Estrategias de la memoria en la obra de Jorge Semprún
Autor: Carlos Fernández
Revista: Historia, Antropología y Fuentes Orales nº 32
Todo mentía, incluso la memoria.
L. SCIASCIA
Nuestra mente es porosa para el olvido.
J.L. BORGES
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I
En 1963 Jorge Semprún publicaba El largo viaje, su primera novela; en 2003 apareció la que por el momento es su última obra: Veinte años y un día. A lo largo de cuarenta años el autor ha escrito una decena de libros, logrando construir de ese modo, tenazmente, un edificio literario de notable calidad y de gran interés para los historiadores.
Cada una de esas obras es en realidad el mismo libro que se reescribe sin cesar, con datos nuevos, juicios ponderados por la experiencia, recursos narrativos más complejos, pero el mismo libro; un libro al modo de la biblioteca de Borges: infinito. Nos lo recuerda, muchos años después, el propio autor: «Había vuelto a ser yo mismo, aquel otro que todavía no había podido ser, gracias a un libro, El largo viaje. El libro que no había podido escribir en 1945. Una de las variantes posibles de aquel libro, mejor dicho, ya que éstas son virtualmente infinitas, y siguen siéndolo, por otra parte. Lo que quiero decir es que nunca habrá versión definitiva de aquel libro; jamás. Siempre tendré que volver a empezarlo». [pie_3] «Pero no hay que hacerse ilusiones: decirlo todo es imposible. No bastaría una vida. Todos los relatos posibles no serán nunca sino fragmentos desperdigados de un relato infinito, literalmente interminable».[pie_4]
Los libros de Jorge Semprún son libros de recuerdos y juicios sobre aspectos fundamentales de nuestra historia reciente. Sobre un pasado que no quiere caer en el olvido y que se teje en torno a algunos temas capitales en su vida y en la Historia de España y de Europa: el exilio republicano, la resistencia antinazi en Francia, los campos de concentración alemanes, la actividad política clandestina bajo el franquismo, la militancia y disidencia en el PCE, etc. En todos estos acontecimientos participó el autor de manera muy activa, fundamental en algún caso, y de todo ello ha querido dejar testimonio escrito. Por eso los libros de Semprún, desde los más declaradamente autobiográficos hasta los propiamente novelescos, caen dentro del género memorialístico: son libros de memorias, en los que el recuerdo regresa obstinadamente, una y otra vez, a los temas que acabamos de enunciar. Un recuerdo a cuyo servicio hay una memoria disciplinada en duras condiciones: «Sin duda tengo una excelente memoria, entrenada además por las exigencias de la vida clandestina: de tanto no apuntar nada por escrito y programar sin embargo citas y entrevistas con muchos meses de adelanto, se aprende a no olvidar».[pie_5]
Pero al hablar de memoria conviene distinguir entre memoria individual y memoria personal.[pie_6] Y es esta última la que nos interesa en este momento, pues es a la que cabe llamar con propiedad memoria histórica, en la medida en que desborda los recuerdos personales más íntimamente privados en favor de otros más propios de una vida pública, de aquella parte de la vida que se vive junto a otras personas, a veces al servicio de las mismas. Esta memoria personal implica por tanto la colectividad: el grupo social, el partido político, la vanguardia artística. El propio autor lo dice claramente: «Siempre te ha interesado la memoria colectiva, ya se sabe».[pie_7] Si los libros de Jorge Semprún han llamado la atención de los historiadores es porque dejan de lado las vivencias privadas del protagonista en favor de su vida pública. Son las suyas unas memorias históricas, del Semprún protagonista de la Historia de España: «Al fin y al cabo, no estoy haciendo la historia del PCE, ni la biografía de Carrillo, estoy escribiendo la autobiografía de Federico Sánchez, su autobiografía política, de un corte bastante victoriano, dicho sea en verdad: ni los sueños, ni la sexualidad, ni las obsesiones de Federico Sánchez figuran en este ensayo de reflexión autobiográfica…».[pie_8]
Libros de memorias que los historiadores han utilizado para reconstruir el pasado, para escribir la historia de España del último medio siglo. Textos sin duda polémicos, ciertamente parciales, pero que en buena medida han sido incorporados a la historia. Y lo han sido en muchos casos y por varias razones, como tendremos ocasión de ver más adelante. Pero además de ser libros de memorias, memoriales, las obras de J. Semprún suponen una reflexión explícita sobre la memoria y sus estrategias.
Una reflexión que nace de la praxis de una vida pública extraordinariamente activa y arriesgada, en la que la memoria fue sin duda un arma imprescindible para lograr sobrevivir.
Fue el propio Semprún quien dijo, refiriéndose a la etapa de la transición, que se puede decretar la amnistía pero no la amnesia. Al igual que ocurre en las tragedias de Shakespeare, los recuerdos acaban por llamar a la puerta de nuestro sueño: mañana en la batalla piensa en mí, nos dicen también a nosotros, como a Ricardo III, los espectros de nuestra historia. No hay amnesia posible: el pasado reclama, a veces como un incómodo invitado, su sitio entre los presentes. Precisamente sobre esa amnesia colectiva que se habría producido en España tras la muerte de Franco, Semprún se pregunta: «¿No habrá llegado el momento de dominar colectivamente el “retorno de lo reprimido», de salir de nuestra amnesia voluntaria de los contenidos de la guerra civil, para abordarlos en fin —sin espíritu de retorno, de revancha o de rencor, naturalmente— con la voluntad de un avance social que no tenga en cuenta ni los mitos del pasado ni los silencios u olvidos del presente?».[pie_9]
De este modo nace, y se perfila en los libros sucesivos, un estilo narrativo muy particular, nunca lineal, en el que el vaivén del tiempo, el juego entre pasado y presente, la mezcla de géneros —novela, autobiografía, ensayo— son rasgos fundamentales a la hora de conformar una obra de notable eficacia narrativa y, a veces, de gran belleza literaria. Baste como muestra La escritura o la vida.
Porque a Semprún le gusta escribir «jugando con las posibilidades que ofrece el ir y venir de la memoria».[pie_10] Una memoria que, como corresponde a un hombre con una vida tan novelesca: «es como una babuschka, una de esas muñecas rusas de madera pintada que pueden abrirse y que contienen otra muñeca idéntica, más pequeña, y otra, y otra más, hasta llegar a una última de talla diminuta, que ya no puede abrirse».[pie_11]
Más allá de razones subjetivas, las propias de alguien que ha vivido una vida inagotable —lleva razón Rafael Conte cuando dice «que su verdadera novela no es tanto la que ha escrito sino la de su propia existencia»[pie_12]— y de quien desde joven tuvo muy clara su intención de ser escritor, creemos que hay al menos dos causas objetivas de esta presencia de la memoria en la obra de Semprún. En primer lugar, la lectura de W. Faulkner: «Descubrí por casualidad ¡Absalón, Absalón! en el catálogo ciclostilado de la biblioteca del campo».[pie_13]«Dos años antes —toda una vida: varias muertes antes—, una joven me hizo leer una novela de William Faulkner, Sartoris. Me cambió la vida. Quiero decir mi vida soñada, aún muy improbable, de escritor».[pie_14] Semprún reconoce sin lugar a dudas el peso y la huella que estas lecturas ejercerán sobre la forma literaria de su escritura: «Sartoris es una de las novelas que más me han marcado. Pero ¡Absalón, Absalón! lleva al extremo, de forma obsesiva, la complejidad del relato faulkneriano, siempre construido hacia atrás, hacia el pasado, en una espiral vertiginosa. La memoria es lo que cuenta, lo que gobierna la acción profusa del relato, lo que lo hace avanzar…».[pie_15]
Junto a Proust tal vez sea Faulkner el novelista que con mayor conciencia y decisión introdujo el tema de la memoria en la literatura contemporánea. Tema decisivo, de cuya dificultad son buena muestra las densas y complejas novelas del escritor norteamericano. Los estudiosos han resaltado con justicia este aspecto de su obra: «Como ya hemos indicado, ¡Absalón, Absalón! narra la historia de los problemas que surgen a la hora de contar una historia y al transmitirla a través del lenguaje».[pie_16] La deuda de Semprún con Faulkner es enorme y cabría decir sin exageración que también en su caso el gran tema, obsesivo, que recorre su obra literaria es ese mismo: la dificultad de aprehender la realidad por medio del lenguaje, el reto de poner la escritura al servicio de la memoria: «¿Se ha vivido realmente algo que no se alcanza a narrar, cuya verdad, aun mínima, no se acierta a reconstruir significativamente, haciéndola así comunicable? ¿Vivir de verdad no es transformar en conciencia —es decir, en vivencias memorizadas, al tiempo susceptibles de pasar a ser proyectos — una experiencia personal? ¿Pero puede uno asumir una experiencia cualquiera sin llegar a dominar más o menos su lenguaje? ¿O sea, la historia, las historias, los relatos, las memorias, los testimonios: la vida? ¿El texto, la misma textura, el tejido de la vida?».[pie_17]
La segunda de las razones para explicar su interés por la memoria es el conocimiento que tuvo Jorge Semprún de la persona y de la obra de Maurice Halbwachs. Semprún fue alumno de Halbwachs en la Sorbona y allí, en el curso de 1942, leyó Les cadres sociaux de la mémoire, uno de los primeros grandes libros sobre el tema que nos ocupa, en el que aparece formulado el concepto de memoria colectiva que, como hemos dicho más arriba, tanto interesará a Semprún.[pie_18] Halbwachs sería también deportado a Buchenwald y allí maestro y discípulo continuaron hablando de la memoria y sus laberintos: «Aquel día, para mi visita semanal, había previsto despertar su interés recordándole su ensayo sobre Los marcos sociales de la memoria, que yo leí dos años atrás cuando era alumno suyo en la Sorbona».[pie_19] En marzo de 1945 Maurice Halbwachs moría en el campo de concentración, tras agonizar en los brazos del propio Semprún. En las páginas que siguen vamos a acercarnos a la memoria de Jorge Semprún: a sus estrategias, a sus recuerdos, a sus olvidos. Partiremos para ello, fundamentalmente, de sus libros de memorias. Los confrontaremos con otros del mismo género y también con materiales historiográficos que han aparecido en los últimos treinta años. Para realizar esta tarea distinguiremos cuatro planos, a los que hemos llamado: fáctico, inhibido, crítico y literario. Esta distinción no tiene sólo una finalidad metodológica sino que creemos que refleja bien el acercamiento de Semprún a los temas que aborda y muy particularmente al holocausto. En El largo viaje cuenta con precisión la deportación, la llegada a Buchenwald, la vida y la muerte en el campo, etc.; por el contrario, en La escritura y la vida se evitan conscientemente muchos detalles innecesarios para, de ese modo, tratar de desentrañar las causas del aquel horror, sus leyes internas, las posibilidades de sobrevivir y contarlo después. «Pues no pretendo un mero testimonio. De entrada, quiero evitarlo, evitarme la enumeración de los sufrimientos, de los horrores».[pie_20] Entre esos dos libros media la distancia que va de la literatura como relato a la literatura como reflexión, de la vida contada a la vida pensada, de la novela al ensayo.
II
Dice Hobsbawm que la historia «es un arte que no inventa, sino que organiza objets trouvés».[pie_21] Sin duda son muchos los objetos encontrados que los historiadores pueden hallar y seleccionar en los libros de Semprún. En todos ellos hay una suerte de obsesión por fijar con exactitud fechas, lugares y nombres. Una memoria fáctica. El lector sabe siempre el espacio y el tiempo en que discurren los hechos, reales o ficticios, que la memoria del autor organiza según ese peculiar vaivén del tiempo del que hemos hablado más arriba. Esos hechos son objeto, como no podía ser de otro modo, de una interpretación con frecuencia polémica. A veces la memoria de Semprún entra en discusión, incluso en contradicción, con los recuerdos de otros deportados o de los camaradas comunistas.
Pero en no pocos casos esos hechos y esas opiniones han servido para escribir la historia, han dejado de ser memoria, pues los historiadores, como ya dijimos, los han utilizado para elaborar su discurso académico. Como se sabe, en octubre de 1944 se produjo el intento de ocupación del Valle de Arán por parte de la guerrilla comunista. El debate historiográfico sobre este hecho no ha terminado todavía. Nos interesa aquí volver sobre las causas de ese fracaso y la salida de la crisis, dentro del PCE, desencadenada por la derrota de tal acción. Entre las causas hay que señalar como tal vez la más importante la falta de apoyo de la población civil a los grupos guerrilleros que aspiraban a derrocar el régimen de Franco. Desde el fin de la guerra el Partido Comunista ofrecía una visión deformada, propagandística y triunfalista de lo que ocurría en España: el pueblo esperaba la orden para levantarse en masa contra el régimen y derribar al dictador; el PCE estaba llama do a dar esa orden. Será útil recurrir en este punto a la memoria de Manuel Azcárate, importante miembro del equipo de Monzón, quien no será por ello sospechoso de parcialidad: «En primer lugar teníamos una visión completamente falsa de la realidad española. Desconocíamos la base social con la que Franco contaba. Creíamos que el pueblo estaba pendiente de la ocasión para levantarse contra él. En ello fuimos culpables al propagar esta visión falsa, y a la vez víctimas, porque nos la creímos […] Con ese error, fatal para un partido político, los comunistas hemos cargado durante un período larguísimo, casi hasta la muerte de Franco. Pero entonces ese convencimiento nos tenía ofuscados hasta la ceguera».[pie_22]
Semprún también nos ha dejado memoria de ello, de esa visión falsa de la realidad política española de los años cuarenta por parte de los comunistas españoles. Así ocurría en los meses previos a la mal llamada invasión del Valle de Arán, así en el Pleno de Montreuil (marzo de 1947), poco antes de la huelga del sector metalúrgico en Vizcaya, y así sería también en 1959 con motivo de la Huelga Nacional Pacífica (HNP). En 1947 Semprún era militante de base cuando se produce la huelga del 1 de mayo en
Bilbao. Escribe al respecto: «Pero me entusiasmó la huelga de Bilbao y me creí a pies juntillas que se acercaba la caída del franquismo».[pie_23] Este clima de triunfalismo era el que se alimentaba dentro de un partido que desconocía la verdadera situación de un país que atravesaba por una dura posguerra. Semprún lo recuerda con un punto de ironía y no sin cierta amargura: «Y desde luego, fe no nos faltaba, pero el infierno y el cielo se interpusieron en nuestro camino. O sea, las condiciones objetivas se interpusieron en el camino de nuestro subjetivismo triunfalista».[pie_24]
¿Qué nos dicen los historiadores al respecto? Confirman, en efecto, que la idea que el PCE manejaba del estado del país era falsa: ni el régimen de Franco era tan débil como se creía ni la colaboración popular con la oposición clandestina era tan entusiasta y decidida como esperaban los guerrilleros. El fracaso de la operación «Reconquista de España» en el Valle de Arán basta para demostrarlo, pues como dice Heine, «Aunque rechazamos de plano los intentos posteriores de la dirección exiliada del PCE de ponerle a Monzón el sambenito de responsable exclusivo de los errores que el partido cometió durante la guerra mundial en Francia y en el interior, no dudamos de que el dirigente navarro fue uno de los que más padeció de aquella visión triunfalista de la situación en España a la que nos referimos anteriormente».[pie_25]
Y este mismo historiador, cuando enjuicia más en concreto la situación en el campo laboral y la actuación sindical y política en el mismo, dice, corroborando las palabras de Semprún: «la inmensa mayoría de ellos (paros fomentados por militantes comunista) acontecimientos totalmente fantasmales».[pie_26]
Este clima de triunfalismo ante la inminente caída del régimen pervivió en la década de los cincuenta; buena prueba de ello es la convocatoria de la HNP en 1959, en cuya preparación participó muy activamente el propio Semprún. En su autobiografía nos dice: «A la mañana siguiente salí a la calle muy temprano. ¡La Huelga Nacional Pacífica era un fracaso rotundo!».[pie_27] A pesar del intento de maquillaje por parte del PCE no cabe duda de que el dato que ofrece Semprún refleja lo que en realidad había pasado ese día en España; y es en estos momentos un dato asumido por la Historia como algo objetivo y sin discusión: «La proyectada huelga nacional pacífica era un fracaso […] En total, el paro de unos miles de obreros entre una población de millones testimoniaba un importante error de apreciación».[pie_28] «Y a pesar del mediocre resultado obtenido por la huelga del 18 de junio de 1959…».[pie_29]
El fracaso del Valle de Arán inauguró en la historia del Partido Comunista una manera de proceder contra aquellos que se apartaban de la línea marcada por el grupo dirigente del partido. La derrota de Monzón será aprovechado por Santiago Carrillo para hacerse paso a paso con el control político del PCE hasta alcanzar la Secretaría General en 1959. El acoso de Carrillo sobre Monzón y su grupo marca también el comienzo del proceso de estalinización del partido. Semprún fue de los primeros en denunciar el caso y el método utilizado por Carrillo de utilizar la figura de Noel Field —agente soviético convertido en peligroso espía imperialista por la propaganda de los servicios especiales soviéticos— para desprestigiar y acusar de traición a Monzón.[pie_30] Los historiadores han confirmado en todos sus detalles la versión de Semprún;[pie_31] y hasta el propio Carrillo ha utilizado la expresión de «verdadera paranoia»[pie_32] para referirse a la siniestra etapa de la que estamos hablando y en la que él fue actor principal. La destrucción de los enemigos políticos por la vía de acusarlos de traición seguía viva en 1964, cuando tuvo lugar aquella reunión del Comité Ejecutivo del PCE «en el antiguo y kafkiano castillo de los reyes de Bohemia»,[pie_33] en las afueras de Praga. La crisis de 1964 fue la más importante desde el punto de vista ideológico que conoció el PCE en toda su historia. Crisis que se manifiesta, no debemos olvidarlo, a raíz del fracaso de la HNP, y del análisis que hacen los acusa dos, primero Claudín y más tarde Semprún, de los cambios estructurales que estaba experimentando España y de las consecuencias políticas que había que extraer de los mismos. ¿Qué recuerda de todo ello la memoria de Semprún? Bastará para no ser innecesariamente prolijos con una cita de su autobiografía: «Aunque sólo haya reproducido aquí brevísimos extractos de la intervención de Claudín, bastan, creo yo, para comprobar que la historia ha verificado, una por una, todas las previsiones del análisis de 1964».[pie_34]
Efectivamente, su diagnóstico y el de Claudín sobre la situación española era certero en gran medida y como tal ya forma parte de la Historia académica: «Al final F. Claudín y J. Semprún fueron expulsados del PCE. Sin embargo, buena parte de sus apreciaciones sobre la realidad socio política española seríamás tarde tomada en cuenta por el PCE»;[pie_35] «en 1964 (el PCE) experimentó una fuerte sacudida con la expulsión de Fernando Claudín y Jorge Semprún, acusados de ‘derrotistas’ por su realista análisis de la fortaleza social del franquismo gracias al desarrollismo»;[pie_36] «La historia demostraría que el análisis de Claudín estaba mucho más cerca de la realidad que el de Carrillo».[pie_37] Estos ejemplos sirven para exponer lo que hemos llamado memoria fáctica de Semprún, su gusto por la precisión de lo ocurrido y su juicio a partir de esos datos.
Podían haber sido otros, pero los hemos elegido porque creemos que de algún modo son, por sí solos, una síntesis de la historia del Partido Comunista desde la guerra civil hasta su legalización, e incluso posterior. Por un lado, habiendo sido el PCE la única «fuerza política organizada que luchó de forma real y eficaz contra la dictadura desde 1939 hasta que Franco murió»,[pie_38] incurrió en no pocos errores tácticos y estratégicos porque el análisis que de la situación española hicieron sus líderes fue frecuentemente incorrecto, sobrevalorando su fuerza y menospreciando la capacidad del adversario. Por otra parte, el recurso a las purgas internas fue el método habitual para acallar las voces críticas dentro del partido. El «caso» Monzón se transforma así en una metáfora anticipada de la cara más negra de la historia del PCE; y el «caso» Semprún un capítulo ejemplar y ejemplarizante de dicha historia. De ahí la importancia de la memoria de su protagonista.
III
«La vida todavía era vivible. Bastaría con olvidar, con decidirlo firme, brutalmente. La elección era sencilla: la escritura o la vida».[pie_39] «Callar, enterrar, reprimir, olvidar».[pie_40] Estas dos citas de La escritura o la vida son buena muestra de lo que podemos llamar memoria inhibida, olvido necesario cuando de lo que se trata es de revivir en el relato una experiencia límite como lo fueron los campos nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Estrategia de olvido que sin embargo otros no han querido o podido seguir: bastará recordar los nombres de Primo Levi o de Jean Améry para demostrarlo.
Sobre esta doble actitud frente a la vida, el recuerdo y el olvido, habló Semprún con mucha precisión. «Desde el mes de enero de 1946, en Ascona, en la Suiza italiana, había abandonado el libro que intentaba escribir sobre mi experiencia en Buchenwald. Me había visto obligado a tomar aquella decisión literalmente para sobrevivir. Ya sé que Primo Levi sólo volvió a la vida por medio y a través de Se questo è un uomo. Mi aventura había sido diferente. La escritura me encerraba en la clausura de la muerte, me asfixiaba en ella, implacablemente. Había que escoger entre la escritura y la vida, y escogí esta última. Escogí una larga cura de afasia, de amnesia deliberada para volver a vivir, o para sobrevivir ».[pie_41] «Así como la escritura liberaba a Primo Levi del pasado, apaciguaba su memoria, a mí me hundía otra vez en la muerte, me sumergía en ella».[pie_42]
Estamos por tanto ante una estrategia de la inhibición, de olvido voluntario en cierto modo. ¿Existe realmente un olvido voluntario? ¿por qué la memoria prefiere olvidar? Dice Primo Levi al respecto: «Los que han tenido la experiencia de la cautividad (y mucho más generalmente todos los individuos que han pasado por pruebas espantosas) se dividen en dos categorías muy diferentes, con escasos matices intermedios: los que se callan y los que cuentan».[pie_43] Pero los matices existen, y Semprún es buena prueba de ello, porque como bien dice Josefina Cuesta, «no hay que confundir aquí silencio con olvido».[pie_44] Semprún decide permanecer en silencio largos años: «Escogí el olvido, dispuse, sin demasiada complacencia para con mi propia identidad, fundamentada esencialmente en el horror —y sin duda, el valor— de la experiencia del campo, todas las estratagemas, la estrategia de la amnesia voluntaria, cruelmente sistemática. Me convertí en otro para poder seguir siendo yo mismo».[pie_45] Su frenética actividad de militante comunista le facilita ese proyecto de ruptura con el pasado inmediato, pero el recuerdo sigue ahí, latente, custodiado por un silencio que, efectivamente, no es olvido. Es más, la memoria, por su cuenta, sistemáticamente, va trabando los materiales de un complejo discurso que un día, inesperadamente, saldrá a la luz: «Bueno, mejor dicho me puse a escribir algo que terminó siendo El largo viaje. Y tal vez sería más exacto decir que aquel libro se fue escribiendo por su cuenta y riesgo, como si yo sólo hubiese sido el instru mento, el trujimán, de ese trabajo anónimo de la memoria, de la escritura».[pie_46] Y sabemos con exactitud cuándo y en qué circunstancias tuvo lugar esa emergencia: en Madrid, en un piso de la calle Concepción Bahamonde, nº 5, a comienzos del año 1960. Fue allí cuando la memoria de Semprún se activó, a la manera proustiana, no ciertamente con el dulce sabor de una magdalena mojada en una taza de té, tal y como le ocurre al protagonista de Du côté de chez Swann, sino con el amargo relato que el camarada comunista Manuel Azaustre, en cuya casa vivía clandestinamente Semprún, le hacía de sus años de deportado en el campo de Mauthausen: «A veces, por la noche, cenaba con Manuel y María. Durante aquellas cenas, en el momentodel café y de la inevitable evocación de recuerdos, me contaba Manuel su vida de Mauthausen. Cinco años había pasado en aquel campo, uno de los más duros del sistema nazi… No sabía que a mí también me habían deportado. Así que, sin abrir yo la boca, le oía contarme, torpe, interminablemente, con la prolijidad natural en esta clase de relatos, su vida en el campo, la vida de los campos».[pie_47]
Fue por tanto la narración de su camarada la que, sin pretenderlo, despertó los recuerdos dormidos de Semprún, la que los rescató de un silencio que había durado casi veinte años: «En fin de cuentas, fueron sus relatos, por muy confusos y prolijos que a veces me parecieran, los que avivaron mi memoria adormilada de toda aquella época de Buchenwald. De no haber vivido aquel año en Concepción Bahamonde, número cinco, y de no haberme encontrado allí con Manolo Azaustre, es muy posible que nunca hubiese escrito El largo viaje».[pie_48] La enorme importancia que el encuentro con este camarada comunista tuvo en su vida y sobre su obra lo prueba el hecho de que Semprún da cuenta del mismo con mucho detalle en varias de sus obras.[pie_49] Ese primer libro sería la respuesta de Semprún al monólogo de Manuel Azaustre, su contribución a un diálogo imposible en un piso clandestino del barrio de Ventas, en Madrid, a comienzos de los años sesenta.
Así comenzó a nacer esa larga serie de libros de memorias y sobre la memoria que conforma la obra de Semprún. Lo podemos leer en su autobiografía. Pero cabe añadir dos precisiones para comprender cabalmente el porqué de esa repentina emergencia del recuerdo. Por una parte, las disensiones de Semprún con el grupo dirigente del PCE están en este momento en proceso de incubación y van a evidenciarse muy pronto poniendo fin a su actividad política clandestina y dejando paso a la posibilidad de que ese recuerdo, tanto tiempo silenciado voluntariamente, quede definitivamente plasmado en la escritura. Por otro lado se había producido en ese momento un distanciamiento temporal suficiente con una etapa dolorosa de su vida, lo que le permitía poder abordarla y contarla a los otros. Una suerte de astucia de la memoria habría retardado estratégicamente el primer relato de Semprún sobre la experiencia de Buchenwald, porque «uno ha vuelto a casa, cuenta con pasión y con todo tipo de detalles en el círculo familiar la experiencia vivida, los sufrimientos padecidos. Pero nadie le cree. Estos relatos acaban creando una especie de malestar, provocando un silencio cada vez más espeso».[pie_50] Eso explicaría el fracaso inicial de Primo Levi. En 1963 sin embargo la situación era otra, como «si una capacidad de escucha hubiese madurado objetivamente»[pie_51] en el público lector. Era ya posible, necesario incluso, hablar de los campos alemanes y del Gulag soviético. En ese año salen a la luz: La tregua, Un día en la vida de Iván Denisovich y El largo viaje. A partir de esa fecha hasta hoy Semprún realiza lo que cabe llamar una administración de la memoria: el exilio, el campo de concentración, la vida clandestina en el Madrid de los años cincuenta, su etapa de ministro, van desplegándose en una morfología cada vez más nítida, más precisa, de recuerdos rescatados unas veces con dolor y otros con rabia. «Desde El largo viaje, escrito de un tirón, en unas pocas semanas, en unas circunstancias que explicaré cuando llegue el momento, los demás libros que se refieren a la experiencia de los campos vagan y divagan prolongadamente en mi imaginación. En mi labor concreta de escritura. Me empecino en abandonarlos, en reescribirlos. Se empecinan en volver a mí, para ser escritos hasta el final del padecimiento que imponen».[pie_52] De este modo Semprún se transforma en un hombre-memoria, por utilizar un término acuñado por Pierre Nora.
IV
Dos libros de Semprún comparten lo que podemos llamar su carácter iniciático: El largo viaje y Autobiografía de Federico Sánchez. Con el primero se inicia su carrera literaria y su aproximación a la deportación y a los campos de concentración. El segundo responde a la necesidad de contar su militancia comunista y sus diferencias con el grupo dirigente del PCE. Pero esos dos libros tienen además en común el haber nacido tras largos años de silencio sobre los hechos que relatan. Del primero ya hemos hablado. El segundo fue publicado en 1977, pocos meses después de haberse legalizado el PCE. En el mismo recuerda y somete a juicio hechos que tuvieron lugar más de diez años antes: su proceso de expulsión, junto a Fernando Claudín, del Partido Comunista. Esta distancia que se toma Semprún confiere a sus libros de memorias —y muy particularmente a la Autobiografía de Federico Sánchez— un fuerte componente crítico: su memoria recuerda críticamente, no se limita a hacer una exposición fría de los acontecimientos —eso no lo hace ningún libro de memorias— sino que los expone formando parte de un proceso más largo en el espacio y en el tiempo, que tiene que ver desde luego con su propia vida pero también con la historia del PCE y muy en particular con la figura del Santiago Carrillo. Memoria autocrítica que se vuelve sobre su biografía política para pensarla de nuevo y reexponerla ante sí y ante los demás; y memoria crítica sobre el PCE, su historia, su lugar en la historia de España y del mundo, sus contradicciones internas, su grandeza también. Crítica sistemática en ambos casos, en un estilo panfletario —Gregorio Morán habla de «brillante panfleto»[pie_53]— extraordinariamente eficaz pues llamó enseguida la atención de lectores e historiadores. El libro se vendió por millares y, como dirá el propio Semprún muchos años más tarde, fue la primera vez que «me había visto confrontado a una imagen pública de mí mismo».[pie_54] Libro que también marca un hito en la historiografía del Partido Comunista: sería apasionante comparar esas dos etapas —la de antes y después de 1977— pero baste decir de momento que el libro de Semprún está citado por todos los historiadores que desde entonces se han dedicado a escribir la historia del PCE. Pero la crítica de Semprún no es indiscriminada. En modo alguno. Pues aunque el libro no haya merecido en su día por parte del Partido Comunista más que el calificativo de «libelo», vertido por Francisco Melchor en Mundo Obrero,[pie_55] o aunque Santiago Carrillo no lo cite en sus memorias, debemos decir que ese libro de Semprún, corrosivo, discutible a veces, sin duda parcial, enjuicia de modo positivo en no pocos casos la dura historia del PCE en la clandestinidad.
Bastarán dos ejemplos. Con motivo del llamado viraje táctico de 1948, tras la entrevista de Dolores Ibárruri, Francisco Antón y Santiago Carrillo con José Stalin, Semprún ofrece un matizado análisis de las circunstancias que rodearon esta decisión, defendiendo la posición de Carrillo y calificando dicho cambio de un «viraje decisivo. Y de un viraje esencialmente acertado».[pie_56] Aun así, sobre este asunto al que los historiadores han dedicado muchas páginas, sigue apelando a la memoria del propio Carrillo para pedirle un testimonio definitivo: «Algún día, tal vez, Santiago Carrillo, último superviviente de la reunión de 1948, nos explicará detalladamente cómo Stalin impuso a los dirigentes comunistas españoles —y en verdad, fue una orden totalmente positiva— la táctica del entrismo en los sindicatos verticales franquistas, acabando con la lucha guerrillera, costosa y estéril; táctica de la que surgen, años más tarde, las comisiones obreras».[pie_57]
Respecto de las duras condiciones de la clandestinidad en el Madrid de los años cincuenta Semprún relata con precisión y pasión los métodos y dificultades de aquella tarea, los riesgos que corrieron él y otros militantes, la represión, la solidaridad de lo que él llama la «fraternidad comunista». Destacaríamos las páginas inolvidables sobre la figura de Julián Grimau, sus métodos de trabajo abnegado, su dedicación al partido, sus imprudencias también, en fin, su detención y las infructuosas gestiones para evitar su fusilamiento.[pie_58]
En otros casos su memoria crítica revisa su propio pasado y el de otros camaradas. Se trata de una memoria distanciada, matizada por la evolución ideológica y por la experiencia política del autor y, sin duda, por su expulsión del PCE en 1965. La autocrítica, la memoria que se vuelve sobre sí misma, gira en torno a dos planos. En primer lugar sobre lo que Semprún llama su condición de intelectual estalinizado: «Pero, en fin, hay que asumir lo que uno ha sido… Y yo he sido un intelectual estalinizado. Hay que saber lo que he sido y tengo que explicar por qué lo he sido. Sería muy difícil olvidarse de su propio pasado, desmemoriarse, como suelen hacer nuestros Pequeños Timoneles locales y vernáculos».[pie_59] Producto genuino de esa etapa es la publicación de una poesía militante, obra «de los neuróticos poetas de la época del culto a la personalidad, entre los que tengo forzosamente que contarme…».[pie_60] En la Autobiografíade Federico Sánchez se halla una antología suficientemente amplia como para hacerse una idea de los frutos de ese realismo socialista español en el campo de la literatura, en la que Jorge Semprún tuvo gran protagonismo a través de la revista Cultura y Democracia.[pie_61]
En segundo término, esa condición de intelectual estalinizado es la misma causa objetiva que le impedirá analizar con sentido crítico las purgas que tenían lugar en los partidos comunistas tras la Segunda Guerra Mundial: Joan Comorera, Jesús Monzón, Laszlo Rajk, Rudolf Slansky. Precisamente en el proceso de este último —la última gran purga estalinista— fue acusado por confidente de la Gestapo y condenado a muerte Josef Frank, miembro del PC checo, deportado también en Buchenwald. Semprún había trabajado con Frank en el campo de concentración y sabía por tanto que dicha acusación era falsa, pero: «No dijiste nada, sin embargo. No proclamaste en ningún sitio la inocencia de Frank, la falsedad de la acusación que se le hacía»; y esto a pesar de que «era como una gota de ácido que corroía todas tus certidumbres».[pie_62] A la neurosis se añade aquí una esquizofrenia paralizante, pues no debemos olvidar que estamos hablando de hechos ocurridos en 1952, y que sólo en 1964 Semprún denunciará ante sus compañeros del Comité Ejecutivo el caso Frank: «Yo sabía que era inocente, en 1952, y no había dicho nada. No había proclamado en ninguna parte su inocencia».[pie_63]
Pero habíamos dicho que esa memoria crítica alcanza también a los líderes del PCE. Bastará para demostrarlo un largo párrafo de la autobiografía de Semprún, referida a Romero Marín y a Sánchez Montero pero que hace extensible a Carrillo, López Raimundo, Marcelino Camacho y otros: «Pero te asombra una vez más cómo funciona la memoria de los comunistas. La desmemoria, mejor dicho. Te asombra una vez más comprobar qué selectiva es la memoria de los comunistas. Se acuerdan de ciertas cosas y otras las olvidan. Otras las expulsan de su memoria.
La memoria comunista es, en realidad, una desmemoria, no consiste en recordar el pasado, sino en censurarlo. La memoria de los dirigentes comunistas funciona pragmáticamente, de acuerdo con los intereses y los objetivos políticos del momento. No es una memoria histórica, testimonial, es una memoria ideológica […] Ahora bien, un partido sin memoria, sin capacidad crítica para asumir y hacerse cargo, verídicamente, de su propia historia, es un partido incapaz de elaborar una estrategia auténticamente revolucionaria».[pie_64]
En parte lleva razón Semprún, pero no siempre. Hay líderes del PCE que sí han hablado para referirse a él y a su labor dentro del PCE, que no han tenido esa desmemoria hacia los antiguos camaradas expulsados del partido. En sus memorias el dirigente comunista asturiano José Mª Laso Prieto, tras hacer una semblanza no precisamente favorable de la personalidad de Semprún, dice: «En ese sentido, cualquiera que sean sus rasgos de carácter, y su trayectoria política posterior, no se puede poner en duda la gran aportación que Federico Sánchez realizó a la oposición cultural a la dictadura franquista».[pie_65] Juicio que, ciertamente, ha sido respaldado por la investigación histórica.[pie_66]
Más arriba nos hemos referido a la utilización que hizo Santiago Carrillo de la figura de Noel Field para destruir a Jesús Monzón. Semprún emplaza a Manuel Azcárate, víctima también él de aquella dura purga, para que nos dé su versión: «Sea como sea, ¿nos dirá algún día Manuel Azcárate lo que sabe de Noel Field, lo que sabe de ese período siniestro de la vida del PCE? ¿Nos dirá cuál fue su participación ‘inventiva’ y ‘autónoma’ en la campaña desencadenada para aislar a Jesús Monzón, deshonrándolo? Mucho me lo dudo».[pie_67] Tardó en hablar Azcárate, pero finalmente lo hizo, para confirmar lo que había dicho Semprún muchos años antes: «Enseguida me doy cuenta de que lo que de verdad le interesa a Carrillo no es mi caso, sino acumular combustible para lanzar el ataque contra Monzón, su objetivo desde que llegó a Francia: si no con pruebas, al menos con insinuaciones».[pie_68] Esto es lo que dice Manuel Azcárate para referirse al interrogatorio al que le sometió Carrillo por sus relaciones con Noel Field. En otros casos Semprún tiene razón: la memoria de algunos dirigentes comunistas es pragmática y funciona a tenor de los intereses políticos del momento. Basta con leer sus intervenciones en el proceso que acabó decretando la expulsión de Claudín y Semprún o repasar las páginas de los libros de memorias que algunos publicaron más tarde. Se descubre en estos textos algo así como un teatro de la memoria, a la manera de Pirandello, en el que caben las mentiras, las medias verdades, las amenazas veladas, las insidias. Un teatro de la memoria en el que los autores son al tiempo actores de una farsa, a veces siniestra, en la que el lector tiene dificultad para saber a ciencia cierta quién es quién, y que nos obliga a leer dichos documentos con mucha precaución pues están llenos de inexactitudes y de trampas. El materialista Santiago Carrillo recurre a una causa de orden metafísico para explicar la crisis de 1964 dentro del PCE: «Para resistir era necesaria una primera condición: “creer». Y Fernando Claudín había dejado de “creer»».[pie_69] Por su parte Santiago Álvarez, que ya en su momento había dicho con una buena dosis de mala fe: «Subjetivamente, no podemos decir que Fraga les pague. Todavía han cobrado su sueldo del Partido este mes.
Por lo tanto, todavía no tienen necesidad de cobrar de nadie»,[pie_70] treinta años más tarde, en sus memorias, sigue sosteniendo la misma tesis aunque en un tono menor.[pie_71] Semprún había hecho un diagnóstico certero de la memoria de algunos comunistas: las razones de Carrillo y Álvarez se semejan mucho a las que Squaler da sobre Snowball en Rebelión en la granja, la ya clásica fábula de Orwell.
V
Muy pronto, dice Semprún, los testigos vivos de nuestra historia reciente desaparecerán. Por ejemplo, los que lograron sobrevivir a la dura experiencia de los campos alemanes. Él mismo acaba de cumplir ochenta años. Lo propio ocurrirá con los hombres y mujeres que tomaron las armas en la guerra civil española. También con los viejos líderes del PCE. «Llegaría un día, relativamente cercano, en el que ya no quedaría ningún superviviente de Buchenwald. Ya no habría una memoria inmediata de Buchenwald: ya nadie sería capaz de decir, con palabras surgidas de la memoria carnal y no de una reconstrucción teórica, lo que habrán sido el hambre, el sueño, la angustia, la presencia cegadora del Mal absoluto…».[pie_72] Partiendo de este dato indiscutible, plantea Semprún un cuestión de gran interés: la existencia de una verdad que «no resulta fácilmente creíble… Resulta incluso inimaginable».[pie_73]
¿Cómo acercarse a esa realidad, a ese rincón oculto de la vida al que el historiador profesional, desde su disciplina académica, no aspira a llegar? ¿Cómo trenzar un relato que resulte creíble sobre vivencias que más de uno, pueblos enteros, quisieran ver relegadas al olvido para siempre? Para presentar correctamente este problema voy a citar por extenso las palabras que el propio Semprún pone en boca de un profesor de la universidad de Estrasburgo, deportado en Buchenwald: «Me imagino que habrá testimonios en abundancia… Valdrán lo que valga la mirada del testigo, su agudeza, su perspicacia… Y luego habrá documentos… Más tarde, los historiadores recogerán, recopilarán, analizarán unos y otros: habrá con todo ello obras muy eruditas… Todo se dirá, constará en ellas… Todo será verdad… salvo que faltará la verdad esencial, aquella que jamás ninguna reconstrucción histórica podrá alcanzar, por perfecta y omnicomprensiva que sea…».[pie_74]
Este párrafo le sirve a Semprún para establecer claramente la diferencia entre la investigación histórica y la creación literaria a la hora de contar y explicar los hechos. Porque como dice el mismo personaje: «… la verdad esencial de la experiencia, no es transmisible… O mejor dicho, sólo lo es mediante la escritura literaria… Mediante el artificio de la obra de arte, ¡por supuesto!».[pie_75] En este punto la memoria recurre a la imaginación, a la literatura en suma. Semprún lo hizo conscientemente desde el primer libro, no lo oculta: «Inventé al chico de Semur, inventé nuestras conversaciones: la realidad suele precisar de la invención para tornarse verdadera. Es decir verosímil. Para ganarse la convicción, la emoción del lector».[pie_76] En los libros sucesivos, y muy particularmente en La escritura y la vida, esta simbiosis de memoria y literatura es esencial. Estamos hablando de una memoria literaria, que recurre a la creación de personajes verosímiles no tanto para exponer fríamente unos hechos cuanto para explicar una situación en toda su complejidad. Son frecuentes las referencias, las citas literales, a escritores como Kafka, Proust, César Vallejo, Char, Malraux, Celan, etc. Estos novelistas y poetas atraviesan una y otra vez, constantemente, los libros de Semprún. Ellos, y muy particularmente Faulkner como hemos dicho más arriba, conforman la columna vertebral de su memoria literaria. Se aprende mucha literatura, mucho sobre literatura, leyendo esas páginas.
De los varios libros que dedicó Semprún a la experiencia de los campos de concentración, La escritura o la vida supone un cambio importante frente a los publicados con anterioridad. Dejamos de lado, por evidentes, la mayor madurez y calidad literaria. El cambio radica, en nuestra opinión, en que Semprún ya no aspira sólo, ni siquiera fundamentalmente, a exponer unos hechos sino a explicarlos: aspira nada menos que a comprender y hacer comprender la esencia del nazismo como experiencia política y social. A este respecto es muy explícita la cita de Malraux al inicio del libro: «… busco la región crucial del alma donde el Mal absoluto se opone a la fraternidad». En este libro Semprún escribe una obra al modo de Primo Levi, un libro que supone «una interrogación sobre el hombre y lo humano».[pie_77] Y es que Primo Levi, cuya trayectoria como superviviente de Auschwitz había sido tan distinta de la suya y que se había suicidado en 1987, está muy presente en esta obra de 1995, la tercera aproximación que realiza Semprún al tema del holocausto: «Pues no pretendo un mero testimonio. De entrada quiero evitarlo, evitarme la enumeración de los sufrimientos y de los horrores… Por otra parte, me siento incapaz, hoy, de imaginar una estructura novelesca, en tercera persona… Necesito pues un ‘yo’ de la narración que se haya alimentado de mi vivencia pero que la supere, capaz de insertar en ella lo imaginario, la ficción… Una ficción que sería tan ilustrativa como la verdad, por supuesto. Que contribuiría a que la realidad pareciera real, a que la verdad fuera verosímil. Este obstáculo, algún día conseguiré superarlo».[pie_78]
Este es el reto que se impone Semprún: no limitarse a testimoniar con datos objetivos, por importante, fundamental para el historiador, que eso pueda ser, sino re-crear la realidad, repensarla. Para ese propósito, ir más allá de la Historia académica, la memoria fáctica no basta, es insuficiente, será preciso una memoria literaria, capaz de poner la imaginación al servicio de la verdad: «Tal vez haya una literatura de los campos… Y digo bien: una literatura, no sólo reportajes… Tal vez. Pero el envite no estribará en la descripción del horror. No sólo en eso, ni siquiera principalmente. El envite será la exploración del alma humana en el horror del Mal… ¡Necesitaríamos un Dostoievski!».[pie_79]
VI
En las páginas precedentes hemos establecido una taxonomía de los niveles o planos en que se despliega la memoria de Jorge Semprún. Estrategias de la memoria que recorren una vida entera. Rara vez tales planos se presentan de manera exenta, perfectamente diferenciados unos de otros; más bien tienden a confluir en el mismo texto, complementándose unos a otros a la hora de articular un discurso que aspira a ser sincero, a decir la verdad sobre aquellas cosas de las que habla.
Distinguimos en primer lugar una memoria-silencio, aquella que oculta, calla por muchos años o quizá para siempre aspectos de la vida que nos llevarían probablemente a la locura o al suicidio. «Para vivir hay que olvidar», escribió Nietzsche. El largo viaje es un ejemplo paradigmático que trasciende lo particular para iluminar comportamientos colectivos. No sólo las personas sino también los grupos o sociedades enteras pueden sentir necesidad de esa memoria-silencio, que a veces espera su momento para salir a la luz. El dolor, el miedo, la prudencia son sus catalizadores, dependiendo de las condiciones personales o históricas. Pasados sesenta años los muertos de la guerra enterrados en campo abierto reclaman, por medio de sus deudos o compañeros, una fosa digna y una lápida que los rescate del olvido. Por otro lado, en España durante los últimos veinticinco años esa memoria-silencio se ha manifestado en un «esfuerzo cultural paralelo, en parte consciente, en parte inconsciente, por olvidar algunos fragmentos de nuestra historia, y por mantener vivos, o reinterpretar, otros fragmentos».[pie_80] Pero como dijo Borges en un verso memorable: «Sólo una cosa no hay. Es el olvido». Siempre habrá, como en la biografía de Semprún, un Manuel Azaustre que despierte del letargo nuestro recuerdo.
En segundo término, la falsa memoria, la memoria-mentira, aquella que se construye con frecuencia a la sombra del poder, cualquiera que éste sea. Se trata de una suerte de memoria artificial, cerrada sobre sí misma, autoenvolvente, que Semprún constata en su misma persona y en la de los camaradas comunistas. En su autobiografía insiste en la capacidad de la memoria para seleccionar, tergiversar u olvidar datos del pasado, para convertirse en una damnatio memoriae que en su momento resultó ser nefasta para la estrategia del partido y que ahora debe ser tomada con todas las reservas por los historiadores que utilizan las relatos de sus compañeros como fuente para escribir la historia de España.
Frente a esa damnatio memoriae cabe, al modo del padre del Hamlet, reivindicar la verdad de los hechos, denunciar la impostura y restablecer una verdad usurpada. La Autobiografía de Federico Sánchez, a pesar de algunos datos inexactos y de ciertos juicios discutibles, es tal vez el mejor ejercicio de memoria crítica que ofrece Semprún frente a la falsa memoria de los líderes del PCE. En ese libro relata el proceso que le llevó «a rebasar las fronteras de un discurso político monolítico y monologante, monoteísta y monomaníaco, de una logomaquia autosuficiente y autosatisfecha, para comenzar a situarte en una posición que te permitiera escuchar las voces de la realidad».[pie_81]
Esa memoria crítica establece un tercer plano en las estrategias del recuerdo y el olvido: memoria frente a uno mismo y contra los demás. Es ésta una suerte de memoria retrospectiva, que vuelve la vista desde la distancia de los años, capaz de quebrar el círculo vicioso de una memoria falsaria y de proponer un análisis alternativo de la realidad. Aspira a superar, a partir de nuevos datos, concepciones demasiado esquemáticas o reduccionistas de la historia, renunciando a hipótesis tópicas y proponiendo otras más complejas y verídicas. Aquel domingo es el libro que replantea la visión de los campos nazis tal y como Semprún la había descrito en El largo viaje, tras conocer la existencia del Gulag y de saber que Buchenwald acabó siendo, al término de la Segunda Guerra Mundial, un campo soviético: «Mi libro estaba en prensa cuando leí Un día en la vida de Iván Denisovich. Así que, antes de que apareciese mi libro, sabía ya que algún día tendría que reescribirlo. Sabía ya que habría que destruir aquella inocencia de la memoria. Sabía que tendría que revivir mi experiencia de Buchenwald, hora tras hora, con la desesperada certidumbre de la existencia simultánea de los campos rusos, del Gulag de Stalin».[pie_82] «No existe ya memoria inocente, no para mí».[pie_83]
Finalmente, una memoria literaria; aquella que trata de ir más allá de los fríos datos de la realidad, incluso de sus análisis lógicos más sutiles, por medio del recurso de la ficción. Algunos temas de nuestra historia que ya antes habían aparecido en los libros de memorias de Semprún, como por ejemplo las protestas universitarias de febrero de 1956 o el inicio de la política de reconciliación nacional por parte del PCE, han ocupado su sitio definitivo en Veinte años y un día, su última novela. La literatura al servicio de la verdad. El gran novelista siciliano
Leonardo Sciascia, de quien Joseph Fontana ha podido decir que «es capaz de elevar el relato de un crimen a página de historia»,[pie_84] escribió a este respecto una frase que sin duda suscribiría Semprún, tanto por la verdad que encierra cuanto por su belleza intrínseca: «Pues nada de sí mismos ni del mundo entienden la generalidad de los hombres, si la literatura no se lo explica».[pie_85]
