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Mecerse entre fronteras. La literatura de mujeres fronterizas mexicanas y chicanas

1 enero 2000 · Por simple

Autor: María Socorro Tabuenca Córdoba

Revista: Quimera nº 258


La escritura de mujeres de la frontera norte de México empieza a tomar auge, como toda la producción de la zona, en la segunda mitad de la década de los noventa, cuando el concepto de “frontera”, la irrupción en la academia inglesa y estadounidense de los estudios culturales, y la caída de las estructuras monolíticas estaban en pleno apogeo. De hecho, por aquel entonces, hablar en la academia norteamericana de la literatura de la frontera era como referirse a la literatura chicana producida en los Estados Unidos, dada la influencia que había alcanzado el libro Borderlands/La frontera. The New Mestiza (1987), de la recientemente desaparecida escritora Gloria Anzaldúa.

Hasta hace poco, en México, sobre todo en la capital, tocar el tema de la literatura fronteriza era como aludir a algo desconocido y distante, mucho más que los tres mil kilómetros que separan al Distrito Federal de la región, debido a las políticas culturales centralistas del país. Sin embargo, el movimiento cultural de descentralización que se dio en los estados, principalmente en los del norte, se convirtió en un boom de autores que surgían de la zona y que ya no necesitaban ir a la ciudad de México o “pedir permiso al centro” para publicar. Con ellos nacieron un número considerable de revistas y pequeñas casa editoriales que se dedicaron a publicar y a difundir sus textos.

Los años noventa fueron para la frontera norte de México, como para la mayoría de los países, una época fructífera en la literatura de mujeres. Las editoriales locales y algunas revistas nacionales empezaron a ceder más espacios que en las décadas anteriores. Nombres como Rosina Conde (Tijuana, Baja California), Rosario Sanmiguel (Ciudad Juárez, Chihuahua) y Minerva Margarita Villarreal (Monterrey, Nuevo León), instauraban el canon de la literatura de mujeres del norte, no sólo por la calidad y la solidez de sus textos, sino porque también, desde tiempo atrás, se las había empezado a reconocer y a publicar en el centro del país.

Entre las escritoras del norte que sobresalen por su participación en talleres literarios antes y durante el apogeo de dicha literatura, así como las de publicaciones recientes, se encuentran además “Esalí» López Lomas, Regina Swain, Ruth Vargas Leyva, Inés Martínez de Castro, Margarita Oropeza, Carmen Amato, Guadalupe de la Mora, Dolores Dorantes, Rosaura Barahona, Patricia Laurent Kullick, Cristina Rivera Garza y Olga Fresnillo, entre otras, quienes, ya sea con folletines, poemarios, libros de cuentos, obras de teatro o novelas, forman el corpus de escritoras del norte.

En términos generales, la mujer como autora procura dejar atrás los convencionalismos literarios y sociales para plantear nuevas formas y proponer sujetos culturales distintos a los de la tradición. Explora la escritura en todos los géneros, privilegiando la narrativa, y sobre todo la poesía. La narrativa elige expresarse en viñetas, cuentos cortos, crónicas, cuentos y novelas breves. Tanto la poesía como la narrativa optan por la oralidad en el lenguaje literario. El suyo es un lenguaje directo y su habla, cotidiana; algunas veces se acude también a una simbología predominantemente indígena. Sin embargo, los textos muestran una capacidad en la innovación del lenguaje y las estructuras literarias; hay un manejo del ritmo en el caso de la poesía y una fluidez del lenguaje y cuidado de expresión en la prosa. Es notable el desapego a clisés y lugares comunes y un manejo no ortodoxo de los temas que se utilizan. Las voces poética y narrativa son predominantemente femeninas, aunque en ocasiones se utiliza también la masculina.

Familia, amor y frontera

En la poesía y la prosa de las mujeres del norte destacan como temas principales la vida familiar, la amorosa y la de la frontera; aunque también están presentes la muerte, la enfermedad, el aborto, la masturbación femenina, la vida en la calle, la existencia propia y la de los otros, la religión, los mitos, los recuerdos de infancia, la educación que recibimos. Son textos que reflejan una conciencia más crítica de la realidad en la que están inmersas las hablantes poéticas y narrativas.

En el primer gran tema, la vida familiar, hay una notoria preferencia por romper con los valores tradicionalmente inculcados por generaciones. Se cuestionan la estructura familiar y las relaciones de poder entre padre-hija, hermano-hermana, marido-mujer y madre-hija. La relación con el Otro (madre, padre, hermana/o, amiga/o, amante, marido, mujer) la mayoría de las veces da origen a un cuestionamiento personal que se convierte en crítica social. Los papeles sociales en el hogar más cuestionadas son los del padre y la madre. El padre estará siempre ligado con el modelo patriarcal y la madre será vista como la transmisora y conservadora del modelo. Con ella, la hija mantiene siempre una distancia crítica que le permite reafirmar su individualidad . Para algunas escritoras, estas relaciones están siempre ligadas a un sistema de opresión que busca perpetuar el estereotipo de la mujer en un contexto de sujeción. Otras autoras ven estas relaciones con afecto, ternura e ironía, pero siempre con la conciencia de que proponen una mujer nueva, que sabe enfrentarse a la vida, que es autónoma en sus decisiones y que no está dispuesta a seguir el paradigma establecido por el orden convencional establecido.

El segundo tema lo exploran abiertamente. Plantean la realidad amorosa tal cual es y reparan en manifestar, cuando es necesario, su sexualidad y erotismo. Las expresiones de este tipo de relaciones van desde el planteamiento de un vínculo imposible con el hombre, el desamor, el dolor y la rabia (que son las menos), hasta una contemplación de la relación pícara, irónica, irreverente y sarcástica. Tales expresiones se pueden encontrar entre dos polos: el descubrimiento del cuerpo aunado al deseo y la comunión con el otro, quien casi siempre, se plantea como igual. El tema lésbico resulta prácticamente ausente dentro de la escritura de mujeres del norte, salvo en los relatos “Sonatina” de Rosina Conde, y “La otra habitación” de Rosario Sanmiguel, y en la novela Toda la obscuridad del universo de Sonia Sotomayor.

La realidad de la vida de la frontera como tema aparece a partir de la década de los ochenta en la literatura de la zona norte de México. Es cuando las escritoras, conscientes de la geografía y la problemática social que las rodea, deciden explorarla. Esta expedición manifiesta un conocimiento pleno de las situaciones que se exponen en los textos, lo que les otorga una seña de identidad distinta –principalmente– a las narraciones de escritoras que no son de la región. Los bares y prostíbulos, la migración hacia los Estados Unidos, el conflicto de encontrarse en una cultura ajena, la persecución de indocumentados, el reto a la Patrulla Fronteriza serán también tópicos de la poesía y la prosa de las mujeres, o servirán de marco para plantear la explotación de obreras, migrantes indocumentados y trabajadoras sexuales. Cabe señalar que en los últimos cuatro años los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez ha sido tema de poemas, obras de teatro y performances por parte de algunas autoras de la ciudad.

La versatilidad en la temática es notoria, así como que las mujeres escritoras tengan la libertad estética de crear personajes o primeras personas masculinas. Un homosexual o una lesbiana pueden ser elaborados por los hablantes poéticos o narrativos sin ningún tapujo ético o estético. Incluso hay algunas de estas escritoras que han utilizado la ciencia ficción. Sin embargo, en una buena parte de los textos, sobre todo en los narrativos, se advierte la preocupación por cuestionar el papel, la valoración y los conflictos de su género en la sociedad contemporánea.

A diferencia de la literatura de mujeres de la frontera norte de México, la literatura chicana ha tenido una gran difusión nacional e internacional. Su condición de minoría en el país más poderoso del mundo les ha servido de soporte. Si bien es cierto que las chicanas han tenido que solventar grandes dificultades sobre todo de discriminación y sexismo, también es verdad que los apoyos del Estado y de pequeñas editoriales de Estados Unidos no tienen parangón con los que se puedan tener en México, los cuales son escasos.

Entre las escritoras chicanas más reconocidas están Gloria Anzaldúa, Norma Cantú, Ana Castillo, Lorna-Dee Cervantes, Sandra Cisneros, Lucha Corpi, Margarita Cota-Cárdenas, Denisse Chávez, Alicia Gaspar de Alba, Inés Hernández, E.D. Hernández, Demetria Martínez, Pat Mora, Cheríe Moraga, Mary Helen Ponce, Estela Portillo de Trambley, Helena María Viramontes y Bernice Zamora.

Similitudes y diferencias

La literatura de las mujeres fronterizas mexicanas y la de las chicanas no presenta diferencias abismales, aunque sí existen las disimilitudes correspondientes a las particularidades de cada realidad sociocultural. En general, en ambas –como en casi toda la literatura contemporánea de mujeres– encontramos la preocupación por cuestionar el papel de la mujer en la sociedad actual y romper con la tradición patriarcal. Sin embargo, la especificidad sociocultural tiene un papel preponderante en las temáticas a tratar y en el uso del lenguaje, o incluso en el idioma mismo. Recordemos que la literatura chicana está escrita en los Estados Unidos por personas de ascendencia mexicana. Por lo anterior, una diferencia mayor es la del idioma en el que se escribe: mientras que la literatura de la frontera norte de México está en español, la chicana se encuentra mayormente en inglés, aunque en ocasiones se utiliza el cambio de código lingüístico. Lo anterior se hace como una marca de subversión ante la lengua dominante; con un propósito estético; para distinguir el lenguaje del hogar con el oficial; porque la palabra no tiene traducción al inglés; o para marcar la preferencia de un idioma sobre el otro. En la escritura de las escritoras fronterizas mexicanas, esta situación es prácticamente inexistente.

Cuando estudiamos la literatura chicana, en general nos damos cuenta que hay una obsesión por la genealogía y las circunstancias familiares inmediatas. Este rescate genealógico se debe a que consideran todo un logro haber podido apoderarse de la palabra escrita dentro de un ambiente hostil y dadas las circunstancias económicas de sus familias. Dentro del contexto familiar, las mujeres chicanas rechazan al padre y el patriarcado angloamericano y el mexicano. Tal conflicto se aprecia de forma más abierta que en la literatura de mujeres fronterizas mexicanas. La figura de la madre les resulta también conflictiva. Por una parte la admiran, pues la presentan como una mujer que se ha entregado al trabajo en las fábricas y en los campos para sostener a la familia; pero por otra, la ven como una madre distante que prefiere mantener los patrones culturales tradicionales antes de apoyar a la hija en busca de la difícil autonomía dentro de una sociedad sexista y racista.

La Malinche y la Virgen de Guadalupe

A fin de conformar una figura independiente, las autoras chicanas recurren a personajes iconográficos de la cultura mexicana. Así, las soldaderas de la Revolución mexicana servirán para reconstruir una imagen de mujer revolucionaria dentro de un ambiente constituido por dos patriarcados que han traicionado sus deseos. Una figura materna que recuperan es la Malinche, quien en México se percibió, durante mucho tiempo, como prototipo de la traición por haberse entregado a Hernán Cortés, el conquistador. La Malinche aparece en la literatura femenina chicana como símbolo de resistencia. Por medio de esta figura, las chicanas pueden explicar la experiencia histórica de la indígena y de la mestiza en los Estados Unidos; asimismo, las apoya a definirse como personas bilingües y biculturales. Otra imagen emblemática es la Virgen de Guadalupe, conocida como “la madre de todos los mexicanos”, y que representa el mestizaje. Es éste uno de los atributos que las chicanas recuperan. También la presentan como símbolo de rebeldía, pues recuerdan que su imagen sirvió de estandarte durante diferentes movimientos armados contra la opresión, como la independencia de México, la revolución mexicana, y durante el movimiento chicano. Un último icono de mujer autónoma es Sor Juana Inés de la Cruz. Las escritoras chicanas la retoman porque fue una mujer que subvirtió los valores de su época y pudo aprender a leer y a escribir, e incluso publicar extensamente en una sociedad que se oponía a ello. También ha sido utilizada por las escritoras gay , dado su supuesto lesbianismo.

Otra característica presente en la escritura chicana es el cuestionamiento de la religión, específicamente de la católica, que conlleva una visión ideológica en cuanto a lo masculino, lo femenino y los modelos sexuales. Hay una desmitificación del amor romántico y por lo general al “amado” o al “amigo” se le asigna un nombre de pila con lo que lo vuelve mortal y no se queda en un ente abstracto. Asimismo se da una desmitificación de las relaciones heterosexuales y, a diferencia de las escritoras fronterizas mexicanas, surge una gama de expresiones lésbicas en poesía, narrativa, ensayo y drama, unida a una asunción abierta por parte de las escritoras de su preferencia sexual.

Las escritoras chicanas apenas tratan la problemática fronteriza. La perciben más como un problema interno, como un límite más cultural que geográfico. Esto se explica por el hecho de encontrarse físicamente dentro de los Estados Unidos pero desarrollándose dentro de la cultura mexicana y la estadounidense y hablando inglés, español o una mezcla de los dos. Por el hecho de no sentirse totalmente estadounidenses ni mexicanas, la frontera es para ellas más un espacio utópico dentro de la concepción del biculturalismo / bilingüismo; sin embargo, en contadas ocasiones se ve como lugar de confrontación. Con México mantienen una relación ambivalente de amor-odio, pues por una parte reconocen la herencia cultural, especialmente la indígena, pero por otra existe toda la tradición machista contra la que se rebelan.

Las temáticas, los estilos y las voces, como lo vimos con las escritoras fronterizas mexicanas, son variadas y atienden a una necesidad de expresión propia de sus circunstancias. Así pues, estas mujeres de fronteras habitan diferentes espacios geográficos con idiomas, culturas y realidades disímiles. Sin embargo, la mayoría conserva en su escritura un rasgo característico: proponer figuras femeninas abiertas, que a cada golpe de letra se van meciendo entre fronteras y reinventando a través de la escritura.