Rumores
Autor: Rosa Olivares
Revista: Express, Revista de Información y Debate sobre Arte Actual nº 42
Basándose en la ignorancia y generalmente con la clara intención de dañar la reputación de otros, y de otros que no son necesariamente enemigos, la maledicencia se ha convertido en uno de los pilares carcomidos más resistentes y establecidos del sector cultural. No solamente del de las artes visuales, plásticas o el nombre que se les quiera dar, ya que en literatura las enemistades e insultos son el pan de cada día, y en el cine o en el teatro, y supongo que hasta en la música es algo habitual. Sin embargo, me temo, tal vez por ser este el sector que más conozco, que es el del arte el que peor leche tiene y más alimenta la maledicencia. Es decir, el insulto, el rumor, el miente que algo queda, y casi siempre de forma anónima -algo que definitivamente es menos frecuente en otros ambientes de la cultura. Críticos, directores de museos, profesores de universidad, artistas, todos los que hacen algo mejor o peor, con más o menos interés, son diariamente insultados en blogs anónimos, en charlas, en inauguraciones, en todos los corros y corrillos que, obviamente, abren los ojos (asombrados y complacidos) y los oídos para oír maldades y suciedades sobre conocidos cercanos o lejanos. Acusaciones que no se sustentan nunca en pruebas de ningún tipo ni datos comprobables, acusaciones que nadie intenta demostrar y que si fueran ciertas y comprobables nos pondrían a casi todos al borde de la ley y muy lejos de la honorabilidad. Insultos y difamaciones que en el código penal tienen su tratamiento legal… si el acusador tuviera nombre.
Todos hemos repetido miles de veces nuestro progresivo asco por la basura televisiva, por esos coros de vecindonas que critican en horas de gran audiencia (o share, que es más elegante) a cualquiera, vociferando, sin dejar hablar a los otros, difamando que sí que es gerundio… Programas como el famoso y ya eliminado Aquí hay tomate se convirtieron en el anatema del mundo de la cultura, sin pararse a pensar que es lo mismo que ellos mismos alimentan en sus blogs y en su ignorante maledicencia. Cuando hay que acusar o señalar a alguien se debe hacer, y se debe hacer sin miedo y sin demora, pero se debe hacer dando la cara, de frente, dejando al otro que conteste, rectificando si se ha hablado sin pruebas, si se está equivocado, aceptando el error. Respetando a todos. Claro que eso es tan difícil como no desear a la mujer del prójimo, el éxito del prójimo, como no alegrarse cuando a alguien le va mal, como no reírnos cuando alguien se cae en la calle delante de nosotros.
Frente a esta rumorología perversa e ignorante, también existe el englobar a todos en un mal concreto. Un claro ejemplo es el de los jurados para los concursos de museos. Nunca nadie se paró a pensar que galeristas, artistas y personas claramente implicadas en la vida y suerte de los premiados, formaran los jurados de premios plásticos de todo tipo. No. Pero ahora formar parte de un jurado que elija a un director de museo es como ser un pederasta, es ponerse bajo la lupa de no se sabe quién (bueno sí, generalmente de personas que no han sido nunca ni jurados ni elegidos en concursos de este tipo). Gane quien gane, el jurado es corrupto. Y por otro lado, en una locura ad continuum, se pide que hasta a las secretarias se les elija por concurso, ¿y por qué no a los patronos de los museos, o a los profesores, o a las directoras de ferias, o al vecino de arriba o al de abajo? Concursos para todos, todos seremos jurados y concursantes. Alguna vez ganaremos. Ya nadie se para a pensar que los jurados deben estar compuestos por los mejores, no por los amigos, y claro, a los mejores es a los que más se les envidia. Como dijo un director no elegido por concurso «a mí siempre me ha ido mejor sin concursos».
