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La crisis del Laborismo

1 enero 2000 · Por simple

Autor: Sahun Riordan

Revista: Temas para el Debate nº 177-178


El Nuevo Laborismo ha fracasado debido a las contradicciones internas del proyecto, al intentar combinar un modelo liberal en la economía con un autoritarismo político que anuló tanto la influencia del Partido como la de los propios miembros del Gobierno. El populismo político de Blair vació de contenido ideológico al laborismo británico, una organización con una amplia tradición de debate político e ideológico que quedó sepultado por unas formas autoritarias de concebir tanto el Gobierno como la dirección del partido. El proyecto ha aguantado 12 años, y cuando la última legislatura se encuentra próxima a finalizar, Gordon Brawn tampoco está sabiendo afianzar un mensaje que permita una victoria laborista.

El dos de mayo de 1997 fue fiesta nacional en el Reino Unido. La elección del Gobierno de Tony Blair desató una ola de optimismo que pasó de Inglaterra al resto de Europa. El Nuevo Laborismo y la Tercera Vía estaban de moda. Cuando Tony Giddens, el «gurú» de la Tercera Vía, visitó Madrid, tanto la derecha como la izquierda le querían conocer. Doce años después el proyecto ha fracasado. Gordon Brown, sucesor de Blair, es uno de los primeros ministros menos valorados en la historia británica. En las últimas elecciones europeas el Partido Laborista ha quedado en tercera posición (detrás del partido antieuropeo UKIP). ¿Qué ha pasado?

El Nuevo Laborismo ha fracasado debido a las contradicciones internas del proyecto. Desde el inicio tenía dos ejes bien distintos. El objetivo teórico fue crear una nueva política más allá de la derecha y la izquierda (la llamada Tercera Vía). El objetivo práctico fue que el Partido Laborista ganara las elecciones británicas después de 18 años de Gobierno conservador. Todos los miembros del Partido Laborista, y muchos fuera, compartieron este segundo objetivo. Sólo una minoría en el entorno del propio Blair apostó por la Tercera Vía. Este entorno no incluía a Gordon Brown. Por lo tanto, las tensiones entre Blair y Brown durante los Gobiernos de Blair reflejaban no sólo problemas personales, sino también diferencias ideológicas. Una vez Blair se marchó, lo único que quedaba del proyecto fue su utilidad en ganar elecciones. Pero Brown no tiene el carisma electoral de Blair. Sin contenido ideológico y con todas las encuestas en contra, el proyecto tiene muy poco futuro.

El Nuevo Laborismo también ha sufrido un conflicto entre su ideología liberal y sus técnicas autoritarias. Blair siempre insistía en que quería rescatar la tradición liberal en la política británica. Sin embargo, ningún Gobierno británico moderno ha quitado tantas libertades o derechos civiles del ciudadano (incluso durante las dos guerras mundiales). Además, el enfoque de los Gobiernos de Blair y Brown en perseguir su agenda «liberal» debe más al planning de la Unión Soviética que a la política liberal. No nos debe sorprender, dado el origen del Nuevo Laborismo en un grupo de intelectuales del Partido Comunista de Gran Bretaña.

Este grupo, muy influido por las ideas de Gramsci, concluyó que ningún Partido Laborista tradicional podría ganar elecciones británicas contra el partido conservador de Margaret Thatcher. Para ganar, el partido se tendría que reformar radicalmente para convencer a dos grupos sociales clave que se habían beneficiado bastante bajo los Gobiernos de Thatcher: la clase media profesional y la clase obrera en el sur de Inglaterra. Para conseguir esto, el partido tendría que abandonar sus obsesiones tradicionales con los sindicatos y el control estatal de la economía y aceptar la realidad de la globalización. No sólo tendría que aceptar los hechos de la revolución de Thatcher, sino profundizarlos. Como buenos comunistas, estos intelectuales planearon bien su estrategia. Disolvieron el Partido Comunista. Convirtieron su periódico en una revista teórica de la nueva izquierda. Crearon un think tank llamado DEMOS para que sirviera como un puente entre el partido laborista y los mundos empresariales y académicos. Por fin, identificaron temprano a Tony Blair como el líder del proyecto. Pero si su herencia marxista tenía ventajas en términos de planificación, también manchó el proyecto con un autoritarismo leninista. Los principios del centralismo democrático sirvieron para tomar el control del nuevo proyecto y del Partido Laborista. Blair, un político de una inteligencia estrecha y poca experiencia, le agradecía a este enfoque leninista que le daba el fácil control del partido y del Gobierno. Rodeado por una guardia pretoriana de asesores de parecida inteligencia estrecha y experiencia limitada, Blair empezó fiándose de su propia propaganda, que estaba lanzando un nuevo tipo de política. Pero Blair en ningún momento entendía los conflictos que este enfoque autoritario provocaría con el liberalismo, que también apostaba, con su propio Gobierno o con la realidad de la sociedad moderna. Estos conflictos terminaron hundiendo el proyecto.

Al inicio, el proyecto de Nuevo Laborismo fue bien recibido por la corriente liberal en la política británica. El entonces líder del Partido Liberal, Paddy Ashdown, hablaba de alianzas con los laboristas. Intelectuales liberales apoyaban a Blair con entusiasmo en la prensa. Sin embargo, el aspecto autoritario del proyecto surgió aún antes del 11-S. En los primeros días de su Gobierno, el lema de Blair «duro con el crimen, duro con las causas de crimen» se tradujo en una reducción continua de las libertades civiles. El 11-S y la guerra contra el terrorismo permitió un ataque aun más brutal contra las libertades tradicionales del ciudadano británico. Los liberales indignados que protestaron se encontraron acusados de ser los amigos de los terroristas. Blair dependía de su instinto populista y del miedo al terrorismo que su propio Gobierno estaba promoviendo. El paralelismo con 1984, la novela de George Orwell, eran cada día más obvios. Al fin y al cabo, e irónicamente, fue el Partido Conservador el que cogió la bandera de la libertad en su campaña en contra de las tarjetas de identidad y se enteró, muy a su sorpresa, que fue una campaña muy popular entre los británicos.

El proyecto del Nuevo Laborismo terminará como otro intento fracasado de adaptar la social-democracia al capitalismo liberal.

Autoritarismo

El aspecto autoritario provocaba conflictos también con los miembros de los Gobiernos de Blair. Algunos ministros se quejaban de que todas las decisiones se tomaban por un grupo reducido de asesores de Blair, que no se habían elegido democráticamente y que, en muchos casos, aún no eran miembros del Partido Laborista. Esta tendencia de Blair a despreciar a sus propios ministros, y preferir asesores leales a él personalmente, fue una reflexión casi inevitable de los orígenes leninistas del proyecto. También reflejaba la poca historia del propio Blair en el partido y, por lo tanto, su falta de confianza ante los históricos del partido (por ejemplo, alguien como Robin Cook). Pero este enfoque encajaba mal con las tradiciones británicas del Gobierno colegiado y dejaba a Blair sin asesoramiento independiente. Si Blair pensaba que esto importaba poco cuando el proyecto saliera exitoso, le hacía vulnerable cuando los fracasos aumentaban.

Quizás el conflicto más importante fue entre la tendencia autoritaria y la realidad de la sociedad moderna. Blair creía firmemente en el principio de predicción y control. Pensaba que podía dirigir políticas sociales y económicas desde Downing Street y aplicarse de forma inmediata sobre cualquier problema que se hubiera detectado. No entendía el nivel de complejidad de la sociedad moderna ni la medida en que esto invoca la ley de consecuencias no intencionales. Sistemas complejos, en los que agentes capaces de adaptarse y reaccionar interactúan, son como la cabeza de la hidra: cuando un Gobierno intenta resolver un problema, las propias políticas que despliegue contra este problema provoca otro problema en otra parte del sistema. La consecuencia es una cascada de intervenciones que sirven sólo para empeorar la situación. A pesar de toda su propaganda de ser un modernizador -«un político moderno» para el siglo XXI- Tony Blair era un político anticuado que nunca entendía los cambios en las sociedades modernas o sus implicaciones. Tenía tanta confianza en la eficacia de la intervención gubernamental como el laborista tradicional Clement Atlee. La consecuencia fue un Gobierno cada vez más intervencionista, cada vez menos exitoso y cada vez menos popular. El gran legado del Nuevo Laborismo podría ser un «papá-Estado» querido por nadie y que el próximo Gobierno, sea quien sea, derrocará cuanto antes.

En Inglaterra se dice que fueron las guerras de Blair, sobre todo la guerra de Iraq, lo que más ha minado el proyecto del Nuevo Laborismo y la reputación del propio Blair. Pero al fin y al cabo estas guerras no eran más que la expresión de los conflictos arriba mencionados en la política exterior. Como un «liberal autoritario» (o quizás mejor dicho un «liberal leninista» – casi la definición de un neoconservador-), Blair creía firmemente en la capacidad de la fuerza militar de imponer la democracia y la libertad en otros países. Como el presidente Bush, prefería escuchar los ánimos de sus «asesores» que las dudas de los profesionales, incluso las preocupaciones de sus compañeros de partido en el Consejo de Ministros. Por fin, no podía entender que en sociedades tan complejas como Iraq o Afganistán, al quitar el control de sus Gobiernos dictatoriales se abriría una caja de Pandora de consecuencias imprevistas. Al fin y al cabo, el proyecto del Nuevo Laborismo terminará como nada más que otro intento fracasado de adaptar la social-democracia al capitalismo liberal.

Como un «liberal autoritario», Blair creía firmemente en la capacidad de la fuerza militar de imponer democracia y libertad en otros países, lo que ha hecho pagar una enorme factura al Partido Laborista.