Entrevista a Rafael Amargo / Amargo y punto
Autor: Joaquim Noguero / Omar Khan
Revista: Por la Danza nº 63
Rafael Amargo se ha abierto camino gracias a una sensibilidad feroz por aunar esfuerzos. No es ni un bailaor ni un bailarín de primera línea. Pero esa ambición que algún crítico creyó que rompía el saco cuando vio Poeta en Nueva York lleno de vídeos con texturas cercanas al Fritz Lang de Metrópolis y al King Vidor de The Crown, con actores y actrices de relieve dentro del cine español, con blues y muñeiras junto al flamenco y los versos de Lorca, sin pisarlos y sin limitarse a ilustrarlos tampoco, esa ambición, digo, ese derroche creativo, ha resultado ser su mejor baza. El exceso es su marca. Pero también la coherencia. Todos los sedimentos que arrastra la potencia de su corriente avanzan en dirección al mismo mar. Lo mejor de Amargo es la impresión global de sus espectáculos, que no es suma separada de cosas, sino hábil mezcolanza, un elaborado y emborrachado cóctel de danza, la espléndida dirección musical de la venezolana Edith Salazar y los trabajos de vídeo de Juan Estelrich, plagados a su vez de homenajes al viejo cine mudo.
“Chicos, ¿me vais a entrevistar para una revista de danza? ¡Estoy asombrado! Pero si en el mundo de la danza nadie quiere saber de mí. Me quiere el pueblo, me quiere el mundo del ARTE en mayúsculas, me quiere el mundo de la música, me quiere el mundo del cine, pero ¿la danza?”
¿Y eso por qué?
¿El pastel es pequeño, y origina rivalidad?
Pues si el pastel es pequeño, con más razón vamos a reírnos juntos, ¿no? ¿Que sólo hay un huevo frito? Pues mojamos todos. Hace poco una institución pública me quería dar una subvención y cuando vi que no me llegaba ni para los zapatos, les dije que ese millón de pesetas lo dieran a una compañía de contemporáneo: uno o dos bailarines en una sala pequeña le podían sacar partido, y más si son de contemporáneo, que bailan con una braga. Pero, a mí, tan sólo con el vestuario, ¿de qué me sirve? Hay quien paga muy barato salir en la foto ahora que llenamos teatros. Ésta es una compañía de cincuenta tíos metidos en nómina. ¿Y me quieres dar un millón de pesetas para que ponga tu logotipo? Pues no, majo, te lo quedas, porque tu millón me cabe en el hueco de un diente.
¿La rivalidad se da entre las principales figuras?
Con los grandes es con quien mejor me llevo, saben lo que cuesta todo. Los peores son los mediocres. Y siempre por la espalda, claro. Porque luego cuando les llamas tienen que estar aquí tragando si es uno quien les paga el sueldo sin subvenciones ni nada. ¡Es una cooosa! Vienen a trabajar conmigo y, como yo ni les regaño y hago broma, encima luego sufren. ¿Me entiendes? Yo soy así, sin rencor, ya paso de estas cosas. No quiero quedar prepotente, y que parezca que estoy de vuelta, pero no voy a hacerme mala sangre con tonterías. De niñato, era más bocazas, no sabía callarme. Pero ahora ya no.
¿Cómo empezaste?
Tuve suerte. Me fui primero a Japón, a trabajar como un hijo puta dos años y medio, bailaba por las noches en un tablao y por la mañana daba clases en una escuela, y con todos los dineros que gané (me vine con unos diez quilos), en lugar de meterme en la compra de un piso o de un Ferrari, monté mi primera compañía. Y empecé a triunfar. Tuve suerte: conocí gente de las artes plásticas que me apoyó y ayudó. Mis inicios no son nada petardos, de prensa rosa y todo eso. Me lo he currado, he luchado donde había que hacerlo, sobre el escenario.
Tus primeros trabajos ¿ya presentaban la mezcolanza que te caracteriza?
No tenían el mismo presupuesto, claro. Pero, hijo, ¡es que para tener gusto no hace falta dinero! Con un proyector de diapositivas o un Cinesín puedes hacer audiovisuales con tanta gracia como el que más. Hay que saber darle la vuelta a la tortilla. “Ah, es que éste como tiene tanto dinero…” Pues no señor, no es dinero: lo que pasa es que he tenido otra cuna que la de estos que sólo levantan la patita. Me he preocupado por formarme. Que no se extrañen luego si me da por hacer ciertas cosas que a algunos les parecen rarísimas y me salen bien.
¿Cómo definirías tus espectáculos?
Como un estilo muy personal y muy amargo de contar lo que me da la gana. Cuando creo, no me planteo si voy a llenar o no un teatro, soy sincero a mi sentir. Evidentemente, quiero seguir mereciendo la fidelidad del público, porque ésta es mi única subvención. Si tuviera que esperar algo del Ministerio de Cultura, mal iría.
No te planteas llenar teatros, pero los llenas.
Porque son espectáculos muy equilibrados, con muchos elementos, donde es difícil no encontrar una puerta de entrada. Hago espectáculos grandes y comerciales, pero con un toque intelectual y con un concepto que, más que de danza, es visual y artístico en general. Me gusta la moda, los audiovisules, el arte, una coreografía pulida… Me divierto, chico, lo más importante es que no estoy encorsetado.
¿Cuál crees que es tu público?
Yo aspiro a que me vea todo el mundo, no busco un público específico de danza o de flamenco. Cada vez que me entero que viene un bailarín a verme me nervio, me entran como sarpullidos, no puedo, de verdad. ¡Encima que les regalo la entrada muchas veces van a criticarme! Prefiero que venga la señora del visón de pieles o el tipo que ha estado hasta las tantas poniendo copas en un bar. Yo disfruto cuando veo público de calle. ¡Y vienen muchos chavales jóvenes! El flamenco no les gustaba, pero mi rollo como personaje cañero, canalla, loco o lo que sea, ha hecho que se interesen por la danza. Y eso crea un público. Empiezan conmigo y luego igual ven también a uno de esos que me critica. Chico, a mí esto es lo que me va, y lo otro son tonterías. Los bailarines estirados que se queden en casa. O en la barra, que es donde quedan bonitos, delante del espejo.
Tu formación no se limita a la de bailarín.
En absoluto. En Madrid hice la carrera de Arte Dramático, y luego en Argentina y en Cuba estuve estudiando cine. Me interesa sobre todo como director. De hecho, ahora voy a empezar a rodar mi primer corto. Ya ves: en estos momentos, estoy en la danza, pero mañana no creo yo que baile. Tengo muchos otros intereses. Gracias a Dios, mi vida no queda reducida a la danza.
¿Empiezas a disfrutar más de estar fuera?
Mucho más. Yo creo que arropo a la gente y sé sacarles lo bueno al conocer lo que les está pasando en ese momento, su estado de ánimo… Toco mucho su llaga, les hago contar cosas que sé que pueden dar bien. Me interesan más estos aspectos personales que las técnicas en sí. Yo trabajo con las emociones. Un bailarín exclusivamente técnico o virtuoso no es para el tipo de espectáculos que yo hago. No me interesa saber a qué altura está la pierna. Para disfrutar con estas virguerías no me pongo a coreografiar, pillo un vídeo de Baryshnikov o de Nureyev y me lo dan mejor: flipo con el vídeo, me hago cuatro pajas, y vuelvo a lo mío cuando se me ha pasado la tontería.
¿Cual es el proceso de creación?
Yo sueño las cosas, las veo muy claras, sé ya de buen principio como quiero que sea el espectáculo. Y luego cojo materiales muy distintos de la vida, de mis intereses, y lo junto todo aunque no tenga nada que ver. Si quiero que algo entre, por mucho que cueste, al final sé que conseguiré darle la vuelta y encajarlo. Este proceso de crear, delirar, divertirme, es lo que me pone. Después me exijo niveles, estudio, lo racionalizo, porque no lo hago sólo para mí y es para un público. Pero ese delirio inicial es lo que de verdad me seduce.
¿Tienes algún gran proyecto en cartera?
Para el año que viene haré el Quijote, con dramaturgia de Paco Nieva, audiovisuales míos y de Juan Estelrich, y habrá también colaboraciones de algunas actrices y actores del mundo del teatro y del cine, pero esta vez, a diferencia de con Poeta en Nueva York, estarán conmigo en directo encima del escenario.
(Barcelona, abril de 2004)
AMARGO Y PUNTO
Amargo llena teatros. Y los llena de verdad. No en funciones benéficas de invitados sino en función normal de un miércoles por la tarde. Podrán decir de él lo que quieran pero pocos en su medio tienen semejante capacidad de convocatoria. Es artista popular, en el mejor y más productivo sentido del término. Está cercano el día en que dejarán de llamarle bailaor para clasificarlo como artista y punto. Domina los reveses y complejidades del flamenco con pericia de veterano pero no se conforma. Es curioso y husmea en otros terrenos, a veces con más suerte, a veces con menos, pero cada presentación suya garantiza las sorpresas. No se corta un pelo. Acude al ballet si se le ocurre, echa mano del hip hop si es lo que toca. El asunto audiovisual le seduce y la creación del espectáculo total lo atrae. Su evolución como coreógrafo es notable. Parece que fue ayer que presentó El ángel y la garra (1997), con la que se lanzó a la aventura de probar suerte con compañía propia y ya hoy luce un catálogo amplio y ecléctico que contiene obras de envergadura como su Poeta en Nueva York, personalísimas como Amargo, de gesto clásico como El amor brujo o totalmente urbanas como su novísimo Enramblao. Y apenas tiene 29 años.
Es un tipo simpático Rafael Amargo. Para la prensa es una delicia. Contesta a lo que se le pregunta (sea lo que sea lo que se le pregunte) y va aún más allá, soltando con ingenio diez mil titulares por minuto. Su lengua es larga y afilada. Sus declaraciones, polémicas y temerarias, especialmente en un medio donde todo el mundo parece obsesionado con guardar las formas. Él no. No se guarda nada y parece gozar compartiéndolo aunque luego se arrepienta, que suele suceder. Reclama lo que cree que le pertenece, va seguro de sí mismo y critica con insidioso ingenio todo lo que no le complace. No se siente flamenco. Tampoco balletómano ni contemporáneo. Se siente Amargo y ya está. Le encanta una cámara, el click-click de un fotógrafo lo pone como una moto. Así que para las cámaras también es una delicia. “Mira a la cámara” y va y se tira encima. “¿Y… si te abres un poco la camisa?” Y va y se queda en calzoncillos “¿Podrías hacer que se te viera ese crucifijo que te cuelga?” Y va y te compone La Piedad de Miguelángel. Ese es Rafael Amargo. Y parece tan feliz siéndolo…
La compañía de Rafael Amargo presenta en el Teatro Alcázar de Madrid, desde el 27 de mayo y durante todo el verano, sus espectáculos Poeta en Nueva York, Amor Brujo y Enramblao. Ver crítica de Enramblao en sección Gallinero.
