Encuentros: Emmanuel Pahud
Autor: Rafael Banús Hirsuta
Revista: Scherzo nº
El flautista suizo Emmanuel Pahud es uno de los artistas más apasionantes del momento. Nacido en Ginebra en 1970, a los 20 años ganó el Primer Premio del Conservatorio de París. Con sólo 22 años entró a formar parte de la Orquesta Filarmónica de Berlín como primer flauta, puesto que había ocupado anteriormente en la Orquesta de la Radio de Basilea y la Filarmónica de Munich, y que dejó para dedicarse a su carrera como solista. Su amplísimo repertorio no conoce fronteras, como prueban sus dos últimos registros discográficos, dedicados, respectivamente, a Conciertos de Telemann o a revisiones de temas clásicos a dúo con el pianista de jazz Jacky Terrasson.
La flauta no es un instrumento que levante tantas pasiones como el violín, el piano o incluso el violonchelo. ¿Por qué lo escogió?
En 1974, siendo yo aún muy pequeño, mis padres se trasladaron a Roma. Nuestros vecinos, que eran también suizos, tenían cuatro hijos, dos chicos y dos chicas, todos los cuales tocaban algún instrumento: el violín, el piano, el violonchelo o la flauta. Yo les dije a mis padres que quería tocar también la flauta, y así empecé a estudiar con los otros niños.
En Francia existe una larga tradición de flautistas: Jean-Pierre Rampal, Aurèle Nicolet (que fue, precisamente, su maestro), Alain Marion ¿Se siente pertenecer a esta escuela?
La escuela francesa de la flauta es muy antigua. Se remonta al siglo XVIII. El virtuoso y compositor François Devienne fue profesor en el Conservatorio de París, y después ha habido otros muchos grandes flautistas franceses, como Marcel Moyse, todos los cuales publicaron sus respectivos métodos. Puede decirse que la escuela francesa de tocar la flauta es la primera que utiliza estudios con escalas, arpegios, etc. Sin embargo, Aurèle Nicolet o yo no somos productos típicos de esa escuela, porque tenemos una experiencia musical mucho más internacional por haber pertenecido ambos a la Orquesta Filarmónica de Berlín.
Hay, en cualquier caso, un color típicamente francés, no sólo en la flauta, sino en todas las maderas.
En efecto, la escuela francesa de viento es muy virtuosística, con una articulación, un sonido y un color particulares, muy distintos del sonido típicamente alemán, más pesante, más «heavy».
A los 22 años, entró como primer flauta en la Orquesta Filarmónica de Berlín, de la mano de Claudio Abbado. ¿Cómo fue la experiencia, y qué le llevó a dejar la orquesta en un momento dado?
Con una orquesta, además, de la categoría de la Filarmónica de Berlín.
Si tocas en una orquesta que no es buena, lo único que puedes hacer es frustrarte, que es lo peor para un artista. Tocar en una orquesta como la Filarmónica de Berlín, por el contrario, es un enorme estímulo. No hay muertos [ríe], pero cada concierto es una enorme responsabilidad. Te obliga a vivir cada concierto como un momento de vida, de música viva, y eso es lo más importante para mí.
¿Cree que las cosas van a ser muy diferentes a partir de ahora con Simon Rattle?
Seguro que sí. Se necesitarán dos, tres, cuatro o cinco años antes de que pueda desarrollarse un sonido nuevo, un modo nuevo de tocar, de interpretar, con Simon Rattle. Su contrato es por diez años, y creo que esto es algo muy bueno para la orquesta, porque todos tenemos la obligación de trabajar juntos y en la misma dirección.
¿Le ha llamado Claudio Abbado para la nueva orquesta que va a crear en Suiza?
Sí, me ha llamado en varias ocasiones a propósito de esta orquesta. Es un proyecto, sin duda, muy interesante. La idea de la Orquesta del Festival de Lucerna no es totalmente nueva. Hace muchos años existía la Orquesta Suiza del Festival, y ésta viene a ser la heredera de aquélla. Claudio Abbado ha contratado a muchos músicos procedentes de varias orquestas: Viena, Londres, Berlín, la Orquesta Juvenil Gustav Mahler así como a gente como Sabine Meyer y su conjunto de cámara. Será una asociación fascinante. Yo voy a participar únicamente en la creación de esa orquesta, pero nada más. Como suizo francés, es para mí algo muy importante participar en la creación de la Orquesta de Lucerna, que es un gran festival, con una sala de conciertos fantástica. Tengo muchos proyectos con el festival. El año pasado interpreté el Concierto para flauta de Khachaturian, el anterior ofrecí un recital, y antes había tocado a Mozart. Doy al menos un concierto al año, y soy prácticamente un artista residente del festival, y para mí es importante iniciar este proyecto de la nueva orquesta.
¿Llegó a trabajar con Sergiu Celibidache en Munich?
No, no llegué a trabajar con él. Sólo hablamos en una ocasión, para decidir si prolongaba mi contrato en la Filarmónica de Munich o me marchaba a Berlín.
¿Ha tocado usted con alguno de los viejos maestros?
Sí, con Günter Wand, Georg Solti, Carlos Kleiber -que, aunque no es tan viejo, tiene algo de los antiguos maestros-, y siempre ha habido un gran respeto por parte de los músicos y del público. Es muy impresionante ver a una persona de 80 o 90 años ponerse delante de una orquesta. Hay una autoridad natural, simplemente por la diferencia de edad, algo muy diferente a cuando llega un director joven, con un talante más deportivo.
¿Cuál es el director que más impresión le ha causado?
Hay muchos, y no quiero ser injusto, pero Carlos Kleiber es algo impresionante. En una ocasión toqué con él la Cuarta Sinfonía de Brahms y la Obertura Coriolano de Beethoven, y fue algo sensacional. También Claudio Abbado, Seiji Ozawa y Daniel Barenboim son músicos geniales.
Recientemente ha colaborado con Mstislav Rostropovich en un disco con obras de Sofia Gubaidulina.
Sí, yo toco la Música para flauta y orquesta, que acompaña el Cántico del sol, para violonchelo y orquesta, que interpreta Rostropovich. A mi juicio, esta pieza es el mejor concierto moderno que se ha escrito para flauta. El problema es que utiliza toda la familia de las flautas: baja, en sol, alto, flauta normal y piccolo, y la dificultad está en organizar y trabajar la obra con todos esos instrumentos. Pero el espectro sonoro es muy sugerente. Emplea una orquesta sólo de cuerdas y percusión, con una afinación en cuartos de tono y separada en dos grupos, y así hay un movimiento del sonido de izquierda a derecha que resulta fascinante. Y la flauta dialoga con los diferentes grupos. Ha sido una magnífica experiencia, porque Rostropovich conoce muy bien a Gubaidulina y hemos trabajado con ella el tema de las cadencias, ya que lo que ella había escrito no era totalmente lo que quería oír y hemos hecho algunas modificaciones.
¿Cómo se comporta, en general, la música contemporánea con la flauta?
Muy bien. La flauta es uno de los instrumentos más populares y queridos para los compositores modernos, porque pueden hacerse con ella muchos efectos diversos y novedosos, tanto de viento como de percusión. El repertorio contemporáneo es, junto con el barroco y el clásico, el más importante para la flauta. El único problema es que no hay mucha gente que quiera escuchar o programar música contemporánea. Existe el peligro de que la música clásica, dentro de veinte años, no exista más que como una cosa de museo, del pasado. Por ello es necesario que hagamos del concierto algo vivo, se trate de música de hace trescientos años o de hace tres días.
¿Le han dedicado alguna obra?
Sí, me han dedicado varias piezas para flauta sola, para flauta y violín, para flauta y violonchelo, obras de cámara o para un complejo un poco más grande, y en la actualidad estoy trabajando en tres conciertos para flauta y orquesta. En general, el problema de los compositores de hoy es que no saben escribir para una gran orquesta sinfónica. O hay demasiada actividad, y entonces no se puede oír bien todo lo que pasa, o, por el contrario, todo es muy tranquilo, un fondo sonoro uniforme y sin demasiado interés. Es un tema difícil. Yo he estrenado obras de autores rusos, franceses e ingleses en varios festivales que las habían encargado, pero es el tiempo el que decide si una obra es buena o no lo es, si va con su época, es visionaria o está anticuada.
¿Ha sentido la tentación de los instrumentos originales?
Precisamente Mozart es uno de los puntos centrales de su actividad. Se dice que él mismo afirmaba que no le gustaba demasiado la flauta. ¿Qué hay de verdad en esto?
Aunque lo dice en las cartas a su padre, no es cierto que no le gustase la flauta. Lo que ocurre, a propósito de sus conciertos y cuartetos, es que había un problema con la persona que le había encargado estas obras, que era un flautista amateur. Y no muy simpático, además. Al principio todo iba bien, Mozart escribió los dos conciertos y los cuatro cuartetos. Pero nunca terminó el tercer concierto ni los dos cuartetos restantes que tenía que hacer, y sólo recibió el 60 por ciento de sus honorarios. Mozart no se quedó contento con este señor ni con los flautistas en general. Sin embargo, cuando escuchamos todas esas frases destinadas a la flauta en los conciertos para violín y piano, en las óperas, en las grandes sinfonías, vemos que son muy bellas. Puede hablarse incluso de un color específico para la flauta en la orquesta mozartiana, como en la Sinfonía en sol menor, o en la Sinfonía Júpiter, lo cual quiere decir que no es cierto que no le gustase el instrumento, utilizado en un contexto adecuado.
A propósito de su grabación de los Conciertos de Mozart, la revista Gramophone ha escrito de usted que «respeta la paleta tonal pura de la flauta, sin forzar el sonido ni usar un mareante vibrato».
Efectivamente, eso vale para los Conciertos de Mozart. Sin embargo, cuando toco el Concierto de André Jolivet o Le merle noir de Olivier Messiaen, entonces tengo un estilo de tocar totalmente distinto, con un sonido también diferente. Soy un camaleón de la flauta.
Otro de los aspectos que también cultiva con particular agrado es la música de cámara. Le gusta mucho tocar con colegas como el chelista Truls Mørk o el pianista Stephen Kovacevich.
Sí, y también con otros, como el clarinetista francés Paul Meyer, los pianistas Eric Le Sage, Jean-Yves Thibaudet, Hélène Grimaud, o violinistas como Christoph Poppen, o el Cuarteto Cherubini. Todos son fantásticos, y tienen la misma manera de hacer música que yo, con lo cual es facilísimo trabajar con ellos. En la música de cámara son muy importantes los partenaires.
Recientemente ha publicado un disco titulado Into the Blue, en el que se aparta un tanto del camino clásico.
Para mí es muy importante en mi carrera discográfica grabar los conciertos y cuartetos de Mozart, recitales con música francesa, música alemana, conciertos de Haydn y también el jazz. Éste es un proyecto que la EMI y yo veníamos barajando desde hace cinco años, y que finalmente llevamos al disco hace dos veranos, en el Sur de Francia, con músicos de jazz neoyorquinos y un pianista francés, Jacky Terrasson, que vive desde hace diez años en Nueva York. Ha habido un contacto muy bueno entre los dos, él conoce y aprecia la música clásica como yo conozco y aprecio el jazz, pero no es capaz de tocar con orquesta en un concierto clásico ni yo tampoco de tocar música de jazz, pero hemos tratado de combinar los dos talentos y nuestra visión de estas piezas clásicas, y creo que el resultado es muy atractivo.
¿Le interesa la enseñanza?
Sí, y de hecho he estado un año como profesor de la clase de virtuosismo de flauta en el Conservatorio de Ginebra. Pero exige una enorme dedicación y responsabilidad, y lo he dejado porque es muy difícil compaginar los conciertos con la enseñanza. Sin embargo, en el verano me gusta impartir dos semanas de clases magistrales, una semana en América del Norte o Canadá, y otra en países como España o Italia (este año, por ejemplo, han sido en junio en Quebec y en agosto en Siena). Quisiera hacer esto cada año, aunque es difícil porque tienes que estudiar y preparar los programas para tus propios conciertos y también para los estudiantes, y el día sólo tiene veinticuatro horas.
¿Cree que actualmente hay una buena hornada de flautistas?
Sí, particularmente en España, en Italia, en Francia y en Alemania, hay muchos y buenos flautistas jóvenes. Recientemente he sido presidente del Concurso Internacional de Ginebra, que gané hace nueve años, y hemos dado el primer premio absoluto y sin discusión a Silvia Careddu, una joven flautista italiana, de Cerdeña, que es increíble. No sólo en el aspecto técnico, sino también de una madurez musical impresionante.
