En defensa de los sueños
Autor: Eduardo Punset
Revista: Matador nº Sin Número
“En el siglo pasado hubo más cambios que durante los mil años anteriores.
Y los que ocurrirán en el nuevo siglo harán que los del siglo pasado apenas
sean perceptibles”. Lo dijo H.G. Wells en una conferencia pronunciada en
1902: se refería, pues, al siglo XIX, y al siglo XX. Tenía razón, y si viviera,
podría repetir lo mismo a fines del 2003.
Pero si exceptuamos la voz de algunos visionarios como él, la verdad es
que el cerebro humano sólo puede aprehender los cambios graduales característicos
de la selección natural que ha presidido el desarrollo de las especies. Al
neocórtex le está vedado vislumbrar el cambio exponencial. La fábula del
Emperador chino y su sirviente, que le enseño a jugar al ajedrez, es muy
ilustrativa. Ante la insistencia del Emperador para que el Maestro de Ajedrez
le pidiera el regalo que quisiera como contrapartida de sus lecciones, accedió éste
a recibir la cantidad de arroz resultante de poner un grano en la primera
casilla, dos en la segunda, cuatro en la tercera, y así sucesivamente. Al
Emperador le costó salir de su asombro –demasiado tarde-, cuando los cálculos
del Maestro de Ajedrez mostraban que no bastaría todo el arroz de China para
cumplir su promesa. El Emperador, como la gran mayoría de homínidos, no podía
pensar exponencialmente.
Hace cuatro mil millones de años, la Tierra era mucho más pequeña; las temperaturas,
incendiarias; sin oxígeno para respirar; la luna pegada en la línea del mar
-antes de que se fuera alejando como ahora–, el único horizonte existente
en aquel planeta marino, todavía sin tierra. Hace cuatrocientos millones
de años, en cambio, las cianobacterias ya habían oxigenado la atmósfera,
los primeros animales y plantas procedentes del mar estrenaban continentes,
la temperatura era un sueño tropical y la diversidad de especies nunca más
alcanzó cotas tan elevadas. El cerebro humano, tan preocupado por las pequeñas
rupturas o disfunciones de las estructuras y simetrías a las que está acostumbrado,
y que amenazan su supervivencia, no puede concebir cambios de escenario tan
radicales como los ocurridos en los dos períodos señalados. Por eso recurre,
a veces, a la utopía inspirada en los sueños –otra manera de pensar más sofisticada,
y alambicada, que la reflexión diurna-. [pie_1]
La incapacidad para vislumbrar el tiempo geológico en toda su extensión
constituye hoy una de las principales amenazas que se ciernen sobre el futuro
de la humanidad. Los economistas podemos estimar –aunque no predecir- los
aumentos de precios a un año vista. En cambio, gracias a sofisticados programas
de software, podemos extrapolar casi sin riesgo de equivocarnos, si contamos
con series estadísticas coherentes de los últimos años, el precio de las
lechugas en los próximos dos meses.
Los meteorólogos son los herederos de Fitzroy, el brillante comandante del
Beagle, el barco con el que Darwin dio la vuelta al mundo buscando el origen
de las especies. De regreso a tierra, Fitzroy montó lo que puede considerarse
el primer observatorio del mundo para pronosticar el tiempo. Agobiado por
los continuos fracasos, cometió suicidio. Hoy día, los meteorólogos ya no
se suicidan, no porque acierten más que antes, sino porque saben que no pueden
anticipar más allá de unas semanas la evolución de un sistema que funciona
de acuerdo a las leyes del caos y la complejidad. ¿Alguien nos había pronosticado
la tórrida ola de calor que ha azotado Europa en el verano del 2003?
Los científicos acaban de iniciar un debate nada peregrino, y que está en
la base de las amenazas planetarias a las que me refería antes. A estas alturas
todavía sigue la discusión, iniciada el siglo pasado por el geólogo John
Phillips, sobre el creciente, para unos, y decreciente para otros, número
de especies en el planeta. Polémica interesante en la medida en que la evolución
del número de especies sería un reflejo de la biodiversidad en la naturaleza,
que, a su vez, se considera necesaria para su continuidad. El hecho insólito
es que a este debate se ha superpuesto, muy recientemente, otro menos baladí y
cargado de implicaciones políticas y sociales. Peter Ward y Donald Brownlee
lanzaron la tesis a fines del año 2002 de que el planeta Tierra ha sobrepasado,
a efectos del futuro de las plantas y animales que viven en ella, la edad
de la madurez, para iniciar la etapa final de su envejecimiento. Y, al contrario
de lo que ocurrió con el debate sobre el número de especies, ningún científico
tan serio como el geólogo y astrónomo citados ha puesto en duda que tenían
razón.
El tema de saber si la Tierra ha entrado en la era de la senectud, con toda
la pandemonia de políticas compensatorias de tipo ambiental, genéticas, científicas
–¿habrá que pensar mucho antes de lo esperado en buscar cobijo en otros planetas?-
que habría que poner en marcha, es una cuestión inaplazable. Se puede convivir
con nuestra incapacidad para prever el precio de las lechugas más allá de
ocho semanas, pero no nos podemos dar el lujo de ignorar los síntomas claros
de que la Tierra –como habitáculo de plantas y animales- ha contraído una
enfermedad fatal.
Los homínidos no pueden, literalmente, seguir sobreviviendo sin adquirir,
por fin, la capacidad de vislumbrar el cambio exponencial. O su contrapartida,
la cobertura del tiempo geológico. El cambio que llamamos exponencial no
es más que la compresión en un instante de toda la inmensidad del tiempo
geológico. Será el cambio más trascendental que ocurrirá los próximos años
y que, en el sentido que le daba H.G. Wells, empequeñecerá a todos los demás.
Es tediosamente cierto que, mirando al pasado, podemos intuir algunas de
las grandes transformaciones que se avecinan. Pero no en la versión popular
de extrapolar situaciones. El pasado es una fuente de inspiración porque
apunta las líneas de ruptura de las tensiones acumuladas. Analizando los
movimientos de las capas tectónicas submarinas podemos anticipar dónde se
producirá la erupción del volcán o terremoto subsiguiente al choque. Pero
nadie puede predecir su configuración exacta. Las capas tectónicas que alimentan
el ciclo de renovación de los organismos movientes es el cerebro. Y las líneas
de ruptura empiezan a estar claras.
El cerebro -pese a algunos neurocientíficos, no todos- no está a la altura
de las circunstancia. No hay más que mirar alrededor para constatarlo. Los
conocimientos heredado por los genes –el temor a las arañas y las serpientes,
la ansiedad paralizante frente al gruñido de una leona- son irrelevantes
en el contexto de hoy día. El conocimiento adquirido es, básicamente, infundado.
Muy poco de todo lo aprendido durante los últimos sesenta mil años, antes
de la revolución científica y tecnológica, nos servirá de guía para buscar
el éxito y la felicidad en los nuevos escenarios que se avecinan. Habrá que
cambiar de manera de pensar. Pero no me refiero a los cambios de mentalidad
que, siendo más lentos que los cambios técnicos y sociales, siguen siendo
frecuentes, sino a la manera de pensar, al proceso cognitivo, a la metodología
para interpretar las sensaciones.
Mi apuesta es muy simple. Si los mecanismos del sueño –tal y como me sugieren
algunos de los mejores psicólogos como Humphrey- son más eficientes y sofisticados
que los mecanismos atávicos del proceso cognitivo, substituyamos los unos
por los otros. Parece cantado que la especie humana acabará soñando, en lugar
de pensando. O, para decirlo en otras palabras, tarde o temprano mutaremos
los ambiguos procesos de aprendizaje responsables de los aterradores niveles
de injusticia e iniquidad a nivel planetario por los procesos liberadores
de los sueños. Viviremos soñando. Algo de esto nos están sugiriendo ya los
pioneros de la inteligencia artificial y algunos nanotecnólogos para quienes
hombres y máquinas han iniciado ya el proceso de fusión equivalente al de
las bacterias eukariotas para beneficio mutuo.
Se puede argüir que el proceso cognitivo desarrollado por el cerebro a lo
largo de la evolución no es sólo responsable de desaciertos, sino de grandes
avances como la revolución científica y tecnológica. Es cierto, pero casi
todos esos descubrimientos se han producido por casualidad. Se podría decir,
soñando. Una casualidad impulsada por la curiosidad característica del colectivo
científico y su manía de preguntar cosas a la naturaleza en vez de a las
personas. Y en segundo lugar, el grueso del conocimiento científico no ha
penetrado en la cultura popular. Nadie, o casi nadie, lo utiliza de momento.
Los inventos del cerebro cognitivo como la superstición, la magia, las verdades
reveladas o el sentido común siguen dictando las decisiones humanas.
Sigamos con el cerebro. La comunidad científica está a punto de aceptar
que el número de depresiones en la juventud está aumentando significativamente;
y que para explicar este hecho preocupante ya no basta recurrir al sonsonete
de que antes había menos psicólogos para llevar el registro de pacientes
depresivos. Algunos científicos como Zeki explican el aumento generalizado
de los estados de ansiedad por las limitaciones congénitas del cerebro en
materia de memoria –algo que los ordenadores están poniendo claramente de
manifiesto-.
El argumento sería el siguiente: el cerebro es un órgano demasiado limitado
para acordarse de todas y cada una de las cosas que percibe. Y por ello,
se ve obligado a recurrir a la abstracción; es decir, a conceptualizar un
prototipo de coche, mujer, hombre, casa o profesión que engloba, simplificando,
toda la riqueza de variedades que ofrecen las percepciones individualizadas.
El resultado es que nadie resiste la comparación con el símbolo de mujer,
coche o casa registrado en el cerebro. Y de ahí la frustración, y la ansiedad
generalizada. El poder de abstracción que debería definir a la especie humana
se convierte así en su mayor fuente de sufrimiento.
Otros científicos, como el biólogo Robert M. Sapolsky, de la Universidad
de Standford, dan la culpa no tanto al cerebro como a la dificultad de sobrevivir
en el mundo complejo y estresante que nos hemos fabricado. Estas tesis denotan,
sin embargo, el mismo escepticismo creciente ante la capacidad del cerebro
para seguir garantizando la supervivencia de los organismos movientes, que,
al contrario de las plantas, son los únicos que lo necesitan para ir de un
lado a otro. En el primer caso, se apunta a la limitada capacidad de memoria
del cerebro; en el segundo, a su sentimiento contagioso de que no se puede
hacer nada frente a tanto desvarío. La juventud se deprime porque ya no depende
de su cerebro corregir las injusticias y abusos de poder que las acompañan.
La única solución de ese problema consiste en substituir el cerebro por
máquinas inteligentes. Un proceso que ya se ha iniciado con relativo éxito,
y que culminará en las próximas décadas. O remodelarlo de nuevo para que
sirva en las condiciones ahora imperantes, mediante la manipulación genética
a nivel germinal. Tanto da lo uno como lo otro. En el primer caso, se trata
de fabricar una máquina pensante, y en el segundo, de sacar un modelo nuevo.
La vieja confrontación entre máquinas y seres humanos está ya dando paso
a la fusión de organismos vivos con la tecnología.
En los inicios del proceso se dan dos alternativas supuestamente paralelas.
La primera es la mezcla de componentes moleculares con la electrónica. Se
fabrican artefactos que convierten reacciones químicas del organismo en corrientes
eléctricas que se pueden medir y se implantan en el organismo vivo. Los artefactos
pueden dotarse con programas para diagnosticar y, lo que es más importante,
para la administración reglada de fármacos según la variabilidad genética
de cada individuo. De forma parecida a como el cerebro trataba los antiguos
casos de pánico o ansiedad.
La segunda vía consiste en “empujar átomos a su sitio”. Es la nanotecnología,
una disciplina a la que, a partir del control subatómico, nada le impide
fabricar de abajo arriba substitutos de órganos construidos de arriba abajo,
pero que, por las razones que sea, dejaron de funcionar eficientemente. Si
tuviera que apostar por una de las dos estrategias, parece bastante razonable
asumir que esas líneas paralelas convergen en el futuro. Primero oiremos
hablar más de la primera, pero la vida será, en última instancia, una resultante
de las dos estrategias. Sólo quedaría por resolver el problema de la conciencia.
Nadie sabe a ciencia cierta por qué una percepción visual determinada del
universo en el cerebro se transforma en un sentimiento o –como decía Newton-
“en la gloria de los colores” que no están en el universo. Es la conciencia
de sí mismo, con la que estamos jugando como el ratón y el gato desde tiempo
inmemorial. Yo tendería a creerme a Rodolfo Llinás, el gran fisiólogo de
la Universidad de Nueva York, cuando interpreta la conciencia como una sintonización
coherente y generalizada de todas las redes neuronales, algo parecido al
grito estentóreo de ¡gool…! cuando surge del graderío. Pero
el hecho es que un gran porcentaje de la vida de los hombres y mujeres transcurre
intentando escapar de los efectos malévolos de la conciencia. Por una parte,
se supone que eso es, precisamente, lo que nos hace humanos y nos distingue
del resto de los animales; pero, por otra parte, ni las drogas, ni el alcohol
de todo el mundo, ni los arrebatos y distracciones más peligrosas parecen
suficientes para huir de los efectos de tan noble don.
Ahora bien, si, al decir de neurocientíficos como Antonio Damasio o Susan
Greenfield, la conciencia es el resultado de los registros casi infinitos
y particulares de las distintas experiencias vividas personalmente durante
toda la vida, sin que sepamos todavía cómo infectó al cerebro biológico, ¿qué garantías
tenemos de que el virus de la conciencia no reaparecerá en los nuevos escenarios
utópicos a que me refería antes?
La solución puede venir por la vía apuntada por físicos como Tejada, que
comparan la historia –la experiencia vivida de personas y naciones- con el
concepto de masa. En ese sentido, la conciencia representaría la masa que
impide la movilidad. Con toda nuestra masa molecular a cuestas, es imposible
que nos podamos mover por el espacio a trescientos mil kilómetros por segundo
como un fotón sin masa. De igual manera que las naciones que hacen gala de
su larga y reconcentrada historia –véase lo que ocurre en los Balcanes o
el Cercano Oriente- desvelan una parsimonia increíble para adaptarse a las
condiciones del mundo moderno. Les frena el fardo pesado de su historia particular.
Por eso los humanos, para sobrevivir en el futuro –sobre todo, cuando se
inicie la conquista del espacio-, sufrirán otra mutación inexorable: deberán
perder masa y parecerse más que ahora a un fotón sin ella. O, para ser más
justos con el verdadero sentido de la selección natural darwiniana, cuando
nazca por mutación aleatoria un homínido sin masa, o mucha menos masa, disfrutará de
una ventaja decisiva, y sus genes acabarán siendo mayoritarios, por ello,
en el pool general de genes.
Las grandes transformaciones pendientes para garantizar la
vida del planeta no son, pues, las que figuran en los programas de muchos
partidos políticos y sociedades benéficas. En el ámbito de la utopía tienen
que ver, fundamentalmente, con la capacidad para asimilar de una vez por
todas los cambios exponenciales; vivir soñando, es decir, substituir los
actuales procesos del pensamiento convencional por la mecánica liberadora
de los sueños; cambiar el cerebro por máquinas inteligentes, y perder masa
para ganar flexibilidad mental y movilidad física.
