. Me parece suficiente con lo que he expuesto, ya que permite sintetizar los diferentes puntos de vista en un triple planteamiento:
¿Ha terminado la época durante la cual el triunfalismo del capitalismo financiero, sin apenas regulación, se extendió por todo el mundo?
¿Sigue siendo útil la idea de que la economía se cuida a sí misma, alcanzando siempre un punto de equilibrio?
¿Es posible que el sistema financiero internacional aguante más de año y medio sin interbancario?
Responder a un número tan amplio y tan destacado de preguntas no resulta ni fácil ni sencillo. Hay muchos bancos, en muchas naciones del mundo desarrollado, que no disponen de capital suficiente para hacer frente a sus compromisos, pero, además, sus clientes son incapaces de devolver el dinero que han tomado a préstamo. En términos mercantiles han llegado a un punto en el que deberían proceder a la suspensión de pagos. Claro está que, si esto es así, para que vaya evitándose el que ocurra algo parecido a la quiebra de uno tras otro debería procederse a la recapitalización de estas entidades.
Esto sucede, entre otras razones, porque la crisis ha revelado que una parte del capitalismo financiero ha venido funcionando sin disponer del capital suficiente para afrontar la devaluación de sus activos.
Debido a ello, la primera de las tareas que se han planteado las autoridades es la de estabilizar el sistema, asegurando que va a disponer de capital para continuar desplegando su actividad. «Hemos reiterado la determinación del Gobierno de asegurar las instituciones financieras importantes, desde el punto de vista sistémico, para que puedan seguir cumpliendo con sus obligaciones» (Bernanke. Consejo de Relaciones Exteriores).
Ésta es una premisa que está suficientemente contrastada. Con capital y calendario se ha salido siempre de las crisis bancarias. En España, que tiene unas rica experiencia en como se solventan las crisis financieras, se ha podido mostrar empíricamente lo que Bernanke ha dicho. Pero, detrás de el qué hay que hacer, igualmente hay que plantearse el cómo se hacen las cosas.
Lo que implica definir una serie de líneas adicionales de actuación:
- Eliminar cualquier duda sobre el posible desplome del sistema de cobros y pagos del mundo.
- Garantizar la supervivencia de un puñado de instituciones financieras es vital, para poder asumir la financiación de la economía. Después del suceso de Lehman la dimensión ha adquirido una gran importancia, ya que se considera que los problemas sistémicos surgen con más fuerza cuando la inestabilidad afecta a entidades de gran tamaño.
- Instrumentalizar, cuando resulte posible, una estrategia de normalización para cuando no resulte necesario el mantener los procedimientos financieros excepcionales que actualmente se aplican.
¿Quién puede proporcionar esa garantía? Sólo los Estados tienen la capacidad reguladora y, sobre todo, los recursos necesarios para proceder a llevar a cabo una operación de esta naturaleza. Los demás se ha visto cómo han desaparecido a lo largo de los últimos meses.
Ahora bien, el traslado de recursos desde las arcas públicas al sector financiero, dada la enorme cuantía que en algunas naciones ha adquirido, se está volviendo un asunto muy impopular. En los EEUU, donde se encuentra el epicentro de la crisis, ésta ha roto el contrato social: la gente era libre para triunfar y para fracasar, sin ninguna ayuda. «Ahora, en nombre del riesgo sistémico, los rescates han inyectado sumas asombrosas en las maltrechas instituciones que derrumbaron la economía» (Martin Wolf).
La hostilidad de los ciudadanos también aparece en otros lugares. Este comportamiento posee la singularidad de que se refleja de manera coincidente entre quienes defienden diferentes posiciones ideológicas. La proliferación de tales sentimientos ha llegado al extremo de que las autoridades se planteen si es conveniente o no dar dinero para limpiar los balances de los bancos. Las razones en las que se apoyan son muy complejas para poder desarrollarlas ahora aquí.
Cuando se habla de nacionalizaciones, totales o parciales, temporales o definitivas, las referencias se hacen a las entidades financieras que han entrado en pérdidas.
El debate de las nacionalizaciones
La respuesta que acabo de dar empuja hacia otros interrogantes, una parte de los cuales gira alrededor de las posibles nacionalizaciones.
Antes de avanzar en esta posibilidad he de decir que ahora cuando se habla de nacionalizaciones, totales o parciales, temporales o definitivas, las referencias se hacen a las entidades financieras que han entrado en pérdidas. En sentido contrario, en las discusiones que se escuchan, la nacionalización de un banco que obtiene beneficios queda fuera de lugar. Por lo tanto, quienes plantean esta cuestión se están refiriendo a entidades con problemas de solvencia, en un grado más o menos extremo, en las que pretenden que el Estado, con dinero público, elimine la basura que han ido acumulando en sus balances.
El debate tal como se plantea trata de definir el papel que debe desempeñar el Estado en la actividad de las instituciones financieras. La pertinencia del mismo me parece destacada porque se vive un fenómeno peculiar: hay control público de la entidad, a la vez que de una forma u otra en ella persista la propiedad privada de los antiguos banqueros, en un momento crítico donde se procede a solventar sus carencias patrimoniales con dinero del contribuyente. Cito esta última cuestión porque la creo relevante, ya que la mera intervención pública implica la asunción de riesgos por parte del presupuesto de los Estados que se podrán materializar, en algún momento, sin que actualmente pueda deducirse la cuantía y el sentido de los aportes.
Considero, por añadidura, que resulta interesante el acercarse a aquellos que, desde diferentes planos, se posicionan en torno a este asunto. Lo digo porque ésta es una polémica que no se oculta, todo lo contrario, se exhibe. De hecho, cada vez son más numerosas las voces que reclaman que las autoridades acudan a salvar al sistema financiero de sus propios excesos. Las levantan banqueros, economistas, líderes políticos e inclusive directivos del FMI, todos llaman a las puertas del Estado. La peculiaridad de esta bulla es que en ella participaban un grupo muy numeroso de personas que han sido contrarios a todo tipo de intervención y que ahora se han convertido en defensores de la fe en el Estado. Aunque debe esperarse que, pasado un tiempo, dejarán de serlo.
Admito su personación en este debate, porque la mutación que se está produciendo es tan severa que la crisis financiera internacional se ha convertido en un magma destructivo de riqueza, de ahorros, de empleo y de vidas, que afecta de una manera o de otra a todos los países y dentro de ellos a muchas personas. Pero a la vez que ha hecho eso, ha modificado la función de los bancos centrales, de los Tesoros y de los Estados que se han convertido en compradores de última instancia de cosas insospechadas e inverosímiles.
¿Cuánto tiempo tardarán en reestructurarse esos bancos de tan alta dimensión, por ejemplo el Citigroup, que han pasado al área pública, si tomamos en cuenta lo complicado que es su entramado institucional? La pregunta no es baladí por la simple razón de que algunos de los grandes bancos que se han hundido por ahí, por el mundo, son demasiado complejos de gestionar, demasiado grandes para caer y demasiado difíciles de modificar (Martin Wolf). Por lo que el retorno al espacio privado del que proceden llevará bastante tiempo, sin que resulte sencillo adivinar el saldo que se obtenga de esta operación.
El botín de la élite
Es este un asunto que a medida que se va conociendo está llamando la atención de la opinión pública, que asiste perpleja al conocimiento de las retribuciones de los directivos de muchas de las entidades que han entrado en crisis y en particular de aquellas que han sido reflotadas a través de ayudas públicas.
El escándalo que se ha originado, cuando se han sabido las cuantías, los procedimientos retributivos, así como los vehículos jurídicos mediante los que las obtienen, es sencillamente descomunal. Pero la irritación alcanza las más altas cotas al comprobarse que, inclusive en los momentos en los que la quiebra y el derrumbe de muchas instituciones financieras se estaban produciendo, quienes las gestionaban se dedicaban a practicar un burdo sistema de apropiación -no del excedente que ya no lo generaban, sino de una parte de la cuantía percibida desde los impuestos de los contribuyentes-.
La avaricia ha permitido que, en casos bien conocidos, la captación indebida de rentas se haya convertido en una actividad frecuente por parte de los gestores responsables de esas entidades, quienes hasta en esos momentos tan críticos han continuado aplicando los contenidos y planteamientos característicos de la operativa financiera que venían practicando. Eso sí, esta vez actuaban contra los intereses generales de su sociedad.
Quizás por ello aparecen sólidas razones de higiene y sanidad pública que justifican la demanda de que para neutralizar semejante perversión está justificada la intervención pública.
La opinión pública asiste perpleja al conocimiento de las retribuciones de los directivos de muchas de las entidades que han entrado en crisis y, en particular, de aquellas que han sido reflotadas a través de ayudas públicas.
La reconstrucción del sistema financiero
Volviendo a la línea argumental que estaba desarrollando diré que el inventario de la crisis está ocasionando una reconstrucción total del sistema financiero internacional. En él se han producido cambios que van mucho más allá del miedo que al principio pudieron causar operaciones como las de las hipotecas basura.
A la hora de fijarme en ella, parto del hecho de que esa transformación será lenta, por muchas razones, entre las que está que los precios de los activos propiedad de los bancos, que ahora se están envileciendo, tardarán un tiempo en adquirir un nuevo valor de equilibrio. Valor de equilibrio que ha de ser adecuadamente contabilizado, incluido en los balances y asumido en las pérdidas. Esto, que parece muy técnico y muy aséptico, es muy importante, aunque solo sea porque determinar los nuevos precios de los activos equivale a asignar las pérdidas entre quienes son responsables de su origen (proveedores, clientes, gestores y propietarios).
Estas operaciones, como se está viendo, originan fuertes resistencias. Los grandes bancos prefieren dejar sus activos donde ahora están, en sus balances. Si se ven obligados a sacarlos a relucir o a venderlos, saben que esto será a un precio muy bajo, lo que les llevaría a reconocer un volumen de pérdidas considerable, a lo que no parecen estar muy dispuestos.
Hay otro hecho que creo que es el momento de sacar a la luz. Es una idea que no suele argumentarse con frecuencia, pero que es una de las razones que contribuye a explicar lo que está sucediendo. Ha venido funcionando, en una parte importante de la banca internacional, un sistema financiero en la sombra: que ahora deberá aflorar y absorber. Sólo después de que haga eso es cuando tiene sentido económico y político proceder a la recapitalización de esas entidades.
Todo lo que he expuesto equivale a señalar que si la crisis empezó por la banca, terminará en ella (Tornabell), es decir, sólo cuando el sistema financiero internacional responda volverá el crecimiento. Por lo tanto, para poder salir de este enorme cráter hay que construir una banca con unos fundamentos diferentes al modelo que ha desaparecido entre agosto de 2007 y hoy en día.
Dicho esto, sostengo que en las sociedades avanzadas la evolución de la mentalidad financiera, admite hoy en día el que los bancos puedan captar ahorro, colocándolo donde rinda más, generando ganancias y que por ello puedan recuperar los fondos que han prestado y los intereses que por ellos les correspondan. Pero todo esto tienen que hacerlo sin tener que depender de los fondos de los contribuyentes. Esta cuestión la planteo porque estamos viendo que ahora los contribuyentes acuden a rescatar los bancos en la hora de las vacas flacas, mientras que los accionistas ricos consiguen grandes beneficios en las épocas de las vacas gordas. Esta asimetría da origen a un desarraigo moral de tal intensidad que hace que el triunfalismo financiero de las últimas décadas resulte totalmente rechazable por injustificado.
Por aquí acabo de llegar a la rentabilidad y al tamaño futuro del sector financiero. En relación con la rentabilidad, es el momento de volver a recordar que esta crisis se ha ocasionado porque el crédito ha sido extraordinariamente abundante en las dos últimas décadas. Por ello, la posible salida de la misma se producirá cuando el desapalancamiento vaya aumentando. Es decir, cuando las deudas vayan reduciéndose.
Por tanto, habrá menos crédito al sector privado que, quizás durante algún tiempo, pueda compensarse con mayor financiación al sector público. Todo ello se producirá en un contexto regulatorio más estricto, que determinará el que la rentabilidad será menor que en el pasado.
En cuanto al tamaño, deberán reorientar la actividad achatarrando aquella parte de la capacidad instalada que debido a la crisis queda fuera de las condiciones del mercado. Lo que conduciría a la reducción del tamaño de las entidades y no sólo en aquellas que han tenido que hacer frente a ajustes como consecuencia de la crisis. Los efectos de la crisis en la huella y en la reputación de los bancos también se dejarán sentir, por lo que deberían mirar cómo la resuelven. Abordar este asunto queda muy lejos de mis anclajes ideológicos y profesionales. Un tema queda pendiente, el de la nueva regulación financiera, al que habrá que volver más adelante, para ver cómo se puede evitar que la próxima crisis no sea similar a ésta.
El sistema financiero debe estar sometido a una regulación mucho más intensa, que será la manifestación de la puesta al día del nuevo funcionamiento que debe adquirir.
