Intelectuales vascos de la posguerra
Autor: Teresa Echenique Elizondo
Revista: Cuadernos de Alzate nº 36
Intelectual y vasco en la posguerra
La delimitación del concepto de intelectual, seguido del adjetivo vasco y unido a la dificultad –menor- de dibujar contornos precisos al período denominado posguerra crea un contexto de brumosidad e incertidumbre. Renunciando a justificaciones preliminares y asumiendo la dosis de subjetividad que pueda haber en la elección de determinadas figuras de la posguerra relacionadas con el ámbito vasco, me aferro a las palabras que dedica Steiner a la tarea de reconstrucción del filólogo-historiador: “En ausencia de la interpretación…no habría cultura; sólo un silencio sin eco a nuestras espaldas” [pie_1]. Con esta premisa se puede dar vida a esa parcela todavía cercana del pasado, sin olvidar que la reconstrucción se hace desde el presente y que toda reconstrucción es siempre parcial por lo que tiene de elección de determinados hechos, y eliminación de otros, por quien la lleva a cabo.
Hablar de “los intelectuales que han sido” en una etapa concreta de nuestro pasado, de su papel en la posguerra, no tanto de su compromiso o responsabilidad en aquel momento histórico, es tarea aún por hacer en su práctica totalidad, para algunos espacios geográficos vascos más que para otros (y seguramente su exposición se va a resentir de ello), por lo que se presenta aquí un conjunto de ideas que necesitan aún de cierto reposo y mucha reflexión. No es necesario compartir plenamente la afirmación de Norberto Bobbio según la cual quien habla de los intelectuales se convierte, al menos ocasionalmente, en intelectual [pie_2], para intentar soslayar la impronta subjetiva que ese cierto desdoblamiento transitorio de la personalidad provoca y que, en realidad, late al fondo de la afirmación de Ignacio Sotelo según la cual el concepto de intelectual es “equívoco donde los haya, cargado de las más distintas emociones” [pie_3]. Las pautas que guían los contornos de la identidad de este discurso consigo mismo se circunscriben, en todo caso, a intelectuales vinculados a un legado intelectual y, más concretamente, a quienes han dejado una obra escrita, ya sea histórica, filológica o literaria (en sentido amplio); entre otras cosas porque sí concuerdo con Bobbio en considerar la actividad de escribir como una de las funciones principales del intelectual, uno de los motivos que suscita la atención sobre su origen y destino, sobre su vida, muerte y milagros, aunque no deja de ser cierto que, en una concepción razonablemente amplia de “intelectual”, entran artistas, poetas, novelistas y, en definitiva, todos cuantos nos han dejado un legado escrito sobre su propia concepción del mundo y la realidad vivida. En el caso del intelectual vasco, se da, además, algún tipo de vínculo entre ese legado y la realidad vasca. Sea como fuere, todo cuanto sigue ha sido seleccionado por alguna razón de peso, además de estar muy meditado, lo parezca o no.
Claro que sobrecoge la afirmación de Carmen Baroja y Nessi: “Quien ha vivido entre artistas, hombres de letras, etcétera, sabe la poquísima cordialidad que reina entre ellos, y la falta absoluta de amistad. Es cosa rarísima encontrar dos buenos amigos literatos; el caso de Pío y Azorín es rarísimo. Generalmente, no se pueden resistir y en general no se estiman ni como escritores ni como personas” [pie_4]. A este duro juicio conviene apostillar, en todo caso, que la propia Carmen Baroja, admirable mujer, más aún en la adversidad, tiene juicios implacables sobre personas de su propia familia Baroja (no digamos sobre las de otras), por lo que quizá haya que atribuir a sus palabras un alcance menos dramático del que parecen tener a primera vista.
Sobre posguerra
Decía otro Baroja, Pío en este caso, en un artículo publicado en La Nación de Buenos Aires: “Casi siempre sucede que al pasar una época y verla ya con una perspectiva lejana es cuando se le comienza a encontrar algún carácter” [pie_5]; es lo que va sucediendo al contemplar la posguerra desde la actualidad, denominación que, en sí, es como un magma informe, pues denota el tiempo posterior al de un desastre, la Guerra Civil , que, en palabras de mi maestro Rafael Lapesa, “cayó sobre toda España como un hachazo”. Y si nos preguntamos por el final concreto de ese tiempo posterior, de esa “unidad temporal inteligible” [pie_6] que se desestructura sin marcar contornos precisos en su denominación, veremos que, en general, se ajusta al período comprendido entre 1936-1975, si bien conforme se avanza hacia la década de los sesenta, y más aún los setenta, la propia noción de posguerra se va difuminando.
Dos años antes del desastre civil habían tenido lugar en suelo vasco ciertos signos de apertura a corrientes de vanguardia, como la publicación en Vitoria de la revista 5 Cinco , en cuyo segundo número Manuel Garaizabal reclamaba para el pensamiento “su derecho irrefutable a la paranoia” [pie_7], al tiempo que Jorge de Oteiza, Manuel Lekuona, Joseba Rezola celebraban reuniones buscando el modo de contribuir al renacimiento cultural de Euskadi; ciertos enfrentamientos más o menos amistosos entre Oteiza y Aitzol sobre el modo de tratar “lo vasco” adquieren en la distancia tintes trascendentes. También en 1934 Gu , asociación gastronómico-cultural, sirvió de plataforma a ilustres y muy diversos visitantes de paso por San Sebastián: Picasso, Giménez Caballero, Max Aub o García Lorca, la huella de alguno de los cuales resulta visible en poetas vascos.
Durante la contienda tienen cabida en el País Vasco determinados episodios ligados a nombres concretos. Es el caso de Aitzol , José de Ariztimuño (sacerdote, fusilado por los sublevados en 1936), amigo muy estrecho de José de Arteche, que terminaría haciendo la guerra en el bando nacional, y de José María Benegas Echeverría, que tendría que exiliarse. Inspirador de certámenes poéticos en euskera, en uno de los cuales se dio a conocer Gabriel Aresti, José de Ariztimuño buscaba, en su función de mentor de poetas jóvenes, explorar nuevos caminos en la poesía; así se creó en Guipúzcoa la Asociación cultural Euskaltzaleak , impulsora del Renacimiento Vasco o Euskal Pizkundea , movimiento paralelo a los vividos en otros puntos peninsulares, como el Rexurdimento gallego o a la Renaixença catalana . A Aitzol le unían también fuertes lazos con Esteban Urquiaga Lauaxeta , traductor de Lorca al euskera, fusilado a su vez en 1937, uno de los miembros del grupo bilbaíno Alea que, encabezado por José Miguel de Azaola, estaba formado entre otros por Pablo Bilbao Arístegui o Blas de Otero.
Poco después de la guerra, en mayo de 1939 (ya bajo el régimen de Franco), se celebraron en Vitoria y Bilbao sendas Exposiciones artísticas: una de arte sacro en el palacio de Villasuso de Vitoria, organizada por la Dirección General de Bellas Artes, cuyo Jefe Nacional era Eugenio D’Ors, y otra de pintura, escultura y arte decorativo en el bilbaíno hotel Carlton, edificio que había sido sede del Goberno de Euskadi desde octubre de 1936 hasta la caída de Bilbao en agosto de 1937, con el patrocinio del Ayuntamiento de Bilbao y la Diputación de Vizcaya. Sentencia Pilar Muñoa, de donde proceden los datos: “El contenido y los lugares en que se celebraban ambas exposiciones no dejan lugar a dudas acerca de sus intenciones: se trataba de dar una lección y contestar los efectos del pabellón español de la República en la Exposición Universal de París de 1937” [pie_8].
En la posguerra, una vez consolidada la nueva situación, y con el fin de dar continuidad a logros anteriores a la contienda, José Miguel de Barandiarán convirtió la localidad vasco-francesa de Sara en un centro cultural parangonable al que se había formado en torno a Axular (escritor navarro del siglo XVII, autor de Guero , obra considerada modélica para la prosa vasca) e inició, en 1943, la segunda serie de Eusko-Folklore . Todo ello era continuación de su dedicación a tareas previas, alentadas por instituciones creadas a comienzos del siglo XX, como la Sociedad de Estudios Vascos o la Academia de la Lengua Vasca ; a partir de 1921, el laboratorio de Etnología y Eusko Folclore, así como el Centro de Investigaciones Históricas, nacidas en Vitoria bajo la dirección de Barandiarán, pasaron a ser instituciones sostenidas por la Sociedad de Estudios Vascos. La figura de José Miguel de Barandiarán es merecedora del respeto más absoluto, acrecentado aún más conforme se nos va alejando en el tiempo; quizá no sea del todo erróneo afirmar que su teoría sobre la formación prehistórica de la etnia vasca (inseparable, claro está, de la lengua) está en la base de Quosque tandem de Oteiza (1964) y de cierta teorización nacionalista, pero ello no le atribuye responsabilidad alguna, pues también Caro Baroja fue discípulo de Barandiarán y llegó a profesar un rigor histórico y etnográfico de enorme calado al hablar de la prehistoria de los vascos[pie_9].
Hacia la misma época, en 1945, salió en San Sebastián el Boletín de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País , fiel al ideario del conde de Xavier Mª de Munibe, conde de Peñaflorida, con el fin de retomar los “Extractos” que las Juntas de la Sociedad acostumbraban a publicar en el siglo XVIII [pie_10]. José María Díaz de Mendívil, Julio de Urquijo y José María de Areilza eran, respectivamente, los presidentes de las Sedes de la Bascongada en Álava, Guipúzcoa y Vizcaya en el año de 1944 al que corresponde el proyecto. No es casual que Julio de Urquijo impulsara a comienzos de siglo la ahora centenaria Revista Internacional de Estudios Vascos (RIEV) , que comenzó a publicar sus excelentes volúmenes en 1907. La RIEV es digna de ocupar un lugar de honor en la preguerra; en su primera etapa, comprendida entre 1907 y 1936, que alcanzó dimensiones colosales en su género, acogió en sus páginas de entonces escritos de Menéndez Pidal, Américo Castro, del propio Julio de Urquijo, George Lacombe, Hugo Schuchardt, Meyer-Lübke y un largo etcétera, junto a traducciones de Humboldt y otros que, siendo mejorables desde las exigencias actuales, cumplieron en su momento un papel de gran trascendencia.
Refiriéndose a la década de los cuarenta, Edorta Kortadi ha escrito: “Dentro del país…se va a plantear hacia 1940-45 un cambio de eje creativo. Hasta la guerra, la metrópoli coordinadora había sido Bilbao, ahora comenzará a serlo San Sebastián” [pie_11]. La labor cultural de la Diputación de Guipúzcoa no fue ajena a ello; de hecho, escritores vascos de la posguerra, que habían encontrado refugio en Eusko-gogoa, revista fundada en Guatemala por Jokin Zaitegi en 1950 y dirigida por A. Ibiñagabeitia en el exilio, acabaron publicando en la fecunda Egan , vinculada a la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País y en cierto sentido tutelada por Euskaltzaindia-Academia de la Lengua Vasca.
Todo ello no puede desvincularse del despegue protagonizado por la prensa en el primer tercio del siglo XX como consecuencia de hechos económicos y sociales bien conocidos; los lectores (en menor medida, lectoras, incorporadas más tardíamente a los hábitos de la lectura) ampliaban su horizonte vital con la oportunidad que todo ello les brindaba [pie_12]. Pensemos que los habitantes de Bilbao, que en 1875 se cifraban en 30.000, habían pasado en 1920 a engrosar la cifra de 101.500, y los de el área de la Ría, en su conjunto, de 65.000 en 1877 a más de 250.000 en 1920. Ya en 1930 el País Vasco y Madrid estaban por encima de la media de renta nacional (casi duplicada por Cataluña, por otra parte) y la situación cultural había progresado considerablemente respecto al siglo anterior; en 1930 el 20% de la población española era analfabeta, frente al 73% de 1860. Ahora bien, aunque hubiera descendido notablemente el analfabetismo y aunque el auge de la prensa en territorio vasco fuera grande en el primer tercio del siglo XX, a través de la prensa se puede comprobar que los años anteriores a la guerra siguen dibujando una sociedad regida por el sermón dominical y el mitin callejero. Conscientes de ello, ciertos sectores sociales y personalidades de relieve reclamaban la creación de una Universidad en el País Vasco, limitada a unos cuantos estudios incluso hasta después de la muerte de Franco; ya en 1930 se produjeron manifestaciones en favor de la autonomía universitaria en el país, que volvieron a registrarse más tarde con más o menos fuerza. Generaciones de médicos habían salido a cursar sus estudios a Salamanca, Valladolid, Zaragoza, Madrid, al extranjero en casos excepcionales, pues la Universidad privada, en la que se formaron algunos intelectuales vascos y que nutría al País de empresarios, carecía de ciertas titulaciones [pie_13].
Estoy plenamente de acuerdo con Jon Juaristi cuando afirma que, en los años cincuenta, en el País Vasco: “Bajo un régimen dictatorial de inspiración católica, la Iglesia tenía un poder omnímodo para organizar la vida cotidiana de la población” [pie_14]. Seguramente vinculado a ello, el papel de las mujeres era siempre secundario; mujeres de considerable valía intelectual y gran actividad no ocuparon la posición social que, de haber sido hombres, les habría sido asignada en su momento; tal fue el caso, por poner un ejemplo, de la guipuzcoana Mª Dolores Agirre.
Antes he mencionado a Carmen Baroja y Nessi, nacida en Pamplona en 1883, que había cursado los estudios colegiales en Valencia y San Sebastián, y distribuyó luego su vida entre Vera y Madrid, donde murió en 1950. Sirva una pincelada para llenar el vacío de conocimientos que tenemos sobre esta figura que empezó a publicar en la revista literaria Mujer a partir de 1938 (revista de lecturas y moda dirigida por Roberto Martínez Baldrich y publicada en San Sebastián entre 1937-1949), firmando como Vera de Alzate . Escribió también varios textos que han caído en el olvido; su semblanza nos ha sido rescatada recientemente por Amparo Hurtado gracias a la edición de Memorias de una mujer de la generación del 98 [pie_15] , de enorme fuerza y muy valiosas (¡también había mujeres escritoras en esa generación junto a gigantes como Unamuno, Maeztu, Zuloaga o el propio Pío!).
Por otra parte, y quizá como compensación a excesos cometidos en los comienzos de la posguerra y con el deseo de equilibrar la balanza de los hechos que relegaron el mundo vasco a una situación injusta (paralela, no se olvide, a las de otras áreas, geográficas o sociales según los casos, peninsulares), se había ido generando un sentimiento de reivindicación de “lo vasco” (entendiendo por tal la lengua vasca y la cultura ligada a ella) de forma que casi todo indicio de progresismo quedó vinculado en la posguerra al respeto y reivindicación de la lengua vasca y su cultura [pie_16]. En este clima reaparece en 1956 Euskera , publicación de Euskaltazindia o Academia Vasca de la Lengua Vasca , fundada en 1918 en Oñate, entre cuyos cuatro fundadores volvemos a encontrar a Julio de Urquijo. El final de los años cincuenta y comienzos de los sesenta queda grabado en la historia por el nacimiento de ETA, que impregna de un tenor diferente y propio a la forma de concebir lo vasco o el problema vasco, tal como se ha prolongado hasta el día de hoy.
Ya 1964 viene marcado por publicación de Harri eta Herri (Piedra y pueblo) de Gabriel Aresti (Bilbao 1933-Bilbao 1975), una de las figuras responsables del resurgimiento literario del vascuence junto a Jose Luis Alvarez Emparanza Txillardegi , Federico Krutwig Sagredo y Jon Mirande, como ha recordado recientemente Jon Juaristi [pie_17] al hablar de otra figura de los años cincuenta, Alfonso Irigoyen, y recordar su asiduidad a la tertulia del bilbaíno café de La Concordia en los años sesenta, a la que concurrían el propio Aresti, San Juan y Blas de Otero, entre otros. Harri eta Herri de Aresti refleja el impacto producido por la industrialización, con la consiguiente llegada de campesinos castellanos, andaluces y ext reme ños a las ciudades y villas vascas (Bilbao, Eibar, San Sebastián, Rentería…), la creación del cinturón de chabolas en la margen izquierda del Nervión, con la consiguiente radicalización de las posiciones de la pequeña burguesía nacionalista, fenómeno estudiado como nadie por Jon Juaristi, con sus luces y sombras; a partir de entonces el modelo ilustrado de los Caballeritos de Azcoitia pierde vigencia y pasa a un plano minoritario, aunque, de una forma u otra, siempre ha estado presente en la vida del país.
Se podría decir que el final del período denominado posguerra viene marcado, en el terreno del euskera, por la unificación de la lengua, con la aparición del batua o lengua común en 1970 (gestado por acuerdo de los diversos sectores e instituciones vascas en 1968), en la que culminan inquietudes y anhelos anteriores; a partir de ahí y, claro está, tras la muerte de Franco, se entra ya en una era distinta.
Sobre la noción de vasco
Seguramente las ideas de Humboldt, con el romanticismo subyacente, la concepción de la lengua como creación colectiva (obra del Espíritu del pueblo), la recuperación del pasado de los pueblos, etc., fueron determinantes para provocar el resurgimiento de las señas de identidad y la delimitación de la dualidad euskera-castellano presente por doquier en la vida vasca de posguerra. Se llegó a generalizar, de este modo, la idea de que la lengua determina en alguna medida una forma de entender el mundo y que, a dos idiomas diferentes que, por añadidura, tienen origen y tipología tan diversa, debían corresponder dos cosmovisiones bien diferenciadas [pie_18]. Las páginas de mayor relieve que se han escrito en al terreno de la Filología sobre esta cuestión florecieron en los años sesenta y setenta, fraguadas tras años de estudio y reflexión llenos de dificultad, de la pluma de Luis Michelena [pie_19]. A partir del siglo XX, en el espacio vasco hay dos mundos separados por la lengua (la aparición del nacionalismo aranista no es ajena a ello, claro está), separación que se agudiza con la guerra y sus consecuencias de sobra conocidas, y se radicaliza en la posguerra, dando lugar a actitudes diferentes, algunas más extremas que otras, todas las cuales se han acompañadas de argumentaciones sesudas. Hay que tener presente, no obstante, que, en el terreno de la cultura, la cimentación de la Filología Vasca actual no se hizo sobre la base de los trabajos de Sabino Arana Goiri y sus partidarios, sino sobre el sólido fundamento de otros filólogos como Resurrección Mª de Azkue, primer director de Euskaltaindia-Academia de la Lengua Vasca , Arturo Campión o Julio de Urquijo e Ibarra, además de la Lingüística y Filología más internacionales; del saber, en suma. Sobre esta base se sustenta, también, la monumental obra de Luis Michelena-Koldo Mitxelena.
En puntos concretos que afectan a la discusión más o menos nuclear sobre lo que se entiende por vasco, conviene recordar que la cuestión de la territorialidad del País Vasco antes de la transición no estaba del todo clara, ni mucho menos aparecen ya estereotipadas determinadas posturas que hoy admiten estrecho margen de discusión fuera de planteamientos rígidamente etiquetados. José Miguel de Azaola, bilbaíno del grupo Alea (que reunía a escritores como Esteban Urquiaga Lauaxeta o Blas de Otero, como se ha apuntado más arriba) dice en 1973 [pie_20]: “Y en cuanto a Navarra: esa provincia de fisonomía tan peculiar y de personalidad, sin disputa, tan vigorosa: desde ahora te adelanto, lector, mi opinión –que trataré de explicar con más detalle en páginas sucesivas—de que está llamada a conocer, unida a sus hermanas [Guipúzcoa, Álava y Vizcaya], un porvenir mucho más brillante y fecundo en el interior del conjunto vasco, que el que le espera si permanece separada de aquellas y fuera de este”. Azaola no encuentra razones para no unir Navarra con Guipúzcoa, razones que serían más discutibles a la hora de articular un conjunto en el que Álava estuviera junto a Guipúzcoa, por ejemplo [pie_21]. Sin duda, y Azaola también alude lógicamente ello, aunque con ciertos matices, la existencia también en Navarra de la lengua vasca justifica considerarla, así mismo, “vasca”. Otro tanto sucede en el caso de Julio Caro Baroja, cuya condición de intelectual vasco no se cuestiona, que incluye permanentemente a Navarra como parte del mundo cultural vasco. En fin de cuentas en Navarra se publica, desde 1967, Fontes Linguae Vasconum , revista emblemática en su género.
La mención a Jorge de Oteiza (Orio 1908-San Sebastián 2003) como intelectual vasco está también justificada en el contexto descrito: artista con pretensiones intelectuales de altos vuelos, realmente tuvo una vida espléndida en experiencia y en contrastes. Ahora, su recuerdo se ve ilustrado por la aparición del libro de Pilar Muñoa Oteiza. La vida como experimento [pie_22] , que es, al hilo de la biografía de Oteiza (1908-2003), un recorrido por la situación cultural del País Vasco, de España entera, así como también de parte de América (aunque en menor grado) especialmente en la posguerra. Bajo la discusión de qué es arte vasco resurge el problema de lo que se entiende o debe de ser entendido por “vasco”. En Oteiza, que afirmó haber sabido lo que es ser vasco después de haber salido del país, se pueden rastrear, asegura Pilar Munoa, los ecos de doce lecciones impartidas por Ortega en la Cátedra Valdecilla de la Universidad Central en 1933 con el título “En torno a Galileo”. Con Ortega precisamente, y con Zubiri, surge una filosofía pensada en castellano, que echó hondas raíces en los intelectuales de la posguerra.
Si en lo años 1940-50 se produce el desplazamiento del eje creativo de Bilbao a San Sebastián, para una época posterior dice Patxo Unzueta, en el epílogo a El Chimbo expiatorio [pie_23] , que “la base social del radicalismo que está en trance de reinventar el nacionalismo” (o sea, ETA), predominantemente bilbaina en los sesenta, pasa a ser guipuzcoana, con el Gohierri como núcleo, en la década siguiente”. Nuevo paso de Bizcaia a Gipuzkoa, pero con un matiz que es necesario subrayar: en Guipúzcoa no hay que inventar la lengua vasca, ni el mundo rural, como tuvo que hacer Sabino Arana y recuerda Juaristi, porque en Guipúzcoa el vasco, lo vasco, ha estado siempre ahí, con el euskera culto y el rural vivos (yo lo he conocido y vivido bien en mi infancia), con la excepción, relativa, de San Sebastián y ciertos núcleos de población en época veraniega, aunque solo superficialmente; y lo mismo sucede en una parte de Navarra. Lo dijo Caro Baroja: “Y, sin embargo, el vasco sigue ahí con su lengua, con sus peculiaridades de carácter, con sus enigmáticas sorpresas” [pie_24], subrayando que la conservación de su lengua es lo más peculiar del vasco [pie_25]. Es cierto que Vizcaya y Guipúzcoa atraían contingentes selectos de veraneantes a sus costas, entre los que se contaba gran parte de la capa aristocrática; la cercanía de la no menos selecta costa francesa, con su casino (no olvidemos que el juego no estaba permitido entonces en el lado español), convertía a San Sebastián, donde por añadidura Franco pasaba el verano (en los últimos años sólo el mes de agosto), en lugar de encuentro cultural: teatro, música, cine, etc. Esta circunstancia creaba una doble faz de gran contraste: en verano la población se multiplicaba y lo vasco quedaba desbordado por la realidad numérica, sin que faltaran por ello manifestaciones de tinte popular euskérico muy apreciadas por los propios veraneantes; probablemente una población como Zarauz encierra muchas de las claves del pasado que explican circunstancias posteriores [pie_26]. Ahora bien, en invierno se volvía a la situación más recoleta y propia de la época, y durante nueve meses la vida ciudadana volvía a verse impregnada de localismo, tanto en la capital como en las poblaciones costeras, con los matices propios de cada lugar, eso sí.
José de Arteche Aramburu (Azpeitia 1906-San Sebastián 1962)
En este vaivén se desarrolló la vida y obra de José de Arteche. Hasta hace apenas un año, el nombre de una de las figuras más sobresalientes de las letras vascas del siglo XX tenía escasa resonancia; pero, con motivo del centenario de su nacimiento en 2006, se han multiplicado los artículos (en euskera y castellano, dentro y también fuera del País Vasco) dedicados a su vida y obra [pie_27].
José de Arteche fue escritor prolífico de libros y publicaciones periódicas, a través de las cuales se puede seguir su trayectoria de hombre intelectualmente inquieto e interesado en las manifestaciones culturales de todo orden. Autodidacta, cultivó diferentes modos literarios, si bien todos ellos en prosa, y es evidente que Arteche fue un intelectual con vocación de erudito trabajador, de lo que da buena fe el epílogo que Santiago Aizarna ha puesto a la publicación de sus Obras escogidas [pie_28] . Su circunstancia vital, sobre la que se ha hablado ya mucho en estos meses, que le produjo serios problemas y que, en fin de cuentas, se resume en una falta de control sobre su propio proyecto biográfico, fue acicate para la reflexión y la actividad literaria emanada de la necesidad de poner por escrito su amarga experiencia para, de este modo, ayudar a otros a comprender los beneficios de la concordia y a advertirnos a todos sobre la inutilidad de cualquier confrontación. Entre las circunstancias sociales que han colocado a José de Arteche en tan inesperada actualidad convendría destacar una por encima de todas las demás: su condición de escritor. Por fortuna para el mundo de la cultura, en el centenario de su nacimiento (2006) se ha recuperado la memoria histórica de un hombre de concordia y de un escritor de gran talla, a quien le unieron lazos de relación cordial con figuras como Ortega y Gasset o Marañón, ocasionalmente con Baroja o Unamuno.
Arteche responde al intelectual perfilado por Aranguren: el agente social que tiene como misión advertir de los peligros que nos acechan y señalar los caminos que deberíamos seguir [pie_29]. Esta función moralizante es clarísima en el caso de Arteche, y la ejerció “con desesperada autenticidad,…sin reme dio, por inescrutable e inexorable decreto de Dios”, como diría Ortega [pie_30].
José de Arteche es autor de obras autobiográficas que hoy revisten especial interés: El abrazo de los muertos (1970) (diario escrito durante la guerra, “deseo de paz ante una situación violenta”, como ha escrito su biógrafo Antón Villanueva) y Un vasco en la posguerra. Diario 1939-1971 (1975), que el mismo Villanueva ha descrito como “lucha por la libertad de expresión”. Ambos libros poseen una hondura vital de gran trascendencia, al tiempo que constituyen el exponente máximo de su condición de hombre de concordia, que le convierten en figura muy actual por su firme defensa de cualquier medida antes que el recurso a un enfrentamiento. Ambas obras, así como el Diario 1935-36 (de carácter más intimista), se han recogido en los dos tomos de sus Obras escogidas .
En la extensa arquitectura de permanente canto al País Vasco que es la obra artechiana, Gipuzkoa ocupa lugar preeminente. Muchas de sus páginas describen de manera emotiva las gentes sencillas del solar guipuzcoano, tan queridas para él y tan representativas de su obra; por otro lado, el sentimiento hondo de una tradición de la tierra que había generado frutos diametralmente opuestos, le condujo a escribir las biografías de paisanos ilustres: San Ignacio de Loyola, Elcano, Urdaneta o Legazpi frente a Lope de Aguirre, por otro (todas estas obras conocieron, por cierto, más de una edición en vida del autor, lo que habla por sí sólo del relieve intelectual que Arteche tuvo en su momento).
Según reflexión muy exacta de Santiago Aizarna [pie_31], José de Arteche se ha convertido en testigo fidedigno de una Guipúzcoa que ya no existe y ése es ahora su gran mérito: haber ido recogiendo con todo detalle, producto de enorme esfuerzo y tesón, la realidad por él vivida, realidad que ha sufrido una transformación profunda y radical en los últimos treinta años, por lo que su legado se ha convertido en testigo excepcional de su momento histórico.
Julio Caro Baroja: (Madrid 1914-Vera de Bidasoa 1995)
Si la vida de José de Arteche transcurrió en su práctica totalidad sin salir de su Gipuzkoa natal, Julio Caro Baroja repartió su vida entre Vera de Bidasoa (Itzea)-San Sebastián y Madrid. Muy vinculado a Navarra, en su obra estudió con gran detalle el universo vasco, al tiempo que su dimensión de hombre preocupado por proyectos públicos le llevó a verse implicado, ya en la transición, en los comienzos de la Televisión vasca; dio cursos de Doctorado en la Universidad del País Vasco en calidad de Catedrático Extraordinario, condición por la que fueron rescatados para la Universidad tras la muerte de Franco algunos estudiosos españoles que, por diferentes razones, no habían desarrollado canónicamente una carrera funcionarial. Como intelectual vasco está tratado en los trabajos dedicados a él por Jesús Azkona, Josetxo Urrutikoetxea o José Ramón Zubiaur en el tomo Los Baroja. Memoria y lección [pie_32] . También Joan Mari Torrealday incluye su mención por extenso, haciendo con él una excepción, en una publicación en la que tan sólo se recogen autores que han publicado en euskera [pie_33]. Fue nombrado académico correspondiente de Euskaltzaindia-Academia de la Lengua Vasca en 1947 y, después, académico de honor, todo ello en señal de reconocimiento por sus trabajos sobre la lengua vasca y el mundo cultural vasco. A su funeral, celebrado en Vera de Bidasoa en el verano de 1995, asistieron autoridades y representantes culturales del País Vasco y de Navarra, rivalizando claramente en el deseo de reclamar su figura y obra. A pesar de su conocido agnosticismo, fue despedido en la iglesia de Vera, acompañado de un solemne y emocionado “Agur jaunak”.
En su obra pueden trazarse coordenadas geográficas que perfilan áreas de interés con radio creciente: el pequeño círculo de Vera y el valle del Bidasoa, Álava, el País Vasco, Navarra, el valle del Ebro, los pueblos del Norte, la Península Ibérica.. .el ámbito mediterráneo etc.” [pie_34]. Ahora bien, si bien es cierto que, cuando habla de Navarra, puede referirse sólo a Navarra, en sus trabajos filológicos, en cambio, al hablar del euskera, no hay separación entre País Vasco y Navarra, territorios en los que la lengua tiene extensión y vitalidad.
Quisiera destacar de Caro, de su obra y sus reflexiones en torno a lo vasco y a los vascos, en la trayectoria de “su aventura estrictamente individual, como la verdadera aventura intelectual, solitaria, independiente, pacífica, libre” (tal como ha escrito Miguel Sánchez Ostiz [pie_35]) algo que ya dije en su día y he recordado continuamente, a saber, el error de considerar que el País Vasco ha estado aislado en el pasado; dice Julio Caro Baroja en el prólogo a Estudios vascos [pie_36] : “El vasco no es una especie de ornitorrinco o de ser aislado en el concierto de los pueblos…Dejemos el cliché del “perpetuo aislamiento”, que explica fácil pero engañosamente la conservación de una lengua, que, sin duda, es lo más peculiar del vasco. Porque en la Europa occidental tal aislamiento es y ha sido físicamente imposible y el país vasco está en una de las más complicadas encrucijadas del continente”.
Al declararse explícitamente discípulo de José Miguel de Barandiarán, escribía Caro algo que tiene gran relieve para ese momento: “D. José Miguel nos hablaba a mí y a un sobrino seminarista que le ayudaba, de Folclore vasco, de Arqueología o de Etnografía en general. Mientras en la Universidad tenía que aguantar tabarras y displicencias…Barandiarán nos daba ideas muy claras y exactas sobre el método histórico-cultural, sobre las recientísimas investigaciones de Malinowski, sobre la idea de Dios entre los primitivos, acerca del pensamiento de Durkheim o de Wundt…Total, que en una cueva paleolítica de Vizcaya y de boca de un sacerdote católico vasco salía más materia universitaria que de las aulas madrileñas” [pie_37]. Esto sucedía a finales de los años veinte, cuando el País Vasco de preguerra se resentía de la falta de Universidad pública. El contexto histórico que anticipa la posguerra vasca queda completado a través del relato de su madre. Cuenta Carmen Baroja y Nessi que, precisamente el día 17 de julio de 1936, acompañó desde Vera a su hijo “Julito” a San Sebastián a dar una conferencia en el Museo de San Telmo, “ante una colección de curas y de maestros de escuela nacionalistas y algún que otro erudito, como Barandiarán. Don Julio Urquijo y Barandiarán me felicitaron por tener un hijo de tanto valer” [pie_38], escribe con orgullo su madre.
Luis Michelena Elissalt-Koldo Mitxelena (Rentería 1915-San Sebastián 1987)
Hijo de un artesano de Rentería, perdió pronto a su padre y tuvo que empezar a trabajar a los 14 años; tenía mala salud, pero era un hombre tenaz. Continuó los estudios de noche y consiguió sacar el bachillerato. En la cárcel empezó a estudiar, animado por Matilde, su mujer. Militó en el PNV, sufrió cárcel varios años, vivió en el País Vasco, en Torrelavega y en Salamanca; su vida académica universitaria transcurrió en Salamanca y, finalmente, en Vitoria, adonde regresó en los años ochenta para participar en la construcción de una Universidad Pública Vasca que tanto defendió a lo largo de su vida como necesidad urgente del País; su carencia constituía para él la explicación de muchas cosas. Murió en San Sebastián. Fundó la filosofía vasca, fue miembro de Euskaltzaindia, dirigió Egan , donde publicó abundantemente en los primeros tiempos. Tiene hoy un Centro Cultural dedicado a su nombre.
Fue un cultivador eximio de su disciplina académica: la Filología Vasca ( y de la lingüística, en general, y de la Lingüística Indoeuropea , aunque en menor medida): sacó a la Filología Vasca de la soledad y del amateurismo que caracterizaba a muchos de sus cultivadores, dándole una entidad científica de primer orden. Pero más allá de los límites de la materia, fue también un pensador, un intelectual.
Su significación en el mundo vasco alcanza estos hitos: 1)Promocionó una nueva generación de escritores desde Egan (fue director y crítico en esta revista) en los años cincuenta; 2)participó activa y comprometidamente en la unificación del euskera desde 1968; 3) Su obra científica sobre el euskera, escrita mayoritariamente en castellano, se afianza y acrecienta a partir de 1960; 4) Ha dejado un grupo de discípulos rigurosamente formados en los que hoy se sustenta con solidez la Filología Vasca.
Dejó una obra filológica sólida, cuyo mensaje nuclear es, en mi sentir, la idea de que “no hay lenguas puras”, con todas las implicaciones culturales y antropológicas que ello conlleva: “Según todos admitimos, no hay lenguas puras, sino que todas las lenguas que existen o han existido son impuras en mayor o menor grado” [pie_39]. Sobre el contacto entre el mundo vasco y el románico destaca este párrafo: “Vasconia, como área marginal, constituye una zona de refugio de prácticas, creencias, costumbres y técnicas muy diversas, como su lengua es puerto donde se han cobijado tantas palabras y expresiones latinas y romances caídas en desuso en sus lugares de procedencia” [pie_40], o este otro: “En Vasconia y zonas vecinas el acercamiento entre romanistas y vascólogos puede ser tan fecundo como es estéril su alejamiento” [pie_41].
Nos ha legado, por otra parte, reflexiones de gran calado al emitir juicios sobre la obra de científicos contemporáneos. Así, hay una llamada de atención sobre la universalidad de la condición humana al afirmar: “cuando un Piaget habla de que el niño adquiere a cierta edad la noción de grupo o la de retículo… no se refiere al niño francés ni al europeo, sino al niño en general, sin distinción de razas o de culturas” [pie_42].
Es autor de afirmaciones en las que se transparenta su concepción del mundo: “Como principio básico, yo sentaría una afirmación tajante: todas las lenguas, en principio, son equivalentes: no las hay, por naturaleza, ni mejores ni peores, ni más altas ni más bajas…La razón de esta radical igualdad de todas las lenguas, de su valor equivalente, está en que cualquiera de ellas es un sistema que, siendo en cierto modo cerrado, puede apropiarse y asimilar, de una u otra manera, si sus hablantes lo desean o lo necesitan, cuanto se ha dicho o se puede decir en otra lengua” [pie_43]. Consideraba, además, que los saberes específicos no constituyen campos cerrados sobre sí mismos, sino que, en el universo del saber humano, “el centro está en todas partes (esto es, en cualquier parte) y cualquier centro puede servir como punto de partida en un espacio sin límites” [pie_44].
La asociación que entre pensamiento y filología adquiere tintes y matices muy diferentes en unas épocas y otras, en unos u otros autores, durante la posguerra y en la segunda mitad del siglo XX, es, a mi juicio, ejemplar en un autor como Michelena. Citaré uno de sus, a mi juicio, párrafos más señeros: “Yo veo las culturas en una relación de conjunto más amplio a conjunto más reducido: desde el punto de vista cultural, uno, además de ser vasco, por ejemplo, es muchas otras cosas. En el límite, allí donde el concepto de cultura como conjunto de diferencias se anula a sí mismo, uno es finalmente hombre, es decir, ser cultural en general. La cultura se ha reducido a su base común, esencial, donde ya no se hace acepción de personas, de judíos o paganos, de raza o color: a la aventura, trágica y gloriosa a la vez, de nuestra especie” [pie_45].
Como intelectual era heterodoxo, lo cual le permitió discrepar de consignas partidistas en ocasiones señaladas, como cuando votó a favor de la Constitución en 1978, contraviniendo incluso la llamada de su todavía partido (después abandonaría el PNV como señal de oposición al relevo de Carlos Garaikoetxea, en solidaridad con él y con otros vinculados a él).Tras su muerte en 1987 el nacionalismo vasco se vio privado de su freno ideológico más moderado y razonable; algunos dirigentes nacionalistas se sintieron libres de su incómoda discrepancia y probablemente su muerte acentuó planteamientos de índole muy distinta, lo que constituyó, según mi sentir, una pérdida para el entendimiento abierto de la convivencia plural (no sólo en lo lingüístico) de la sociedad vasca.
Final
Responder a las circunstancias de manera orteguianamente “circunstancial” es lo que hace al intelectual y por ello cabe calificar de intelectuales vascos a José de Arteche, Julio Caro o Luis Michelena.
Hay que tener en cuenta que, tras la guerra, al quedar muy limitada en España la posibilidad de expansión intelectual hacia Europa (con las individualidades conocidas, que son fruto del esforzado trabajo personal en un clima de aislamiento institucional y personal), se creó una situación de cierre sobre la sociedad española con el correspondiente análisis centrado y autoalimentado sobre sí mismo en forma continuada; y, posiblemente, esta situación se dio con más intensidad en el País Vasco por la existencia de una cierta conciencia política de la población en general, que se concretaba en la expectación creada en fechas señaladas ante la aparición ritual y arriesgada de ikurriñas, o hechos semejantes que permitían contemplar desde la niñez gestos de oposición, oficialmente compartidos, a la oficialidad reinante. Cosa distinta fue el mundo del exilio, que se configuró sobre las ideas románticas en torno a la realidad rural y a cierto localismo folclórico que debía ser contemplado con gran nostalgia desde la lejanía.
De las tres figuras de intelectuales vascos que he elegido apenas conocí a Arteche, tuve ocasión de mantener mayor trato personal (vinculado siempre a contextos académicos) con Caro Baroja. Con Michelena, en cambio, tuve la fortuna de tratar profusamente desde 1981 hasta su muerte en 1987; se trata de una figura que se agiganta ante nuestros ojos conforme va pasando el tiempo, por la forma en que fue capaz de superar sus penosas circunstancias vitales, por su legado escrito y también por su personalidad científica. Al releer sus páginas encontramos gran dosis de autenticidad en ellas, acrecentada en su posterioridad inmediata hasta haber quedado transformado ya en nuestros días en un autor clásico. Porque estos son los intelectuales vascos de la posguerra de los que he querido hablar; aquellos que, en la distancia, se han convertido en clásicos según una fórmula que sólo el paso del tiempo y la perspectiva lejana permiten medir y rescatar como tales.
Se puede decir que hasta fines del siglo XIX el universo vasco y el castellano-español habían convivido en espacio geográficamente vasco sin tensión social, cuestión sobre la que Juan Pablo Fusi ha escrito páginas de hondo calado. Tras los avatares del siglo XX, que ya nadie puede modificar (si acaso, tan sólo nos es dado modificar su interpretación), y a la vista del legado de intelectuales vascos como Arteche, Caro Baroja o Michelena, quizá podamos mirar al futuro imaginando una andadura, respetuosa al menos, mejor si, además, fuera integradora, de ambos mundos.
