¿Hacia el fin del Estado y la “Europa” (formalmente) democráticos?
Autor: Ramón Fernández Durán
Revista: El Viejo Topo nº 209-210
Este texto forma parte de un libro que acaba de sacar el autor en Virus: La compleja construcción de la “Europa” superpotencia . Las cuestiones que se plantean en él cobran una renovada actualidad después del No francés y holandés a la Constitución Europea, pues se va a intentar avanzar en la “construcción europea” de una forma cada vez más autoritaria hacia la “Europa” político-militar que necesita el capital europeo (continental) con el fin de defender sus intereses a escala global y respaldar al euro.
Hoy en día las estructuras de poder, en especial el poder político de los espacios centrales, y por ende los poderes económicos y financieros del capitalismo global, para enfrentarse a las crisis actuales, y sobre todo a las que se vislumbran en el horizonte, se ven obligadas cada vez más a recurrir a una “política de guerra” (interna y externa), como forma de exasperación del dominio y de mantener el statu quo . Eso no quiere decir que se hayan abandonado totalmente las formas de “dominio dulce” (ahí están entre otras las nuevas maneras que emanan de Davos, o las que se han intentado perfilar -con poco éxito- en Barcelona en el Foro de las Culturas 2004), pero sí que el “dominio fuerte” se va imponiendo inexorablemente sobre el “poder blando”. Sobre todo en el caso de la hiperpotencia, y de una forma cada vez más clara, de cara al futuro, en lo que se refiere a la UE. Y en cualquier caso, el “dominio dulce” se va desarrollando, cada vez más, como una prolongación (suave) del “poder fuerte”, como ocurre principalmente en el “proyecto europeo”, en donde este último está tan sólo en estado de gestación.
Es por eso por lo que se afirma cada vez con más contundencia que estamos asistiendo a la segunda fase de la revolución conservadora, en esta nueva etapa de “globalización armada”, que puede llegar a implicar tal vez el fin de la democracia (formal), al menos tal y como la conocemos hasta ahora en los países centrales. El caso de EEUU es paradigmático al respecto, pero también lo que está aconteciendo en el propio “espacio europeo” es ilustrativo. El final del llamado Estado de Derecho se podría llegar a producir de forma casi “natural” como resultado de los cambios institucionales que se están introduciendo en nombre de la “lucha contra el terrorismo”: enormes poderes conferidos a la policía, al ejército y a los aparatos de seguridad; ingente capacidad de control político, mediático y económico sobre la sociedad; e indefensión de una sociedad civil cada vez más desestructurada, abúlica políticamente, atontada mediáticamente, temerosa y sumisa a las estructuras de poder. Este es el caso claro de la gran mayoría de la sociedad estadounidense, donde se podría decir que estamos pasando poco a poco de un sistema político bipartidario a otro de partido único, crecientemente autoritario, despótico y plutocrático. Pero el “proyecto europeo”, aunque indudablemente a una distancia todavía manifiesta respecto de EEUU, camina en la misma dirección. Se está dando pues la paradoja de que para salvar a la “democracia” de sus “enemigos”, de acuerdo con el discurso del poder, primero hace falta destruirla, o desvirtuarla aún más si cabe. Hoy en día esta especie de “neofascismo postmoderno”, o mejor dicho “totalitarismo democrático”, no se construye contra la “democracia”, como antaño lo tuvieron que hacer sus antecedentes históricos, sino desde ésta.
A cada etapa del capitalismo le ha correspondido históricamente una forma determinada de Estado, que ha sido consecuencia de las dinámicas y necesidades concretas de acumulación del capital en esa fase, y de las circunstancias político-sociales (internas y externas) en las que se veía obligado a operar. La nueva etapa de capitalismo global financiarizado está suponiendo una crisis de legitimidad generalizada de los Estados en todo el mundo, especialmente en las Periferias, donde entran en crisis terminal en muchas ocasiones: caso de los llamados “Estados fallidos”. Pero en los propios espacios centrales también se produce una erosión creciente del arraigo social del poder estatal, es decir, de su legitimidad simbólica, que todavía no real o fáctica. El desmantelamiento del “Estado social” que promueve la “globalización” supone una quiebra de su imagen benefactora de cara a la ciudadanía; sobre todo si se profundiza también en el desmantelamiento de los mecanismos de eso que hemos venido a denominar la “paz social subvencionada”, como parece que se plantea como resultado de las propias exigencias del despliegue del capitalismo (financiero) global, y de su expresión en el “espacio europeo”. Dentro de la UE a Veinticinco esa crisis es aún más intensa en los recién llegados a la Unión, por las circunstancias ya mencionadas. De hecho, su sistema de partidos es enormemente fluido y precario, sin unas raíces mínimamente estables, y se ve obligado hasta a recolectar famosos y artistas de todo pelaje, outsiders del mundo de la política, para reclamar un voto ciudadano sin lealtades, volátil y cada vez más reticente a expresarse. Lo mismo que ocurrió en Argentina en tiempos de Ménem, poco antes del “Que se vayan todos”, o en la reciente crisis institucional de California, cuando irrumpe Schwarzeneger. Pero la crisis es también cada vez más patente en los Estados centrales de la UE, que se ven sometidos al mismo tiempo a una degradación adicional de su legitimidad por la creación de un espacio político superior, la “construcción política comunitaria”, que les usurpa competencias y les condiciona cada día más su “cara blanda” (junto con las dinámicas de los mercados financieros), al tiempo que es incapaz a su vez de construir nuevas legitimidades supraestatales, como hemos visto. Pero: ¿Cuánto tiempo más puede continuar esta situación de degradación continua? ¿Cuánto puede durar sin cambios cualitativos importantes? Hasta ahora se ha intentado apuntalar esta paulatina degradación política a escala estatal sin transformaciones sustanciales, aunque se está produciendo la configuración de una nueva estructura de poder en la que confluye progresivamente el poder político, el económico-financiero y el entramado de los grandes medios de comunicación, todo ello en un contexto de “guerra” creciente interna y externa. El ejemplo paradigmático de ese modelo sería la Italia de Berlusconi. Pero los límites de su gobernabilidad, y de la capacidad de mantenimiento de sus políticas, son también evidentes.
En el caso de la “Europa” comunitaria la crisis de identidad y legitimidad, como ya hemos apuntado, es aún más palmaria. Y será todavía más aguda cuando funcione la “Europa” cada vez más amplia y a distintas velocidades, y eso sin que medie un gran shock económico y financiero, que puede agravar mucho más estos escenarios. Y un shock de esa naturaleza puede estar a la vuelta de la esquina, como intentaremos resaltar en el libro en preparación [pie_1] . Además, no es lo mismo, p.e., como se ha intentado erróneamente comparar, la ausencia de participación en las elecciones estadounidenses, que en los comicios “europeos”, intentando restarle importancia a este hecho en el caso de la Unión. En EEUU el Estado federal es una estructura legitimada (hasta ahora) y potente, y además se promueve un patriotismo político hacia aquél que tiene hasta un componente religioso. “América” se puede decir que vibra en el corazón de prácticamente todos los estadounidenses. Es el mito que permite la cohesión de una sociedad enormemente fragmentada y tensionada. Ese no es para nada el caso de la Unión Europea, en donde la desafección hacia esta estructura supraestatal (postmoderna) es galopante y en donde su ausencia de legitimidad es muy considerable, y va en aumento. Las consecuencias de una participación electoral cada vez más exigua son muy distintas. A ello se suma el hecho de que no existe una verdadera estructura comunitaria de partidos políticos que ayude a impulsar una actividad institucional coordinada a escala de la Unión. La cacofonía es evidente. Sobre todo ahora que han ingresado los países del Este. La distinción entre “izquierda” y “derecha” a nivel comunitario ha dejado de tener, en general, significado [pie_2] . Y su “confrontación” reglada era algo que había ayudado a legitimar a lo largo del siglo XX las democracias occidentales. Hay partidos provenientes de la descomposición de los antiguos partidos comunistas del Este que preconizan la alianza con EEUU. Mientras, la derecha francesa la rechaza, seguida de cerca por la socialdemocracia alemana. Y la “nueva izquierda” de Tony Blair se alía con Aznar (en su día) y Berlusconi para imponer sus tesis pro-mercado y atlantistas en la UE. Todo ello dificulta aún más el que pueda existir una práctica política partidaria común a escala de la Unión, que posibilite un mínimo de visualización y legitimidad de las fuerzas políticas “paneuropeas” en las instituciones comunitarias. Y por último, el hecho de la ausencia de división de poderes en el funcionamiento de la Unión, y el confusionismo acerca de quién, o quiénes, son los que verdaderamente toman las decisiones en la UE, es un elemento más, de gran trascendencia, que echa aún más leña al fuego en esta falta de arraigo de sus instituciones.
En estas circunstancias: ¿cómo se podrá mantener mucho tiempo más la ilusión “democrática”? Sobre todo a escala comunitaria, especialmente si la Constitución Europea resulta de muy complicada aprobación y ejecución [pie_3] , y se vuelve perentorio el construir (como sea, es decir, de forma autoritaria) una “Europa” política y militar que haga frente a los nuevos desafíos que se le planteen a la Unión, en un mundo cada vez día más convulso. ¿Será entonces preciso pasar a nuevas formas de organización estatal y supraestatal que hoy tan sólo podemos barruntar? Quizás, desde algo parecido a eso que se ha venido a llamar por algunos autores el “Estado-guerra” [pie_4] a su articulación a escala “europea” en un entramado cada vez más militarizado y policial, del que irían desapareciendo poco a poco hasta los últimos vestigios formalmente democráticos, o bien donde éstos se habrían limitado al máximo. Por otro lado, este escenario entraría en funcionamiento, sin duda, si (por distintas circunstancias) se activa una contestación social masiva que pueda poner en peligro las actuales relaciones de dominio, pues los instrumentos para este tipo de ejercicio de poder, si es necesario, ya se están perfilando. Otra cosa sería su viabilidad para garantizar su permanencia en el tiempo.
¿Caminando hacia algo así como el “Estado-guerra”? Sus límites claros en el caso de “Europa”
El “Estado-guerra”, de acuerdo con estas reflexiones, sería una nueva organización estatal de producción de orden, que tiene como horizonte el “enfrentamiento armado” (externo e interno). En él se produce un gran relato unificador frente al “Mal”, que complementa a todos los anteriores de la globalización. El “Estado-guerra” supone un salto adelante en relación con el “Estado-crisis”, aquel encargado de gestionar la primera etapa de la “globalización”. En el “Estado-crisis” todavía existía la ilusión de un espacio público protagonizado por el sistema de partidos. Ahora es la “guerra” la que actúa como reductor de complejidad, estableciéndose una creciente polarización social amigo/enemigo, que simplifica el mundo y que sirve para apuntalar (¿momentáneamente?) el statu quo . En este sentido, no es que desaparezca la política, sino que la política pasa a un primer plano pero como “guerra”. El miedo, y en especial el miedo al “otro”, que es el sentimiento medular sobre el que asienta el funcionamiento del “Estado-guerra” (y que se promueve activamente desde el mismo), se convierte en un factor de producción de orden primordial de cuya administración depende, en gran medida, la neutralización de la acción política. El miedo, socialmente construido y políticamente manipulado, y no tanto la esperanza, será el que lubricará la nueva adhesión ciudadana a las estructuras de poder. Una ciudadanía basada en individuos aislados, divididos y en guerra también unos con otros (“guerra civil molecular”), de los que se quiere un repliegue absoluto sobre sí mismos, destruyendo cualquier tipo de vínculo social, y a los que se les pretende suprimir igualmente cualquier capacidad de posicionamiento propio, al procurar anular y neutralizar la más mínima distinción entre verdad y mentira. Todo ello conseguido a partir de la degradación moral inducida y la industrialización masiva de la mentira. A esta capa de producción de nueva subjetividad desde las estructuras del poder (político y mediático), se sumaría al atontamiento ciudadano producido por el bombardeo publicitario para fomentar el consumo desenfrenado, una de las características de la etapa previa que se mantiene, mientras se pueda (es decir, hasta que estalle una crisis global). Sería, pues, una especie de readecuación al “totalitarismo democrático” en el que vivimos. Un paso más. Sin embargo, el “Estado-guerra”, aparte de su tremendo coste de funcionamiento interno y externo, y su más que probable dificultad para legitimarse y garantizar su permanencia a medio plazo (a pesar de toda su potencia), implica un serio problema para la creatividad postmoderna en la que está basado el nuevo capitalismo (financiero) global. Quizás su ejemplo más cercano sería el tipo de Estado impulsado por los “neocons” de la presidencia Bush, que está contaminando poco a poco las nuevas formas de gobierno mundial.
Pero ya se están viendo, en el caso de la hiperpotencia, las limitaciones de viabilidad (principalmente económica) y gobernabilidad de este tipo de estructura política en el medio y largo plazo. A pesar de que Bush ha ganado “claramente” su segundo mandato, en base al voto que le ha otorgado la “América” profunda, es decir el mundo fundamentalmente “rural”, aunque también de forma especial los hombres blancos, la tercera edad, las clases medias altas, los sectores más religiosos, y el abundante personal militar y exmilitar (veteranos de guerra), su victoria abre un futuro lleno de interrogantes. Y esta victoria, aunque ha estado firmemente sustentada en los “valores tradicionales” que enlazan con el “Estado-guerra” made in USA : defensa de la familia, la religión, la patria, el autoritarismo (“a los estadounidenses les gustan los líderes fuertes”, según Paul Wolfowitz), es decir, los más rancios valores patriarcales, ha sido una victoria pírrica que muestra serias dificultades para perdurar en el tiempo. Especialmente si se producen cambios importantes en la coyuntura económica interna, derivados de un más que probable resquebrajamiento de la posición hegemónica de EEUU en el mundo, tanto en el plano monetario-financiero como en el político-militar. Planos, por otra parte, íntimamente entrelazados. Así pues, si se producen estos cambios de escenario, puede fácilmente saltar por los aires este modelo autoritario que se sustenta en mimbres más débiles de lo que parece. Y erosionarse seriamente los mitos en torno al patriotismo universal de la población estadounidense, y su adhesión inquebrantable a su “comandante en jefe” en tiempos de guerra (por primera vez en muchos años, tal vez desde la Guerra del Vietnam, se están produciendo serias fisuras al respecto en la sociedad), dejando paso a serios conflictos en torno a las políticas reaccionarias y militaristas. De hecho, las limitaciones internas y externas, y especialmente la resistencia iraquí, mucho mayor y persistente de la esperada, le están haciendo modular su afán unilateralista agresivo, y han frustrado sus planes de ver doblegadas totalmente a Francia y Alemania a sus deseos, siendo consciente que tiene que negociar de alguna forma con “Europa” para compartir los enormes gastos militares de la ocupación, pero sin querer soltar el timón del mando militar. En definitiva, el control de la ocupación. Cosa enormemente complicada, y a la que por ahora “Europa” se niega, pues tan sólo se ha avenido a participar en aspectos secundarios.
De repente, el modelo Bush [pie_5], que parecería que (de forma forzada) une y difumina diferencias étnicas y sociales, construyendo identidad colectiva, al tiempo que privatiza todo vínculo social, puede verse anegado por considerables formas de ingobernabilidad antagonista y (sobre todo) no antagonista, haciendo inviable la profundización de un “Estado-guerra” que haga creíble y manejable un American Dream en crisis. En este contexto la voluntad de Bush de crear una “sociedad de propietarios” y “preparar a los ciudadanos estadounidenses para la vida en una sociedad libre, donde cada ciudadano sea agente de su propio destino”, como ha expresado en su discurso sobre el Estado de la Unión (enero, 2005), manifestando que tenía un capital político acumulado tras las elecciones que pensaba gastar, puede ser que se le agote éste bastante más bruscamente de lo que él (y los que le sustentan) piensa(n), haciendo inviable el proyecto que pretenden. Y como parte del mismo, su sueño de “acabar con todas las tiranías del mundo, que es el trabajo concentrado de generaciones”. En ese escenario, es muy probable que entren en crisis también ese sentimiento de superioridad de la población de EEUU respecto al resto del mundo, y su creencia acerca de la excepcionalidad de su papel histórico de cara a éste. Esos mitos (inexistentes -actualmente- en “Europa”, y difíciles de construir aquí) pueden empezar a quebrar si se resquebraja la hegemonía estadounidense a escala global, abriendo la caja de Pandora de las tensiones internas, que hasta ahora estaba bastante asegurada por el patriotismo imperante.
[…] En este contexto, en el caso de la UE asistimos a una tensión, que probablemente irá en ascenso, entre las dinámicas estatales (derivadas de sus condicionantes político-sociales) y las necesidades de gobernabilidad política y militar a escala “europea”, y mundial, sobre todo de cara al futuro. No es fácil promover (desde arriba) un funcionamiento estatal fuertemente autoritario, es decir, tipo “Estado-guerra”, en el espacio “europeo”. Primero, porque no existe una estructura centralizada de poder a escala de la Unión, desde donde puedan partir con toda su potencia estas dinámicas. Y segundo, porque las resistencias a cambios hacia tipos de Estados de corte claramente autoritarios y despóticos pueden ser significativas en territorios donde están más arraigados los comportamientos y las prácticas democráticas. No sólo por parte de los ciudadanos, sino también por parte de las propias estructuras políticas de los Estados respectivos. Aquí, en “Europa”, no existe un partido “republicano” unificado (o “demócrata”) que pueda imponer cambios fuertes desde sus estructuras centralizadas. Ni existe un Pentágono mastodóntico, una CIA o un FBI potentes, o hasta algo así como el recién creado Ministerio para la Defensa de la Patria de EEUU, que impongan la militarización creciente de la sociedad, o el control de ésta por los aparatos de seguridad, sin suscitar excesivas resistencias. Ni se da, hasta ahora, una capacidad de creación permanente de enemigos exagerados con el fin de preservar el statu quo , basada en el dominio y concentración de gigantes mediáticos, con la cadena Fox como ejemplo más emblemático de estos nuevos y duros tiempos. Las sociedades europeas son más complejas, el miedo al “otro” existe (y se fomenta cada vez más), pero no funciona todavía en plan absolutamente maniqueo basado en el binomio del “Bien” y del “Mal”, o en la polaridad simplificadora amigo/enemigo.
[…] Sin embargo, tanto la Constitución Europea como otros intentos no tan “democráticos” en cartera de involución política, que actualmente ya se están gestando, apuntan a que hay una seria voluntad desde las principales instancias de poder de la Unión de redefinir más bruscamente los actuales equilibrios y contrapesos político-ideológico-sociales. La Constitución abre la vía para poder intervenir hasta militarmente (con “fuerzas europeas”) en un Estado de la Unión (cláusula de “solidaridad”), si este Estado ha sido atacado por el “terrorismo”, o cuando estén “amenazadas sus instituciones democráticas”. Habría quizás que preguntarse: ¿por quién? Pero también en la Constitución podemos encontrar alguna pista al respecto. La Constitución contempla la posibilidad de aplicar la pena de muerte por los Estados cuando se esté en “guerra”, cuando el peligro de ésta sea “inminente”, o cuando se produzca una fuerte crisis social, esto es, una “rebelión”. Asimismo, la Constitución Europea abre la puerta para empezar a caminar hacia un reforzamiento de las relaciones de dominio patriarcal, si bien todavía a ritmo “europeo”. Las denuncias de gran parte del movimiento feminista a escala comunitaria de la Carta Magna son bien ilustrativas de ello, como hemos apuntado. Sin embargo, en la recámara, por si la aprobación de la Constitución no tiene lugar, o aunque se apruebe, con el fin de acelerar las reformas necesarias, se vienen produciendo distintos intentos de caminar más ágilmente hacia escenarios políticos claramente represivo-autoritarios, abiertamente patriarcales y fuertemente reaccionarios (xenófobos, racistas, homófobos, etc), que permitan adecuarse a las exigencias de gobernabilidad del nuevo capitalismo “europeo” y global. En concreto, dos personajes tan siniestros como Aznar y Buttiglione, el comisario del que se vio obligado a prescindir Durao Barroso, contra su voluntad, y que ocasionó un conflicto abierto Parlamento Europeo-Comisión, se han ofrecido, y se están moviendo activamente, para servir de correa de transmisión de la segunda fase de la revolución conservadora en “Europa”. Sus vínculos con el American Enterprise Institute, punta de lanza en EEUU de los “neocons”, son manifiestos. Y su peso e influencia en los grupos del Partido Popular Europeo también. Sus recomendaciones son que los partidos conservadores deben liderar un giro aún más acusado hacia la derecha, para no ver socavado su peso electoral por el avance de la extrema derecha y el ascenso neonazi, que además es preciso impulsar un nuevo discurso (social, económico y político) para adecuarse claramente a los nuevos tiempos que corren, así como propiciar también la “guerra civil molecular”, y que es necesario posicionarse abiertamente en un escenario de “choque de civilizaciones”, a ser posible en alianza con EEUU (este es el punto que quizás queda por “pulir”), si es que se quiere ser alguien en el concierto mundial. Y parece que el PP de Rajoy continúa, aquí, en esta misma onda que dejó su ex-jefe, y que sigue manteniendo ahora activamente desde la FAES.
De cualquier forma, estas derivas y sueños neototalitarios, neopatriarcales y neoimperiales, si es que finalmente se llegan a plasmar en territorio de la UE, tendrán seguramente (¡esperemos!) una vigencia aún más precaria que en EEUU, por las limitaciones de toda índole y la diversidad de resistencias (internas y externas) que se alzarán ante ellos. Su alto coste económico será difícilmente asumible por las estructuras de la Unión (y sus Estados), su legitimidad será altamente débil e inconsistente, y probablemente la difícil viabilidad económica, social, territorial y ambiental del “proyecto europeo” a medio y largo plazo, incidirá en la incapacidad de las estructuras de poder de la Unión para mantener la gobernabilidad de la “construcción europea”. Pero la paradoja es que esta “construcción”, para que funcione, necesita de esa profundización en el orden represivo interno y de una creciente proyección militar mundial, ineludible con el fin de poder garantizar su propia viabilidad interna.
[…] Se abre pues la necesidad de abordar una reflexión y un debate profundos sobre la inviabilidad e ingobernabilidad de estos escenarios, y acerca de la imperiosa necesidad de empezar a caminar, en nuestro caso, hacia horizontes de deconstrucción del “proyecto europeo”, como vía para orientarnos hacia un mundo más justo, más seguro, en consonancia con los límites ecológicos y el entorno natural, y que permita ir superando al mismo tiempo las relaciones de poder patriarcal. Una vía (o mejor dicho, un haz de vías) sin una definición precisa, sino a construir colectivamente, y que además se abre en múltiples sendas de posible transformación. Todo ello a desarrollar, por supuesto, en un contexto de enorme complejidad y conflicto, pero también a partir de entornos humanos donde vibra una gran pasión personal y colectiva por querer vivir, en paz con nosotros mismos y con la biosfera que habitamos. Sobre estos temas pretende incidir más detenidamente el libro que está preparando el autor, del cual este texto es tan sólo un primer avance de una de sus partes. Continuará, pues. Eso espero.
