Thomas Hirschhorn, la otra Suiza
Autor: Francisco Javier San Martín
Revista: Arte y Parte nº 59
Nacido en Berna en 1957, estudió diseño gráfico en la Schule für Gestaltung de Zúrich. Así pues, Tomas Hirschhorn es un “diseñador gráfico suizo”: una expresión, tres palabras que evocan un mundo de limpieza y rigor, de exactitud y eficacia, posiblemente la forma de arte más evolucionada, más civil, que podamos concebir. Quizá se sintió abrumado por la carga connotativa y acumulativa de su oficio y su país y se fue a vivir a París a mediados de los ochenta para intentar ser algo diferente. Y lo ha conseguido, ya que ha acabado convirtiéndose en todo lo contrario. Comenzó trabajando en el colectivo gráfico Grapus, dedicado a optimizar el lenguaje visual en función de una eficacia de comunicación política, pero en 1986 abandonó el diseño para dedicarse a las artes plásticas.
Desde entonces realiza esculturas, instalaciones y actividad pública que bien poco tienen que ver con el tópico de lo “suizo”. Si su origen se sitúa en el ambiente de la Suiza constructiva , la puesta en cuestión de su trabajo le ha conducido a un terreno más próximo a la Suiza visionaria [pie_1] , y sus últimos trabajos, como el polémico Swiss Swiss Democracy , expuesto entre diciembre de 2004 y enero de este año en el Centre Culturel Suisse de París, nos muestran una Suiza más compleja que esa simple disyuntiva entre un arte de construcción y un arte de expresión romántica.
El monumento horizontal
Thomas Hirschhorn pervierte las ideas de archivo y de monumento –de museo y de estatua– y además su trabajo tiende a conciliar estas dos prácticas aparentemente tan alejadas. Todo lo que de oculto, restringido y netamente profesional tiene el archivo, se hace público en sus instalaciones interactivas con información estratégicamente desperdigada; todo lo que de caduco, legitimador y servil tiene el monumento decimonónico, se convierte en sus obras en espacio de información alternativa y de propuesta de reflexión. En ambos casos, el enemigo a batir es el mecanismo inagotable de la representación, los recursos retóricos que el poder genera para acumular legitimación. La obsesión taxonómica como encauzamiento del desorden natural de la información o el depósito de un archivo de valores morales en forma de monumento, son mecanismos de representación que el trabajo de Hirschhorn pone en cuestión.
Los monumentos de Hirschhorn alientan dos intenciones: reivindicar la obra de un personaje y tomar posesión del espacio público como potencial de significación. La especulación del suelo, la ocupación de las redes viarias y el empleo masivo del automóvil, el confinamiento de los ciudadanos en su hogar ante la pantalla, entre otros muchos factores, han deteriorado el espacio público. Los monumentos de Hirschhorn proponen renovarlo, rehacer el arte como elemento de aglutinación colectiva, reivindicar las “piazze” como medio de información , de discusión y de interacción. Los monumentos de Hirschhorn son argumentos de partida para iniciar la discusión, para “reclamar el mundo”, para resignificar el espacio. “El espacio que ocupa el arte contemporáneo es un espacio para reclamar el mundo y yo creo que ésto es lo que debe hacer el arte. Como artista quiero trabajar en y en relación con el mundo en el que vivo”.
Democracia suiza
Esta lucha por el lenguaje se hace patente en una de las últimas obras del artista suizo, la ya citada Swiss Swiss Democracy . Esta pieza no es solo una instalación in progress en la que se van añadiendo documentos, graffiti y rastros de todo tipo de la actividad diaria que se realiza en su interior, sino que se propone como un espacio de actividad durante dos meses. El espacio de la instalación propiamente dicho, repleto de imágenes, documentos y objetos relativos a la democracia parlamentaria, en el que el artista ironiza sobre “buena conciencia democrática”, está concebido como “taller”, tribuna de teatro y escenario teatral de programación diaria. Con Swiss Swiss Democracy Hirschhorn se propuso “ocupar la sede” del Centro Suizo durante dos meses: a las tres de la tarde sale de la fotocopiadora un ejemplar diario de Swiss Swiss Democracy Journal , una hora más tarde tiene lugar una conferencia del filósofo alemán Marcus Steinweg, que ha colaborado asiduamente con Hirschhorn los últimos años. A las siete de la tarde, una representación de Guillaume Tell adaptación de la obra homónima de Schiller dirigida por Gwénaël Morin, una pieza que “cuestiona la figura simbólica de Guillermo Tell como liberador, para criticar la mitología de la democracia”. El espacio, construido con madera, cartón, cinta de embalar y celofán, ofrece un refugio provisional, a la manera de las construcciones precarias de los sin techo. Una parte de la instalación está habilitada como biblioteca en la que se pueden consultar libros y documentos de todo tipo sobre la democracia suiza o simplemente estar. Como el bar, abierto también durante toda la exposición, para permitir a la gente “estar allí, volver cuando quieran y pasar el rato”.
Viaje al horror
Una instalación como World-Airport , presentada en la Bienal de Venecia de 1999 es un buen ejemplo de la estrategia de despliegue que el artista ha desarrollado en los últimos años. Un espacio precario y provisional: una especie de “campo de refugiados” para información incisiva.
Sobre arquitecturas frágiles de madera, unidas con cinta adhesiva y cubiertas con papel de aluminio, aparecen modelos de aviones de compañías de todo el mundo, una torre de control e información dispar sobre el viaje aéreo: horarios y trayectos de vuelo en todo el mundo, proyectos de ampliación de aeropuertos, medidas de seguridad, estadísticas de siniestralidad, información sobre el miedo a volar, sobre enlaces de vuelos, medidas antiruido en las proximidades de los aeropuertos; precios de vuelos “charters”, fusiones de compañías aéreas. Imágenes del antiguo sueño humano por volar, junto a vídeos de despegues y aterrizajes, esquemas sobre la ley de la gravitación universal junto a menús y bebidas ofrecidos a bordo. Un amplio campo de temas relacionados con la globalización, el viaje multitudinario e instantáneo y la pérdida de las distancias, la glocalización, el resurgir de identidades locales y aún individuales, relacionadas con conflictos regionales: Kosovo, Yugoeslavia, Afganistán, Guerra del Golfo, Ruanda, Sierra Leona, Etiopía. Una información promiscua, una especie de sampleado , que permite al espectador saltar aleatoriamente procurándose lecturas personales. Lógicamente, esta labor de documentación y presentación es realizada colectivamente. Hirschhorn implica en diferentes niveles de colaboración a todo tipo de personas y sus instalaciones tienen a menudo créditos tan largos como una película, entre agradecimientos a instituciones y empresas que han proporcionado documentos o han apoyado el proyecto, profesionales de todo tipo, asociaciones y personas cercanas al artista. La pieza crea su propia sociología. Otra instalación, United Nations Miniature , presentada en el CAC de Málaga entre septiembre y noviembre de 2003, recrea once regiones del planeta donde hay conflictos locales a través de un paisaje en el que la anarquía y la destrucción del campo de batalla se mezclan con retazos de información , estadísticas sobre violencia, injusticia y desigualdad. Es una suerte de archivo, pero dedicado a documentar el “presente”. El propio artista insiste en la idea de que sus instalaciones son obras “urgentes”; no tienen tiempo de asomarse al largo reposo de la estética, sino necesidad de incidir inmediatamente sobre el presente. “No soy un instigador del caos –escribe Hirschhorn –, soy un artista-obrero-soldado. Quiero ocuparme del mundo que está a mi alrededor y mientras tanto seguir siendo una persona libre. Necesito tomar posición y no debo preocuparme si hemos vencido o perdido la batalla”. El Lissitzky y Rodchenko acariciaron la idea del artistaingeniero, sin bohemia, sin buhardillas y sin absenta, enérgicamente dispuesto a diseñar las líneas maestras de un futuro civil. Hirschhorn fuerza las posiciones y en lugar del ingeniero que construye, adopta la figura del obrero-soldado: el que construye y lucha por lo construido. La componente efímera y proyectual del trabajo de los rusos, que en realidad construían maquetas más que obras, se convierte en Hirschhorn en el Museo Precario , un lugar abandonado a su propia pobreza, alimentado por la confrontación de clase y la energía emergente. Si la maqueta arquitectónica representa el futuro, el edificio sin construir, que aún no ha recibido a sus usuarios, paseando entre las once instalaciones de United Nations Miniature sólo vemos maquetas devastadas en una catástrofe planificada por el poder real: un sentimiento cruel y desesperanzado de no future , la imposibilidad del proyecto en esos lugares cínicamente llamados “países no viables”, aquellos a los que se niega cualquier posibilidad de diseño.
Entre mayo y junio de 2004 Hirschhorn dio vida al Musée Précaire Albinet entre unos bloques de viviendas de Auversvilliers, en el extrarradio de París, donde él mismo vive y trabaja. Bajo su dirección, un grupo de vecinos construyó una estructura de espacios polivalentes en los que se presentó la obra de ocho artistas clave del siglo XX –Duchamp, Malevitch, Mondrian, Le Corbusier, Léger, Dalí, Warhol, Beuys– conferencias, talleres de escritura, debates, juegos y fiestas. Durante ocho semanas, cada una de las cuales se dedica a uno de los artistas, los vecinos y personas de otros lugares conviven en torno a la idea comunitaria del arte. El museo es “precario”, sin climatización, sin vigilancia, sin departamento pedagógico; y “efímero”, solo dura ocho semanas. Pero esta falta se convierte en activo desde la idea de que un museo puede no conservar, ni archivar, ni siquiera “dinamizar culturalmente” al barrio, sino que existe sólo como empresa colectiva subvencionada por la institución arte. No muestra arte. Ni siquiera está dedicado específicamente al arte, sino que quiere cimentar la capacidad de gestión de los vecinos. El arte sólo es un apetitoso cebo, aunque con una diferencia sustancial respecto a las prácticas de “caza cultural” que quieren poner el arte “al alcance del público”: no se trata de cazar al espectador, sino desearle una buena digestión del pedazo de queso. Una trampa sin engaño.
Estética sin belleza
Esas son las instalaciones de Hirschhorn, lugares de deriva, de acumulación y desorden, radicalmente alejadas de cualquier complacencia con lo bello, lugares sin composición, sin “armonía”. “Debemos defender la belleza contra el capitalismo”, una afirmación paradójica en un artista que trabaja en el ámbito del “bricolaje” ínfimo, en la estética casual de la barricada o de la hoguera, que hace acopio de sistema constructivos provisionales, como la cinta de empalme o el plástico. Parece decirnos, como Brecht: debemos dejar de lado la belleza hasta que en el horizonte no aparezca la justicia.
De cualquier forma, ya que el capitalismo de la información pretende mantener encerrada la actividad artística en el terreno inofensivo de la estética, artistas como Thomas Hirschhorn han debido avanzar un paso más en una estética sin belleza. Una vez que el arte del desperdicio, surgido con Schwitters y que se prolongó hasta el arte povera, ha sido engullido en el contexto museístico y el mercado, la simple exhibición del desperdicio ha perdido su mordiente política. En este sentido más que “feístas”, las instalaciones del artista suizo se aproximan al terreno de lo “precario”, frágil y transitorio, como metáfora de resistencia extrema. La resistencia de lo que dentro de dos semanas ya no “estará”, peroque durante este tiempo ha sabido funcionar como aglutinador.
Las referencias de Hirschhorn se encuentran en el constructivismo de El Lissitzky y el dadaísmo de Johannes Baader, en ese punto inestable entre nuevo orden estético y orgía destructora que parecía irreconciliable en los años diez y veinte del siglo pasado, pero que la distancia histórica y el estudio de los archivos han hecho mucho más compatible. [pie_3] La figura desdibujada de Schwitters encarna muchas de estas supuestas contradicciones que ahora somos capaces de interpretar como lógicas de un discurso complejo. Por ejemplo, el discurso de la Historia del Arte en el interior del Museo: imaginemos a dos aficionados al arte contemporáneo. Uno de ellos visita asiduamente museos, galerías y subastas, mientras que el otro se limita a leer ensayos y documentos, y no sale de su casa más que para asistir a algún seminario en el que se debate los mismos temas sobre los que lee. Si les pedimos a ambos que valoren la figura de Kurt Schwitters, el primero seguramente hablará de la elegancia precaria, la exquisitez “pobre” de los collages Merz que ha podido admirar en los más prestigiosos museos. El segundo, que sólo conoce estos collages a través de reproducciones de libros y revistas, hablará con emoción de otras obras, de la poesía fonética, la poesía a secas, del Merzbau , de la utopía de una escenografía de desperdicios – Merzbühne – de diseño gráfico, de música y “ruidismo”, de documentación y de autobiografía como obra de arte, de obra en el campo político de la construcción. Un mismo artista y dos visiones perfectamente enfrentadas. Con Hirschhorn puede pasar algo parecido. En ensayos y revistas comprometidas con los nuevos rumbos del arte político, su nombre eguramente aparecerá como imprescindible, su alternativa de una objetualidad precaria frente a los presupuestos antiobjetuales de la estética relacional y su idea de “no hacer un arte político, sino trabajar políticamente”, permitirán que su obra aparezca como paradigma de las nuevas actitudes; mientras que si consultamos las curvas de cotizaciones de Christie’s o Sotheby’s o su presencia en los más prestigiosos museos, podremos comprobar cómo su protagonismo baja ostensiblemente.
