En la otra colina. La Residencia de Estudiantes como espacio literario
Autor: Juan Marqués
Revista: Turia nº 95
Aunque pueda resultar abrupto, conviene explicar bien desde esta primera línea que cuando el título de este artículo habla de la Residencia de Estudiantes como «espacio literario» no se refiere a la indiscutible importancia que esa institución tuvo y tiene como lugar de encuentro, debate y crecimiento para escritores, sino al modo en que «la Colina de los Chopos» ha sido retratada en algunas obras literarias, tanto en su época histórica (1910-1936), como tras su reapertura en 1986. Ocurre, en efecto, que en el territorio de la ficción, al otro lado de ese inquietante y consolador espejo, también hay una Residencia de Estudiantes, y en ella han sucedido cosas dignas de ser contadas. Algunas de éstas se parecen mucho a acontecimientos que verdaderamente sucedieron en la realidad (y yo soy uno de esos que cuando hablan de la «realidad», o de la «Historia»…, hablan todavía de lo verificado, de lo comprobado, de lo que se sabe que sucedió en algún momento en algún lugar del universo conocido), mientras que otras son perfectamente imaginarias, pero pudieron haber sido, y otras no sólo son ficticias sino que están narradas de forma explícita y saludablemente caricaturesca o aun esperpéntica, buscando no la verosimilitud sino la parodia o, en el caso -mucho menos divertido- de algunos escritores vencedores de la Guerra Civil, el desprestigio. Así, la Residencia de Estudiantes no sólo ha constituido un sereno pero activo espacio literario, sino que en cierto sentido (y especialmente, como veremos enseguida, en la poesía) se ha «literaturizado» hasta casi convertirse en un personaje, y un personaje que, por lo general, cae bien a quienes lo han llevado a su obra.
Al hablar de reconstrucciones literarias dejo fuera, por supuesto, los innumerables textos que hablan de esa Residencia de Estudiantes que todavía se alza y trabaja en la madrileña calle Pinar. Ahora mismo no nos va a interesar demasiado esa institución histórica y actual que tantas páginas protagoniza en memorias, autobiografías, epistolarios, ensayos, biografías y artículos de prensa. Nos vamos a quedar con algunas de sus versiones literarias, y digo «algunas» porque también he de advertir de que lo que sigue no sólo no va a ser un repaso exhaustivo sino que, aparte de incompleto, resultará más bien caprichoso, a modo de pequeñas notas sobre un tema que daría para una monografía con varios milímetros de lomo o, tal vez mejor, para una coqueta antología de poemas.
En el caso de que ésta llegase a existir, seguramente comenzaría, como tantas otras cosas relacionadas con la poesía en nuestro idioma, con Juan Ramón Jiménez, y en concreto con alguno de los aforismos y poemas en prosa con los que formó La colina de los Chopos, parcialmente adelantado en las primeras páginas del número 2 de la Revista de Occidente (de agosto de 1923) y posteriormente convertido en un libro que hoy puede ser íntegramente leído en varias recopilaciones.[pie_1] La segunda página sería para Federico García Lorca, que aportaría un delicado y no muy conocido poema de 1924, «Tardecilla del Jueves Santo», dedicado a su amigo José Bello Lasierra:
Cielo de Claudio Lorena.
El niño triste que nos mira
y la luna sobre la Residencia.
Pepín, ¿por qué no te gusta
la cerveza?
En mi vaso la luna redonda,
¡diminuta!, se ríe y tiembla.
Pepín: ahora mismo, en Sevilla,
visten a la Macarena.
Pepín: mi corazón tiene
alamares de luna y de pena.
El niño triste se ha marchado.
Con mi vaso de cerveza
brindo por ti esta tarde
pintada por Claudio Lorena.[pie_2]
Y después vendría, tal vez tras algún apunte lírico o alguna «caramba» de José Moreno Villa, ese extenso poema, titulado «Mi Residencia de Estudiantes», que Gabriel Celaya, residente entre 1927 y 1935, dedicó en los primeros años sesenta a Alberto Jiménez Fraud, y en el que recuerda al director «gobernándolo todo como quien no hace nada». Allí «[n]adie me restringía. Nadie me atropellaba. / Todo era en torno un orden tranquilo funcionando», y pudo aprender «esto que nos hacía limpios y responsables. / Se bebía en el aire. Se veía en los otros. / Era en mi Residencia como un mundo más grande».[pie_3]
A partir de ahí, dando ya un buen salto, llegaríamos a los versos de los años noventa, cuando algunos de los becarios que la Residencia ha tenido tras la llamada «reconquista», culminada en 1986, y con la reapertura de las puertas en 1990, han evocado aquel lugar en sus poemas. La primera fue, seguramente, la jiennense Esther Morillas, quien en varios de los textos de su ópera prima, Algunas ciudades, retrató aspectos muy reconocibles del lugar, en lo que casi constituye un diario lírico de los días de su estancia allí, al menos parcialmente. Así sucede por ejemplo en el poema «Julio», donde, a la espera de la clásica y multitudinaria fiesta de verano, la autora presiente ya la nostalgia que habrá de vivir cuando esa vida privilegiada termine y toque hacer las maletas:
Se mueve la lámpara con el aire, se mueve la sombra de la lámpara en la pared. Están barriendo las hojas en el jardín: preparan la fiesta de mañana, se descuentan los días y lo sabemos, preocupados, aliviados por no poder hacer nada, dejándonos llevar.[pie_4]
Después de Morillas han llegado poemas de, entre otros, Joaquín Pérez Azaústre (ese «Recital de Chavela en nuestra casa» es, desde luego, el concierto que dio Chavela Vargas en el salón de actos de la Residencia el 3 de julio de 2001)[pie_5] y Ariadna G. García (que diseccionó la habitación que habitó entre 2001 y 2002 en uno de los poemas de Apátrida),[pie_6] o, con referencias mucho más oblicuas, Mercedes Cebrián (esa «naranja preparada» de su poema «Clientela» ha sido uno de los postres habituales en el comedor de la Residencia), Andrés Navarro en el muy reciente Un huésped panorámico (ese «conserje [que] carraspea / en postura de búho, noche tras noche, / sin levantar la vista»…), o David Mayor, que en «Helsinki» (el poema que prefiero entre todos los que forman su excelente En otra parte) se apea en la estación de metro de Gregorio Marañón, que es por la que se accede a la Residencia desde el Paseo de la Castellana (mientras que quien quiera llegar desde la calle Serrano hará bien en bajarse en la parada de República Argentina)…[pie_7]
También el añorado Eugenio Montejo dejó testimonio de una de sus visitas al locus amoenus de la calle Pinar en «El mirlo», el más «keatsiano» de los poemas de Fábula del escriba. Luce como epígrafe la advertencia de que fue inspirado o escrito en los «(Jardines de la Residencia de Estudiantes, Madrid)», donde efectivamente casi siempre se puede ver a alguno de esos pájaros, en guerra permanente con los gatos y acompañados de la inquieta indiferencia de los gorriones.[pie_8]
Pero volviendo a los becarios, aunque abandonando ya la poesía, uno de los primeros de la nueva época fue, durante el curso 1990-1991, el zaragozano Félix Romeo, que en Amarillo ha reproducido fragmentos de alguna de las cartas que le envió a Madrid el protagonista de ese libro, su amigo Chusé Izuel, antes de que los dos se fueran a vivir juntos a Barcelona, donde Izuel se defenestró una madrugada de febrero de 1992. En otro lugar, Romeo ha relatado cómo visitó en 2001 en un hospital de Lima a un moribundo Emilio Adolfo Westphalen, a quien había conocido diez años atrás en la Residencia, y en otro explica su cariño por el ejemplar de Árbol adentro que Octavio Paz le dedicó también allí y también en 1991.[pie_9]
No es el de Amarillo el único testimonio narrativo reciente de carácter autobiográfico en el que se visita la Residencia. En casi todos los tomos del Salón de Pasos Perdidos hace Andrés Trapiello alguna referencia a ese lugar, a veces con admiración sincera y gratitud rendida y a veces con ese tono desmitificador e iconoclasta que caracteriza la mirada del autor leonés. Así, desde algunas de las últimas páginas de El tejado de vidrio, tercer volumen de la serie (en las que el incisivo protagonista de esos diarios asiste en la calle Pinar a la presentación de un libro sobre Moreno Villa), hasta Troppo vero, el decimosexto y último tomo hasta hoy (en donde opina acerca de las celebraciones durante 2002 del centenario del nacimiento de Luis Cernuda), la Residencia es uno de los espacios culturales más frecuentados. También Jorge Riechmann se asoma por allí en su cuaderno de notas de 2004, al celebrar con entusiasmo y mitomanía que «el gran Juan Gelman […] nos acompañará durante varias semanas como ‘Poeta en Residencia’ en la Residencia de Estudiantes de Madrid, ese lugar mágico por cuyos salones aún resuenan los pasos de Juan Ramón Jiménez y Federico García Lorca», y asiste días más tarde a la conferencia que Gelman dio el 4 de octubre de aquel año,[pie_10] mientras que el llorado poeta palestino Mahmud Darwix tomó apuntes sobre la que al cabo sería, trágicamente, su última visita a Madrid, y sobre la conversación pública que mantuvo con Mark Strand la mañana del 25 de abril de 2006, presentados por Luis Muñoz:
Sol, llovizna, primavera vacilante. Los árboles son altos y viejos en el jardín de la Residencia de Estudiantes. Las veredas, pavimentadas con piedrecillas, hacen que caminar se acerque más bien a un ejercicio burlesco de flamenco. Una luz temblorosa agujerea las sombras. Desde esta colina nos asomamos a Madrid, que se extiende abajo como un estanque verde. Mark Strand, el poeta americano-canadiense, y yo nos sentamos en unas sillas de madera a hacernos fotos con los estudiantes, y a firmar nuestros libros traducidos al español, a cual de los dos más dispuesto a ocultar la alegría del poeta ante un lector desconocido, inesperado… ante el viaje de la poesía que se escribió en una habitación cerrada hasta este jardín. Se me acercó una señora elegante y me dijo: Soy sobrina de Lorca. Le di dos besos para aspirar lo que de los brazos de él quedara en ella. Y le pregunté: ¿Qué recuerda de él? Me respondió que había nacido después de que lo mataran. Le dije: ¿Sabe cuánto nos gusta? Y dijo: Todo el mundo dice lo mismo, es un orgullo para mí. Es un símbolo. El director de la Residencia me explicó que éste es un lugar emblemático de Madrid. Quien no lee poesía aquí es un pelagatos. Aquí vivieron Lorca, Alberti, Juan Ramón Jiménez, Dalí. Al final del encuentro, me pidieron que le hiciera una pregunta a Mark Strand. Le pregunté: ¿Cuál es el límite preciso entre el verso y la prosa? Titubeó, como hacen los verdaderos poetas ante una definición difícil, y dijo, él que escribe verso libre: El ritmo, el ritmo. La poesía se distingue por el ritmo. Y cuando salimos al jardín a pasear por las veredas de piedrecillas, no hablamos mucho para no romper el ritmo de la noche sobre los altos árboles. No sé por qué me vino a la cabeza la aguda frase de Nietzsche: «La sabiduría es el conocimiento privado del canto»[pie_11].
También la Residencia ha sido reconstruida sobre las tablas, pues el primer acto de Nuestra Natacha, la comedia que Alejandro Casona estrenó en el Teatro Victoria de Madrid el 6 de febrero de 1936, comienza «En una Residencia de estudiantes [sic, con minúscula], que es claramente la Residencia. No sólo cuelga en su vestíbulo un «retrato de Cajal» (que fue desde 1907 el presidente de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, institución pública de la que nació la Residencia de Estudiantes gracias a un Real Decreto de 6 de mayo de 1910, hace ahora exactamente cien años) junto a «algún mapa antiguo, fotografías de arte […] raquetas de tennis y copas deportivas», sino que transcurridos varios minutos de la obra Sandoval irrumpe en escena preguntando: «¿Es en la Residencia de Estudiantes donde estoy?», a lo que Lalo responde: «En la Residencia es». La acción transcurre a finales de la primavera de 1935, pues está a punto de zarpar el hoy célebre «Crucero Universitario por el Mediterráneo» que aquel verano, entre el 15 de junio y el 1 de agosto, y en una especie de precedente de los viajes de estudios de hoy en día, llevó a Túnez, Egipto, Palestina, Turquía, Grecia e Italia a estudiantes destacados como Julián Marías, Isabel García Lorca, Gonzalo Menéndez-Pidal, Salvador Espriu, Juan Pérez de Ayala, Gregorio Marañón Moya, Laura de los Ríos, Fernando Chueca Goitia o Antonio Tovar, cuyos méritos académicos (o apellidos…) se vieron así premiados. El proyecto, de nítida raigambre institucionista, fue impulsado por Manuel García Morente, y, entre los jóvenes profesores que acompañaron a los alumnos, estaban Guillermo Díaz-Plaja y Joaquín de Entrambasaguas. Ambos, como el propio Tovar, engrosarían desde 1939 la nómina de intelectuales y profesores adictos al régimen franquista, y Entrambasaguas llegaría a arremeter contra el admirable Francisco Giner de los Ríos y la Institución Libre de Enseñanza en columnas publicadas en la «prensa del Movimiento»[pie_12].
Pero, volviendo a Nuestra Natacha, no sólo encontramos alusiones al «Crucero», sino que la protagonista, que ha podido disfrutar de la relativa «coeducación» y de la promoción de la mujer que se vivió en aquellos años y en aquellas instituciones (y que es presentada antes de su aparición como la «primera mujer que alcanza en España el doctorado en Ciencias Educativas»), ha conocido la «Universidad de Verano de Santander» y se prepara para participar en los itinerarios de un «Teatro Ambulante» que, al proponerse ser «trashumante, de pueblo en pueblo» y dar preferencia a actuar «para las cárceles, para los asilos. Llevaremos romances y canciones, farsas patéticas, teatro de Lope y Calderón»…, recuerda muchísimo a La Barraca o a las iniciativas teatrales de las Misiones Pedagógicas (en las que el propio Casona participó desde febrero de 1932, dirigiendo el Teatro del Pueblo)[pie_13].
También se habla de La Barraca, saltando ya a la narrativa, en los primeros compases de la magnífica novela El abrecartas, de Vicente Molina Foix, donde después, en una carta apócrifa -pero muy verosímil- en la que un tal Andrés Acero escribe a Carlos Bousoño sobre Vicente Aleixandre, se explica lo que había sido el «Epentismo, una palabra inventada para referirse a la homosexualidad y que usaban entre ellos los poetas y algunos amigos de la Residencia de Estudiantes»[pie_14]. Y, de nuevo tras sustanciosas alusiones a las representaciones de La Barraca en Galicia, en Los libros arden mal, de Manuel Rivas (y en concreto en su capítulo, o cuento, «El coleccionista de yugos»), aparece un personaje, Héctor Ríos, que «en 1935 […] va camino de Madrid, de la Residencia de Estudiantes, con su brillante expediente académico y con la intención de convertirse, de la mano del prestigioso penalista Luis Jiménez de Asúa, en uno de los fiscales más jóvenes de la República Española». En la página siguiente, Ríos «iba confiado con la ficción de Wells en un bolsillo y las fichas de Ética de [Xoán Vicente] Viqueira en el otro. Rumbo a la Residencia de Estudiantes de Madrid, con la chaqueta gastada en los codos»[pie_15].
Remontándonos de nuevo a la literatura escrita durante la época histórica de la Residencia, unos meses antes del estreno de Nuestra Natacha Josefina Carabias publicó un ingenuo relato breve cuya segunda parte tiene lugar en la Residencia de Señoritas (fundada en octubre de 1915 en la calle Fortuny, aprovechando los edificios que el llamado «Grupo Universitario» había desalojado al trasladarse ese año a la sede definitiva de la calle Pinar). Publicado en el número 276 de la avanzada revista femenina Crónica (de 17 de marzo de 1935), titulado «La primavera vista por los estudiantes» e ilustrado con dos dibujos de Vázquez Calleja, el cuento explica cómo la llegada del buen tiempo supone el peor momento para los y las estudiantes, pues no pueden abandonar sus libros y cuadernos para disfrutar de los jardines, que en todo caso ofrecen demasiadas distracciones:
Manolita mira su brazo, ve el reloj y se horroriza. Son las doce menos veinticinco. Ella se puso a estudiar en el jardín a las diez y media. No, así no se puede seguir estando los exámenes a ocho días vista. […] No, no puede ser. ¡Al diablo la Primavera, y los árboles, y las mariposas, y los pajaritos, y las criadas que cantan Rocío!
Y Manolita se mete a estudiar en el cuarto obscuro de una compañera suya.
Tres décadas después, La encrucijada de Carabanchel, de Salvador García de Pruneda, fue una estupenda y hoy casi olvidada novela sobre los distintos disturbios y sucesivas huelgas que se vivieron en Madrid desde 1929, y sobre los acontecimientos de la capital hasta el final de la guerra civil. Algunos de los estudiantes que participan en los altercados universitarios de la primera parte viven en la Residencia, y muchos otros acuden allí a menudo para asistir a las conferencias y conciertos. El tercer capítulo comienza con la descripción del lugar, y en ella se expresa sin disimulos la aguda antipatía e incluso el sarcasmo con que el autor evocaba aquel mundo -que él mismo había contribuido a destruir- a la altura de 1962-1963, cuando García de Pruneda redactó la novela (que merecería el Premio Nacional de Narrativa en 1964) en los ratos libres que le dejaba su puesto de cónsul general de España en Tetuán:
Sobre una suave colina que domina la vaguada del paseo de la Castellana se alza, entre pinos, la Residencia de Estudiantes. […] A un lado, un banco de piedra, regalo de un mecenas. En torno crece la hierba. No es el césped de los «colleges» de Oxford, sino su imitación castellana. Hierba siempre a punto de agostamiento, prematuramente madura, no logra nunca alcanzar esas tonalidades tiernas del verde de las primicias del año, porque en Madrid no hay primavera. Es un verde malogrado. […]
Los pinos de la colina, los álamos y los chopos del Canalillo acentúan la nota castellana del paisaje, escondiendo hábilmente la pretensión anglosajona, nunca en el fondo desmentida, pero siempre malograda, jamás plenamente conseguida.
Por primera vez, Benamira, apadrinado por Diego Báez, penetraba en el recinto de los selectos, en la «colina de los Pinos». La barba de un poeta negreaba entre las mesas claras que amueblaban la estancia. Allí el silencio era absoluto y no había lugar más que para la Poesía. […]
El poeta había hecho una pausa, una larga pausa. Silencio. Silencio. Amortiguado, lejano, llegaba el fragor de la ciudad, de su arrabal noble, mejor dicho. Se escuchó el relincho de un caballo del Hipódromo, luego una bocina aislada. La mañana dominical llegaba a su fin.
Crujió la pata de una silla. El poeta se erguía. Todos se levantaron. Benamira sintió tristeza, una dulce tristeza. La mañana poética había terminado[pie_16].
El «mecenas» es, por supuesto, el Duque de Alba, y el poeta caricaturizado Juan Ramón Jiménez. La maliciosa referencia al «arrabal noble» quiere abundar en la fama de elitismo e incluso «señoritismo» que a menudo (y a menudo injustamente) pesó y ha pesado sobre la Residencia, que, efectivamente, estaba situada en los llamados «Altos del Hipódromo» y, tanto en sus exteriores como en los edificios que diseñó Antonio Flórez, estuvo inspirada en modelos británicos con los que estaba muy familiarizado Alberto Jiménez Fraud, director de la Residencia durante toda su etapa histórica[pie_17].
En la página siguiente, García de Pruneda cuenta cómo en todos los ámbitos, los residentes, «[s]abedores de su singularidad, un poco ajenos a la sociedad que allí se esparcía, habían reafirmado en su disposición al andar la conciencia del grupo, subrayando el que de manera física ahora formaban mediante una proximidad»… Una distorsión parecida, pero no tan debida a distancias ideológicas como a propósitos directamente cómicos y crudamente paródicos, es la que, llegados de nuevo a la narrativa de nuestro tiempo, desplegó Antonio Orejudo al retratar a los habitantes de la Residencia de Estudiantes en esa divertida gamberrada que tituló Fabulosas narraciones por historias[pie_18]. Allí, en una narración que consigue ser insolente sin dejar de ser graciosa, leemos desternillantes conspiraciones en las que los «dones» o seniors de la Residencia y su periferia, reunidos en una antigaldosiana «Junta para el Apoyo de la Juventud y las Artes» (en la que están Jiménez Fraud, José Ortega y Gasset, Moreno Villa, Ramón Gómez de la Serna o Federico García Lorca como único joven implicado), se habrían inventado estratégicamente la «deshumanizada» generación del 27 y, en general, la «nueva literatura», el «arte puro»…, para imponerlos artificiosa y deshonestamente tras discutir mucho y decidir entre todos sus características, sus objetivos, sus rumbos, sus nóminas (en lo que constituye una versión grotesca de una operación interesada y muy bien calculada que, en cierto sentido, y con protagonistas muy distintos, realmente se produjo).
Pero llegando a lo más reciente (y dejando a un lado recreaciones cinematográficas como Buñuel y la mesa del rey Salomón, de Carlos Saura, o Little ashes, de Paul Morrison), ha sido Antonio Muñoz Molina el último en situar en la Residencia de Estudiantes varios episodios narrativos, y lo ha hecho en una obra tan ambiciosa como La noche de los tiempos[pie_19]. La primera mención a la Residencia está en la página 22 (y lo digo con exactitud porque en las primeras palabras de esa misma página se afirma con razón que «Importa la precisión extrema. Nada real es vago»…). Allí nos enteramos además de que el arquitecto Ignacio Abel, el protagonista, dio una conferencia en la Residencia el 7 de octubre de 1935, algo que él recuerda desde su temprano y todavía tembloroso exilio estadounidense[pie_20].
Poco después, en la página 41, nos enteramos de que unos días antes, la tarde del 29 de septiembre, Abel entró «en el salón de actos de la Residencia de Estudiantes buscando a Moreno Villa y una mujer de espaldas tocaba el piano y cantaba por lo bajo para sí misma, en la sala desierta»… Ese encuentro entre Abel y Judith, dichoso o fatal, desata muchas de las riendas de la novela, y creo que si Muñoz Molina ha elegido ese salón de actos como punto de inicio de una novela de tal envergadura es porque sabe que esa habitación fue también el epicentro de muchas otras cosas de naturaleza muy distinta, y el recinto por el cual, en buena medida, entró en España el siglo XX, de mano de muchas de las personalidades científicas o artísticas más relevantes de aquellos años.
Ignacio Abel había estado en su día becado por la Junta de Ampliación de Estudios para estudiar en Weimar (p. 96); Judith, al llegar a España, ha intentado ocupar una habitación de la Residencia de Señoritas (p. 138); los hijos de Abel estudian en el Instituto-Escuela (p. 255); también aparece en esta novela La Barraca, con la que está a punto de colaborar el tío Víctor antes de afiliarse a Falange (p. 362), y se explica que al iniciarse la guerra civil la Residencia fue convertida en un hospital (p. 291)…, pero yo, para terminar este repaso, no me resisto a destacar y aplaudir el magistral capítulo 3, en el que, en una novela de frases largas y periodos amplificados a veces hasta el límite de la inteligibilidad, se dibuja un retrato admirable sobre quién era José Moreno Villa a la altura de 1935, y se hace en un banquete de veinte páginas de prosa brillante hasta la perfección (ver pp. 55-74). Tras su romance neoyorquino («cuando supo que no iba a recobrarlo el dolor que sentía estaba matizado por un fondo mezquino de alivio»), Moreno Villa es «un hombre que ya no es joven y al que casi cualquier cambio empieza a parecerle una injuria personal» y «casi siempre huésped secundario en las fotografías de otros, más célebres que él, siempre discreto en ellas, huidizo, formal, a veces ni siquiera identificado con su nombre, no reconocido, sin la sonrisa abierta o la pose arrogante que otros exhiben, como si ya estuvieran seguros de su lugar en la posteridad»… Lo que Muñoz Molina dice al respecto no sólo es justo con la parte de mérito y descubrimiento que le corresponde al malagueño, sino también justiciero respecto a Lorca, Buñuel, Dalí, Bergamín o Salinas, que no salen indemnes del boceto subjetivo que trenzan a medias la voluntad del narrador y la perspectiva suavemente rencorosa del personaje, aunque «su propio resentimiento le irritaba más que el éxito de otros, ligeramente amargo para él incluso cuando lo consideraba merecido». «La celebridad de los otros lo volvía invisible», pero su bonhomía y estoicismo le salvaron, y siguió siendo así incluso cuando, como él mismo contó en su Vida en claro, apagó las luces de la Residencia de Estudiantes en julio de 1936, antes de ser ocupada por médicos, enfermeras y heridos. Pero, por desgracia, ese epílogo perteneció a la realidad: no sólo al escenario de Muñoz Molina sino al hogar de Moreno Villa, a la Residencia histórica, y para conocer mejor las circunstancias de aquel final y de todo lo que antecedió y de todo lo que sucedió después, convendrá buscar en otros sitios, en otra bibliografía. 2010 va a ser un año óptimo para ello.
