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Ray Loriga sobre la figura del editor
La verdad es que si tengo que hablar desde mi propia experiencia en este supuesto valle de lágrimas, diría que lo bueno le va ganando dos a uno a lo malo o, acudiendo al código binario original, cero a uno. No está tan mal, y un buen resultado fuera de casa se me antoja esencial porque algo me dice que no hay partido de vuelta. Esta pequeña e inane reflexión viene al caso de la extraña alegría que me proporciona la lectura de un libro de Jean Echenoz publicado por la editorial Trama: Jérôme Lindon, mi editor, y que trata efectivamente del editor de Echenoz y de Samuel Beckett y de Robe-Grillett y de Claude Simon y de Marguerite Duras, entre otros.
