La economía. ¿En recaída?
Autor: Francisco Fernández Marugán
Revista: Temas para el Debate nº 191
La economía necesita ajustes fiscales para evitar la recesión. Además deben aplicarse medidas y objetivos de crecimiento destinados a mejorar la competitividad y la productividad, la cualificación de la mano de obra, la movilidad factorial, la mejora de las infraestructuras, y las inversiones en ciencia y tecnología, junto con el mantenimiento de las redes de protección social.
Durante la pasada primavera estalló en la zona euro la crisis de la deuda soberana. Debido a ella, el euro se derrumbó, lo que hizo que apareciera un nubarrón sobre las perspectivas económicas del área.
Un hecho tan específico desencadenó una fuerte controversia centrada en qué política económica debería seguirse. El eje de la misma giró sobre los estímulos que venían aplicándose. Se discutía sobre si era conveniente mantenerlos o si, por el contrario, habrían de ser paulatinamente sustituidos; si habría que cerrar la etapa de apoyo público a la actividad económica para dar paso a otro enfoque que favoreciera la consolidación fiscal. Desde estos términos la discusión era sencilla.
Si los estímulos monetarios y fiscales se retiran demasiado pronto podría volverse a producir otra recesión. Por el contrario, si se optara por mantenerlos en el tiempo, cabría la posibilidad de que se originaran déficits descontrolados que afectarían a la capacidad de financiación de las economías y a la posibilidad de un default (suspensión de pagos).
Equilibrar, lo antes posible, los presupuestos públicos pasó a considerarse como la única vía posible para la prosperidad. A partir de este planteamiento, los organismos internacionales recomiendan a los Gobiernos que analicen sus programas de ingresos y de gastos, puesto que la sostenibilidad de sus cuentas podría llegar a extremos no contemplados. Un cambio tan intenso y tan precipitado polarizó las posiciones políticas.
Hay quien sostiene que es preciso estabilizar la situación económica, que para recuperar la actividad se requiere confianza y contracción fiscal. Ingredientes que han sido utilizados con profusión, siempre que ha sido preciso hacer frente a las situaciones de crisis. Por lo tanto, ahora como en otras ocasiones, los Gobiernos deberían centrar su atención en recortar déficits públicos, reducir deuda y hacer reformas estructurales. En apretar las clavijas de la política fiscal, allí donde dominan los desequilibrios, porque puede suceder que los estímulos sean innecesarios, cuando no perjudiciales, para salir rápidamente del atolladero que padecemos.
Los avalistas de este planteamiento insisten en que la liberación de recursos puede ayudar a superar las dificultades actuales mediante programas de austeridad, sobre todo si son aplicados en un momento en el que el euro es débil, y si desde los países emergentes se acelera el crecimiento económico. Su mensaje es directo; como la falta de disciplina es la causante de la crisis, ésta se solucionará con la austeridad.
También hay argumentos en sentido contrario; según ellos, se corre el riesgo de que surjan efectos contractivos en la economía real. A fin de cuentas, no todo el mundo puede expandir, a la vez y en iguales condiciones, su mercado de exportaciones. Por eso, vuelven la vista al discurrir de cada día, a los efectos que ocasionan cuando actúan al unísono, la tensión de los mercados y la retirada de los estímulos, castigando al crecimiento. Terminan diciendo que un recorte fiscal excesivo puede originar una recesión e incluso una deflación.
Situación que se verá acentuada si todos los países, en un área euro, practican a la vez políticas de disciplina fiscal, ya que el efecto conjunto de todas ellas hará aun más problemático reducir el déficit y recuperar el crecimiento.
Puestas las cosas así, también han de evaluarse los riesgos que ocasionan los retrasos en los ajustes y en el control de la deuda. Por lo que aparece un tercer enfoque, que sostiene que la discusión entre los partidarios de mantener los estímulos para sostener el crecimiento y los que reclaman recortes inmediatos -y radicales- en las cuentas públicas adopta un planteamiento excesivamente circunscrito a la experiencia de las sociedades avanzadas.
Se necesitan esos ajustes fiscales, a la vez que se apliquen medidas y objetivos de crecimiento más ambiciosos, destinados a mejorar la competitividad y la productividad, la cualificación de la mano de obra, la movilidad factorial, la mejora de las infraestructuras, las inversiones en ciencia y tecnología, junto con la persistencia en el mantenimiento de las redes de protección social.
Estas son, en líneas generales, las posiciones que se adoptan hoy en día a la hora de configurar los diseños de política económica. Están ahí, por lo que de poco sirve ignorar su existencia; es más, hasta merece la pena ver con cierto detalle cómo se produce en cada caso. De antemano hemos de quedarnos con una idea, que planteo tan sólo para relativizar las polémicas que se originan. Los estímulos dirigidos a animar el consumo se admiten en los EEUU, se desea que se apliquen con intensidad en China y en Alemania, a la vez que se defiende el establecimiento de duros ajustes en la mayoría de las naciones de la Unión Europea.
En los EEUU, el crecimiento se escapa
A lo largo de los últimos meses, ha venido poniéndose de relieve que en la economía norteamericana se está produciendo una pérdida de vigor en la marcha de la actividad económica. El crecimiento se ha situado por debajo del potencial y si no se corta semejante dinámica, continuará debilitándose a lo largo del presente ejercicio.
En este diagnóstico coinciden destacados economistas académicos, quienes alejándose de la admisión de un escenario recesivo, enfatizan el hecho de que la previsión más fiable es aquella que sostiene que se está ante una recuperación inusualmente lenta.
Semejante realismo se ha interiorizado tanto que se llega a sostener que quien piense lo contrario se equivoca. La recuperación será modesta, hasta el punto de que el propio Obama ha manifestado que «llevó más de una década excavar este agujero y llevará más de lo que nos gustaría salir de él».
Quizás, porque tiene mayores posibilidades de actuación, Bernanke ha señalado que si la economía continúa deteriorándose de manera significativa, hará lo que esté en su mano para evitar que quede atrapada en una espiral deflacionista. Que si fuera necesario, buscaría munición fuera del arsenal de la política monetaria convencional, empleando inclusive otras medidas, con la finalidad de preservar el crecimiento. ¿Que quiere decir cuando habla de que asumirá medidas no convencionales? Que tomará decisiones más políticas, redistribuyendo recursos entre grupos muy concretos.
Cuando ocurren estas tomas de posición, lo que se pone de manifiesto es que el ambiente económico se ha teñido de desconfianza y que los temores a otra recaída aparecen encima de la mesa. El nudo gordiano de la discusión se sitúa en el grado de eficacia que se le atribuye al plan de estímulos que, nada más llegar al poder, Obama sometió a la aprobación del Congreso. Se sostiene por algunos que no fue oportuno, pero a la vez que hay quien dice que se quedó corto.
Para los republicanos, también para Robert Barro, destacado economista de Harvard, de poco ha servido el esfuerzo que el mismo desencadenó. No ha logrado recuperar el crecimiento. A este punto de vista se le han enfrentado otros economistas, privados y públicos, que han insistido en que sin la intervención estatal la economía estadounidense no habría salido de la recesión y que continuaría todavía decreciendo. Por lo que, según ellos, de no haberse aplicado, puede decirse que en vez de padecer una segunda depresión ahora se está en una lenta pero genuina recuperación.
Por lo tanto, lo que hay detrás de estas discusiones no es otra cosa que una refriega bastante bien articulada sobre si el camino a seguir es el que viene aplicando la actual Administración demócrata o si, por el contrario, hay que alejarse de esa política económica para aproximarse a las políticas de austeridad que están aplicando los europeos bajo la doctrina del BCE.
La preocupación en EEUU no se circunscribe exclusivamente a la marcha del crecimiento, se extiende igualmente a la evolución de los precios. Es verdad que no sufren literalmente una deflación, pero no es menos cierto que muestran una tendencia continua a la baja. Ante esta situación, Paul Krugman, arriesgando mucho, señala que, algunos estudios indican que «es posible que veamos deflación en algún momento del año próximo». Bernanke, opina que el riesgo de deflación, «no es un riesgo significativo» en este momento.
La acusación del Premio Nobel a las autoridades monetarias de los EEUU son muy explícitas, «llevan mucho tiempo dando vueltas a cómo se podía evitar una trampa económica al estilo japonés».
¿Qué debería estar haciendo la Reserva Federal? Como la política monetaria convencional ha llegado a su límite, «puede hacer otras cosas; puede comprar deuda pública a más largo plazo. Puede comprar deuda del sector privado… Puede intentar cambiar las expectativas… Puede elevar su objetivo de inflación a largo plazo, para convencer al sector privado que amontonar efectivo es un error». Una política monetaria más agresiva con capacidad para incidir en los sectores que sean más elásticos al tipo de interés.
Resulta, por lo tanto, muy evidente que Krugman no comparte la actitud que Bernanke adopta cuando dice que espera que no resulte necesario actuar. Es más, el listado de posibles actuaciones que acabo de enumerar le hacen dudar sobre que la Reserva Federal se esté tomando en serio el resbalón que claramente se produce hacia la deflación. Por eso, la acusa de que centra en demasía su preocupación en la reducción de los déficits presupuestarios.
Un territorio donde maneja unas hipotéticas exigencias, por parte de los mercados, que los inversores no formulan. Según el profesor de economía de Princeton, «a los inversores no les preocupan los déficits, les preocupa el estancamiento y la deflación». Esta preocupación la han puesto de manifiesto reduciendo los tipos de interés de la deuda de los países más importantes, en lugar de aumentarlos. A los mercados lo que les preocupa es la falta de acción; por eso cuando ésta se recupera, los tipos de interés de la deuda caen. Es lo que viene ocurriendo recientemente. Los Gobiernos de los EEUU, Alemania, Francia, Gran Bretaña e incluso España han visto cómo se están reduciendo los tipos de interés de la deuda pública al mismo tiempo que emiten más préstamos.
Este menor coste de la financiación pública repercute en toda la economía al posibilitar una similar marcha de las emisiones de bonos corporativos privados. Vistos estos movimientos, ambos conducen al optimismo, aunque aconsejan ser precavidos, puesto que esta estructura de financiación puede quedar afectada por la marcha de la inflación y de la recuperación económica.
Europa en zona de peligro
La crisis del euro amenazó la economía mundial y su existencia como divisa. En este sentido, cabe una doble reflexión: será el euro el cortafuego que frene el proceso de crisis o por el contrario quedará reducido a ser una máquina generadora de deuda que la alimente. Antes de entrar en estas ideas, diré que Europa ha visto cómo su credibilidad se ha resentido de forma muy destacada, hasta el punto de que hoy aparece ante el mundo con una fuerza disminuida que hace que el sueño europeo de llegar a desplazar -aunque sea en parte- al dólar como moneda de reserva ha quedado reducido a una lejana ilusión.
Quienes apostaron por derribar la moneda única a la vez pretendieron llevarse por delante la arquitectura institucional de Maastricht: una unidad monetaria carente de unidad política y un banco central sin hacienda central, que permitía a cada uno de sus miembros caminar por su lado.
Las embestidas desencadenadas mostraron que había cosas que estaban funcionando mal: los límites a través de los que se fijaban las cuantías del déficit y del endeudamiento, las cláusulas de no rescate establecidas para imponer definitivamente la disciplina fiscal y la convergencia dinámica entre las economías reales de los Estados miembros, a través de importantes fondos europeos destinados a lograrla.
Pues bien, lo peor de cuanto está pasando en la UE no es la dureza de la crisis: el crecimiento reducido, los déficits públicos insondables y la enfermedad de un sistema financiero que tarda mucho en curarse, obligándola a seguir un tratamiento prolongado. Lo peor es que sus instituciones no han servido, que en ellas han aparecido unas grietas tan notables que resulta ineludible proceder a cerrarlas con urgencia. Y claro está, cuando esto sucede hay que volver a la pizarra y proceder a modificar el proyecto original reconfigurando las distintas piezas del mismo.
Además de lo anterior, la crisis ha permitido que salgan a la luz pública los titubeos, las dilaciones y las diferencias de diagnóstico y visión existentes entre los líderes de las principales naciones europeas. Por tanto, mientras esta situación se mantenga, nos encontraremos con el hecho de que la integración europea seguirá siendo objeto de especulación en los mercados financieros globales. Avanzaremos con dificultades.
Los agentes causantes de tan problemática situación son muy diversos. Se ha permitido que prevalezca la opción de quienes orientan el proyecto europeo hacia la consecución de una amplísima zona comercial, a costa de un enfoque más político en el que se potenciaban los aspectos cohesivos. La ampliación le ganó la partida a la integración.
Por ese sendero no se puede caminar mucho más, ya que ha llegado a una zona infranqueable, en la que se presenta un verdadero dilema: o construimos la Unión Europea a partir de intensificar la Unión Fiscal para reequilibrar internamente la economía continental o quedaremos recluidos a ser un batiburrillo de pequeños Estados unidos por una endeble estructura que, antes o después, terminará rompiéndose.
La fragilidad intrínseca con la que venía actuándose debe ser sustituida por instituciones económicas europeas dotadas de un poder político, igual o superior al de los mercados, apoyadas en mecanismos de coordinación de las políticas fiscales, capaces de comprender y de integrar las situaciones de las distintas economías afectadas de forma bien diferente por la actual crisis.
Es verdad que la eurozona ha conseguido estabilizarse, que el salvamento del euro ha llegado tarde y con un coste elevadísimo, pudiendo superar una importante pesadilla gracias a lo que ahora se encamina en la dirección correcta. Ahora bien, las perspectivas de crecimiento en la Unión no se encuentran plenamente definidas, puesto que no se han corregido los defectos básicos que la crisis ha sacado a la luz pública.
Por eso, en ella el debate actual de política económica está situado en cómo determinar y garantizar que los desequilibrios económicos, sociales e institucionales, que se identifican, se atajan a tiempo. Y sobre todo que esto no suponga que un Estado traslada problemas a otro. O que un determinado sector productivo haga algo parecido con otro. Buscar un crecimiento propio a costa de arruinar al vecino es una pésima solución. Decirlo es sencillo, aunque a veces ocurre que las naciones con superávit exterior actúan «cargándose» a los sectores privados, y, más tarde, a las finanzas públicas de aquellas otras que soportan déficits exteriores. Un juego en el que la Alemania de Merkel está demostrando poder, habilidad y adiestramiento, sobre el que en otro momento hay que volver.
Conclusiones
Vivimos en un mundo bipolar, dominados en el campo de las divisas por el euro y por el dólar. En él, cuando una de ellas sube, la otra tiene que bajar. Y viceversa. Esta polarización se extiende hacia otros territorios, no queda recluida al ámbito de las relaciones cambiarias. Semejante caracterización se deja igualmente sentir en la persistencia de los desequilibrios, en la reiteración de la inestabilidad y sobre todo en la capacidad manifiesta de que las tasas de crecimiento fluctúen a velocidad de infarto.
Estos son algunos de los fenómenos que mejor determinan cuál es la salud que ahora experimenta la zona euro, por lo que en tanto persistan serán los que hay que combatir en los procesos de ajuste.
Para atajarlos se han diseñado algunas políticas económicas. Las que se enfocan a mantener los estímulos al consumo y frente a ellas las que tratan de que se introduzcan recortes. Dicho de otra manera, aquellas que defienden que ante la parálisis existente es bueno que los bancos centrales sigan imprimiendo dinero para hacer del apoyo al crecimiento la prioridad, mientras que otros señalan que lo que hay que hacer es lo contrario, tomar distancia y retirar la confianza a los Gobiernos manirrotos e indisciplinados.
