La sombra del miedo.
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La sombra del miedo.

2 marzo 2011 · Por simple

Autor: Rosa olivares

Revista: Express, Revista de Información y Debate sobre Arte Actual nº 57


Estrenamos un año marcado por el miedo. La situación económica nos tiene a todos con un nudo en la garganta, digámoslo de entrada para que quede claro: el mundo del arte está siendo duramente golpeado por una crisis económica interminable. Hasta los museos cierran. No hablemos ya de la empresa privada, se llame galería, revista, editorial, imprenta o de cualquier otra manera: laboratorios, academias de todo tipo, talleres de enmarcación, restauración, transportes, montadores de exposiciones, diseñadores… Todos. También los artistas, por supuesto, y los escritores, los críticos…

Foto Bas Jan Ader. In Search of the Miracolous, 1975.Cortesía Bas Jan Ader Estate y Patrick Painter Editions.Colección Philip Aarons y Shelley Fox Aarons, Nueva York

De un tiempo a esta parte todo está ralentizado, y cada vez más lentamente van parándose los motores de lo que hasta hace poco parecía que era un sector cada vez más profesional y activo. Ya las galerías no hacen catálogos, y los museos hacen cada vez menos exposiciones, en donde baja todo: los precios de los comisariados, las posibilidades de montaje, los catálogos ya no se hacen en inglés, las obras deben estar ya producidas y enmarcadas, los transportes sólo pueden ser dentro de España… nada de lujos. El contraste con lo que se podía, se debía hacer hace una década es increíble. No nos anima nada que las subastas de Nueva York batan récords, porque aquí no se vende un peine. Y desde luego, si se vende, no se paga. Y si lo compra una institución (desde un ayuntamiento hasta un ministerio) apaga y vámonos, porque puede ser una pesadilla cobrarlo. No nos anima que en Alemania las galerías vendan obras de 20.000 euros sin problemas y las cobren, además a particulares. Aquí eso no sucede. Busquemos las razones de por qué nuestra economía artística no se sustenta en lo privado sino en lo público, en unas instituciones que no invierten, que no cumplen, que no pagan pero que despilfarran sin vergüenza.

Sin embargo, aquí estamos. Este febrero ARCO cumple 30 años y debemos pensar dónde estábamos hace 30 años: quiénes éramos, individual y colectivamente. Hemos crecido y aprendido. Ahora lo hacemos mejor. Pero sigue habiendo excepciones, y este miedo, esta crisis, está levantando lo peor de cada uno. Ahora, como no hay dinero, los transportes se encargan a empresillas sin experiencia y sin condiciones para almacenar y transportar obras de arte, a lo que si sumamos galerías que se «olvidan» de hacer los seguros de las obras tenemos un camión lleno de obras de arte (guardado con las llaves puestas y cargado en un almacén sin seguridad) que desaparecen, desde Chillida hasta Esther Ferrer. Los chillidas aparecieron en un chatarrero vendidos al peso (apenas unos euros), pero el arte conceptual siempre tiene peor suerte que la escultura de hierro. Y todo por ahorrar, por escatimar. Ese es el riesgo que corremos. En tiempos de crisis no hay que bajar la guardia. Hay que ignorar al galerista roñoso, al crítico miedoso y consentidor, al artista cobarde, al funcionario prepotente que se aprovecha de su situación blindada frente al autónomo, frente al resto de una sociedad que no tiene dónde resguardarse del temporal. Esa gente no tiene futuro. El futuro es de los que siguen trabajando, siendo quienes siempre fueron.

Dice un refrán que el pesimista es el que se queja del viento, el optimista el que piensa que ya pasará, y el realista el que prepara las velas para navegar con el viento fuerte. Seamos realistas… y pidamos lo imposible. Pidamos que las instituciones estén a la altura de la situación, que se ahorre pero no se racanee. Pidamos que un Chillida no se venda al peso, y que Chillida-Leku no cierre por falta de dinero. Pidamos que el dinero público se utilice con inteligencia, para beneficio de la mayoría, de todos, a ser posible, y no solamente de los que se lo gastan. Pidamos, en definitiva, que el miedo no nos haga meternos debajo de la cama, que sepamos tensar las velas y tengamos la elasticidad necesaria para sobrevivir al temporal. Que el miedo no nos haga aguantar lo que no debemos aguantar. Que la independencia y la inteligencia puedan seguir generando una crítica valiente, múltiple y dialogante. Que el miedo no nos convierta en estatuas de sal.