Melinda y Melinda, Woody Allen
Autor: José Enrique Monterde
Revista: Dirigido por… nº 338
Utilizando una metafora musical, no sería razonable esperar de Woody Allen, tras treinta y cuatro películas dirigidas, una sinfonía o una ópera. Desde hace tiempo, y cada vez más, el cine de Allen se nos antoja como una prolífica muestra de lo que podríamos llamar un cine «de cámara». Lejos de la grandilocuencia sinfónica o de la intensidad operística, Allen toma un motivo muchas veces muy sencillo –que no simple– y trabaja sobre él a modo de ligeras variantes temáticas, colorísticas y tonales. De ahí se desprende esa sensación de homogeneidad y coherencia a lo largo, sobre todo, del último tramo de su filmografía, una vez ya definitivamente asentado su universo creativo en lo que afecta a núcleos argumentales, personajes, escenarios, situaciones, etc. Esa coherencia y continuidad, que llamaríamos «autoral» –es uno de los pocos cineastas de su generación en que tiene sentido mantener ese concepto eminentemente europeo – ofrece la constancia de un cierto clasicismo personal que conduce al espectador a una paradójica y ambigua situación entre por una parte la la impresión del «déjà vu», el regusto nostálgico de los buenos momentos vividos en compañía del cineasta neoyorquino, la pequeña incertidumbre ante las variaciones que hayan podido introducirse en ese nuevo capítulo de la filmografía y, por otra parte, una leve sensación de monotonía, causada tal vez por la apariencia monotemática de buena parte de sus films, cansancio incluso de quien sabe bien lo que va a encontrarse en la nueva película, o añoranza de cuando esos mismos mimbres y su manera de manejarlos se ofrecía con toda su resplandeciente novedad y singularidad, sobre todo en el panorama del cine norteamericano.
De alguna manera, es toda esa experiencia fílmica la que se transpira en el punto de partida de la idea y del desarrollo de Melinda y Melinda , un film que, cuando menos, parece ir un poco más allá de los juegos divertidos e ingeniosos, pero bastante intrascendentes de títulos como Todos dicen I Love You , Granujas de medio pelo o La maldición del escorpión de jade , aunque incluso en su trivialidad estos films dejasen asomar siempre una clara voluntad de desarrollar algún tema parcial en torno a la tradición de los géneros cinematográficos (del musical al thriller ) o de personajes y situaciones esbozados colateralmente en anteriores películas. Ahora, Allen aborda de forma franca y directa precisamente esa dimensión ambigua entre el drama (o incluso la tragedia) y la comedia que recorre su cine. En Melinda y Melinda la capacidad de contar una historia cualquiera, pequeña e improvisada por dos de los comensales en el transcurso de una cena entre amigos escritores en el cálido clima de un «bistro» durante una lluviosa noche neoyorquina, de conjugarse bajo un doble registro, dramático y cómico, se convierte en el núcleo central del desarrollo argumental y de la estructura narrativa del film.
La importancia del tono
Tomando como eje a un enigmático –y bellísimo – personaje femenino, Melinda, sendos escritores teatrales, especializados respectivamente en el drama y la comedia (el segundo encarnado por un siempre impagable Wallace Shawn, que parece transplantado desde la mesa de Mi cena con André ) especulan ante sus amigos sobre los posibles desarrollos de una leve ficción interpretada bajo la doble clave dramática y cómica. De esa forma, ambas historias, que irán discurriendo en paralelo a lo largo del film con algún que otro retorno al momento de partida, tienen su origen en una situación semejante: la irrupción de una inesperada intrusa en el seno de sendas cenas de amigos que en realidad esconden unas interesadas motivaciones. En el primer caso –el supuestamente dramático– se trata de una antigua compañera de estudios de carácter inestable y vida complicada que perturba la estrategia destinada a que el marido de la pareja anfitriona convenza a un productor teatral de su idoneidad para un papel; en el segundo caso, se trata de una nueva y desconocida vecina –la misma Melinda, en la medida que es el mismo personaje ideado por los dos dramaturgos e interpretado por la misma actriz, la fascinante Radha Mitchell – que interrumpe la estrategia de una cineasta independiente que, con la ayuda de su marido, utiliza la cena para camelarse a un rico productor con vistas a que invierta en su próximo proyecto…
Evidentemente, ese viejo esquema de la irrupción imprevista que desencadena una serie de cambios o que hace salir a la luz todas las contradicciones que acompañan a la vida de pareja será explotado por Allen para desarrollar una nueva vivisección de las relaciones sentimentales y laborales en el endogámico mundo intelectual y artístico neoyorquino contemporáneo. Ambas parejas fluirán hacia su descomposición y recomposición (con otros partenaires ) como si el orden de los factores, en definitiva, no alterase el producto, y dará lugar al consabido conjunto de encuentros y desencuentros, de intentos de relación y de confusiones sentimentales, de mentiras y verdades ocultas, etc. Es decir, al material que habitualmente encontramos en los films del autor de Interiores . Desde luego, ese material no resulta novedoso y los personajes son familiares para los asiduos de Allen, pudiendo incluso encontrar una vívida transposición del tipo habitualmente encarnado por el propio director en el que asume Will Ferrell, un actor procedente del antitético universo de las comedietas juveniles del tipo de Aquellas juergas universitarias … Sin duda Ferrell entona como el propio Allen y asume el conjunto de complejos, timideces e inseguridades que caracterizaba al personaje central de films como Annie Hall o Manhattan ; parece claro que Allen es consciente de que a su edad ese personaje entre treintañero y cuarentón está ya fuera de su alcance y lo introduce por actor interpuesto.
El triunfo de la comedia
Las conclusiones de fondo de la disección que nos ofrece Melinda y Melinda no difieren de la línea argumental de las anteriores cintas del cineasta; su visión escéptica –teñida de una leve ironía no exenta de cariño– de un mundo artificioso y vacuo, donde los sentimientos no pueden evitar mezclarse con los intereses, no abandona el transcurso del film pese a la ligereza con que se desarrolla el doble relato. Su propio carácter de ficción explícita refuerza la sensación de encontrarnos ante una fábula no exenta de moral, situando al autor en la vía de los moralistas cinematográficos contemporáneos que encabeza Rohmer. Pero la habilidad de Allen estriba en introducir un prisma moral sin derivarlo en un juicio, sin determinar la existencia de culpables e inocentes. Todos tienen sus razones y todos se desenvuelven en el complejo y contradictorio acto de vivir en sociedad, de tal forma que de la más explícita y confesada ficción pueden emerger atisbos de verdad. En ese sentido, Melinda y Melinda no defraudará a los entusiastas del director e interesará algo más que anteriores films a los usuarios eventuales del cine de Allen.
De todas formas, dado que el intríngulis de Melinda y Melinda se sitúa en principio más en la dimensión estructural del relato, en la reflexión –como decíamos más arriba– sobre las posibles «entonaciones» de un discurrir narrativo, en el coloreado musical de la puesta en escena (al que contribuye una espléndida banda musical encabezada por clásicos del jazz como «Perdido»), podríamos insinuar que Allen no cumple en su totalidad los propios objetivos marcados, sin que eso desmerezca gran cosa el resultado final. Por ejemplo: la interrelación entre las dos historias paralelas juega muchas veces a la repetición y la inversión. Repetición de situaciones y equivalencia de personajes (no sólo los protagonistas iniciales, sino otros como las respectivas inserciones de los respectivos novios negros de Melinda); inversión de roles entre hombres/mujeres y personajes activos/ pasivos… (como cuando la mujer ayuda al marido actor en la historia dramática y el marido actor ayuda a la mujer directora en la parte cómica). Pero la progresiva complejidad de la trama y el desencadenamiento de los motores de la acción relativiza el seguimiento férreo de la estructura narrativa trazada. Y la consecuencia de ese desequilibrio conduce a algo que el propio epílogo de la película –cuando retornamos en la clausura del film a la cena del origen– confirmará indirectamente: la primacía de la entonación orientada hacia la comedia sobre la dramática. En el progresivo desarrollo del film aquélla se nos hace más entrañable y absorbente, mientras que la opción dramática se diluye en una mayor previsibilidad. Por eso, que la competición propuesta por Allen como núcleo central de Melinda y Melinda entre la visión dramática y cómica de la vida y del relato se decanta hacia un lado no sólo por la capacidad persuasiva de su defensor (Sy, interpretado por Wallace Shawn), sino por la constatación de que incluso en los momentos más trágicos puede apuntar lo cómico, mientras que la comedia nos permite evacuar mucho más satisfactoriamente los aspectos dramáticos que se esconden en todos los recovecos de nuestras vidas. En definitiva, la Melinda feliz y enamorada satisfactoriamente al final es la de la comedia…
USA, 2004. T.O.: «Melinda and Melinda». Director y guión: Woody Allen. Productor: Letty Aronson. Producción: Perdido Productions para Fox Serchlight Pictures. Fotografía: Vilmos Zsigmond, en color. Diseño de producción: Santo Loquasto. Montaje: Alisa Lepselter. Duración: 100 minutos. Intérpretes: Josh Brolin, Chiwetel Ejiofor (Ellis), Will Ferrell (Hobie), Jonny Lee Miller (Lee), Radha Mitchell (Melinda), Amanda Peet (Susan), Gene Saks, Chloë Sevigny (Laurel), Vinessa Shaw, Wallace Shawn (Sy).
