Una experiencia estética.
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Una experiencia estética.

11 octubre 2011 · Por simple

Autor: Rosa Olivares

Revista: Exit Book, Libros de Arte y Cultura Visual nº 15


 

Foto Adriana Varejão. Celacanto provoca maremoto (detalle), 2004. Cortesía de la artista

Hay cosas, pocas, que no se pueden explicar con palabras. Sensaciones difíciles de exteriorizar, de convertir en palabras, en lenguaje. En ocasiones vivimos momentos de tal intensidad que tal vez el tic tac de nuestros corazones debería leerse como el código morse, y la superficie de nuestra piel, de toda nuestra piel, como la escritura temblorosa de un códice antiguo escrito sobre pergamino. Quizás así se nos podría comprender más certeramente que con los signos de un idioma estructurado en verbos, sustantivos, adjetivos…

Es en esos momentos cuando el grito, el quejido o el susurro son más claros que cualquier libro, que cualquier declaración sumaria. Seguramente, todos los que alguna vez hayan sentido lo mismo que nosotros nos entiendan sólo con mirar nuestros ojos, o al sentir una leve ondulación en sus cuerpos. Spinoza decía que «los afectos son momentos de intensidad (…) producidos por el efecto que otro cuerpo tiene sobre mi cuerpo», y en efecto, cuando hablamos de afectos estamos hablando del cuerpo como una superficie de sentimientos y de sentidos, del cuerpo como un lugar en relación con el mundo. De un mapa sensible.

Los afectos no tienen nada que ver con el conocimiento porque escapan al mundo organizado de las ideas. Los afectos sólo pueden ser experimentados, no leídos, y aunque todo se puede racionalizar, el territorio de la emoción abre nuevas posibilidades a la estética. El arte, la obra de arte, es también un cuerpo real, y su existencia afecta a nuestros cuerpos individuales en cuanto nos relacionamos directamente con ella. Algo que en una sociedad cada vez más virtual, en la que se sustituye la experiencia directa por su narración, el objeto por su imagen, la obra por su reproducción, puede llegar a ser complicado.

Nuestra sociedad tiende a trasladar esa relación real y directa con el otro que está en el centro de los afectos al entramado virtual, sustituyendo las relaciones personales por una serie de redes sociales distantes que alteran el concepto de amistad. La relación directa con el arte también ha sufrido distorsiones y han surgido nuevas barreras que nos han hecho olvidar que el arte es un territorio proclive a las sensaciones, a las emociones, a la intensidad.

El arte nos proporciona una de esas experiencias inexplicables, nos hace experimentar sensaciones que no podremos sentir mediante ningún otro estímulo. La experiencia estética es, según Deleuze y Guattari, la reactivación de ese «bloque de sensaciones» que está en el centro del arte y de la constitución del sujeto, del verdadero sujeto. Es una forma de entrar en otro lugar: una puerta a un mundo donde las reglas son otras. Y tal vez la función del arte sea precisamente esa, reconectarnos con el mundo, cambiar nuestro registro interior.

Todo esto no tiene nada que ver con la adquisición, ni siquiera con la comprensión, de la obra, sino con una emoción intensa, con una experiencia diferente, personal y única que sólo nosotros podemos experimentar en un momento concreto, irrepetible e imposible de transmitir. Se trata de una experiencia a través de los sentidos, física, en la cual nuestro cuerpo se convierte en un campo magnético por el que cruzan los cables de la belleza, del desorden, del vértigo, de la crueldad y de las infinitas posibilidades de esas sensaciones, sentimientos e ideas que el arte puede llegar a provocar. Es esa experiencia estética la que buscamos en el mundo de la creación, tanto en la música como en la poesía o la pintura; acaso una parte de nuestra propia y única vida.

Naturalmente, el arte, en tanto objeto cultural, puede ser motivo de estudios y metodologías diferentes, complementarias e incluso opuestas. Pero también el arte es algo más, un «algo más» que Lyotard concreta apasionadamente, como no podría ser de otro modo: «[la obra de arte] esconde un exceso, un éxtasis, un potencial de asociaciones que desborda todas las determinaciones de su ‘recepción’ y ‘producción'». Es en ese desbordamiento donde el arte produce la experiencia estética: una marea de los sentidos que nos lleva al éxtasis, al exceso. Esa pasión es la razón última de hacer y de ver, de estar cerca del arte, aquella que llevaría a Wagner a decir, tristemente, que no quería que le entendiesen, sino que le quisieran.

El arte no refleja otra cosa que una historia apasionada de deseos, odios y venganzas. Una historia que no sólo muestra, sino que también produce a través de esos momentos de intensidad que nos atraviesan muy de vez en cuando. En las siguientes páginas nuevamente la teoría intentará poner límites a ese desbordamiento, por lo menos sobre el papel. Todos sabemos que la vida, la experiencia de la vida, se desarrolla en otros niveles, en otras superficies, allí donde el exceso es inevitable.