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¿Quién rapta a Europa?

1 enero 2000 · Por simple

Autor: Carlos Thiebaut

Revista: El Rapto de Europa nº 3


Del mito del rapto de Europa hay varias versiones, y en alguna de ellas
cabe sospechar que se acumulan, también, diversos significados. Los
mitos nunca son unívocos y permiten, entre sus pliegues y sus esquinas,
más de una interpretación. Así, aunque Ovidio, haciéndose
eco de una voz patriarcal y dominadora de la que tendríamos que sospechar,
nos narre la conocida argucia de Zeus convirtiéndose en toro para
seducir a Europa, princesa de Tiria, y robarla para llevarla a Creta, donde
acabará por ser madre del Minotauro, también el mismo Ovidio,
no sé ya si patriarcalmente o no, nos describe de tal manera la belleza
del toro ensabanado en que el Zeus se convierte que no sabemos si Europa
fue raptada, es decir, arrebatada por la fuerza y violada, o quedó
en un rapto, es decir, se arrebató ante la belleza del astado, de
la misma manera que Zeus, abandonando su majestad y sucumbiendo al amor,
acaba por besarle embelesado las manos a Europa. Que Zeus tuviera que tornarse
astado bien pudiera ser mera muestra de sorprendente argucia (pues ¿cómo
habría de ser Europa para sucumbir a esa atracción?) o bien
muestra de un no menos sorprendente abajamiento. Dada esa ambigüedad,
no sabemos si ese raro mito fundacional es un relato de robo o un relato
de seducción. Para retornar al mito, para poderlo seguir haciendo
lugar de significados, a algunos nos gustaría leerlo, más
bien, como lo segundo. Quisiéramos pensar que la seducción
del dios y la de la princesa son simétricas; quisiéramos pensar
que no es un acto de violación, sino una prolongada danza de erotismo.
Aunque permanezca la sospecha de que esa lenta danza pueda ser, también,
un juego de poder.

Esa bipolaridad del mito puede ponerle imágenes a la identidad
europea contemporánea, y no sólo antigua, escindida entre
una agonía, un conflicto, y la búsqueda de una seducción.
Para ello, demos un rodeo, fijándonos en un aspecto más general.
La identidad ­quién sea Europa­ es fruto de una relación,
no de un ensimismamiento. Que Europa sea, en el mito, una joven violada
o una seductora a su vez seducida dependerá de la forma de relación
que sufra o que mantenga con Zeus. Si Europa, continente-nación,
es algo, o llega a ser algo, dependerá, también, de cómo
­con quién, de qué manera­ sean las relaciones en
las que se encuadre. Mirándonos a nosotros mismos, como personas
o como colectivos, nunca sabremos quiénes somos, y como la figura
de Castroforte de Baralla, aquella ciudad de La saga-fuga de J.B.,
flotaremos en el aire de ensimismamiento. Las identidades nunca son definiciones
de quiénes somos enunciadas desde nosotros mismos, en aislamiento;
las identidades son siempre relacionales. Y porque son relacionales, siempre
en relación con otro, son reflexivas; no pueden darse por descontado
ni decirse completas, clausuradas. Es una forma de irse nombrando cuando,
paradójicamente, no se dispone del patrimonio exclusivo de la palabra,
del nombre, que nos damos. Nos reflejamos en la relación para atisbar
quiénes somos ­y el espejo no somos nosotros­. No es, pues,
que seamos y luego nos relacionemos: más bien, la relación
es el espacio de nuestra identidad. Y las relaciones son tensiones ­dominaciones
y atracciones­ y son conflictos. La identidad no puede definirse en
el espejo de la historia (¿qué nuevo mito encubre esa apelación?);
ni puede definirse, aisladamente, como un destino manifiesto en el mundo.
Quien así piensa se ha ensimismado, ha flotado en el aire y ha desgarrado
la tierra.

¿Con quién se relaciona Europa, que mirándose a
sí misma no podrá saber nunca quién es, quedaría
ensimismada o petrificada? ¿Cómo lo hace?

En los pasados meses, y en su definición de su posición
en el mundo, sus relaciones han sido múltiples y de múltiples
maneras, siempre en situaciones de conflicto. Con la agonía de la
guerra de Irak, con los titubeos en el Consejo de Seguridad, con los avances
maniatados de la gestión de la propia Unión, con su ambigua
y melancólica asunción de su posición en el mundo ­una
posición antaño firme y poderosa y hoy desmayadamente insistente
más en sus convicciones que en sus capacidades­ se ha descubierto
con una identidad más borrosa de lo que hubiera deseado. Para unos,
no la mayoría, ha querido definir su identidad con respecto a América
(pues Estados Unidos ha usurpado el nombre) dejándose raptar o seducir
por ella, y para otros se ha opuesto, a mi parecer con buenas razones, a
ese robo porque una mayoría de ciudadanos ha pensado que no era
esa la deuda básica que tenía en sus relaciones de identificación.
Por perplejos y desmayados que anduviéramos no pensábamos
que la seducción de un nuevo astado pudiera decirnos quiénes
somos, cuál son nuestras señas y nuestros actos. Quienes así
pensábamos creemos que no hay forma posible de identidad colectiva
que se constituya por debajo, por detrás, en retraso, de las lecciones
aprendidas en anteriores seducciones. La identidad europea, decía
Ulrich Beck en los meses del conflicto en Irak en El País, es
ya reflexiva, es decir, post-nacional; no se constituye con la solidez de
una identidad sustantiva, sino por maneras de hacer, por maneras de ubicar
el mundo y de ubicarse en él. Para Beck, sería esa una identidad
adecuada para un mundo que necesita, como nunca, arbitrar sus conflictos
y sus diferencias no por sus convicciones patentes o manifiestas, sino por
lo que está metido dentro de las convicciones, es decir, por los
aprendizajes de evitación de la violencia como forma de entender
las siempre opacas relaciones entre los seres humanos y los pueblos. Y más
razón tenía el canciller Schröeder cuando indicó
que un continente o un espacio geográfico e histórico que
ha sufrido en su carne la guerra y la autodestrucción ha de resistirse
a esa reiteración de las sin-soluciones bélicas. Debemos resistirnos
a ser seducidos por amantes que nos laceran, aunque de todo puede acabar
habiendo. Y, por paradójico que pudiera parecer (las paradojas son,
con frecuencia, resultado de la pereza), la perplejidad o el desmayo antes
mencionados son más maduros para definir una identidad en un mundo
construido en redes de complejidad que la absoluta claridad de los creyentes
en su destino manifiesto o la absoluta convicción de quienes desearían
ser raptados por esos creyentes.

Ojalá, en efecto, la identidad europea sea así de reflexiva,
pueda relacionarse mirándose en los otros con los que se relaciona,
pero sabiendo que no es, que no es bueno que sea, lo que cualquier otro
pueda demandar o decir. Pues, por importante y determinante que sea la relación
con América ­y lo es, pues es una nación que desarrolló
con arrojo y libertad algunas de las más firmes propuestas que constituyeron
algo de lo mejor del proyecto ilustrado europeo­ no significa ni que
sea la única (¿dónde quedan las formas también
reflexivas de las fluidas identidades internas, productos de constelaciones
de nuevas formas de relaciones sociales, o las que se constituyen en un
mundo articulado en nodos que no permite exclusividades?) ni que haya de
ser absoluta, al albur de una movediza e inestable política exterior,
como la de la actual administración usamericana.

Pero esa forma de identidad reflexiva, de formas de seducción
aprendida en seducciones anteriores no menos que en violencias, tal vez
sea sólo todavía una esperanza más que una realidad;
una manera de ser que aún no tiene definidos sus contornos porque
no tiene tampoco claras sus acciones y sus prácticas. Sólo
será madura, y podrá ser adecuada, si Europa hace de sus maneras
y de sus convicciones alguna suerte de realidades. Pues si, por un lado,
hay formas de sentir comunes maneras de sentir que entonan y se parecen
en lugares geográficos distantes también, por otro, faltan
los lenguajes institucionales de configuración de identidad. Lamentablemente,
los ciudadanos europeos no oímos la voz de nuestras instituciones
(de nuestro Parlamento, un parlamento que no es todavía, que no se
vive todavía, como lugar de representación ni como foro de
debate). Si ha habido, es cierto que puntualmente, un surgimiento de un
demos, de un pueblo europeo, no hay todavía polis,
no hay ciudad. Si, por un lado, hay una Europa que ha aprendido que no puede
definir su identidad por un rasgo definitivo y definitorio, pues todos los
intentos pasados de hacerlo condujeron al infierno, por otro hay voces ­y
más habrá­ que quieren definir en una herencia cultural
sólida y sustantiva los rasgos de esa identidad. Las voces neoconservadoras
quieren extraer de un solo rasgo identitario ­sea la religión
o sea una manera incuestionada de comprender la misma experiencia europea­
la definición de una identidad. (Como en las viejas definiciones
de quiénes somos, parece pensarse que la palabra que nos nombra es
sólo un superfluo efecto del poder; así fue, ciertamente,
en los estados-nación. Dudosamente lo será en formas plurinacionales
y postnacionales de organización). Una Europa que se ha hecho aprendiendo
que han de olvidarse las identificaciones entre el espacio público
y alguna doctrina sólida que todo lo abarca, sea ésta religiosa
o política, tendría que ser una Europa sin otra seña
de identidad que evitar los daños y las barbaries que ya conocemos
y aquellos otros que vamos aprendiendo a nombrar: los daños que infligimos
y los daños que sufrimos. Frente a ello, hay y habrá europeos
que reclamen una herencia identitaria como el cristianismo, que más
se pretende, me temo, como banderín de identidad en oposición
a otras identidades definidas, igualmente, en términos religiosos,
que una herencia que nos diga, fijando fronteras, quiénes somos.
Porque ¿puede una Europa de identidad reflexiva, basada en maneras
de hacer y de sentir, de ver y de relacionarse, fijar su identidad por medio
de una frontera?

Se podrá adjetivar esa sospecha de irrealista. Y, en efecto, lo
es. Hacer una polis europea es fijar leyes, constituciones, procedimientos,
espacios, garantías, derechos. Si el demos puede más
laxamente definirse por razones y por sentimientos compartidos, por tomas
de posición, por negaciones y por afirmaciones, la posibilidad de
la vida política requiere instituciones. ¿Y cómo casar
un demos reflexivo con alguna forma de polis, con un diseño
de instituciones? En los próximos meses se discutirá y se
votará la Constitución europea. Aunque toda ley ­toda
Constitución­ es un sistema de constricciones y de autorizaciones,
tal vez lo más importante en lo que a la identidad se refiere es
que es un proceso de aprendizaje, una manera de irse constituyendo y de
ir siendo. En los asuntos normativos humanos (los que definen qué
se hace y qué no debe hacerse) la constricción externa de
las normas no puede prescindir de las convicciones internas y son éstas,
tal vez más que aquellas, las que consolidan los órdenes sociales.
Y las convicciones se aprenden, se entretejen, modificando nuestras maneras
de ser y de actuar. Recordemos, por ejemplo, lo que nos sucedió a
los españoles hace veinticinco años: lo más importante
era el aprendizaje que se puso en marcha, el aprender a ver las leyes como
espacio de constitución de la identidad política, ni sólo
como reglas de juego ni sólo como fijaciones de esa identidad. ¿Cabe
pensar que lo mismo puede pasarle al demos europeo en esos próximos
meses?

Probablemente haya que ser pesimistas. En el diseño del juego
institucional, de las formas de articulación del gobierno supranacional,
la partida parecen haberla ganado ya los estados nacionales, que no las
naciones, que parecen haber dominado los sistemas locales de gobierno y
los espacios locales de legitimación. Parece, al menos como lamentablemente
se presenta el debate en España, que lo importante es cuánta
porción del pastel de las tomas de decisión puede o no asegurarse.
No vemos un claro espacio institucional en el que el demos europeo
se gobierne, asuma el espacio de constitución de su identidad política.
O no lo hay todavía porque este proceso será lento, desesperadamente
lento. No hay democracia europea, es decir, un demos europeo
que se gobierne, una manera en que lo haga.

Pero, más aún, la ausencia de esa democracia europea se
muestra en sus parcas fuerzas para relacionarse con otros pueblos, con
otros demos y otras polis. Es difícil definir si esa
incapacidad es causa o efecto de la definición institucional de Europa.
Es, al menos por ahora, su signo, su señal. No sabemos, de nuevo,
si ser raptados o arrebatarnos. Ni con quién. No hay, por ejemplo,
claridad política e ideológica en ese terreno pues derechas
e izquierdas se encuentran, por ejemplo, en posiciones a la vez entrecruzadas
y opuestas respecto a cómo definir Europa en relación con
el mundo. La mirada cercana es desesperanzadora. La mirada más lejana
es borrosa.

Pudiéramos consolarnos pensando que la identidad es un mito,
como mito es el de Europa y sus ambiguas relaciones con Zeus. Ya no existen,
en efecto, los dioses (aunque muchos sigan poniendo a su dios manifiestamente
de su lado). Pero, precisamente porque no valen los mitos, la asunción
secular, laica, de sus significados, de los problemas que nos plantean,
es urgente. Y andamos sin saber muy bien cómo hacerlo: con peligro
de ensimismarnos , de petrificarnos , con el peligro mayor de convertirnos
no ya en seducidos sino, como las Sabinas, en esclavas raptadas.