Obras y Memoria.
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Obras y Memoria.

10 febrero 2010 · Por simple

Autor: Rosa Olivares

Revista: Exit Book, Libros de Arte y Cultura Visual nº 12


Ya no deberíamos hablar de velocidad, sino de prisas. Todo se consume con una rapidez que sorprende cuando miramos el inmediato pasado. Aquello que parece remoto sucedió apenas hace unos meses. La memoria parece no alcanzar más allá de unos pocos años. Y remotos nos parecen los recuerdos que superan más de una década. Carlos Barral (¿recuerdan?) decía que cuando todo lo que contamos comienza con «hace mas de 20 años» debemos ir aceptando que hemos llegado a la vejez. Hoy ya no se atrevería ni a hacer esa pequeña broma al tiempo. Todo se consume deprisa y, por lo tanto nadie parece preocuparse de hacer nada con detenimiento. Esa rapidez (que viene a ser como el aspecto cutre de la velocidad) es también la norma en la gran mayoría de las producciones bibliográficas del momento. Iba a decir «producciones teóricas» pero, rápidamente, me he dado cuenta que aplicar el término «teórico» a la mayor parte de lo que hoy se escribe es ser, más que generoso, despilfarrador.

Foto Candida Höfer. Biblioteca Cappuccini Redentore Giudecca I, 2003. Cortesía de la artista y Galería Fúcares, Madrid

Naturalmente hoy la investigación resulta muy difícil, básicamente porque necesita tiempo y constancia. Y son muchos los cantos de sirena que acechan a cualquiera que desee adentrarse en el mundo del arte. La Universidad es un refugio seguro, pero frío. Sus luchas de poder internas, fiel reflejo de su cada vez más débil influencia en la sociedad, ocultan una pobreza intelectual que siempre existió pero que hoy aparece más desnuda. Y como dijo algún catedrático muy conocido: se gana más, se viaja más y te diviertes mucho más haciendo comisariados. Una de las ventajas de la rapidez es que se pueden hacer muchas más cosas en el mismo tiempo en que antes se hacía una sola. Antes investigabas y escribías un libro, por el que no se ganaba ni para vivir unos meses, en el mismo tiempo en el que hoy se comisarían un par de exposiciones, con sus respectivos catálogos, se escriben un par de artículos para alguna revista y, además, se escriben varios catálogos para galerías y/o museos y/o instituciones. Al mismo tiempo, naturalmente, se dan clases en alguna universidad, un puñado de conferencias, algún jurado en concursos, y hasta se puede ser asesor de colecciones, patrono de museos, etc. Por supuesto, se gana bastante más. Solamente hay un problema: la producción teórica es prácticamente nula; la originalidad, profundidad e interés de lo escrito es insignificante casi siempre. Aunque la prepotencia y la pedantería sean prácticamente inabarcables.

La diferencia que este tiempo nos depara es ver convertido al profesor y al teórico en crítico y comisario de arte. Aunque tal vez deberíamos ver al crítico y al comisario como profesor y teórico. Y aquí quiero dejar claro que tanto el ejercicio de la crítica como la práctica del comisariado me parecen básicas en el desarrollo y comprensión del arte actual, pero estas prácticas, veloces si no rápidas, no pueden ni pretenden (cuando se ejercen con seriedad y profesionalidad auténticas) suplantar a la investigación ni a la creación teórica.

Son funciones diferentes y complementarias. Sobre todo diferentes. No podemos plantear en una crítica, o en un texto de un catálogo de una exposición, un estudio profundo ni una teoría estética. Seamos serios y recuperemos el respeto, respeto sobre todo para con nosotros mismos y para con los que nos han enseñado. Respeto con lo que hemos leído, lo que nos ha formado. Respeto para quienes se toman el trabajo de leernos. Y respeto para aquellos que utilizan nuestros textos como base, como apoyo, como una herramienta más en su trabajo.

Este año que dejamos atrás y que nos expulsa hacia lo desconocido, se lleva a dos maestros que se tomaron todo el tiempo de sus vidas (una larga y otra tristemente breve) para estudiar, para investigar y para escribir. Para desarrollar sus propias ideas, sus apuntes, sus opiniones y descubrimientos y convertirlos así en ayuda para todos los que hemos decidido seguir en este territorio voraz que es el arte actual. Claude Lévi-Strauss y Juan Antonio Ramírez han fallecido de formas tan diferentes como vivieron y tan diferentes como el legado que nos dejan. Diferentes en casi todo, pues diferente fue el momento y el lugar desde donde cada uno trabajó, pero con la misma curiosidad y la misma pasión. De ellos dos publicamos, como homenaje y memoria, dos excelentes textos (Manuel Delgado sobre Lévi-Strauss y Estrella de Diego sobre Ramírez) que nos aproximan tanto a sus obras como a sus personalidades. Vemos a dos hombres ávidos de conocimiento, con una curiosidad infinita. Abiertos a lo nuevo pero sin renunciar a sus propias ideas y opiniones, creadores desde la subjetividad y el estudio. Es decir, analizando el mundo, explorando el universo, pero siempre desde el individuo, desde la persona que experimenta. Su actitud fue siempre de un gran atrevimiento, respetando la inteligencia, el conocimiento y la sensibilidad, pero defendiendo siempre sus principios intelectuales y estéticos más allá de las tendencias al uso, de los criterios del poder, de lo establecido. Innovadores, los dos grandes amantes del cine. Y, sobre todo, por encima de todo, trabajadores. Parece que en sus vidas el lema era: Nulla dies sine linea. Así lo demuestra la producción teórica (aquí si hay que decirlo claramente: teórica y producción propia, no un infinito «corta y pega») que dejan tras de sí. Libros ya eternos, ideas que seguirán siendo nuevas para muchos todavía mucho tiempo y, para siempre y para todos, esclarecedoras. Todos los que les hemos conocido, en persona pero sobre todo en sus escritos, estamos orgullosos y agradecidos por sus muestras de inteligencia y por su ejemplo de trabajo y constancia, de pasión.

Estas obras escritas a lo largo de sus vidas son su mejor memoria, reconocer su valor nuestro mejor homenaje. Y darnos cuenta del valor de su trabajo, de un trabajo que no está hecho en unos meses, a partir de unas cuantas citas y referencias cultas, sino con el esfuerzo de la idea propia, de la curiosidad individual convertida en obsesión y transformada en ensayo. El mejor final sería reconocer que ellos siguen manteniendo viva la sentencia latina: Verba volant, Scripta manent. La palabra vuela, lo escrito permanece. Rápida o lentamente.

El hombre desaparece, pero sus trabajos, sus escritos, sus ideas… permanecen.