Muchos museos, pocos museos, ningún museo
Autor: Rosa Olivares
Revista: Express, Revista de Información y Debate sobre Arte Actual nº 7
Llevamos mucho tiempo hablando de museos como si fuera una enfermedad contagiosa y nos olvidamos de que en España hay una rica tradición museológica que ha instaurado la institución del Museo de Bellas Artes prácticamente en cada una de las capitales de provincias españolas, eso sin contar con las decenas de museos arqueológicos que recogen una riqueza patrimonial actualmente poco valorada pero que por suerte tienen una estructura ya asentada y difícil de desbaratar, a pesar de la falta de presupuestos y de espacios mediáticos para todo lo que no sean nuevos museos. En esta línea es lógico que todas las autonomías, que todas las ciudades con una cierta estructura cultural o ambición de tenerla, quieran un museo de arte contemporáneo. Son, de alguna forma, el paso siguiente al museo de bellas artes del siglo XIX. Otra cosa es que todos estos museos sean clónicos.
Algo parecido sucede en Alemania, por ejemplo, donde los museos, kunsthalles y kunstvereins proliferan saludablemente.
Pienso que el problema no es que haya muchos museos, lo que sería una buena señal de salud cultural; el problema es que haya pocos museos y la tragedia es que no haya ningún museo.
Se puede decir que sí, que en Madrid están los grandes museos como el Prado, el Thyssen, el Reina Sofía, incluso el Museo Municipal de Madrid… Sí, pero todos los cientos de miles de habitantes de la comunidad no tienen la posibilidad de ver nada en los lugares donde viven. Allí tienen sus casas, su trabajo en cada vez más ocasiones, los colegios de los niños, los hospitales, los grandes supermercados, centros comerciales con cines donde ver las mismas películas que en la capital, son en definitiva ciudadanos que, como los habitantes de otras ciudades españolas, no tienen que venir a Madrid prácticamente para nada porque allí donde viven tienen todo lo que necesitan. Igual que los que viven en Bilbao o en Castellón, sólo que si les interesa el arte contemporáneo no tienen ni galerías privadas ni centros expositivos, ni instituciones públicas en las que ver nada de lo que es una parte esencial en la cultura contemporánea. Pueden estar al día en cine, en música, leer lo último, vestir de diseño, decorar sus casas como si vivieran en Oslo, sus hijos estudian en colegios bilingües y en las clínicas y hospitales de su ciudad se practican los más modernos métodos de asistencia, cenan en restaurantes japoneses, mexicanos, tailandeses, cubanos… pero el arte contemporáneo es ajeno a sus vidas. Sólo los más intrépidos, aquellos realmente interesados bajarán los domingos a Madrid para hacer cola en el Reina Sofía o en el Thyssen.
Naturalmente es un problema político, que afecta a la educación y a la cultura, pero no solamente, pues también afecta a un mercado de servicios y sobre todo al desarrollo individual y colectivo de la sociedad.
