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Una vez más, como cabía esperar, el surrealismo

2 octubre 2013 · Por simple

Autor: Fernando Huici March

Revista: Arte y Parte nº 107


Como a rebufo del extraordinario éxito de público cosechado por la exposición Dalí en sus presentaciones sucesivas en París y Madrid, la escena expositiva internacional parece insistir, a lo largo de este nuevo otoño, en apostar por la revisión del surrealismo. Al menos así lo apuntan un puñado de muestras relevantes tanto fuera como dentro de nuestras fronteras: es el caso de la panorámica que el parisino Centro Pompidou dedica a «El surrealismo y el objeto»; también el de la gran antológica «Magritte: The Mystery of the Ordinary, 1926-1938» que el moma neoyorquino centra en la etapa más carismática del pintor belga, o el de la retrospectiva de Meret Oppenheim que el Martin-Gropius-Bau de Berlín reúne para conmemorar el centenario del nacimiento de la gran artista suizo-germana. Por otro lado, en el otoño madrileño, coinciden otros dos ambiciosos proyectos en la misma onda: «Surrealistas antes del surrealismo» en la Fundación Juan March, y «El surrealismo y el sueño» en el Museo Thyssen-Bornemisza. Ahí es nada.

Este aparente nuevo ciclo de interés hacia las claves del legado del convulsivo movimiento que las huestes capitaneadas por el poeta André Breton pusieron en marcha hacia mediados de la década de 1920, y que ya en su tiempo produjo un considerable contagio planetario, es lo que nos ha inspirado el planteamiento de un nuevo número monográfico dedicado al surrealismo en la presente entrega de Arte y parte. Sin embargo, ni mucho menos es esta la primera ocasión en que se da ese retorno de la atención general hacia la herencia del surrealismo. Un fenómeno, por el contrario, que ha sido cíclicamente recurrente y que, en rigor, ya vivimos con particular virulencia hace más de tres décadas con aquella anterior oleada de exposiciones que, a finales de los años 1970, tuvieron como detonante las exitosas retrospectivas de Duchamp y Dalí; muestras que marcaron a fuego la etapa inaugural de la andadura del Pompidou. Y en el campo de los estudios de reevaluación teórica, hay que recordar el papel jugado en los años ochenta del pasado siglo por los escritos que dedicaron al surrealismo Rosalind Krauss y el círculo de la tan influyente revista October. Y en nuestro propio país, durante la etapa de retorno a la democracia, vivimos con singular furia el contagio de ese fervor surrealista, hasta el punto de que llegaría a sesgar, de manera abusiva, la perspectiva adoptada en la revisión historiográfica de no pocos aspectos de las vanguardias peninsulares del periodo anterior a la Guerra Civil, generando así equívocos que aún hoy distan de quedar oportunamente desterrados. Abriendo juego en el sumario que articula el presente monográfico, Estrella de Diego se interroga en estas páginas acerca de las razones que han hecho del surrealismo un referente tan popular entre los movimientos medulares de la vanguardia histórica. Popular, en el sentido del poderoso atractivo que ejerce en las audiencias masivas; factor que, dicho sea de paso, se cuenta con toda seguridad entre los motivos principales de la acumulación de muestras en torno al tema. Muestras que afloran precisamente en tiempos de crisis, buscando sin duda garantizar el éxito de público y, asimismo, la insistente atención de historiadores y críticos, como es el caso representado por la ya citada plataforma October.

En un texto esclarecedor, Juan José Lahuerta se sirve de una de las revistas estelares en la consolidación de la aventura surrealista, la esplendorosa Minotaure. En su trabajo disecciona la revista de forma muy gráfica y en clave de encrucijada de combate. Así, en primer lugar, estudia cómo las posiciones de Breton y su círculo se enfrentaron al ideal de modernidad domesticada defendido por el primer conductor de la publicación, Tériade; y luego, dentro del devenir del propio movimiento, dirime también la cuestión de esa suerte de bicefalia que encarnan, de un lado, el efervescente delirio daliniano y, del otro, la ortodoxia bretoniana, que acabara por excomulgar al díscolo genio ampurdanés.

Alberto Ruiz de Samaniego, por su parte, propone al lector una suerte de diccionario básico sobre las claves del universo visionario y metodológico edificado por el surrealismo. El azar, la escritura automática, la poética del objeto o la exploración de los sueños, pero también ese abanico de invenciones instrumentales que van desde el «frottage» o el «brûlage» a la decalcomanía, dan cuenta de la compleja germinación laberíntica que dibuja la trayectoria expansiva del movimiento. Razones que, más allá del estereotipo, hacen tan difícil acotar con rigor su perfil identitario, y evaluar el alcance de la herencia efectiva que su sombra arroja en el devenir del panorama creativo ulterior hasta la actualidad; periodo en el que con toda seguridad los frutos más decisivos, sin duda los de mayor talla, se corresponden bien poco con el registro más tópico de lo surreal.

Seguidamente, Federico Silvestre opta por centrar su ensayo en una figura clave, la de Marcel Duchamp, quien mantuvo un nexo tan inequívoco y fértil, como a la postre excéntrico, con el surrealismo, y que habría de resultar finalmente uno de los referentes que mayor influencia ejercieran en la evolución del debate artístico de la recta final del milenio. En su texto, Silvestre explora además un asunto particularmente sugestivo y poco estudiado hasta la fecha: el de la paradójica concepción del tiempo que dibuja, a lo largo de toda su trayectoria, el flujo paradójico de la poética duchampiana.

Y ya, finalmente, la sección Arte y Edición rescata dos textos firmados por Alfred H. Barr, Jr., el que fuera primer director del moma. Se trata, por un lado, del prólogo para la primera edición del catálogo de la legendaria muestra «Fantastic Art Dada Surrealism», exposición que el museo neoyorquino presentó en diciembre de 1936, comisariada por el propio Barr. El segundo texto, publicado como opúsculo coincidiendo con la exposición, vino a sustituir luego al anterior a modo de prólogo en la reedición del catálogo. En definitiva, dos testimonios esenciales del ejemplo más temprano y carismático en la consagración oficial, a nivel internacional, de la corrosiva epopeya del surrealismo.