Revista de Occidente

La rebelión de Avvakum: fanatismo y disidencia en Rusia

por Víctor Gallego

Revista de Occidente nº 337, Junio 2009

Cuando se examina el enconado conflicto religioso que enfrentó en el último cuarto del siglo XVII a dos facciones distintas de la Iglesia ortodoxa, origen del gran cisma que separó para siempre en dos el cuerpo de los fieles, lo primero que llama la atención es la aparente banalidad de la disputa. No se debatieron cuestiones de dogma, principios de fe, nociones y creencias, sino aspectos de la liturgia, costumbres y tradiciones relativas a las formas y el modo de oficiar, así como la revisión de algunos pasajes de los libros sagrados, distorsionados por erróneas interpretaciones y traducciones inciertas. El principal motivo de la discordia fue la modificación de la manera de santiguarse. Los partidarios del patriarca Nikon y de las reformas de corte helenizante propugnaron e impusieron que los fieles hicieran la señal de la cruz con tres dedos; los inmovilistas recalcitrantes, defensores de los usos antiguos y de las tradiciones de la Santa Rusia, abogaban por continuar santiguándose con dos dedos, como enseñaban los tiempos pasados y la venerada opinión y saber de los jerarcas antiguos. ¿Es posible que un desacuerdo sobre una cuestión tan superficial fuera el detonante de ese cisma proceloso y de las abominables violencias que acompañaron su desarrollo y atajamiento? Pero es que, en el fondo, no se trataba de una cuestión banal y secundaria. El gesto en sí encerraba un significado profundo, incluía un simbolismo sutil y complejo que el propio arcipreste Avvakum detalla y comenta en uno de los pasajes finales de su Vida, titulado «Del modo de unir los dedos»:

Cualquier verdadero creyente debe unir los dedos de la mano de modo claro y firme y persignarse teniéndolos así. No debe hacerse la señal de la cruz con mano incierta y poco celo, dando satisfacción a los demonios, sino llevándose la mano a la cabeza, al vientre y después a los hombros, recitando la oración de modo que el cuerpo y la mente presten atención a esos misterios, ya que los dedos de la mano configuran los misterios sumos. Eso es lo que hay que entender. Según la tradición de los Santos Padres, se deben juntar los tres dedos del siguiente modo: el pulgar, el meñique y el anular deben unirse en el extremo; representan la divinidad en las tres personas (hipóstasis), Padre, Hijo y Espíritu Santo. Luego el índice y el corazón, que deben unirse doblando ligeramente uno de los dos, el corazón: eso representa el testimonio de la humanidad y la divinidad de Cristo. El acto de llevar la mano a la cabeza significa el espíritu no creado: el padre que genera al Hijo, Dios preeterno, antes de los siglos de los siglos. El acto de llevarla al ombligo simboliza la encarnación de Cristo, hijo de Dios, por la santa y divina Virgen María. Llevar la mano al hombro derecho representa la ascensión de Cristo, que está sentado a la diestra del Padre, lugar en el que también se encuentran los justos. Llevar la mano al hombro izquierdo significa la separación de los pecadores y los justos, así como la expulsión de los primeros, sus tormentos y condena eterna. De ese modo enseñan a unir los dedos los Santos Padres: Melecio, arzobispo de Antioquia, el beato Teodoreto, obispo de Cirenaica, Pedro Damasceno y Máximo el Griego. Y así está escrito en muchos libros, en los salterios, en el Libro de Cirilo, en el Libro de la fe, en el libro de Máximo, en el libro de Pedro Damasceno y en la vida de Melecio. En todas partes los santos dicen unánimemente de este misterio lo que acabamos de decir.

Baste esa cita, de paso, para desbaratar las opiniones de quienes consideran a los cismáticos (raskolniki) meros oscurantistas analfabetos y retrógrados, incultos y desencaminados.

Por otro lado, debe señalarse que las reformas introducidas por el patriarca Nikon, de acuerdo con el zar Alekséi Mijáilovich, no se reducían al modo de santiguarse, sino que afectaban a otros aspectos fundamentales de la liturgia, verbigracia: el Aleluya, antes pronunciado dos veces, pasaba a pronunciarse tres; las siete hostias en la celebración de la eucaristía se reducían a cinco; la forma de prosternarse hasta el suelo se sustituía por una inclinación hasta la cintura; se alteraban algunas fórmulas del Credo; hasta el propio nombre de Jesús se veía modificado y de Isus se transformaba en Iisus.

La violencia de las reacciones, por tanto, no dejaba de tener sentido desde el punto de vista de sus detractores. Por un lado, el signo de la cruz con dos dedos no sólo era parte sustancial de la liturgia, sino también una de las más acendradas tradiciones del pueblo ruso. Por otro, el alcance de las reformas venía a decir a los refractarios que tanto ellos como sus antepasados habían vivido en el error y servido a unos principios espurios y, acaso, a una divinidad falsa. Esa consideración en cierto modo era lógica: si la vieja fe era una herejía, herejes habían sido todos los zares y patriarcas anteriores, así como el conjunto de los fieles. No debe desestimarse esa valoración en la defensa a ultranza que los viejos creyentes hicieron del pasado, como tampoco el hecho de que las reformas propuestas hubieran sido avaladas, auspiciadas y fomentadas por representantes de sedes y regiones que habían caído en manos de infieles -Constantinopla, Jerusalén- y que, por tanto, no podían presumir de pureza y autoridad, por mucho que apelaran a los testimonios fidedignos de las fuentes. Después de la caída de Bizancio en 1453, Moscú se había convertido en el principal centro del mundo ortodoxo. Además, Iván el Terrible se había casado en segundas nupcias con Zoe Paleóloga, sobrina del último emperador bizantino, Constantino IX, lo que en cierto modo avalaba esa idea de sucesión.

En el conflicto que desembocó en el cisma se enfrentaron dos hombres del pueblo, no de las clases privilegiadas. Tanto el patriarca Nikon como el arcipreste Avvakum eran naturales de la región de Nizhni Nóvgorod, tenían orígenes humildes y no pertenecían a la elite dirigente. En su temperamento decidido y duro, y también en su determinación, se refleja, tal vez, el influjo de las penurias sufridas y los obstáculos superados, esa firmeza y rigidez de quien está acostumbrado a vencer estrecheces y dificultades desde la más tierna infancia.

Nikon, nacido en 1605, era un hombre de fuerte personalidad y decisión implacable. Tras la muerte de sus hijos y la entrada de su mujer en un convento, se hizo monje y no tardó en acumular cargos y dignidades en el seno de la Iglesia. En 1648 fue nombrado metropolitano de Nóvgorod y en 1652 asumió el título de patriarca. Además, contaba con la absoluta confianza del zar, a quien había arrancado un juramento de obediencia. No obstante, su carácter implacable y sus modos tiránicos le valieron la enemistad de una buena parte del clero y, al final, acabaron enajenándole las simpatías del zar, alarmado por sus ambiciones y pretensiones. En un golpe de mano que recordaba una astucia de Iván el Terrible,

Nikon se ausentó de Moscú, sin renunciar a su cargo, en un intento de acumular más poder y ascendencia sobre el soberano, pero éste, harto de sus exigencias, acabó forzando su destitución, sancionada finalmente en el Concilio de 1666.

No cabe decir que los partidarios y detractores de las reformas agruparan, recíprocamente, a círculos reformistas -los primeros- e inmovilistas -los segundos. Ambos propugnaban una reforma de la Iglesia y de su papel en la sociedad y sus relaciones con el poder, pero diferían en el alcance y, en no menor medida, en la orientación de los cambios. En una parte estaba la jerarquía, más intelectual y sofisticada, y también más culta, representada por el patriarca Nikon y otros eclesiásticos influyentes (no debe olvidarse que el zar, muy devoto, ascendió al trono con sólo dieciséis años y que, por tanto, no era inmune a influencias e insinuaciones). En el otro bando se alineaban tendencias más populares, espontáneas y tradicionalistas, concentradas, en su mayor parte, en el clero secular y encabezadas por Iván Nerónov (también de orígenes oscuros) y Avvakum. Esas dos orientaciones respondían a impulsos antiguos en el seno de la Iglesia rusa. Frente a la tendencia oficial, entre 1340 y 1440 se produjo en todo el país un movimiento monástico hacia las remotas regiones boscosas del norte. Los monjes se internaron en esas zonas inexploradas y hostiles y fundaron un monasterio tras otro, en torno a doscientos en total.Muchos se erigieron en zonas ya próximas a los Urales e incluso más al norte. Así, el famoso monasterio de las islas Solovki, en el mar Blanco, que en época soviética se convirtió en campo de concentración y marcó el nacimiento del gulag, se levantó en 1429, en una zona absolutamente desierta y desconocida, separada de cualquier centro civilizado por centenares de kilómetros de bosques impenetrables. Ya en el siglo XVI se habían creado dos posturas contrapuestas en el seno de la Iglesia. Una corriente aislacionista, encabezada por Nils Sorski (m. 1509), cuyos seguidores, conocidos como «no poseedores», abogaban por la vida contemplativa, el alejamiento de la sociedad y el desprecio de los bienes mundanos. Por su parte, Iosif Volotski (m. 1519) entendía que los monasterios debían disponer de medios de subsistencia e influir en la vida cotidiana de los fieles. Esas dos visiones auspiciaban posturas incompatibles en la relación con el poder. Para los primeros la Iglesia no debía participar en los asuntos del Estado, mientras que los segundos defendían una cercanía a la corte, buscando no sólo su protección, sino también la posibilidad de influir en la toma de decisiones y el ordenamiento social. En 1503 las autoridades eclesiásticas se inclinaron por la segunda tendencia, pero sin lograr ahogar del todo la primera forma de vida espiritual, que aparece reflejada en numerosas obras literarias; por ejemplo, en esos santones vagabundos y eremitas solitarios, huraños y ensimismados que pueblan tantos cuentos y apólogos de Tolstói y recorren las grandes obras de Dostoievski. A partir de ese momento se produce una estrecha colaboración entre la Iglesia y el poder político.

Debe señalarse que en el siglo XVI los rusos se definían ante todo por su pertenencia a la Iglesia ortodoxa. Cercados a occidente por la católica Polonia y amenazados en el sur por el Imperio otomano, ese rasgo definitorio no podía dejar de acentuarse y adquirir un carácter casi decisivo. Desde ese punto de vista es comprensible que cualquier cambio en la liturgia y en el modo de oficiar fuera recibido con estupor, sobresalto y hasta congoja. En su Vida Avvakum cuenta que al enterarse de las nuevas prescripciones de Nikon, tanto él como sus correligionarios sintieron que caía sobre ellos «el hielo del invierno» y añade que sus corazones se quedaron «congelados por el miedo», hasta el punto de que empezaron a «temblar con todo el cuerpo».

Historia de una vida

La Vida del arcipreste Avvakum, escrita por él mismo es el testimonio más intenso y personal, quizás también el más interesante y valioso, de la literatura rusa anterior a Pushkin. Avvakum, en particular, y los viejos creyentes, en general, renunciaron al uso del eslavo eclesiástico y redactaron sus obras en la lengua común del pueblo, conscientes de quiénes componían el grueso de su audiencia. La lengua de Avvakum es ruda, directa, viva y palpitante, exenta de figuras retóricas y florituras estilísticas, y deja en el ánimo del lector una sensación de frescura e inmediatez. Una lengua de sorprendente poderío, color y expresividad: «Yo amo mi lengua rusa materna -escribe el arcipreste en una especie de postfacio a la Vida-, y no acostumbro a adornar mi discurso con versos filosóficos, pues Dios no escucha las bellas palabras: lo que le importa son nuestras obras». Es esa pulsión, esa fuerza primitiva y elemental lo que le permite saltar las barreras del tiempo y seguir despertando el interés y la admiración de quienes se sumergen en sus llameantes páginas, a pesar de que han pasado más de trescientos años desde su redacción. Pierre Pascal, autor del estudio más completo que existe sobre Avvakum (Avvakum et les débuts du raskol), descubrió la obra en 1928, rebuscando en los sótanos del Instituto moscovita en el que trabajaba, y quedó sorprendido de la pujanza y brío del estilo del arcipreste: «Después de la jerga casi internacional de los periódicos y de los libros, me encontraba con la pura y sabrosa lengua rusa, la de todo el pueblo antes de Pedro el Grande y la de los campesinos del Norte hasta la fecha».

Durante dos siglos el texto de la Vida circuló manuscrito entre los viejos creyentes. No se pudo dar a la imprenta hasta la tardía fecha de 1861, cuando Tijonrávov la publicó en las páginas de Letopisi russkoi literatura i drevnostei. A partir de ese momento sus admiradores han sido numerosísimos, desde Leskov y Dostoievski, hasta Mussorgski y el propio Gorki, partidario de que entrara a formar parte de los programas escolares.

Así inicia Avvakum el relato de su vida:

Nací en la región de Nizhni Nóvgorod, más allá del río Kudma, en la aldea de Grigorovo. Mi padre era el pope Piotr; mi madre, María, Marfa de monja. Mi padre tenía inclinación por las bebidas alcohólicas; mi madre, por su parte, observaba ayunos y oraciones y siempre me estaba inculcando que tuviera temor de Dios. Una vez, en casa de un vecino, vi una vaca muerta. Por la noche me levanté y lloré largo rato por mi alma delante del icono, pensando en la muerte, en que también yo tendría que morir. A partir de entonces me acostumbré a rezar cada noche. Luego mi madre enviudó. Yo era aún muy pequeño cuando me quedé huérfano y nuestros parientes nos echaron. Mi madre decidió darme mujer y yo recé así a la Santa Madre de Dios: «Que mi mujer me ayude a salvarme». En mi pueblo había una muchacha, también huérfana, que no faltaba nunca a los oficios religiosos. Se llamaba Anastasia. Su padre era un herrero adinerado llamado Marko, pero después de su muerte lo habían perdido todo. Así pues, la joven vivía en la miseria y le rogaba a Dios que le permitiera unirse a mí en matrimonio. Y así fue por voluntad de Dios. Luego mi madre volvió al seno del Señor entre muestras de gran virtud. En cuanto a mí, expulsado, me trasladé a otro lugar.

Avvakum fue ordenado diácono a los veintiún años y sacerdote dos años después. Como él mismo relata, lo echaron de la diócesis que se le había confiado, pues sus prédicas encendidas, su rechazo a todo tipo de diversiones y entretenimientos -representaciones, recitaciones de juglares y, por supuesto, la bebida- y su estricta observancia de la liturgia, que preveía oficios de cuatro o cinco horas, le malquistaron con las autoridades locales y buena parte de la población. En 1647, a los veintisiete años de edad, viajó por primera vez a Moscú, donde conoció al confesor personal del zar, Stepán Vonifatev, el más importante representante del movimiento de renovación religiosa conocido como «los amigos de Dios», así como a Iván Nerónov, y, por mediación de éstos, al propio soberano. Poco después fue nombrado arcipreste de Yurevets-Povolskoi.

A lo largo del relato, Avvakum, consciente de su papel de cabeza de una nueva Iglesia, da cuenta de numerosos milagros, obrados por la voluntad de Dios o la intervención de la Virgen, refiere curaciones milagrosas, se ocupa de devolver el juicio a varios endemoniados. En ese sentido la Vida está escrita siguiendo el modelo de las vidas de santos.

En 1653 es detenido por primera vez y llevado al patio del patriarcado, desde donde, «con los brazos a la espalda», lo trasladaron al monasterio de San Andrónico. Una vez allí, lo encerraron en una celda donde pasó tres días sin comer ni beber, cumpliendo con sus oraciones, aunque sin saber si se inclinaba «a oriente o a occidente». Entonces surgió ante él una figura, hombre o ángel («todavía hoy no lo sé», nos confía Avvakum). El recién llegado pronunció una oración y le obligó a sentarse. Le puso una cuchara en la mano le dio un mendrugo de pan y un poco de sopa de col y le dijo: «Ahora basta, con eso es suficiente para que te repongas». Y, acto seguido, desapareció. «Las puertas no habían sido abiertas -nos dice el arcipreste-, pero él ya no estaba.» Algo extraordinario e inaudito, «pero sólo para un hombre, no para un ángel».

En 1653 lo exiliaron a Siberia con su mujer y sus hijos. Como se ve, la costumbre de alejar a regiones inhóspitas y apenas pobladas a los opositores y personajes molestos viene de lejos, así como también la decisión de hacer extensivo el castigo a los familiares más directos de la víctima (una tendencia que tendrá continuación en época estalinista con el establecimiento y proliferación de los campos para familiares de los «enemigos del pueblo»). Según nos informa Avvakum, «hasta Tobolsk son tres mil verstas, que tardamos en cubrir trece semanas, viajando en carro, en barco y también en trineo». En Tobolsk, capital administrativa de Siberia, permaneció de diciembre de 1653 a junio de 1655. El arcipreste llevó con resignación su exilio, soportando con humildad las pruebas y rigores a que lo sometía el destino. No debe pensarse por ello que Avvakum fuera un hombre tolerante (en esa época y en esa coyuntura no lo era nadie), dispuesto a discutir y argumentar con sosiego y paciencia. Así defiende, por ejemplo, que se cante el Aleluya tres veces, no cuatro: «Cantando tres veces, no cuatro, como la meretriz romana, glorificamos a Dios y a los ángeles. Es abominable a Dios ese cuádruple canto: "Aleluya, Aleluya, Aleluya, gloria a Ti, Señor". Sea maldito quien cante con Nikon y la Iglesia romana». En su manera de pensar y actuar no era menos dogmático e intemperante que sus antagonistas. Simplemente, estaba en el bando de los perdedores y los perseguidos y se enfrentaba a una fuerza -la del Estado- a la que en esa época -y quizás en ninguna- no había modo de oponerse. Pero cuando dispuso de algún poder o el destino le brindó la posibilidad de detentar cierta autoridad, lo mismo en los años mozos que en la edad adulta, actuó también con determinación, implacabilidad y dureza. Así, él mismo relata cómo ordenó arrojar a los perros, en medio de la calle, el cadáver de un hombre, «para que los ciudadanos llorasen su pecado». No obstante, añade que tanto él como el arzobispo pasaron tres días rezando por la salvación de su alma y lo enterraron «con los honores debidos».

En 1655 llegó la orden de que lo trasladaran a la Dauria (región remota que se extendía a lo largo de la margen izquierda del río Amur), asignado a la expedición del voivoda Afanasi Pashkov. La convivencia con el voivoda, hombre violento y despótico, se reveló problemática y difícil, y estuvo salpicada de malentendidos y disputas. Pashkov llegó incluso a mandarlo azotar y le hizo la vida imposible. No obstante, al cabo de muchos años, Avvakum consiguió convertirlo y Pashkov acabó ingresando en un monasterio.

El arcipreste quedó fascinado por la naturaleza agreste y los paisajes deslindados de esa región lejana y, en parte, aún desconocida: «Montes altos, bosques impenetrables, farallones que se yerguen como paredes; para mirarlos, hay que echar la cabeza hacia atrás». Sus descripciones, precisas a la vez que poéticas, se cuentan entre las primeras que poseemos de esas tierras remotas. Avvakum se maravilla de la vastedad de los espacios, de la prodigiosa magnitud de las arboledas y montañas, de la fuerza y caudal de los ríos. Pero el avance no carecía de riesgos y dificultades. En los rápidos cursos de agua menudeaban los naufragios, los accidentes, las desgracias. Por tierra, las anfractuosidades del terreno y la tupida vegetación ralentizaban la marcha. Sirva como ejemplo de las condiciones que afrontó la expedición este pasaje de la Vida:

Llegamos al lago Irguen. Allí había que seguir por tierra, así que nos pusimos a tirar. Me había quitado a mis hombres [el voivoda Pashkov] y había prohibido a los otros que trabajaran para mí. Mis hijos eran pequeños, no había nadie que pudiera echarme una mano. Así que este pobre arcipreste construyó él solo un trineo y lo arrastró con una correa a lo largo de todo el invierno. Los otros podían servirse de perros; yo, en cambio, sólo tenía a mis dos hijos pequeños, Iván y Prokopi, que tiraban juntos del trineo como dos perrillos. El trayecto por tierra era de cien verstas. A costa de grandes esfuerzos, pobres de nosotros, alcanzamos nuestro objetivo.Mi mujer cargaba a la espalda al recién nacido y un saco de harina; mi hija Agrafena al principio también tiraba, pero después se dejó caer sobre el trineo y sus hermanos y yo tuvimos que arrastrarla. Al recordar esos días dan ganas de reír y de llorar: los niños ya no pueden más y ruedan por la nieve; la madre les da a cada uno un mendrugo de pan y ellos, una vez saciado el apetito, vuelven a tirar de la correa. Al final, llegamos a nuestro destino... Al principio Pashkov, para burlarse de nosotros, no nos admitió en el campamento. Durante una semana o dos nos helamos debajo de un pino, lejos de los hombres, en el bosque, solos con los niños. Luego nos admitió, y a mí me asignó un puesto. Entonces, con ayuda de los niños, construimos un recinto y una choza y encendimos un fuego.

En 1658 navegaron hasta el río Ingoda. El avance era penoso; los peligros, infinitos; la comida, escasa; los golpes, continuos; las amenazas, diarias; las privaciones, inenarrables. Los expedicionarios carecían de ropa, pasaban frío, se alimentaban de lo primero que encontraban, incluso de la carroña dejada por los lobos. Avvakum nos informa de que se le murieron dos hijos de corta edad:

No eran mayores, pero en cualquier caso eran nuestros hijos. No teníamos dónde guarecerlos. Despojados y con los pies desnudos, vagaban con los demás por los montes y los peñascos afilados, matando el hambre con hierbajos y raíces. También yo, pecador, me vi en la obligación de comer carne de mula y carroña y carne de ave. ¡Ay de mí, alma pecadora! ¿Quién dará a mi cabeza el agua y la fuente de las lágrimas para que llore por mi pobre alma, que he perdido malamente para las delicias de la vida?

A pesar de que la mujer y la nuera del voivoda lo ayudaron en secreto, procurándole alimentos y confortándolo, «pasamos grandes penalidades durante más de seis años».

En el invierno de 1660 la expedición emprendió el camino de regreso, «cinco semanas de viaje con los trineos sobre el hielo desnudo». Durante la travesía, su mujer resbala y no consigue levantarse. Exhausta, hambrienta y aterida de frío, le pregunta a su marido: «¿Hasta cuándo durará este tormento, arcipreste?». Y éste responde: «Hasta la muerte, Markovna». A lo que ella añade: «Esta bien, Petróvich, sigamos adelante».

En 1662 Avvakum recibió orden de regresar a la Rusia habitada. Llegaron entonces al lago Baikal, donde encontraron a algunos cazadores. Atravesaron el lago y pusieron el pie en la otra orilla, con poblaciones y asentamientos rusos. Es en ese momento cuando Avvakum se entera de los avances imparables de las reformas litúrgicas y se siente abrumado por las dudas, trabajado por la vacilación y la congoja, sumido en el desánimo. Por un lado, es consciente de su deber irrenunciable e imperativo; por otro, el vínculo con su familia y el temor a las posibles represalias le maniata. Viendo su tristeza y desazón, su mujer le consuela y le interroga. Entonces Avvakum le habla en estos términos: «Esposa mía, ¿qué debo hacer? El invierno de la herejía está a las puertas. ¿Debo hablar o callar? Tengo las manos atadas por vosotros». Anastasia le conmina a seguir los dictados de su conciencia, defender con encono sus creencias, exponer ante los hombres la verdadera fe: «Los niños y yo te bendecimos. Ten el valor de predicar la palabra de Dios como antes, no sientas pena de nosotros. Mientras Dios lo permita, viviremos juntos. Y, cuando nos separe, recuérdanos en tus oraciones». «Yo me incliné ante ella -escribe Avvakum- y, sacudiéndome de encima esa triste ceguera, volví a predicar la palabra de Dios como antes, a enseñar en las ciudades y en cualquier lugar, y también a denunciar con audacia la herejía nikoniana».

Después de pasar el invierno de 1662-1663 en Yeniseisk y el siguiente en Tobolsk, en febrero de 1664 llega de nuevo a Moscú. Habían sido necesarios tres años para completar el viaje desde la región de la Dauria. El zar en persona lo recibe y lo acoge con buenas palabras y aparente buena voluntad. Es evidente que procura ganarse su favor, reducir su oposición y forzar su sumisión. En esa época, Nikon ya había sido depuesto de su cargo, y Alekséi tal vez pensara -y si fue así, se equivocó- que esa novedad facilitaría una reconciliación y la aceptación de las nuevas medidas. Pero para Avvakum no se trataba de una cuestión personal, sino de la alteración de unas tradiciones y usos que él consideraba impolutos e inmaculados y de la imposición de otros que juzgaba pecaminosos y errados. La reconciliación se reveló tan imposible como antes, cuando Nikon dirigía los designios de la Iglesia. Llegados a ese punto, tanto las autoridades eclesiásticas como el zar procuraron acallarlo mediante la entrega de dinero en metálico, la concesión de prebendas, la escenificación de muestras de buena voluntad. Pero esas medidas conciliadoras, que habían surtido efecto en el caso de otros opositores señalados, no rindieron fruto alguno con el arcipreste. Después de guardar silencio durante un tiempo, Avvakum escribió una carta al soberano. El zar lo mandó llamar y quedaron los dos frente a frente. Se miraron en silencio largo rato y a continuación se separaron. «A partir de ese momento acabó nuestra amistad», apunta Avvakum.

Como consecuencia de esa carta, Avvakum es de nuevo exiliado, esta vez a orillas del río Mezen, en el norte, donde permanecerá hasta 1666. Ese año se celebraba en Moscú un importante Concilio, ante cuyos miembros el arcipreste tenía que presentarse. «Por la mañana me llevaron a la capilla -escribe Avvakum- y los prelados discutieron largo rato conmigo. Luego me trasladaron a la catedral, donde, después del Himno de los Querubines, en pleno oficio, me raparon la cabeza, me afeitaron la barba y me maldijeron. Yo, por mi parte, maldije a los enemigos de Dios.» Cabe recordar aquí el importante simbolismo que encerraba el rapado de la barba. Ya en 1551, durante el Concilio de los Cien Capítulos (Stoglav), celebrado en tiempos de Iván IV el Terrible, se había prohibido que los ortodoxos se cortaran el bigote y la barba, considerándose esa práctica una marca de la herejía latina. Otros de sus compañeros sufrieron peor suerte y, además de quedarse sin pelo, perdieron también la lengua. El zar Alekséi, a quien Avvakum siempre disculpa, le manda un mensaje de aliento, pero Avvakum, escarmentado por tanta persecución y encierro, se limita a recodar un pasaje de los salmos: «No pongáis vuestras esperanzas en los príncipes ni en los hijos de los hombres, porque en ellos no encontraréis la salvación». Lo llevaron al monasterio de San Nicolás de Ugresha, donde lo tuvieron preso del 15 de mayo al 3 de septiembre de 1666. Pero Avvakum no se queja; al contrario, acepta su desgracia con resignación, sometiéndose a los designios divinos: «Nuestro sufrimiento era necesario, no había modo de esquivarlo. Satanás ha obtenido de Dios la Rusia luciente para empurpurarla con la sangre de los mártires». A continuación lo trasladaron al monasterio de San Pafnuti, «en el que me tuvieron encadenado en una celda durante casi un año». En abril de 1667 lo sacaron del monasterio y lo llevaron a Moscú, donde compareció ante el Concilio el 17 de junio de 1667. En ese Concilio, inaugurado el 1 de diciembre de 1666, se había decidido deponer a Nikon y al mismo tiempo condenar el ritual antiguo. Los viejos creyentes ya no eran simples opositores, en cierto modo tolerados, sino cismáticos recalcitrantes, y, por tanto, a partir de ese momento serían perseguidos, acosados, exterminados.

Una vez consumada la derrota, Avvakum fue conducido al que sería su último lugar de exilio, Pustoziorsk, en el Extremo Norte, donde viviría desde 1667 hasta el 4 de abril de 1682, fecha en que sería quemado en la hoguera. Allí escribiría las tres versiones que se conocen de la Vida. Desde esa localidad perdida Avvakum envió al zar dos epístolas, «una bastante breve, otra un poco más larga, en la que me ocupaba por extenso de varias cuestiones». En cuanto a sus hijos Iván y Prokopi, fueron condenados a muerte, pero ambos se arrepintieron y lograron que la pena se les conmutara por otra acaso no menos terrible: los encerraron en un sótano oscuro y desnudo, en compañía de su madre. Cuando se enteró de la noticia, Avvakum, decepcionado, escribió: «¡Eso es lo que habéis obtenido! Una muerte sin muerte».

En abril de 1670 se leyó a los prisioneros una misiva en la que se aseguraba que sólo obtendrían el perdón del zar si se avenían a hacer la señal de la cruz con tres dedos. Como los prisioneros se negaron, les cortaron las manos y la lengua. El único que se libró del suplicio, sin duda por intervención del zar, fue el propio Avvakum. Así relata el arcipreste los hechos:

Luego cogieron al pope Lazar y le cortaron la lengua entera, desde la garganta. Goteó un poco de sangre, pero luego la hemorragia cesó. En ese momento se puso a hablar incluso sin lengua. A continuación metió la mano derecha en el cepo y se la cortaron a la altura de la muñeca, y la mano cercenada, que yacía en tierra, juntó por sí sola los dedos y conformó la señal de la cruz según la tradición... Yo mismo me asombré: una cosa inanimada que obedecía a los seres animados.

No acaba ahí la historia de la lengua:

Habló distintamente [Lazar] por espacio de dos años, como si tuviese lengua; al cabo de ese tiempo, oh milagro, le creció otra, del mismo tamaño, aunque un poco más roma, y de nuevo volvió a hablar sin parar, alabando a Dios y vituperando a los apóstatas.

 El final

En los últimos tiempos la oposición de los viejos creyentes se había vuelto demasiado peligrosa. Lo que había comenzado como una disputa religiosa se había convertido en un desafío al Estado. Y quienes manejaban los resortes del poder llegaron a la conclusión de que había llegado el momento de tomar medidas drásticas. En 1682 llegó a Pustoziorsk la orden de que se pusiera fin a la vida de Avvakum y sus compañeros. Así relata Pierre Pascal los últimos instantes de la vida del arcipreste:

Cuando escucharon la sentencia de muerte, Avvakum y sus compañeros suplicaron al gobernador que la ejecutara sin tardanza, temiendo que pudiera ser revocada... El viernes santo, 14 de abril de 1682, en la plaza de Pustoziorsk, aún cubierta de hielo, levantaron un tosco armazón de troncos, que rodearon con brazadas de paja, ramas de abeto y cortezas de abedul. Toda la población de la triste aldea estaba presente, como mandaba el ukaz. Los condenados cantaban sus oraciones. Fiódor y Avvakum se habían perdonado mutuamente. El arcipreste había pronunciado su última bendición. Todos se habían deseado la paz. Una vez en el cadalso, levantaron la mano derecha, los dedos unidos según la tradición, al tiempo que gritaban al pueblo: «¡Ésta es la verdadera cruz y por ella morimos! ». Un arquero prendió fuego a la pira. Todos se quitaron el gorro. Aún envuelto en llamas, Avvakum seguía exclamando: «Hermanos, rezad siempre con esta cruz y no moriréis. ¡Si alguna vez la abandonáis, estaréis perdidos!». Se oyó un grito. Los presentes creyeron ver cómo el espigado cuerpo del arcipreste se inclinaba sobre aquel que había gemido de dolor... Luego, una vez apagado el fuego, los curiosos se acercaron para reconocer los restos calcinados de los mártires.

Persecuciones

Cada vez más hostigados y perseguidos, los seguidores de los viejos ritos se fueron desplazando a regiones remotas y alejadas de los centros del poder: las amplias llanuras del sur, predio de desertores y cosacos; las tierras nevadas y silenciosas del Norte, las regiones sombrías y casi secretas de Siberia. Convencidos de que se había iniciado el reinado del Anticristo (entre otras cosas el Concilio se había celebrado en 1666 y el número de la Bestia era el 666), los fieles se dispusieron a esperar el fin del mundo, que suponían inminente e inevitable. Los miembros más exaltados e impacientes de la comunidad decidieron adelantar el momento de su muerte, pues la vida se les había vuelto insoportable en ese mundo dominado por las fuerzas del mal. Desesperados, transidos de pena, sumidos en el horror, organizaron holocaustos en masa donde perecieron, en interiores de iglesias, en piras gigantescas, entre ríos de sangre y flamear de llamas, decenas de miles de viejos creyentes. «Unos se ahogaban, otros se apuñalaban o se enterraban vivos o bien se prendían fuego -escribe Pia Pera (I vecchi credenti e l'Anticristo). En 1672 casi dos mil viejos creyentes se sacrificaron en Nizhni Nóvgorod. Entre 1675 y 1691 se inmolaron cerca de veintiún mil viejos creyentes».

Pero va pasando el tiempo y el fin del mundo no llega. Y a los seguidores de la vieja fe se le plantean complicaciones y contratiempos enojosos e insolubles, originados por necesidades e imperativos de la vida diaria. A las pocas décadas de la muerte de Avvakum, los cismáticos se quedaron sin sacerdotes que hubieran sido ordenados de acuerdo con el rito tradicional. ¿Cómo administrar, entonces, los sacramentos? ¿Cómo proceder a los bautizos y, sobre todo, a la consagración del matrimonio? No podían recurrir a los sacerdotes y obispos ordenados después de las reformas nikonianas, pues eran seguidores del Anticristo, ministros de las fuerzas oscuras. Los quebraderos de cabeza y desafíos cotidianos propiciados por esa situación inaudita -una congregación de fieles sin pastor- produjeron una escisión en las filas de los viejos creyentes, que a su vez fue origen de las decenas de sectas en que acabó pulverizándose el movimiento cismático. Una parte de los viejos creyentes decidió, al fin, recurrir a sacerdotes que hubieran renegado de las reformas litúrgicas o llamar a religiosos ordenados en otras tierras. Son los llamados «sacerdotales» (popovtsi). Los que decidieron organizar la vida de la comunidad sin ningún tipo de jerarquía eclesiástica se conocen como «asacerdotales» (bezpopovtsi).

Así describe Pierre Pascal, después de visitar una capilla de asacerdotales, la desesperada situación de los seguidores del rito antiguo:

Toda alma cristiana debe amar ese olvido del mundo, esa armonía entre hombres, lugares y cantos, esa seriedad, esos escrúpulos de fidelidad, esa aparente verdad integral. ¡He ahí la auténtica Iglesia rusa! Pero detrás del iconostasio no hay altar, el lugar santo está vacío. Se recitan las horas, ¡pero jamás se celebra misa! Y sin embargo, estas personas no son protestantes, que niegan la transustanciación y declaran que pueden prescindir de los sacerdotes, comulgar directamente con Dios. Al contrario, creen necesario el sacerdocio. Pero ni lo tienen ni pueden tenerlo: han perdido la gracia. Y así, esperan como buenamente pueden, con soluciones imperfectas, el fin del mundo. ¿Cabe mayor desesperación?

Las persecuciones de que fueron objeto los viejos creyentes no se mitigaron un tanto hasta los tiempos de Pedro el Grande. No es que el poderoso zar sintiese simpatía por su causa -al contrario, su desprecio era infinito-, pero con su proverbial espíritu pragmático descubrió que podían ser una cuantiosa fuente de ingresos. Como el resto de la población, debían pagar un impuesto por llevar barba; pero, además, estaban sujetos a una doble imposición. Con eso no acababa la discriminación: no podían ejercer ninguna función pública ni testificar contra los ortodoxos, debían llevar un traje ridículo, con un cuadrado rojo orlado de amarillo a la espalda, y estaban obligados a entregar un tributo con ocasión de cada nacimiento, boda o entierro, así como a denunciar a todos sus correligionarios no registrados.

También con Catalina II los viejos creyentes disfrutaron de cierta tolerancia, pero la situación volvió a empeorar a principios del siglo XIX, con la subida al trono de Nicolás I. Sólo entre 1905 y 1917 gozaron los viejos creyentes de auténtica libertad y autonomía. En esa época dorada, florecieron las publicaciones, abundaron los estudios, se multiplicaron las labores de investigación e interpretación.

Según las cifras proporcionadas por Geoffry Hosking en Russia: People and Empire, «a principios del siglo XX, unos doscientos cincuenta años después del inicio del cisma, los viejos creyentes contaban con diez o doce millones de seguidores, es decir, entre una quinta y una cuarta parte de todos los rusos adultos».

Por una suerte de paradoja, los viejos creyentes, testarudos y tenaces, acabaron convirtiéndose, a pesar de su dogmatismo y la rigidez de sus principios, en partidarios de la independencia de la Iglesia frente al Estado y, en cierto modo, desde el momento en que propugnaban que cada hombre debía buscar por sí mismo la vía que le llevara a Dios, en defensores de la libertad de conciencia (si bien lo hicieron obligados por las circunstancias). Con el paso del tiempo, acabaron concentrando y circunscribiendo las peculiaridades de su fe al ámbito de la vida privada y, en un plano más amplio, al marco de su propia comunidad. En sociedad se mostraban taciturnos, reservados y dignos, introvertidos y sagaces, renuentes y suspicaces. Con la llegada de tiempos más favorables y la toma de medidas más conciliadoras por parte de las autoridades civiles -no de las eclesiásticas-, algunos acabaron fundando importantes estirpes de comerciantes y agricultores ricos, cuyos vástagos dedicaron gran parte de su tiempo y de su fortuna a reunir importantes colecciones de arte.

A lo largo del siglo XIX los viejos creyentes fueron pintados por los grandes autores literarios, atraídos por esa comunidad arisca que había quedado segregada del resto de la población. Los tratamientos son diversos y encontrados, desde las visiones poetizadas e idílicas que ha dejado Mélnikov-Pescherski en sus novelas hasta aproximaciones más secas y distantes.

En un relato simbólico y sombrío de la última etapa de Tolstói, titulado Divino y humano, aparece el retrato de un viejo creyente, en este caso extremoso y obstinado, buscador insaciable y desesperado de la verdad. Así lo describe Tolstói:

En la misma cárcel de Svetlogub estaba encerrado un viejo cismático, un asacerdotal, que albergaba dudas sobre las guías espirituales y buscaba la verdadera fe. No sólo rechazaba la Iglesia de Nikon, sino también el gobierno desde los tiempos de Pedro, al que consideraba el Anticristo. Llamaba al poder imperial «potencia del tabaco» y decía valientemente todo lo que pensaba, acusando a popes y funcionarios; por eso había sido juzgado y condenado, y era transferido continuamente de una cárcel a otra. El hecho de estar en la cárcel, privado de libertad, los insultos de los guardianes, las cadenas y las burlas de los restantes presos que, como las autoridades, renegaban de Dios, se injuriaban unos a otros y profanaban de todas las formas posibles la imagen de Dios que había en ellos: nada de eso le concernía, porque eran cosas que había visto por todas partes cuando gozaba de libertad. Sabía que todo eso se debía a que los hombres habían perdido la verdadera fe y eran como cachorros ciegos que se han alejado de la madre. Pero también sabía que existía la verdadera fe. Lo sabía porque lo sentía en su corazón. Y la buscaba en cualquier lugar. Sobre todo esperaba encontrarla en el Apocalipsis de Juan.

En esa pequeña obra maestra que es La estepa, Chéjov nos ofrece la imagen de otro tipo de cismático en la figura de un viejo carretero, más moderado, humilde y ensimismado, que no comparte con nadie sus ideas y vive a solas con su fe. El autor nos dice que tiene el rostro «severo y pensativo, quemado por el sol» y añade que luce «esa expresión seca y adusta de los hombres acostumbrados a pensar en algún asunto serio en absoluta soledad». Es un anciano huraño y distante, aunque no arisco, que se mantiene al margen de los demás carreteros, sin inmiscuirse en sus discusiones y disputas, como si no confiara en la posibilidad de convencerlos o enmendarlos. Parco en palabras y sentencioso, le gusta prodigar admoniciones y consejos, aunque, más que a los demás, parece dirigirse a su propia conciencia. Como comenta Chéjov: «No había sonreído ni una vez, mostrando siempre una expresión severa». Cuando se entera de que el pequeño Yegor va a ingresar en un establecimiento de enseñanza, desgrana este comentario:

¡Que la reina de los Cielos te ayude! A unos hombres Dios les da un talento, a otros dos y a algunos incluso tres... A algunos tres, está demostrado... El primer talento te viene de tu madre, el otro te lo da la instrucción y el tercero una vida virtuosa. Así es, muchacho: para un hombre es una suerte tener tres talentos. No por la vida, sino por la muerte. A ése le será más fácil morir. Y todos tenemos que morir.

Luego el viejo le habla al muchacho de su vida pasada, de su mujer y de sus hijos, muertos en un incendio, de sus hermanos, a los que no ha visto desde hace siete años. Y a continuación vuelve a referirse a la inevitabilidad de la muerte y la necesidad de afrontarla con resignación, arrepintiéndose de las malas acciones con toda el alma, porque «no hay nada peor que una muerte insolente.

Chéjov refiere que el viejo, que se llama Panteléi, «hablaba en susurros, sin importarle lo más mínimo, al parecer, si Yegorushka le escuchaba o no. Hablaba de manera desvaída, para su barba, sin levantar ni bajar la voz». Cuando hacen un alto para aplacar la sed, Panteléi no bebe del cubo, como los demás, sino que saca del bolsillo «un vasito de color verde, de los usados en las lamparillas de las iglesias». El muchacho, sorprendido, le pregunta por qué bebe de una lamparilla y el anciano responde: «Unos beben de un cubo y otros de una lamparilla. Cada uno lo hace a su manera». Al día siguiente, durante la cena, todos comen del caldero a excepción de Panteléi, que toma su sopa en una escudilla a cierta distancia del grupo.

Tenía una cuchara diferente de las de los demás, fabricada con madera de ciprés y adornada con una cruz. Yegorushka, al mirarla, recordó la lamparilla que había usado como vaso y preguntó en voz baja a Stiopka: «¿Por qué el abuelo se sienta aparte?». «Es un viejo creyente», le respondieron en un susurro Stiopka y Vasia, y por la expresión de sus caras parecía que estaban hablando de una flaqueza o un vicio secreto.

Consecuencias del cisma

Para Rusia las consecuencias del cisma fueron graves y diversas, y terminaron afectando no sólo a los cismáticos, sino al conjunto de la población. Con el paso del tiempo la brecha que separaba a las clases populares de las capas educadas, a los campesinos incultos de las poblaciones urbanas, fue haciéndose cada vez más profunda, y acabó cristalizando, ya en pleno siglo XIX, en esa división de las elites intelectuales entre occidentalistas y eslavófilos, y,en no menor medida, en ese desencuentro entre la llamada intelligentsia y el pueblo llano que tanto ocupó y preocupó a escritores, políticos y revolucionarios, caballo de batalla, por ejemplo, de las prédicas del Dostoievski más encendido y visceral, el del Diario de un escritor, donde clama por una vuelta al pueblo, la asunción de sus valores y esperanzas, y también de su fe, la recuperación de una armonía y unidad que él juzgaba perdidas desde las reformas de Pedro, pero que en realidad habían saltado por los aires varios decenios antes, durante los conflictos y enfrentamientos religiosos de la segunda mitad del siglo XVII, pues otra consecuencia del cisma, la más seria y de más hondo calado, fue la consolidación definitiva del poder estatal, al que acabó incluso sometida la autoridad eclesiástica, y el desprecio por el ciudadano concreto, con sus aspiraciones particulares y únicas. Las exigencias del Estado, sus motivaciones, expectativas y necesidades, se convirtieron en la única realidad válida, en la única aspiración y, en cierto sentido, en la única religión. Como comenta con acierto Pierre Pascal en el párrafo que cierra su erudito estudio: «Después de Nikon, Rusia ya no tiene Iglesia. Tiene una religión de Estado. De ahí a la religión del Estado no hay más que un paso. La religión del Estado ha sido instaurada por el poder que en 1917 ha sucedido al imperio».

Es conocido el enfrentamiento entre Iván el Terrible y el príncipe Kurbski, refugiado en la enemiga Polonia, y también las disensiones entre distintas facciones de boyardos. Pero en esos casos se trataba, a grandes rasgos, de disputas entre individuos, clanes familiares o grupos de poder. El aspecto novedoso en las persecuciones de los cismáticos era su amplitud y también el empleo de la fuerza a una escala nunca vista hasta entonces. A partir de ese momento la disidencia individual deja paso a la disidencia de grupo, y las represiones aisladas o concretas a las represiones en masa. Tal vez sin las ejecuciones múltiples y las técnicas de represión y tortura empleadas con los viejos creyentes, no se habría llegado nunca a las terribles purgas y ejecuciones de los tiempos de Pedro. Por ejemplo, en la represión de la conjura de los streltsi, se construyeron catorce cámaras de tortura para atormentar seis días a la semana (el domingo se descansaba) a mil setecientos catorce hombres.

Durante casi mes y medio los prisioneros fueron cosidos a latigazos y quemados. Cuando, exhaustos, se desmoronaban, los sometían a cuidados médicos para, una vez recuperados, poder seguir interrogándolos. Los streltsi fueron ahorcados a lo largo del otoño y el invierno de de 1698. A los sacerdotes que los habían alentado los colgaron en un cadalso en forma de cruz y el bufón de la corte, vestido con ropas eclesiásticas, ofició como verdugo. Los quinientos soldados a los que se condonó la pena de muerte fueron exiliados a regiones remotas, pero antes se les marcó la mejilla con un hierro candente o se les cortó la nariz o las orejas. De los dos mil sublevados, casi mil doscientos fueron ejecutados. Sus viudas e hijos fueron expulsados de Moscú y se prohibió dispensarles ayuda. Todos esos precedentes desembocaron, ya en pleno siglo XX, en la creación de una maquinaria represiva, en la instauración de un régimen que no se paraba en barras a la hora de lograr sus fines y objetivos. El Estado y sus exigencias convertidos en verdad única e inamovible frente a la realidad y necesidades de los individuos de carne y hueso.

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